Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

—En realidad ahora es una adolescente —había aclarado el otro hombre con amabilidad—.

Tiene trece años y vive con la madre, Vanessa Hudson, en las afueras de Boston.

Me contacté primero con usted, porque fue la opción que me pareció más coherente.

Además, encontrar la información de su oficina resultó más sencillo que dedicarme a una labor de detective y dar con la dirección de la familia Hudson.

—Comprendo —había replicado con una mezcla de enfado y shock—. ¿Hay algo más en ese testamento que pueda ser de utilidad? —había indagado Rhys.

—Aparte de la medalla de oro para Ingrid Greta Callahan —había empezado a leer el abogado de nuevo—, y la disculpa para la familia, su padre menciona que espera que en algún momento usted, Rhys, pueda encontrar el espacio para perdonar la afrenta cometida y que intente no culpar a la señorita Ingrid.

También menciona que está agradecido por los sacrificios que hizo para ayudarlo.

Estaba orgulloso de usted, porque era un chico brillante y un hijo excepcional.

—Rhys había apretado la mandíbula al recordar cómo se manchó las manos de sangre para intentar salvar a un hombre que no había sido tan íntegro como le hizo creer toda su vida—.

Para el señor Craig Randall Callahan, le dejó una caja musical tallada en madera que perteneció a su bisabuela, Sorcha Callahan.

La casa, como usted sabe, siempre estuvo a nombre de su madre, la señora Mildred Hannah Callahan.

No hay nada más en este documento. El resto de palabras son de jerga legal.

Pero le haré llegar el testamento de inmediato.

—Le diré a mi abogado personal que lo contacte —había zanjado—.

Aprecio que haya tomado la decisión correcta al llamarme, antes que a la familia de Ingrid.

A partir de ahora, yo me encargaré de este asunto.

Sobra decir, aunque no está de más, que esta información es confidencial.

Lo tiene claro, ¿verdad? —había preguntado en un tono amenazante.

Rhys había optado por ser muy selectivo en las reuniones y eventos a los que asistía, y jamás mencionaba temas personales a terceros.

Desde que sus negocios habían despuntado, se volvió muy conocido.

Eso había creado interés en la prensa social que lo consideraba uno de los solteros de oro de Boston.

Rhys había calificado aquel título como una estúpida ironía, pues si esas mujeres de alta sociedad —princesas inútiles y con una vida fácil, a su juicio personal— supieran la verdad, detrás del rostro atractivo y físico imponente que observaban en las fotografías, lo más probable es que huyeran de él con rapidez—.

Espero que no cometa el error de pensar que comentar a otros sobre este tema sería un acierto...

—N… no. Claro que no, señor Callahan. De hecho, soy la única persona que ha trabajado y reabrierto este caso. No tengo asistente. Como le comenté, este es un asunto comunitario sin fines de lucro. Yo guardaré absoluta confidencialidad.

—Me alegra saber que es así —había replicado Rhys, aún en tono amenazante.

Después de cerrar la llamada, el magnate había agarrado una botella de whisky y se había embriagado.

Tal como solía hacer años atrás, después de presionar el gatillo y recibir la transferencia: aquellas noches en las que la carga se volvía demasiado pesada para alguien tan joven y sentía que quizá era mejor utilizar el arma contra sí mismo.

Ese había sido el precio del camino que eligió a conciencia, no porque le atrajera el dinero fácil, sino por desesperación.

Un hombre desesperado era capaz de tomar decisiones absurdas o incoherentes.

No obstante, con el paso del tiempo, Rhys había aprendido a contenerse y detenerse a pensar antes de actuar.

No recordaba la última ocasión en la que hubiera perdido los estribos.

Su máxima reacción —siempre había alguien que quería pasarse de listo y tratar de obtener una respuesta suya a toda costa— solía ser enarcar una ceja con desdén o esbozar una sonrisa amenazante.

Para Rhys fue un calvario pensar en la doble vida que llevó, entre estudiar como un alumno empeñoso en el día, pero dedicarse a cazar a los objetivos que Vipers Reign le asignaba algunas noches.

Él había resistido todo eso por su padre.

Un padre cuya imagen, después de la llamada de aquel abogado, había quedado desdibujada.

¿Acaso habría continuado en ese camino, en el que jugó a ser Dios al quitar la vida a otro ser humano, si hubiese descubierto antes la traición de Thomas a su madre?

Rhys nunca lograba dar con la respuesta correcta.

Porque no existía tal cosa en una moral gris.

Tras acordar con Craig y Mildred la decisión sobre Ingrid, Rhys la buscó para tender un puente.

El objetivo era simple: construir un vínculo o, si ninguno de los dos lados lo deseaba, seguir sus vidas aparte.

No hubo expectativas sobre los posibles escenarios, porque en esas circunstancias tan inusuales tan solo quedaba esperar.

El encuentro con Vanessa, la ex amante de Thomas, fue tenso en un inicio, porque la mirada de Rhys fue fría y desconfiada.

Sin embargo, la madre Ingrid en todo momento se mostró amable y le confesó que lo único de lo que no se arrepentía era de haber concebido a una hija.

El billonario tan solo escuchó, sin emitir comentarios, porque prefirió enfocarse en la chiquilla de cabello negro, sonrisa amplia y brillantes ojos grises que se acercó a él, y a Craig, con tímida alegría. Eso lo tomó por sorpresa.