Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Los encuentros con Brent se habían repetido, aunque no con frecuencia.

Siempre que la veía, él encontraba la manera, sutil y serena, de acercarse y entablar conversación.

Alana no podía negar que era encantador, pero también lo había sido Aaron al principio, hasta que todo había cambiado.

Ella no juzgaba a todos por igual; sin embargo, en su caso, las dudas estaban ancladas a una experiencia juvenil tóxica.

—Lo sé —había murmurado Alana—. Ahora estoy con un caso complejo y pasado mañana tenemos que entregar la documentación final para el proceso.

Han sido largas semanas de trabajo para llegar a este punto y no necesito distracciones.

Aparte, Taylor, poco me apetece usar mi tiempo libre para tener una cita con un hombre que, probablemente, sea el duplicado de los que ya conocemos alrededor: hacen monólogos, buscan una esposa trofeo y no saben apreciar las cosas sencillas de la vida: las que no tienen un precio.

Es como si fuesen incapaces de resolver un problema sin llamar a un asistente.

Como si esta generación de hombres, entre los que podemos elegir, está llena de inútiles —había dicho—.

¿Cómo es posible que un hombre moderno no sepa cambiar la llanta del coche, pero que yo sí?

No es machismo, sino que me explota la cabeza ante la ignorancia sobre algo tan básico.

Taylor se había carcajadeado.

—Porque eres muy lista y nunca has querido depender de nadie.

Pero da igual, Lani, solo diviértete un poco.

Quizá el heredero de los Cabot te sorprenda —había replicado—.

Aparte ya cuentan siete meses desde que cortaste con el tarado de Aaron.

Un poco de sexo ardiente no te vendría nada mal —le había hecho un guiño, y Alana se había reído de buena gana—.

Brent te invitó hace unos días a una regata en la bahía.

No pierdes nada. Aunque lo que yo creo que necesitas es un tipo que no pida permiso, que marque su propia ley, y te haga arder de deseo con poco.

Cuando lo encuentres, entonces dejarás de buscar excusas para mantener tu celibato o tus rechazos, Lani.

—Taylor, solo tú podrías salir con un argumento así —había reído Alana—. Yo no quiero repetir mis errores. Estamos rodeadas de máscaras y es complicado lograr conocer la verdad detrás, hasta que es demasiado tarde o muy doloroso…

La rubia había extendido la mano y apretado la de su amiga; su rostro serio.

—Siempre has sido envidiada, Lani, porque tienes carisma, hablas seis idiomas y eres tan genuina como guapa.

No eres arrogante, sino lo opuesto —había replicado la arquitecta con cariño—.

Eso no lo toman bien las mujeres que te ven como competencia.

Ellas buscan la relevancia que tú posees y que obtienes sin proponértelo.

Pero los hombres que no valoran tu potencial y lo bella que eres no solo están ciegos, sino que son inseguros.

Me alegro que hayas dejado a Aaron, lo que no me alegra es que hubieras permitido que pasaran tres meses para cortar esa toxicidad y las ideas estúpidas que reavivó en tu mente sobre el hecho de que ser curvilínea, en este círculo de gente plástica, no solo es un error, sino que tiene que repararse con cirugía.

¡Dios! —había exclamado, enfadada—. Así que baja las barreras. Acepta ir a la regata…

—Gracias por decirme todo eso, Taylor —había dicho con emoción en la voz—. No sé qué haríamos las mujeres sin una amiga que nos aclare la mente y nos ayude a reflexionar. Te prometo que voy a pensar sobre esa invitación de Brent.

La otra mujer había esbozado una sonrisa, y luego había pedido la cuenta.

—Y también, ¿qué haríamos las mujeres sin una amiga que nos acompañe en las borracheras universitarias y nos salve de lanzarnos a una piscina, congelada, porque no podemos diferenciar la realidad de lo que imaginamos?

—había comentado bebiendo el último trago de su Merlot, ante el recuerdo de unas de sus imprudencias.

Alana se había reído.

—Ciertamente. No fue uno de tus mejores momentos, eh, pero fueron épocas divertidas.

Recuerdo que los estudiantes extranjeros no sabían las estúpidas tonterías de nuestro círculo social y por eso nos apreciaban de verdad, ignoraban el dinero o la influencia de nuestras familias.

Quizá deberíamos llamar a Rafael, en España; Mabel, en Francia; Rocco, en Italia; y María Inés, en México. Sería una reunión estupenda.

—Ya lo creo que sí —había dicho Taylor, mientras salían del local. Ella había ofrecido pagar la comida esta vez, porque la ocasión anterior la había pagado Alana.

Ambas habían caminado hacia el área de parqueo.

