CAPÍTULO 1
Entre esos apellidos estaba el de Alana Pemberton.
La joven belleza de ojos azules jamás se había sentido cómoda con las reglas y expectativas que la rodeaban.
Incluso ahora, con la madurez de sus veintisiete años y un título de abogada, le costaba tolerar la hipocresía y la vileza con las que ese grupo —presente ahora en la iglesia— solía actuar con los demás.
No eran los únicos billonarios y multimillonarios en el mundo en comportarse como si todo girara alrededor de sus existencias, pero al ser personas que frecuentaban varias de sus actividades sociales sí le resultaban un fastidio.
No todos. Después de la mayoría de las interacciones, Alana terminaba cansada no solo de sonreír, sino de tratar de usar una barrera para que las idioteces no vencieran la cordura que evitaba mandarlos a la mierda.
Sus padres eran personas respetadas, queridas inclusive por su labor filantrópica a favor de preservar las zonas históricas de Boston, así que —para no tener discusiones, en especial con su madre— procuraba controlar su temperamento.
No era una mujer malhumorada, sino que poseía la tendencia a decir lo que pensaba.
Esto último se traducía en expresar la verdad, sin filtros, y como consecuencia creaba impasses.
Con el tiempo, ella aprendió a modular su manera de expresarse —sin dejar de ser fiel a sí misma— gracias a que su padre le dio un consejo que permanecía en su mente cuando estaba a punto de perder la paciencia: no todos están listos, ni merecen escuchar la verdad.
Alana aplicaba la enseñanza también en su profesión.
En ese limitado grupo social, que medía la valía de otros basándose en su reputación financiera y conexiones entre apellidos generacionales, había excepciones.
Alana tenía el privilegio de conocer a varias de esas personas con las que, genuinamente, disfrutaba una conversación o salidas breves a tomar algo.
No era una mujer con demasiados amigos, sino mas bien selectiva, así que sus interacciones en sociedad eran siempre con una finalidad clara en mente: ayudar a una causa benéfica, participar de un homenaje, asistir a una gala, estar en la presentación de un escritor famoso, asistir a la premiere mundial de un filme o la apertura de una nueva tienda.
Una misa de cuerpo presente no era una situación cómoda para Alana, sin importar quiénes eran los asistentes, pues siempre asociaba esta clase de situaciones a una similar que la marcó para siempre: la muerte de su hermano gemelo, Rochester, cuando ambos tenían ocho años.
Él había fallecido durante unas vacaciones, esquiando, en Colorado.
Una avalancha los tomó desprevenidos y los equipos de rescate no lograron encontrar a su hermano, sino hasta un día después.
Desde entonces, los funerales le causaban una sensación de estar atrapada y removían memorias dolorosas.
Esta era la razón de que soliera evitar esta clase de situaciones.
Además, también le molestaba que hubieran convertido los funerales, y todo el proceso en sí, en un acontecimiento de sociedad.
Lo anterior lo consideraba lamentable. Las personas no asistían a condolerse de verdad, sino a hacerse presentes con la familia de los occisos porque —en el caso de la gente adinerada— afianzaba un lazo más, a través de una situación de vulnerabilidad emocional.
Se trataba de un paso calculado y frío, la sinceridad era esquiva.
Alana no podía actuar de ese modo ni comportarse como si el dolor ajeno fuese una carta adicional de reafirmación.
Así que, por más de que su madre se enfadara cuando se negaba a asistir a funerales de personas que no eran cercanas, ella mantenía su postura. Su padre jamás la regañaba.
Para Alana, el caso de Elizabeth era muy diferente.
La señora había sido como una mentora. Aunque fue estricta y tajante en su proceder, le mostró con generosidad cómo sobrellevar conversaciones difíciles, afrontar momentos incómodos y salvar situaciones que podrían convertirse en embarazosas, entre sus pares.
Fue la única que sabía todo sobre los entresijos de la alta sociedad y también los códigos para acceder a espacios de incalculable poder.
Quizá consideraba a Alana como la hija que nunca tuvo, pues la mujer enviudó sin tener descendencia.
En agradecimiento por la amistad de Elizabeth, sus enseñanzas y las breves tardes de franqueza sobre lo que de verdad ocurría detrás de los lazos de familia y asociaciones de negocios en Boston, Alana aceptó invitaciones a eventos a los que hubiera preferido cambiar por una cobija y una buena película o serie.
No solo eso, sino que —a pesar de los dolorosos recuerdos que una misa fúnebre traía a su memoria— ahora estaba presente en Trinity Church.
Pero Alana también sabía cómo funcionaba una rama diferente de ese entramado de la alta sociedad: la gente de su misma edad. No de la mejor forma.
Durante sus años de secundaria, Alana sufrió bullying, especialmente desde que su cuerpo se desarrolló.
