CAPÍTULO 2
Rhys jamás dejaba entrever sus emociones, menos durante una reunión en la que estaban de por medio puntos claves de negociaciones.
Esto no solo ocurría en las conversaciones iniciales, sino hasta que la rúbrica de las partes involucradas estuvieran estampadas en un contrato.
Su suspicacia y análisis crítico, sumadas a su habilidad con los números, le habían servido para ganar licitaciones de varios millones de dólares, no solo en asuntos de la construcción —su negocio principal— sino también en los casinos.
El Póker se le daba estupendo, porque sabía cuándo seguir o cuándo detenerse sin caer en el error común: la ambición desesperada y la falta de paciencia de los jugadores.
Podía darse cuenta del patrón lógico a medida que iban saliendo las cartas.
Eso era matemática pura. Los viajes que hacía a Las Vegas eran ocasionales, dos o tres veces al año como máximo, y estaban relacionados con la cadena de comida japonesa de la que era socio.
Una vez conseguido sus objetivos en temas laborales, Rhys no podía quedarse quieto, menos si estaba en la ciudad del pecado .
La adrenalina del triunfo permanecía recorriéndole la sangre, así que él buscaba la forma de descargar esa energía, hasta agotarla, para luego poder dormir.
El recurso más habitual consistía en noches de sexo sin ataduras.
No había nombres, solo lujuria desbordada.
Pero la novedad de esa clase de desahogo había pasado a un segundo plano ahora que él tenía treinta y dos años.
Quizá era madurez, incluso aburrimiento, ante la facilidad con la que se le daba todo con el sexo opuesto.
Tener acceso a las mujeres más bellas y sensuales —que no solían requerir una mente afilada ni charlas profundas para estar entre las sábanas— empezaba a perder el encanto.
Su ego masculino ya no disfrutaba como antes de la certeza de que no necesitaba esforzarse para atraer a la mujer que deseaba.
De hecho, eran ellas las que buscaban hacerse notar o iniciaban el coqueteo.
Rhys estaba a favor de que hombres y mujeres pudieran tomar la batuta en asuntos de flirteo; sin embargo, él apreciaba más el gusto de lo que significaba la conquista.
No recordaba la última vez que había considerado a una mujer como un verdadero reto.
No se trataba de machismo, ni feminismo, ni igualdad.
Esto tenía que ver con la personalidad de Rhys, pero, sobre todo, con la naturaleza primitiva del homo sapiens: encontrar algo que le interesaba y hacerlo suyo.
Resultaba bastante simple, porque se trataba del ingenio y la excitación propia de la caza.
Por eso, la satisfacción de la recompensa se volvía de verdad valiosa cuando existía más esfuerzo.
Todo lo fácil duraba poco. No era un secreto.
Los millones de dólares que valían los portafolios de inversión de Rhys, y sus abultadas cuentas bancarias —distribuidas entre Estados Unidos, Suiza e Inglaterra— se forjaron después de experiencias que dejaron huellas de sangre, literalmente, en las calles de Boston.
Cuando las puertas de la opulencia se abrieron en cámara lenta dándole la bienvenida, él se permitió vivir a tope.
No olvidó cada tropiezo, ni a las personas que intentaron sabotearlo en el camino.
Tampoco olvidó la sensación de euforia cuando su empresa se abrió paso entre la competencia convirtiéndolo en uno de los hombres más adinerados del Estado de Massachusetts, y también del país.
El sólido respaldo económico llegó junto a oportunidades que un joven surgido de la pobreza jamás habría imaginado.
Las aprovechó al máximo, y su ambición aumentó.
Fue así que conoció los placeres carnales que inclusive habían surcado los límites de la tortura, como antesala del éxtasis.
Durante un par de años pareció ciego a todo, porque estaba envuelto en una capa de egocentrismo que lo hizo sentir como si fuese el rey del mundo.
Los caminos se despejaron para que tuviera una intensa exploración, no solo de adquisición de bienes materiales y contactos de gran influencia —que en otra realidad jamás hubieran reparado en su existencia—, sino también de algunos de los pecados capitales: ira, soberbia, avaricia y lujuria.
