Entre espinas y seda escarlata PRÓLOGO #5
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PRÓLOGO #5

Sus trajes costaban una fortuna y habían sido diseñados exclusivamente para él.

No solía acudir a situaciones nimias —como esta— pero se trataba de una de sus hijas.

Consideraba que la mirada de ilusión de Sloane, al hablar de este jovenzuelo, era un inconveniente en sus planes de expansión y control de territorio.

Por eso zanjaría todo a su modo. No era necesario que su hija interviniera, pero le hizo creer la noche anterior que le daría la opción a responder, al pendenciero Callahan, ante una acusación inexistente.

Blynth había mencionado que de fuentes confiables sabía que el muchacho era un soplón de la policía. Fue cuando Sloane le pidió clemencia.

Las artimañas con sus hijas eran entretenidas y fáciles de poner en práctica.

Asesinar a este insignificante muchacho habría sido sencillo, pero como resultado tendría en casa una pesadilla con la que no quería lidiar.

Su mujer, Arling, se convertiría en un quebradero de cabeza si sus hijas sufrían.

Él necesitaba concentración porque su organización estaba en negociaciones con la Bratva.

Así que los tiempos que corrían eran de desconfianza y mucho cuidado.

Esta paliza que ordenó que le dieran a Rhys era suficiente para castigarlo por haber tocado a Sloane.

Pero, aunque pareciera que él tenía preferencia por alguna hija, no era así.

No se podía tener debilidades, a pesar de que estas fuesen su propia sangre. No en su mundo.

—Porque soy inocente, señor McCain —replicó Rhys, aún yaciendo en el piso.

El capo rio sin humor. No existía espacio para ello en su mundo.

—No, Callahan —dijo el capo, mientras sacaba una 9mm con la misma facilidad con la que se quita un reloj—. Sigues vivo, porque hay una prueba para ti.

El cañón del arma apuntaba justo a la sien del chico.

Rhys quiso decirle que si le perdonaba la vida jamás volvería a ver a Sloane.

Sin embargo, un lado tozudo —incongruente inclusive— se negaba a olvidar lo que tenía con ella.

Quizá porque sentía que, a pesar de que le ocultó su verdadera identidad, siempre fue genuina en lo que importaba: sus acciones y pensamientos compartidos.

Si le agregaba lo divertido y aventurero que resultaba el sexo con ella, entonces podría decir que tenía el cóctel perfecto para una bebida de alta potencia.

—Una prueba. Bien —farfulló Rhys. Se preguntaba si estas personas podrían escuchar la fuerza con la que su corazón golpeteaba como un tambor inquieto.

—¿Qué es lo que te motivó a aceptar la oferta de Hats? —preguntó Blynth.

En el tono de voz del hombre existía una siniestra suspicacia.

—Mi padre necesita un trasplante de riñón. No hay avance en la lista de receptores, así que aporto en casa para lo que haga falta —replicó con franqueza.

—Puedo ayudarte a escalar en esa lista —expresó el mafioso.

Rhys tragó saliva y tan solo esperó a que el hombre continuara.

Se temía que no iba a gustarle en absoluto lo que escucharía a continuación—.

Y ya que he determinado que no eres un soplón —dijo burlonamente y con matices venenosos, porque era obvio que esa acusación había sido la excusa para este castigo—, no voy a matarte.

Lo podrías considerar un indulto. Viniendo de mí, un gran gesto. Pero tengo un último encargo.

El chico tragó saliva e hizo un asentimiento.

—¿Último…? —preguntó Rhys con los pensamientos corriendo un triatlón mental, haciendo conjeturas financieras, sobre su vida, su futuro y el de Thomas.

—Me encargaré de que tu padre entre al primer lugar de la lista de receptores de riñón —expresó.

No hacía falta aclarar que él ya sabía todos los antecedentes y la realidad de Rhys, y que esta charla solo era para amedrentarlo.

Por eso ni siquiera se molestó en preguntar en qué hospital estaba recibiendo el tratamiento de diálisis—.

A cambio recibirás instrucciones para una última entrega y te apartarás de Sloane.

Rhys lo miró con desconfianza. Estaba con un capo, no un hombre de palabra.

—Señor McCain —replicó con suavidad y odió el tono sumiso con el que salió su voz.

Pero, ¿qué carajos podría hacer, cuando estaba incapacitado para moverse y con el cañón de una pistola apuntándolo?

—. Sloane es importante para mí —confesó.

No iba a decirle que la quería o que estaba enamorado; ni él lo sabía.

Tampoco tendría sentido, porque Blynth no era el tipo de padre de familia usual.

McCain esbozó una sonrisa que parecía más bien una mueca.

—Mi hija es caprichosa. Tú, al igual que muchas cosas con las que ella se suele obsesionar por temporadas, formas parte de sus novedades esporádicas.

Lo entenderás más pronto que tarde —replicó con desdén y guardó el arma—.

Supongo que la elección no es tan difícil: salvar a tu padre o recibir un disparo fulminante.

No era una decisión complicada. Sin embargo, Rhys consideró que Sloane sí merecía una explicación sobre las razones por las que tendrían que dejar de verse.

