Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Alana había elegido un elegante vestido que dejaba al desnudo solo un hombro.

Su cintura quedaba arropada por la vaporosa seda roja que caía fluidamente casi hasta el piso.

Lo más extraordinario era la forma en que un costado de la prenda, escandalosa y discreta a la par, dejaba entrever a través de una abertura —que flirteaba con la idea de mostrar más piel de la que en realidad era posible— su declaración silenciosa.

Ella seguía sus propias reglas al vestir y desafiaba, con altiva seguridad, a la sociedad que esperaba siempre toques más conservadores para ciertos eventos.

Alana solía tener esta clase de impulsos para compensar la inquietud que, lastimosamente, había sido sembrada por otras personas en relación a su curvilínea figura.

Se decía a sí misma que si actuaba enfrentando los miedos con determinación, estos se disipaban o perdían fuerza.

La otra opción era paralizarse y evitar salir de casa. Eso era cobardía.

Ella procuraba elevarse sobre los desafíos y mirarlos con pragmatismo para intentar hallar una solución.

En un entorno de apariencias y espejos, con reflejos difusos, siempre era complicado discernir entre la sinceridad y los intereses velados.

Así se movía el mundo, no solo entre grupos privilegiados o que ostentaban títulos nobiliarios.

En una sociedad que premiaba la superficialidad sobre lo genuino, y obedecer patrones predefinidos sobre la originalidad, intentar abrirse camino llevando la bandera de una personalidad que no aceptaba bulos ni los creaba, en el afán de encajar, podría tornarse agotador.

Alana era consciente de que la imagen que la prensa retrataba de ella no tenía que ver con su realidad.

Las personas leían sobre la glamurosa y vibrante agenda de los millonarios e imaginaban que el día a día consistía solo en situaciones alegres, en nada que los afligiera, y todo lo resolvían con rapidez.

Esa era una percepción errónea, en especial en lo relacionado con Alana.

De hecho, ella procuraba mantenerse apartada de los reflectores y elegía la menor cantidad de actividades de perfil alto.

Llevaba años, desde que tenía uso de razón, sonriendo para personas que no conocía, respondiendo preguntas —cuyas posibles respuestas ensayaba previamente con su madre— de periodistas que indagaban sobre qué diseñador prefería o si había visitado la última isla de moda para vacacionar durante el verano o si acaso era verdad el cotilleo de que estaba saliendo con un actor o un magnate, o, simplemente, cualquier novio que quisieran inventarse.

Sin embargo, ella comprendía que los negocios de su familia y las contribuciones que hacían a causas de ayuda social —única razón por la que aún no se desconectaba por completo de la agenda de Boston y otras ciudades de Estados Unidos— eran importantes.

Solo por aquellos que estaban con necesidad y merecían un alivio: becas escolares, tratamientos médicos, víveres, centros de capacitación, y demás, Alana sonreía para las cámaras y toleraba las aburridas charlas de terceros.

Pero, en el día a día, lo que buscaba era el primer instante libre de su trabajo para viajar a su refugio.

En su casa de Martha’s Vineyardse escondía bajo las olas, que solían cobijarla con el ritmo inconfundible de la salvaje naturaleza, fundiéndose así con el agua salada.

Luego de un largo baño, el mar la dejaba marchar, renovada.

No solo quería un solaz de la agitada vida en la ciudad, y tomar un respiro entre el sol y la brisa marina, sino que también buscaba aquietar la mente si alguna situación en particular la abrumaba.

Habían pasado muchos años, pero al recordar —quizá porque continuaba en contacto con aquella persona que era importante para ella— los sucesos pasados parecía que si todo acabara de suceder.

Ya no tenía las pesadillas de antes, no obstante, quedaban las reflexiones sobre posibilidades; la curiosidad de lo que habría ocurrido si no hubiese tomado las riendas en sus manos; la intriga de conocer por qué el ser humano era capaz de tantas canalladas.

Mas no podía hacer preguntas, ni creía que tuviera la posibilidad de desenredar el hilo de esa madeja para despejar sus dudas.

Aquel acontecimiento que experimentó cuando tenía diecinueve años, la obligó a entender lo efímero de la existencia humana.

Pasó varias semanas en un oscuro túnel emocional.

Aún le parecía difícil replicar en palabras lo que significaba la sensación de tener sangre en las manos y, a la par, notar la desesperación de otro ser humano, cuya vida pareció empezar a esfumarse frente a ella.

Que una Pemberton se hubiese mezclado en un asunto que podría describirse como turbio, habría causado repercursiones que su madre no hubiera sido capaz de aceptar o perdonar.

