Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Pero la casa de Beacon Hill no era una competencia de negocios: tocaba a su familia.

Eso, para Rhys, era imperdonable. Que esos idiotas ignoraran ese detalle era lo de menos.

No se trataba de una ambición cualquiera, de esas que podía reemplazar con un mejor terreno o una ubicación superior si le apetecía.

Detrás de los planos para transformar la propiedad en un hotel lujoso y discreto —para personas de alto perfil económico que buscaban privacidad— había una razón más importante: Mildred.

Alguna vez, su madre le había dicho que esa era la casa más bonita de la ciudad.

La ilusión en su voz y la sonrisa genuina al decirlo, años atrás, se le habían quedado grabadas a Rhys.

Si había alguien que mereciera sonreír de verdad, era ella.

¿Y quién mejor que él para hacer posible que Mildred tuviera acceso a esa mansión?

Su madre era diferente a él, pues encontraba la felicidad en pequeños gestos: sembrar, cuidar, ver florecer.

La floricultura nunca había pagado las cuentas, así que, cuando Rhys empezó a ganar lo suficiente, la convenció y la ayudó a jubilarse.

Lo que no consiguió fue sacarla de Jamaica Plain.

Su madre se había instalado allí en cuanto él liquidó las deudas familiares y se vendió, no sin dificultad, la casa de South Boston.

Desde entonces, Mildred se aferraba al nuevo barrio por motivos que para ella lo decían todo: el lago, los árboles y los vecinos a los que ya saludaba por su nombre y con quienes compartía juegos de mesa o café.

El sentido de comunidad era indispensable para una mujer de naturaleza extrovertida.

Rhys probó a tentarla con Chestnut Hill, donde él mismo vivía.

Mildred rechazó la idea en cuanto supo que la casa de su hijo había costado veinte millones de dólares y que allí, en aras de la privacidad, los vecinos podían pasarse años sin cruzar palabra.

Como irlandesa disfrutaba de una buena conversación y dando paseos a pie.

Eso no ocurría en el área de Rhys, y ella lo consideraba como una afrenta existencial y carente de sentido.

No hubo manera de que su hijo mayor la hiciera cambiar de opinión.

Mildred le decía a Rhys que no quería obsequios, sino nietos, pero más que nada verlo feliz con una mujer real y decente, en lugar de esas modelos —con las que salía en la prensa— que parecían necesitar una transfusión de suero por falta de alimentación.

Rhys elevaba la ceja a modo de respuesta y luego cambiaba de tema.

Al margen de la mentira, sobre la realidad del matrimonio de sus padres, si algo quería el magnate era ver contenta a Mildred.

Esta vez haciendo lo que ella amaba: cultivando flores.

¿El mejor sitio? El inmenso jardín de la mansión que él había comprado.

Pero los miembros de la Asociación Cívica de Beacon Hill, que se negaban a aprobar los permisos de renovación, tenían un arsenal de argumentos legales: los materiales no eran auténticos para equiparar a los originales, que el diseño arquitectónico alteraba la armonía de la calle, que el proyecto iba a requerir estudios adicionales sobre su impacto en el área.

Cada vez que el abogado de Rhys llegaba a la oficina, le comunicaba una excusa diferente que provenía de esa gente de mierda.

El magnate estaba cabreado con esa situación de tira y afloja.

Se trataba de una guerra de formularios y comités, y eso era lo que más le crispaba: no había puños que lanzar.

Rhys sabía que encontraría la manera de lograr su objetivo: renovar la casa, convertirla en un hotel y darle a su madre libertad absoluta para que se encargara del jardín.

Por ahora esperaría el momento propicio para actuar.

Había aprendido que la paciencia no era una virtud, sino una táctica.

El secreto consistía en ir un paso por delante, aunque los otros se creyeran más listos.

Cuando algo le interesaba de verdad, y se enfocaba en que tenía que ser suyo, su mente creaba un juego de ajedrez interno: múltiples caminos, múltiples movimientos.

En el caso del hotel sabía que hallaría el instante exacto —ese resquicio que quienes procuraban entorpecerlo no estaban vigilando— para dar el zarpazo ganador.

El sigilo seguía siendo su mejor aliado.

Desde hacía varios años, los asuntos que Rhys tenía que atender también incluían el bienestar de alguien que se había sumado a su familia de manera súbita: Ingrid.

El encuentro no fue fácil para ninguno. Bajo aquella circunstancia incómoda y extraña, comprendió la grandeza del corazón de su madre: su capacidad para aceptar, con actitud estoica, los cactus que le había lanzado la vida.

Ingrid era el resultado de la infidelidad de Thomas, un recordatorio doloroso para Mildred.

Sin embargo, fue ella quien insistió —y argumentó ante sus hijos— que la chica no podía cargar con los pecados de su padre.

