CAPÍTULO 1 #4
Los pensamientos de Alana sobre la regata con Brent y sobre la próxima votación para elegir a las nuevas debutantes del año se disiparon cuando, al concluir el servicio fúnebre, los asistentes empezaron a salir de la iglesia entre murmullos quedos.
El siguiente destino era el Mount Auburn Cemetery, en Cambridge, a escasos minutos de Boston.
Los padres de Alana no estaban presentes: el mal tiempo en Bélgica impidió que las autoridades aeroportuarias autorizaran el despegue de su avión privado.
La abogada asistía en representación de su familia y por aprecio a Elizabeth.
Estaba a punto de subir al coche cuando oyó que la llamaban por su nombre.
El chófer mantenía abierta la puerta del Maserati azul, esperando a que ella entrara.
Disponer de chófer era una extravagancia que Alana se permitía solo en ocasiones puntuales como aquella, pues encontrar aparcamiento en Boston era un quebradero de cabeza.
En general, a ella le gustaba conducir, pese al tráfico, porque aprovechaba esos minutos frente al volante para subir el volumen de la música y cantar a voz en grito las letras de sus canciones favoritas.
Era su forma de terapia para dejar salir el estrés del día, y de paso evitaba que sus vecinos la tomaran por loca.
—Perdona, ¿eres Alana Pemberton? —preguntó una voz femenina y suave.
La aludida miró por encima del hombro.
—¿Quién eres tú? —preguntó a su vez—. No me suena tu rostro de nada.
—Me llamo Ingrid —sonrió la chica de ojos grises; parecía nerviosa.
Su cabello era negrísimo y lo llevaba recogido en una coleta—.
Lamento interrumpir, pero al verte no quise perder la oportunidad de acercarme.
Solo quería decirte que el nuevo rediseño de la arquitecta Taylor Woods en el área tropical de los jardines del Beacon Hill Garden Club, y que tú patrocinaste, quedó hermoso.
Amo la naturaleza —dijo con sinceridad—.
Me gusta ir con frecuencia para inspirarme y crear música.
A Alana le pareció una jovencita muy agradable y genuina.
Le devolvió la sonrisa.
—Encantada de conocerte, Ingrid —replicó, y le tendió la mano para estrechar la de la muchacha—.
Gracias por tus palabras. Me alegro de que disfrutes de ese espacio con naturaleza.
No te preocupes por interrumpir —señaló con discreción a la gente que se dirigía a sus coches—; siempre es agradable escuchar algo como lo que acabas de mencionar.
Jardines como ese merecen aprovecharse. ¿No lo crees?
La chica seguía algo nerviosa. Asintió brevemente.
—Yo… Bueno, yo admiro el estilo de ropa que usas, porque es tan elegante y desafiante, así como la manera en que las personas siempre hablan bien de ti.
—Oh, eso es muy amable, Ingrid —replicó Alana, pues no iba a comentarle que la mayor parte de los comentarios no siempre eran halagüeños—. Gracias.
—¿Sabes? Este año me presento al baile de las debutantes.
Ya envié mi candidatura. El año anterior me rechazaron porque, según ellos, mi dinero no era lo suficientemente antiguo.
Quizá también me habré olvidado de algún requisito y no le comenté a mi familia que iba a aplicar; ellos no son partidarios de esta clase de actividades.
Pero a mí me encantan —dijo con una mezcla de pesar y esperanza.
—La familia puede ser complicada —replicó empatizando con Ingrid—. Me gusta que seas persistente y quieras presentar nuevamente tu candidatura en este año.
—Gracias. Alana, sé que es un poco atrevido de mi parte —murmuró en tono de disculpa—, pero la verdad es que quisiera saber si estarás entre el grupo de votantes para elegir a las debutantes este año.
Cumpliré dieciocho, dentro de un mes. Me haría muy feliz ser aceptada, porque tengo grandes ideas creativas para poner en práctica con las fundaciones a las que ayudan.
Estudiaré diseño de modas, así que incluso podría contribuir en algún programa vinculado a ello y buscar contactos. ¿Qué opinas?
Alana asintió. Ella jamás habría aprobado que enviaran una carta —aunque eso no estuviera en sus manos— diciéndole a una chica que su fortuna no era lo suficientemente antigua para ser debutante.
Así que pensó en otra razón, muy válida y real por cierto, que ofrecerle como motivo a tener en consideración esta vez.
—El año anterior no estuve dentro del comité que da los votos, pues tuve que ausentarme por asuntos profesionales.
Así que lamento que hayan rechazado tu candidatura y, además, con un argumento tan absurdo —expresó Alana.
La chica soltó una exhalación y asintió, ya lucía menos tensa—.
El dinero no debería ser una vara para medir la idoneidad de las debutantes, y tú tienes un talento que sería muy útil: crear a partir de diseños de moda.
Da igual si apenas vas a empezar a estudiar, pues lo haces porque ya posees ese talento y vas a perfeccionarlo y profesionalizarlo, ¿verdad?
—preguntó con amabilidad. Ingrid la miró como si tuviera una varita mágica en la mano y asintió—.
Pero tienes que tener en consideración un factor real por el cual sí pudieron declinar tu candidatura: tenías diecisiete años, y solo puedes aplicar al cumplir los dieciocho.
—El baile será en cuatro meses, y la fiesta del anuncio de las candidatas dos meses antes —explicó ella—. Hay reglas que no pueden obviarse.
—Sí, Alana, lo sé —comentó con una sonrisa—. Esta vez lo haré bien.
Ingrid tenía tendencia a saltarse las normas, no por creerse superior, sino porque cuando algo le hacía ilusión quería resultados rápidos.
Como ocurrió con el baile de debutantes: el año anterior había enviado su candidatura sin decírselo a su familia, que consideraba esa clase de eventos ridículos y anticuados.
Ella no lo veía así. Ahora que estaba a punto de cumplir los dieciocho, volvería a intentarlo, y esta vez sí se lo contaría a su familia.
Sabía que la apoyarían, aunque no compartieran los mismos puntos de vista sobre este interés suyo en particular. Pero le daba igual.
—Estupendo. Hagamos algo, Ingrid —dijo la otra mujer en tono cómplice—: esta vez, cuando me den la lista de candidatas y vea tu nombre, votaré por ti. ¿Vale?
A la chica se le iluminó la mirada.
—¿De verdad? —preguntó con emoción.
—De verdad —replicó Alana, dándole una palmadita en el hombro.
Miró alrededor: los coches ya se ponían en marcha.
Ella necesitaba acabar cuanto antes con este asunto, porque tenía una llamada con un cliente en Inglaterra—.
Podría haber otra Ingrid en la lista, no sería nada raro, así que dime, ¿cuál es tu apellido?
—Soy Ingrid Callahan.
—Ha sido un placer hablar contigo —expresó Alana sonriendo—. Debo irme.
—Por supuesto. Claro, claro —dijo la chica, ilusionada—. Qué maja eres.
La abogada le hizo un guiño y luego subió al Maserati.
¿Cómo iba a saber Alana que este encuentro le cambiaría para siempre la vida?