Dio rienda suelta a su libido como si intentara exorcisar lo que había sido la versión del Rhys soñador e incrédulo, hasta cierto punto, antes de Sloane y durante los años dentro de la mafia.
Él se había curtido con la vida, con el tiempo, y el cinismo lo acompañaba como una sombra que podía quitarse o usarse a conveniencia.
Si a eso le sumaba la cantidad de dinero que ganaba, aparte del subidón a su ego con la atención femenina, el cóctel perfecto para embriagarse de la efervescencia del éxito estaba servido.
Bebió litros de esa fórmula novedosa y que también tenía sabor a libertad.
Le tomó gran esfuerzo abandonar Vipers Reign, pero cuando lo consiguió, experimentó algo parecido a la paz.
Aunque sabía que esa sensación jamás la volvería a tener en la pureza de su completo significado.
Al final de su vínculo con los McCain y sus esbirros, Rhys no supo definir si ellos le debían un favor o viceversa. Tampoco quería averiguarlo.
Ese capítulo de su vida estaba enterrado, pero no podía decir lo mismo de las secuelas.
Él endureció su corazón, rodeándolo de una armadura sólida, porque fue la única manera de que todo aquello que hizo para sobrevivir no lo destruyera.
¿Si alguna vez se drogó para intentar olvidar?
Jamás. En una travesía como la que le tocó cruzar, si no estaba alerta y con los sentidos afilados, su cabeza habría sido la diana perfecta.
Rhys dejó atrás la vida de asesino a sueldo con una sola certeza: el dinero que entrara en sus arcas sería limpio.
Cada centavo que produjera llevaría su sudor, su ingenio y su voluntad.
No la sangre de otro. Su determinación propició que, con los años, alcanzara ese objetivo.
Sin embargo, muchos de sus sueños fueron postergados.
El anterior fue el precio que Rhys pagó para que su padre ascendiera en la lista del hospital y recibiera el trasplante de riñón.
Pero destrozar vidas —sin importar que quienes recibían un fulminante balazo se lo merecieran— se volvió una pesadilla.
De hecho, la telaraña oscura de aquellos años solía envolverlo en pesadillas y, si bien podía desplazarlas a un rincón de su mente —a conciencia y durante una temporada— lo que no podía borrar era el recuerdo de cada ocasión en la que presionó el gatillo.
Él buscó terapia psiquiátrica, y también un entrenamiento especial —como el de los soldados que regresan de la guerra; aunque en su caso no era un héroe, sino un criminal— para reinsertarse en sociedad y construir un entorno profesional tolerable.
Nadie conocía su pasado. Si acaso lo sospechaban, les convenía mantener la boca cerrada.
Porque Rhys hacía honor a su reputación de hombre vengativo e inclemente.
Detrás de su belleza varonil, aquella que Miguel Ángel hubiera cincelado a gusto en la antigüedad, existía un alma atormentada. O quizá, ni siquiera un alma.
Pero daba igual lo que otros pensaran, pues él era el que marcaba las reglas en un mundo abismalmente distante de aquel barrio empobrecido y peligroso en el que nació.
El pasado trazó las grietas más profundas del hombre en el que se había convertido: fiero, tajante, calculador e inclusive despiadado en los asuntos vinculados a sus negocios.
Solo su madre, que aún vivía; su hermano, Craig, que se había recibido de cirujano general; y su hermanastra, Ingrid, conocían la versión que Rhys intentaba no desdibujar por completo entre el fango que manchaba su conciencia.
Con su familia, él procuraba bajar las barreras.
No guardaba resentimiento por el camino que se vio obligado a tomar en su juventud, pues, al fin y al cabo, ejerció su libre albedrío.
Ingrid llegó —como todo lo que le ocurría a Rhys en lo relacionado a su vida personal— sorpresivamente a su familia.
Saber de su existencia trastocó por completo la dinámica de su madre y su hermano.
Fue el equivalente a echar un balde de agua fría sobre los asientos de madera del sauna: el vapor pareció ahogarlo.
Ni en sus más complejas reflexiones pensó que el matrimonio de sus padres no era lo que siempre había creído: compartían la sangre irlandesa, los buenos y malos momentos, pero en especial una lealtad inquebrantable.
Thomas lo había decepcionado profundamente.