—Te llamo para ir a comprar juntas los vestidos del baile de debutantes —había comentado Alana.

Ella formaba parte del comité organizador, aunque no le gustaba particularmente, porque hacían un análisis exhaustivo de las candidatas, según su patrimonio, reputación familiar y lo que podrían aportar en intereses de negocios para el selecto grupo al que serían bienvenidas—. Aunque quisiera saltármelo…

—Elizabeth confiaba en ti, más que en ninguna otra integrante de ese comité, sabía que no juzgabas por apariencias, sino por la intuición de quiénes de verdad podrían contribuir en cultura o talento a nuestro círculo social —había dicho Taylor.

—Lo sé…

Esa conversación había ocurrido una semana atrás.

El baile sería dentro de cuatro meses.

Elizabeth Bowen-Fitz fue durante décadas el referente de la dama con abolengo, intelecto y buenas conexiones: marcaba tendencias en los eventos de gala, fundaba organizaciones benéficas y decidía quiénes eran admitidos en el selecto círculo que encabezaban los cinco apellidos con las fortunas más antiguas de la ciudad.

Presidió, además, el Comité Boston Legacy (CBL), encargado del baile de las debutantes, una de las instituciones más difíciles para ingresar.

Para las familias adineradas, la entrada de sus hijas, suponía oportunidades y contactos que iban mucho más allá de los rostros y nombres habituales en la prensa.

Se trataba de un abanico de posibilidades únicas en un entorno selectivo y esnob, que avalaba a las recién llegadas como parte de él.

A Alana eso le resultaba nauseabundo, pero todas esas personas —ahora enfundadas en trajes de costosos diseñadores, en tonos blancos y negros, durante el velatorio de Elizabeth— habían formado parte de su vida desde que tenía memoria.

Las toleraba, porque tampoco podía convertirse en una ermitaña, pero procuraba restringir su presencia en actos multitudinarios desde que se había mudado sola y ya no tenía que acatar las exigencias de Sandy.

Además, le había prometido a Elizabeth que haría lo posible por ayudar en el baile de ese año, aunque también se prometió a sí misma que sería el último.

No consideraba justo jugar con la ilusión de tantas jovencitas: aquello parecía, prácticamente, una admisión universitaria.

Los rechazos se enviaban, al igual que las aceptaciones, en un sobre cerrado a la candidata.

Alana jamás se comportaba como si los demás fueran distintos o inferiores por no compartir su poder adquisitivo.

De hecho, al salir de la universidad, solía ir con su mejor amiga a Revere Beach en lugar de volver a casa: les gustaba mezclarse con la gente y pasear sin prisa por aquella playa popular.

Alana apreciaba la ropa de diseñador, sí, pero le resultaba una tortura llevar tacones altos y fingir, durante horas, que se divertía con personas que no conocía o que se acercaban a conversar tan solo porque era una Pemberton.

Lo pasaba mucho mejor con unos leggings, una blusa sencilla de algodón y zapatos cómodos, mientras paseaba con Taylor por la ciudad.

Su familia tenía una casa en Martha's Vineyard, donde todos los veranos celebraban fiestas y ejercían de anfitriones de gente conocida, incluso de Hollywood.

Sus meses de descanso se volvían tediosos, entre tantos eventos, salvo cuando asistía algún actor o alguna actriz que le gustara.

Como eso era la excepción, cada vez que podía escapar de las ambiciones sociales de Sandy, se refugiaba en su habitación a dibujar.

Ese era su pasatiempo y era muy buena en ello.

Perdía la noción del tiempo cuando tenía un lapiz en la mano y varios bocetos para llenar a gusto con sus ideas.

Cuando su abuelo le legó la propiedad veraniega de dos plantas frente al mar, Alana transformó la casa en un santuario personal para relajarse.

Renovó toda la decoración, borrando la frivolidad de los objetos que no le hacían sentido, y le imprimió un aire más cálido, sencillo y acogedor: su propia marca.

No siempre podía escaparse a Martha's Vineyard, pues sus horarios laborales eran ajustados y sus tareas, exigentes.

Además, para ella era una prioridad dejar claro que su permanencia en el bufete McKenzie & Trader no se debía a su apellido, sino a su capacidad de resolución y ejecución.

El diploma de Harvard Law School, donde se había graduado summa cum laude como la mejor alumna de su promoción, avalaba su intelecto, pero no bastaba para acallar las dudas sobre el motivo de su contratación.

No era fácil sostener esa lucha cuando sus colegas —no todos habituales de las listas VIP de los eventos chic de la ciudad— la veían aparecer en las páginas de sociedad o en reportajes familiares.