Su personalidad risueña empezó a ocultarse tras muros distantes, y se volvió cauta y desconfiada.
Las bromas crueles sobre el tamaño de sus pechos o sus caderas no faltaron.
Además, siempre obtenía buenas notas y poseía talento para cantar; esto último fue lo que la llevó a formar parte del coro.
No era popular, pero tampoco impopular, aunque las otras chicas parecían detestarla sin razón.
En una ocasión, la encerraron en el cuarto de limpieza durante horas.
Por más que gritó, nadie la escuchó, pues esa zona quedaba apartada del edificio principal.
Cuando el conserje la encontró, Alana tenía los ojos hinchados de tanto llorar y el cuerpo le temblaba; además, los nudillos estaban raspados por golpear la puerta.
Su móvil se había quedado en la mochila, que continuaba en el casillero.
A pesar del incidente, Sandy Whitburn Pemberton —su madre— se negó a cambiarla de colegio y tampoco presentó una queja formal.
De hecho, la culpó y adujo que eso no le habría pasado si hubiera demostrado más carácter.
Además, le dijo que ningún Pemberton había abandonado la Noble and Greenough School y que Alana no sería la primera en romper la tradición familiar, y mucho menos en perjudicar la reputación del apellido.
Los chicos implicados en el bullying no fueron castigados, pese a que Alana no tuvo reparos en nombrarlos y también relatar lo ocurrido al director de la escuela.
Las burlas sobre su físico cesaron cuando el capitán del equipo de fútbol, Alex Saltonstall, en medio del pasillo de los casilleros, se dirigió a quienes atormentaban a Alana —tres chicas y dos chicos— y les dijo con firmeza que, si tenían dos dedos de frente, entenderían que una mujer como ella era la que los chicos deseaban, porque tenía las curvas en los lugares correctos; y añadió que envidiaban su talento para cantar, así como la inteligencia que explicaba sus buenas notas.
Sonrojada y halagada a la vez, Alana se limitó a observarlo con una mezcla de agradecimiento y bochorno.
Tiempo después, el capitán de fúbtol la invitó a ser su pareja en el baile de graduación.
—¿Es verdad lo que dijiste aquella tarde en el pasillo? —le había preguntado Alana en un susurro, mientras bailaban. La iluminación tenue; la música suave.
—Me sorprende que no te des cuenta de lo bonita que eres, Alana —había replicado el chico de ojos verdes y físico fuerte.
Se iba a la universidad de Notre Dame, en Indiana, pues lo habían admitido por su rendimiento en el campo de fútbol—.
Cada parte de tu cuerpo me atrae, pero no quiero hacer nada que tú no desees.
Además —había detenido su movimiento, mirándola— me marcharé a otro estado.
Alana había tragado saliva. Si bien la había llevado al baile, no era la primera vez que estaban juntos.
Alex la había invitado a salir: caminar por la playa, comer hamburguesas, estudiar juntos algunas materias o solo escuchar música o charlar.
Él había sido su primer crush, y quien le dio el empujón de confianza que le hacía falta.
—Gracias… —había dicho, mirándolo—. Eso quiere decir que… Mmm… No sé cómo ponerlo en palabras sin avergonzarme si acaso he comprendido mal.
Alex se había reído e inclinado hacia ella para hablarle el oído.
—¿Eres virgen, Alana?
Ella había abierto y cerrado la boca por la pregunta dicha tan a bocajarro.
—Yo… Esto. Sí.
—Te deseo, pero mi vida ni mis sueños están en Boston.
Prometerte que te hablaré a distancia o que volveré a visitarte para intentar tener una relación de novios, más que la de amigos que tenemos ahora, sería mentirte…
—había tomado una inhalación profunda—. Pero quisiera besarte, tocarte y escuchar tus orgasmos.
Alana se había reído con timidez. ¿Orgasmos? Claro que ella se tocaba e inclusive había comprado un vibrador. No le podía decir que él era su fantasía. Pero en ese instante, Alex le había ofrecido la oportunidad más genuina de hacerla real.
—¿Me prometes que no vas a lastimarme…? —había preguntado ella.
Él había hecho un asentimiento.
—Sí, pero la primera vez va a dolerte y no lo haré a propósito —había replicado con los ojos brillantes de deseo, excitado—. Luego pasará y todo será mejor.
—Alex, he visto las chicas con las que sales —se había mirado a sí misma, envuelta en un Versace azul que marcaba la sensualidad de sus curvas juveniles.
Él le había tomado la barbilla con firmeza para que lo mirara.
—Me gustan para divertirme, sí —había respondido con franqueza—.
Pero si tuviera que elegir entre una mujer como tú, llena de curvas perfectas y un rostro lindo, y una mujer que puede desaparecer entre mis brazos por ser tan delgada, te elegiría a ti.
Te he visto siempre de lejos, aunque siempre te notaba esquivando a los demás…