CAPÍTULO 1 #2
—El bullying … —había tragado saliva—. Prefería estar alejada.
—¿Hoy prefieres quedarte bailando y que te lleve a casa? —había preguntado.
Alana sabía que era la noche en que definiría un antes y un después.
—No, Alex —había dicho con valentía y excitación—. Quiero vivir una noche para recordar. Sé que te irás a Indiana, como acabas de decirme, y yo también tengo mis propios sueños aquí, pero en Harvard. Cumple tu promesa: no me lastimes.
Alex había esbozado una sonrisa y había extendido la mano para salir del salón.
Sí, la noche fue una de las más bonitas para Alana y la guardaba con cariño en sus recuerdos.
Desde entonces no volvió a tener contacto con Alex.
Solo sabía, por los noticieros de deportes, que había firmado contrato con los New England Patriots, un año atrás.
Así que estaba de regreso en Boston, pero no se habían reencontrado.
Ahora, mientras Alana observaba a su alrededor y el aroma de los adornos florales —mezclado con el del incienso fúnebre— inundaba el interior de la iglesia, advertía que, por mucho que el mundo evolucionara, la arcaica costumbre de juzgar el físico de las mujeres seguía anclada en el tiempo.
A ellas se les diseccionaba la apariencia; a los hombres, en cambio, se les concedía vía libre para ser lo que les viniera en gana: apuestos o no, gordos o delgados, esbeltos u obesos, millonarios o no.
Era como si la sociedad les ciñera un corsé mental, una varilla invisible que medía si cumplían con esa estética esquelética que vendían las pasarelas y los anuncios de moda.
O bien se pasaba al extremo opuesto, y se glorificaba la obesidad como si fuera saludable.
Se ignoraba el principio más elemental: no hay dos cuerpos iguales.
Y se desoía el siguiente: cada persona tiene derecho a vivir su vida como le dé la gana.
La talla de ropa ideal, según las mujeres que —como su madre— gastaban doscientos mil dólares, o medio millón, en un bolso Birkin, oscilaba entre la 0 y la 6, y aun esta última se consideraba ya un poco fuera de los límites de lo elegante y lo femenino.
Alana no encajaba ni de broma en esos números ridículos: sus curvas habían decidido llenar los sujetadores con generosidad, redondearle un trasero firme bajo las bragas, los vaqueros o los vestidos, y dibujarle unas caderas de trazo coqueto.
Sandy la había atormentado con dietas constantes y la enviaba a ejercitarse con un entrenador privado.
Todo lo que tuviera dulce o carbohidratos quedaba prohibido en la cocina del chef de la casa.
¿La consecuencia para Alana? Trastornos alimentarios que la llevaron a un periodo de bulimia.
Cuando su padre advirtió lo que sucedía, tuvo una fuerte discusión con Sandy y llevó a su hija de inmediato a Suiza.
Darren Pemberton adoraba a su única hija.
Durante varias semanas, Alana recibió el mejor tratamiento psicológico y se integró en un grupo de apoyo que la sacó de aquel estado.
Poco a poco, recuperó su peso normal y saludable.
No obstante, las inseguridades físicas y las secuelas del acoso seguían pululando en las capas de su inconsciente, como gusanos difíciles de aniquilar.
Alana aprendió que su cuerpo era sano y hermoso en sus proporciones; que su peso estaba acorde con su metro sesenta y seis de estatura, y que sus curvas eran las que otras mujeres pedían a los cirujanos plásticos.
El recuerdo de la noche con Alex —los ojos de deseo, la emoción de la fiesta, la excitación inocente y la admiración— también la ayudó de alguna forma en su terapia.
Por eso siempre estaría agradecida con ese chico que no solo era popular —y ahora un famoso jugador en la NFL— atractivo y talentoso, sino que también poseía un corazón similar al de ella: sincero. Al menos, así fue como él quedó en su memoria.
Desde entonces, sus parejas habían sido un fiasco. No solo emocional, sino que físicamente parecían tener avaricia por su cuerpo, mas no por su placer y gozo.
Alana ahora vivía sola y esa libertad no tenía precio, pero el reto mental —para aceptarse desnuda frente a espejo— continuaba.
El desafío se incrementaba cuando las murmuraciones, que daban a entender que no encajaba en el estándar de una mujer físicamente acorde a la estética de la alta sociedad, llegaban a sus oídos.
Lo anterior le tomaba poco tiempo para ignorarlo y sacarlo de su sistema.
Esto no impedía que dejara de incomodarla o enfadarla.
Pero su último novio, su ex, había reabierto las heridas con su narcisismo.
Le solía decir que era preciosa, aunque lo sería más si consideraba una liposucción, porque así encajaba mejor entre el estilo de las mujeres con las que él solía salir.
