CAPÍTULO 2 #5
Él se había preparado para algo distinto: acritud, por ejemplo, o desdén incluso hacia ellos.
Así que, ante la genuina expresión de curiosa alegría de Ingrid, Rhys se volvió más gentil.
Notó que ella tenía los mismos gestos de Craig cuando algo le causaba sincera emoción.
Conversaron un largo rato entre los tres, porque Vanessa les dio espacio dejándolos en la sala.
No hicieron acusaciones ni tampoco preguntas invasivas.
Ellos no eran jueces, y su padre ya no estaba entre los vivos para explicarse.
Los tres llegaron al acuerdo de llamarse hermanos, no hermanastros.
Rhys —con su ojo clínico como ingeniero civil— notó que el apartamento de Ingrid necesitaba mantenimiento urgente en detalles que para otros pasarían desapercibidos.
Muchos áreas lucían descuidadas e impropias de una Callahan.
Lo anterior no era un juicio que surgiera como referencia a la fortuna que él poseía ni a aires de superioridad, sino por su propia experiencia de carencias y aprietos económicos vividos en su adolescencia.
No quería que su hermana tuviera que tomar decisiones riesgosas en el afán de sobrevivir, pues era evidente que su vida era muy modesta.
Rhys no permitiría que su propia historia —aquella carga intangible en su conciencia— se repitiera en Ingrid.
Daba igual cómo había llegado a sus vidas o las razones detrás de su concepción.
No podía ignorar que ahora también era su familia.
Antes de marcharse, los dos hermanos le propusieron a Ingrid empezar a conocerse, saliendo a desayunar ocasionalmente.
Vanessa, que había regresado a la sala al escuchar que los murmullos cesaban, observó la interacción con lágrimas contenidas: ver que su hija no era despreciada, sino todo lo contrario, la emocionó de verdad.
Por otra parte, en su rol de madre no podía dejar de velar por la seguridad de Ingrid —ambos jóvenes seguían siendo unos extraños—, así que agradeció cuando ellos le solicitaron su consentimiento, antes de proponer ese acercamiento a Ingrid.
Poco a poco, los tres hermanos empezaron a crear un lazo que fue fortaleciéndose con el paso de los años.
Rhys le ofreció a Ingrid lo que una chica de esa edad podría necesitar, al menos de acuerdo con su estilo de vida como multimillonario: la cambió a un mejor colegio y puso a su disposición una tarjeta de crédito —con límite y bajo vigilancia— para que se comprara ropa y demás.
Aparte, sin decírselo a nadie, le abrió un fideicomiso que Ingrid podría utilizar al cumplir los veintiún años.
Estaría asesorada por un gestor financiero contratado por Rhys.
Eso estaba decidido. Él reconocía que su hermana resultó ser un soplo de aire fresco: era irreverente, creativa y desafiante de un modo casi adorable.
Lo más importante para Rhys y para Craig fue que la chica se había ganado el aprecio de Mildred.
Nada de lo anterior implicó que su madre y Vanessa se hubiera conocido.
Fue un largo período de asimilación y adaptación para todos.
Para Rhys, llevar sangre irlandesa significaba que la familia era primero. Se defendía a toda costa, sin importar el precio ni el sacrificio. Esa era la consigna.
La historia del matrimonio de sus padres —y otros casos algo parecidos— le había confirmado el aprendizaje de que el amor era una emoción sobrevalorada: tarde o temprano destilaba el veneno de la traición.
En su caso tenía dos ejemplos de sobra: la infidelidad cometida por su padre y la relación que tuvo con Sloane.
Una sola experiencia bastaba para romper a un joven de dieciocho años.
Dos, un recordatorio para un hombre de treinta y dos: no olvidar.
Quizá esas eran las razones de que, para él, sus relaciones fueran apacibles acuerdos superficiales.
Cuando notaba que una mujer buscaba crear conversaciones, con intenciones veladas que apuntaban hacia un compromiso más serio y a largo plazo, Rhys se alejaba.
No le apetecían los enredos fuera del dormitorio, pues no le gustaba perder su energía en banalidades.
Tenía responsabilidades de sobra y decenas de personas en nómina que dependían de sus decisiones para mantener el ritmo de ingresos.
Por ese motivo, él prefería los números: siempre funcionaban, no había grises, y delimitaban el alcance de su mundo sin medias tintas. Todo era muy lógico.
Pero esa claridad no se extendía a su moral gris, pues él sabía y reconocía de dónde procedió el capital inicial de sus negocios.
Rhys podía jugar sucio cuando había competidores que intentaban causarle inconvenientes.
Por eso contaba con el mejor equipo de abogados: para ocuparse de las minucias y garantizar que sus operaciones se mantuvieran dentro del marco legal.
No permitía transacciones de dudosa procedencia en sus negocios.
Prefería mantener a las autoridades fuera de sus asuntos.
Ese mundo —muertes, engaños, zozobra, crimen y traiciones a escalas que el ciudadano común era incapaz de imaginar— pertenecía al pasado, al capítulo sellado que escribió con sangre como parte de Vipers Reign.
Su credibilidad y su reputación no tenían precio, y preservarlas implicaba mantener a la mafia fuera de sus asuntos.
Alguna vez, él escuchó decir que el pasado solía regresar sin anunciarse y que el destino —en el que no creía— tenía formas interesantes de trastocar los planes más elaborados. Pero él se consideraba demasiado listo para creer en idioteces.