Craig fue quien más se opuso a conocerla, porque había visto llorar a su madre en silencio, pensando que nadie se daba cuenta, y eso no lo había olvidado.

Su negativa cambió cuando escuchó a su hermano darle la razón a Mildred.

Rhys se enteró de la existencia de Ingrid cuando su asistente personal, Leslie, le comunicó que un abogado llevaba más de una semana insistiendo en hablar con él.

El hombre se negaba a dar detalles del asunto, argumentando que solo podría discutirlo directamente con Rhys, al tratarse de algo privado y delicado.

Ante lo inusual del mensaje, él decidió atender la llamada sin saber que aquel sería el punto de quiebre de lo que siempre había considerado intocable: la lealtad de la sangre.

—Buenas tardes, ¿me estoy comunicando con Rhys Nathaniel Callahan? —había preguntado una voz masculina, áspera y también marcada por la impaciencia.

—Usted debe ser el abogado —había replicado el magnate. En ese tiempo tenía veintiocho años—. Mi asistente me comentó que tiene información para mí.

—Sí. Mi nombre es Justin Faith y trabajo para la comunidad de inmigrantes irlandeses en Boston —había contestado el interlocutor—.

Acabo de asumir la revisión de varios casos con asuntos pendientes.

Entre ellos el testamento de su padre, el señor Thomas James Callahan.

El anterior encargado dejó señalado que al documento original, con la última voluntad de su padre, le faltaba una página.

Con la cantidad de casos que llegan a nosotros y los constantes cambios de colaboradores, al ser una organización sin fines de lucro, tuvimos varios retrasos para lograr actualizar los archivos.

Pero lo hemos solucionado —había explicado—.

Finalmente, encontré la hoja extraviada del expediente. ¿Habló usted con el abogado anterior?

Rhys había fruncido el ceño ante esa pregunta y la explicación recibida.

Tras la muerte de Thomas no hubo abogados de por medio, ni la menor insinuación de que existiera un testamento. Ellos apenas sobrevivían con lo justo cada mes. ¿De dónde habrían sacado la idea de que había algún bien por recibir?

—Nadie se acercó a decirnos nada al respecto, abogado. No existía razón para ello. Si esta llamada es una jodida manera de querer sacarme dinero, entonces…

—No, señor Callahan —había interrumpido el abogado con rapidez—.

Nuestro trabajo es ayudar a las familias de recursos precarios, inmigrantes irlandeses y la comunidad previamente asentada en Boston desde hace décadas.

Su padre se acercó para buscar ayuda legal —constan incluso los registros y horas— y dejar por escrito lo que cada uno heredaría.

Además, la llamada tiene que ver con la hija.

Rhys había soltado una exhalación y se había apretado el puente de la nariz. «Si este abogado tenía ganas de hacerle una charada, la iba a pagar muy cara».

—¿De qué mierda está usted hablando, abogado? —había preguntado con rabia, al imaginar la posibilidad de que su padre hubiera podido traicionar a su madre—. Solo tengo un hermano. Así que no me haga perder el tiempo con idioteces.

El hombre había carraspeado del otro lado de la línea, incómodo.

—En la hoja extraviada, incluida por error en la carpeta de otro cliente, el señor Thomas pide disculpas a su esposa, Mildred, sus dos hijos, Rhys y Craig, por haber fallado en sus votos de matrimoniales —había explicado, leyendo el breve documento con rapidez—.

Él tuvo una aventura con una mujer viuda y fruto de esa relación nació una niña a la que pusieron por nombre Ingrid.

La manutención corría por cuenta de su padre y también le dio el apellido: Callahan.

Sin embargo, la madre de la niña, Vanessa Hudson, no quiso dar la cara para recibir la medalla de oro que dejó el señor Thomas.

El testamento fue elaborado un año después de que él hubiera recibido el diagnóstico médico.

Entiendo que esta noticia le cause sorpresa y confusión, ahora entiendo que usted ignoraba la existencia de su hermana. Lo siento.

Rhys había deseado lanzar el móvil contra el vidrio y hacerlo añicos.

Recordaba vagamente que en el sepelio —muy sencillo, rodeado de los camaradas del barrio que daban el pésame a otros descendientes de la isla esmeralda— había una mujer con una niña que no le había sonado de nada.

Durante la conversación con el abogado había hecho cálculos: Ingrid había sido concebida probablemente cuando Rhys tenía unos catorce años, apenas unos meses antes del diagnóstico de insuficiencia renal de su padre.

Así, sin más. Por un instante, había permanecido en completo silencio.

—¿Señor Callahan, sigue ahí? —había preguntado el abogado Faith.

—Sí, continúe…—había zanjado con resignación—. ¿Dónde está esa niña?