Cuando Alana le preguntó por qué carajos quiso estar con ella, Aaron le confesó que era atractiva e inteligente, pero que esperaba que buscara —con el tiempo— adaptarse al estilo de mujeres que le gustaban: esbeltas, pocas tetas y un trasero más pequeño.
La reacción de Alana, quizá un poco tardía, tras esa conversación fue mandarlo a la mierda y cortar la relación.
Aaron había intentado minar su autoestima para sentirse mejor a costa de ella y, como Alana lo permitió al no dejarlo a tiempo, le quedó el temor a darle una nueva oportunidad a otro hombre.
Por esa razón prefería enfocarse en el trabajo.
De hecho, se ofrecía para ayudar en otros casos, a pesar de que siempre tenía en su portátil un montón de documentos pendientes de leer.
Su eficiencia era recompensada, por supuesto, con un buen salario y bonificaciones.
El exceso de horas laborables eran su excusa ideal para evitar eventos que consideraba aburridos.
Pero una de las actividades a la que jamás faltaba era la competencia anual de pruebas científicas entre los niños de la Fundación Future Rockets.
Esta había sido creada por su padre con el fin de otorgar becas escolares a los niños de pocos recursos, pero que poseían un coeficiente intelectual elevado.
Así que Alana prefería su trabajo y la fundación a tener citas románticas.
—¿Por qué rompiste tu relación con Aaron? —le había preguntado una tarde su mejor amiga, Taylor—. De los novios que has tenido me parecía el mejor… Aunque no es que has tenido una lista que supere los cuatros —se había reído.
Con una copa de vino en mano, en un restaurante de Beacon Hill, Alana había soltado un suspiro exhausto. Ella y Taylor se habían conocido en Harvard, años atrás, en la facultad de derecho, volviéndose inseparables. La química había sido inmediata.
—Quizá tengo un radar en la frecuencia equivocada —había dicho, sonriendo.
—A todas nos falla ese radar de vez en cuando, ¿no lo crees?
—había preguntado Taylor. —Alana había bajado la mirada un instante y luego le había contado todo sobre Aaron Weston durante los tres meses de la relación—.
¡Joder! Qué hijo de puta. ¿Es que tiene mierda por neuronas?
Una liposucción nada menos —había expresado Taylor, enfadada—.
¿Por qué recién me dices esto, Lani? —había preguntado en un tono consternado y llamándola por ese apodo cariñoso—. ¿Eh?
Alana había soltado una exhalación lenta.
—Porque en algún momento llegué a sentir que estaba fracasando.
Que repetía patrones. Que veía fantasmas y que estaba juzgando a Aaron…
No lo sé, Taylor. Lamento no habértelo contado —había meneado la cabeza—.
Han pasado siete meses desde que rompimos.
Así que está superado. No quiero hablar de ese idiota.
—Entiendo. Me habría gustado saber todo esto con antelación y haberte ayudado a entender que ese idiota se merecía una bofetada, no tu atención —había comentado la chica—.
Los narcisistas son lo peor que existe. Te libraste de él, pero supongo que este tiempo sin pareja es la respuesta a lo que ocurrió, ¿verdad?
Alana había hecho un asentimiento.
—Mi madre insiste en que salga con Brent Cabot.
Él se dedica al negocio de la industria agrícola y coches de carrera, y yo a defender asuntos corporativos y fiducidarios.
Así que no sé qué podría existir de divertido en una cita, si no tengo intenciones de formalizar nada.
No —había anticipado al notar que su amiga iba a interrumpir—, no, no.
Tampoco quiero tener una aventura. Solo quiero serenidad.
Taylor había tamborileado los dedos sobre la mesa de madera.
—Mmm, pero está muy guapo, Lani, y me contaste que fue encantador contigo —había dicho haciéndole un guiño—.
Sé que tu madre es una piedra en el zapato, no es una ofensa, porque sabes que es cierto.
Pero que se conocieran no fue planeado. Así que sería imposible atribuir una manipulación de Sandy detrás de ese encuentro.
Alana sabía que era verdad.
—Exacto, mi madre no tuvo nada que ver con que nos conociéramos.
Los Cabot era propietarios de negocios que incluían áreas hoteleras, navieras, aerolíneas y productos de belleza.
Brent no había ido a la escuela con Alana, sino que se habían conocido —dos años atrás— una tarde en uno de los clubes sociales para celebrar el 4 de julio.
En aquella ocasión, él se había acercado a conversar y luego le había preguntado si quería salir a cenar o tomar un café juntos.
Alana se había negado con amabilidad, alegando que estaba a tope de trabajo.
Sandy había observado de lejos la interacción, claro que sí, por eso insistía en que su hija saliera con el multimillonario.