CAPÍTULO 2 #2
Fue triste enterarse de la verdad sobre su padre, en especial porque sucedió después de que falleciera.
No hubo opción a tener un cierre: reclamos o exigir explicaciones en relación a la existencia de una hermanastra.
La admiración que tuvo por Thomas —así como la imperiosa necesidad de salvarlo y que pudiera recibir el trasplante de riñón— fue el impulso que lo llevó a tomar decisiones moralmente cuestionables.
Para Rhys no existían medias tintas si se trataba de los suyos, incluso cuando lidiaba en soledad con las recriminaciones silenciosas de sus propios actos desde el primer homicidio.
Su memoria solía perseguirlo con el ácido recuerdo de aquellas horas en las que el sudor le recorría la frente, la garganta clamaba por un trago de agua y el tiempo corría de prisa, inflexible y puntual.
Cuando bastaba un segundo mal calculado para perder el ángulo perfecto de un disparo; un solo segundo para que el dinero de una ejecución no entrara en su cuenta y, por ende, no pudiera destinarse a la recuperación de Thomas ni a los gastos de la casa.
Su madre y su hermano creyeron su mentira —porque si algo poseía Rhys era una capacidad de convencimiento extraordinaria—: que se había inscrito en un programa especial de la policía local para jóvenes de bajos recursos, que él estaba a prueba, y le pagaban.
En teoría, claro que Rhys estaba a prueba, pero con la mafia.
Si fallaba en un encargo, quien llegaría en un ataúd sería él.
Por eso se entrenaba a diario con los gatilleros de Vipers Reign y, por su cuenta, corría varias millas al día para adquirir resistencia física.
Estar en forma le daba agilidad y músculo, pero sobre todo calmaba las imágenes de cómo se desplomaban los cuerpos de sus víctimas, de cómo explotaba la materia gris y luego se esparcía en el pavimento o donde la muerte los encontrara.
Todo ello resultado de medidas desesperadas: ver cómo su padre se iba debilitando con el paso de los meses, cómo las posibilidades de recibir un trasplante se diluían y cómo Mildred doblaba turnos en la oficina para estirar el presupuesto.
Un chico nacido en South Boston, como Rhys, sin contactos capaces de situar el nombre de Thomas Callahan en los primeros lugares de la lista de receptores de un nuevo riñón, carecía de alternativas reales en casos de salud extremos como aquel.
La única forma de llevar dinero rápido a casa —a pesar de que implicaba vivir en conflicto con sus propios principios y todas aquellas enseñanzas de sus padres— fue aceptar la vía alterna que cruzó su camino.
Una vía lúgubre, malévola, pero que pagaba muy bien en metálico.
Cuando volvía a casa, después de cometer un asesinato, Craig solía estar aún despierto y le pedía que le contara qué cosas le habían enseñado los agentes de policía.
La curiosidad era genuina y estaba matizada por una inocencia del mundo que, sin saberlo, su hermano mayor ya no poseía.
Rhys, que volvía agitado, intentaba no descargar la rabia que tenía contra sí mismo hacia Craig.
Así que le respondía que le contaría otro día, porque estaba agotado.
Su madre, en cambio —ignorante del tormento mental de Rhys— le ofrecía de cenar. Él no rehusaba, mas le costaba comer.
Por todo lo que arriesgó y dejó en el camino, la doble moral de Thomas con la infidelidad a Mildred fue para Rhys el equivalente a descubrir que la brújula que siempre lo guió apuntaba en la dirección equivocada.
Mientras él tuvo que elegir entre apretar un gatillo o ver cómo la situación en casa se iba por el garete, su padre guardaba un secreto brutal.
Lo que más lo desconcertó —cuando asumió que la existencia de Ingrid no podía ignorarse, pues llevaba también parte de su ADN irlandés— fue la confesión de su madre: que ella no pidió el divorcio, sino que eligió acompañar a su esposo hasta el último día, porque quiso que sus hijos conservaran la imagen de unidad y solidez de un hogar.
Que comprendieran que no todo era un camino de rosas, sino que —en ocasiones— cuando las espinas hacían sangrar, la decisión de tolerar la herida y perdonar no tenía porqué ser un signo de debilidad.
«Mentiras sociales, excusas absurdas, sacrificios innecesarios».
Ese había sido el pensamiento de Rhys, porque el argumento de su madre por la infidelidad de Thomas era una muestra de falta de amor propio.
¿Cómo era posible que, en nombre de los hijos, las madres prefiriesen quedarse con un hombre que las humillaba e irrespetaba?
¿Acaso no podían comprender que el trauma más grande en los niños no siempre era el divorcio, sino los gritos, la tensión, los insultos, el llanto y el dolor de la madre o el padre en un matrimonio conflictivo que se mantenía «por el bienestar de la familia» o «por el bienestar de los hijos» o «porque era pecado divorciarse»?