Ella no vivía para lograr la aprobación de Sandy, pero no quiso crear fricción entre sus padres y por eso calló.

Alana sabía que lo que vivió aquella noche de un frío febrero fue el resultado de su propia elección, así como tenía la seguridad de que si tuviera que elegir de nuevo, lo haría todo igual.

En ocasiones se preguntaba si su corazón era demasiado generoso y si, a veces, sería todo más llevadero si practicara la gentil indiferencia de su madre.

Pero no quería ser una réplica de Sandy Pemberton. Se negaba a ello.

La única que conoció parte del complicado incidente fue Taylor.

Alana la llamó, con la voz temblorosa aquella noche, porque no podía ir a ninguna clínica privada o conocida, menos volver a casa con la ropa salpicada de sangre.

Su mejor amiga, cuya mente estuvo más despejada y los nervios más firmes, logró que se movilizaran discretamente a una casa de salud más pequeña.

Alana tuvo que dar sus datos personales, no existió otra opción, pero al menos se quedó tranquila al saber que dicha clínica era propiedad de un amigo del hermano mayor de Taylor.

Eso le garantizó dos puntos importantes: sus datos no serían filtrados o publicados, y el tema sería olvidado.

Lo anterior no incluía las secuelas ni el shock en Alana.

En el caso de Taylor, al no haber vivido el incidente desde un inicio, sino que fue la catalizadora para tomar decisiones rápidas y acabar cuanto antes con la desesperación de su mejor amiga, su percepción resultó muy distinta.

Inclusive, le dijo a Alana que era valiente por haber actuado de la manera en que lo hizo y que, si bien no fue un escenario alentador el que experimentó, se alegraba de que hubiera tomado la decisión que le gritó su instinto.

Al final, acordaron no volver a hablar del asunto.

Con el paso de los años y la llegada de la madurez, su mirada sobre las batallas que podía librar y las que serían imposible de ganar cobraron un matiz distinto para Alana.

Ahora, elegía con cautela cómo afrontar cada una.

Comprendía que gran parte de la sociedad creyera que el dinero lo compraba todo, pero no era una realidad.

Sí que lograba acceso a oportunidades únicas y que ofrecían instantes de alegría, pero no poseía el don de borrar u olvidar momentos en la vida que marcaban para siempre.

Alana quería tomarse un largo descanso de su agenda social.

Sentía que el aire que respiraba se volvía cada vez más denso entre la gente que frecuentaba, pero que —inevitablemente— formaba parte de su entorno.

No tenía amistades cercanas, salvo Taylor y un par de personas más, sino más bien conocidos que ejercían como el aceite de las piezas de engranaje que permitía que la maquinaria de alta sociedad y sus intereses funcionaria a la perfección.

Pero ella estaba harta. Por eso, en los últimos seis meses, había ido paulatinamente haciendo una lista de sus diferentes roles —heredados por derecho de antigüedad— en comités de fundaciones, actividades culturales, y deportivas, inclusive.

Lo que más la aburría era formar parte del Comité Boston Legacy (CBL).

Así que esa noche sería la última ocasión en la que vería bailar a las debutantes que, con su voto y el de las demás integrantes del comité, habían sido elegidas.

Alana estaba en contra de juzgar a unas jovencitas por factores ajenos a su carácter o personalidad, tal como hicieron con ella desde que fue consciente de que lo único que importaba era su apellido; por ese motivo sus votos —sin excepción— contenían un «Sí».

Las otras integrantes del CBL, la miraban con disimulado fastidio, mas no le importaba.

La más pesada de todas era Celine Van Heussen.

La mujer ejercía de secretaria y creía que tenía el mismo derecho de opinión que la presidente del comité, además pensaba que su belleza era irresistible y corrían rumores de que su familia estaba en aprietos económicos porque tomaron malas decisiones sobre un negocio portuario con ejecutivos rusos.

Celine era tan insoportable y arrogante que Alana prefería darse un golpe en el dedo más pequeño del pie, en lugar de escucharla.

—No comprendo cuál es tu necesidad de aceptar a todas estas chicas, Lani —había dicho el día de las votaciones, semanas atrás.

Celine siempre miraba con desdén, a través de esos ojos verdes que parecían conjurar un maleficio—.

Haces que el trabajo sea más complicado para todas, porque nos toma más tiempo descartar a las que no son idóneas como debutantes —había meneado la cabeza—.

Si no te conociera desde la escuela, dudaría de que en verdad eres una Pemberton.

Tu madre, pobre Sandy, debe escandalizarse cuando le cuentan sobre tu costumbre de no utilizar una negación con la lista de candidatas.

Actúas como si no fueses una de nosotras.