—No, señor, no lo es —aseveró Rhys—. La vida de mi padre es mi elección.

El hombre de manos toscas hizo un asentimiento leve.

—Nos entendemos bien —dijo el capo—. Por cierto, tampoco le comentarás a Sloane que he hablado contigo.

Así que no podrás usar esta conversación como argumento para que comprenda por qué no querrás volver a verla.

Eso sí, como ella es muy lista, sabrá que la causa de tus golpes y moratones fue porque te acusaron de soplón, y yo tuve la cortesía de darte el beneficio de la duda —expresó sarcástico.

—Yo… sí, de acuerdo, así será, señor McCain.

El capo se apartó de él. De inmediato, Kanel y Pollack lo imitaron. Un coche negro, en el que Rhys no se había fijado por razones obvias, ya estaba esperando.

—Recibirás instrucciones para tu última entrega, Callahan —dijo Blynth.

Rhys, después de decirles a sus padres que lo habían asaltado, fue llevado inevitablemente a un centro médico.

Menos mal contaba con un poco de dinero y el seguro social cubría parte de la factura.

No tuvo lesiones internas, pero la fractura de una de las costillas requirió atención especial.

Cuando Sloane lo vio, se echó a llorar y le pidió disculpas por lo que los esbirros de su padre habían hecho.

Rhys, en ningún momento hizo mención de la presencia de Blynth.

Sin embargo, le faltaron cojones para decirle que no quería volver a verla, menos cuando fue a visitarlo a su casa casi a diario, hasta que estuvo casi completamente recuperado.

Sloane inclusive lo ayudó con las tareas —él tenía la mano fracturada y no podía escribir ni usar bien el teclado del viejo ordenador—, y los apuntes que tomaba de las clases grabadas en el Zoom.

Al día siguiente de recibir el alta médica, Ed se acercó a Rhys.

Este último acababa de salir de la universidad y estaba camino a una tienda de víveres cercana.

No había visto a Sloane en varios días, porque ella le comentó que estaban preparando la fiesta de cumpleaños de su hermana mayor.

A Rhys le daba igual. Ahora, que ya estaba físicamente bien, su mente y determinación tenían claro el paso urgente: terminar su relación con ella.

No podía verla en persona para decírselo, ya no, porque la chica sabía convencerlo del modo más mundano que todos conocían.

Por esa razón, él decidió solo enviarle un mensaje de texto explicándoselo. Luego bloqueó su número.

—Tu tiempo ha concluido —dijo el hombre y le entregó una caja negra.

—¿Qué significa…?

—Ábrela —zanjó Ed.

Estaban en una calle poco transitada. El follaje de los árboles los ocultaba.

Rhys frunció el ceño y quitó la tapa con rapidez.

El contenido consistía en una invitación a la fiesta de la hermana de Sloane.

Debajo había lo que parecía ser un esmoquin.

Pero esa no era la parte que lo dejó más inquieto.

Elevó la mirada hacia Ed, y este mantuvo su expresión impasible.

Rhys regresó su atención a la jeringuilla.

—¿Para qué es esto…?

Por primera vez desde que tuvo contacto con Ed este sonrió.

—Dijo el jefe que elegiste a tu padre —expresó ajustándose la chaqueta—.

Y que ha llegado el momento de cumplir tu parte.

La única razón por la que no tienes tu nombre en una lápida y tu cabeza destrozada, pudriéndose entre gusanos, es porque la señorita Sloane ha insistido en que tardaste en sanar y que tu padre se excedió.

—Terminé mi relación con ella… —murmuró. De hecho, Thomas ya estaba en el primer lugar de la lista para ser el receptor del próximo riñón disponible.

Ed ignoró el comentario. Le daba igual.

—Hoy es una noche importante. El jefe no quiere a su hija mayor de mal humor, menos cuando es una celebración familiar.

Pero hay una persona que está convirtiéndose en un inconveniente —replicó Ed—.

En el bolsillo interior del esmoquin, para el evento de hoy, encontrarás una fotografía.

—Rhys vio también un pequeño dispositivo para la oreja y lo tomó entre los dedos—.

Te darán instrucciones al llegar, actívalo todo el tiempo apenas entres a la mansión, al terminar echas todo a la basura.

Si fallas eres hombre muerto. Más te vale que ejecutes bien este encargo.

—¿Un anestésico…? —farfulló Rhys en relación a la jeringuilla, confuso.

No hubo respuesta.

El hombre tan solo emprendió la partida, silbando, y luego subió a una Harley Davidson para alejarse a toda velocidad de los alrededores. Apenas llegó a casa, Rhys sacó el traje y observó la fotografía. No le sonaba de nada. ¿Qué diablos iba a hacer?

La respuesta esperada llegó horas más tarde durante la celebración.

Aquella noche, Rhys Callahan terminó de perder a la chica de la que creyó estar enamorado, se convirtió en una persona que no podía reconocerse a sí misma al mirarse al espejo, pero también perdió lo que nunca imaginó posible: su humanidad.