Para Rhys, esa clase de imbecilidades sociales y la romantización de un matrimonio infeliz, pero que intentaban fingir armonía durante años por mantener las apariencias o no destruir un concepto absurdo de «unidad», era vomitiva.
Él consideraba más coherente la verdad. «¿Acaso no era más fructífero ver a un padre o a una madre feliz, separados, en lugar de escuchar peleas diarias o notar malas caras? ».
El día en el que Rhys, cuatro años atrás, recibió la llamada en la que supo que tenía una hermanastra afianzó su rechazo a cualquier clase de atadura emocional a largo plazo.
Tampoco tenía interés en reproducirse. Prefería un acuerdo práctico que durase el tiempo necesario y en el que hubiera independencia de cada parte.
Quizá una compañera lo suficienteme guapa para follar e inteligente para no tener una casa silenciosa o pensar que se había vinculado con una muñeca creada con inteligencia artificial.
¿Si acaso esa era la definición de amigos con derecho a roce?
Tal vez, pero a Rhys le daba igual. No estaba buscando una pareja. En su vida no había espacio.
Su agenda profesional estaba copada entre viajes y asuntos locales.
Entre esos asuntos había un proyecto en el que llevaba al menos dos años sin lograr concretar.
No por falta de recursos ni de estrategia, sino por la gente de mierda de la alta sociedad.
Los imbéciles bloqueaban constantemente sus intentos de transformar una edificación —aunque fuese ya el propietario y tuviera los planos y garantías necesarias para preservarla como sitio histórico de Boston— en la joya de su cadena hotelera de lujo: Clover Roots.
La propiedad estaba ubicada en Mount Vernon Street, en el barrio de Beacon Hill.
Los integrantes de la comisión arquitectónica siempre hallaban la manera para rechazar sus intentos de renovar la casa.
Rhys sabía el motivo real, y este no tenía relación con fallos de sus ingenieros o arquitectos o abogados.
En absoluto. La razón, que había llegado a sus oídos por terceros, era su ascendencia irlandesa y su apellido que no formaban parte de la generación de los fundadores de la ciudad.
Además, lo consideraban un hombre de reputación cuestionable y carente de las credenciales sociales suficientes.
A eso le sumaban que provenía de los barrios bajos, mas no los tradicionalmente opulentos.
Bloquear la reconstrucción de aquella casa era el mensaje más claro que esa gente podía enviarle a Rhys: jamás sería uno de los suyos.
No era el primer proyecto en el que se entrometían para truncar sus planes, pero sí el que más lo cabreaba.
Los terrenos más codiciados de la ciudad seguían cayendo, con una regularidad que rozaba lo absurdo, en manos de las compañías que pertenecían a los descendientes de las familias fundadoras, competencia directa de Green Wood, la constructora de Rhys.
Esa gente era hipócrita, pero también corta de miras.
El magnate disfrutaba de una sana competencia.
Cuando los otros creían sobrepasarlo, Rhys encontraba una vía más rentable para llevar a cabo sus proyectos.
Jamás perdía. No obstante, con este asunto en particular su paciencia estaba a punto de acabarse.
Si bien su pasado oscuro permanecía enterrado —había pagado muy bien a las personas correctas para garantizarlo—, los rumores sobre su temperamento y tendencia a no tener clemencia —cuando ejecutaba sus procesos empresariales— eran bien conocidos.
Eso debería bastar para que los propietarios de constructoras, herederos del abolengo de las antiguas fortunas de Boston, cuidaran sus espaldas.
Pero su competencia estaba agitando el pañuelo rojo ante una pantera que llevaba bastante tiempo quieta, no porque fuese pacífica, sino porque era letal si se dejaba guiar por sus instintos.
Rhys procuraba mantener una convivencia civilizada, aunque cada vez le costaba más.
Su lado vengativo llevaba tiempo clamando que le soltaran las cadenas de la contención autoimpuesta. Nadie que se metiera con él, salía indemne.
Por eso había contratado a un detective con una misión específica: recopilar los trapos sucios de quienes le causaban fastidio en sus gestiones.
En silencio y de forma sistemática, Rhys había provocado titulares que colocaban a esos esnobs exactamente donde más los incomodaba: expuestos ante la opinión pública.
Los súbitos divorcios, los escándalos por infidelidad, las fotografías de perversiones y crímenes sexuales, las acusaciones de estafa y demás.
Según su retorcido sentido del humor, todo eso le parecía entretenido.
El mecanismo era sencillo: su asistente personal contactaba al detective, quien enviaba la información de forma anónima a la prensa, con el respaldo técnico de un contacto en asuntos de IT.
Mientras el mundillo de máscaras se agitaba con cada escándalo, Rhys se enfocaba en generar más dinero.