PRÓLOGO #4
Ella le había echado los brazos al cuello y retenido contra sí, con fuerza, como si jamás hubiera querido soltarlo. Quizá así había sido. Rhys no la había rechazado.
—Soy la hija preferida de papá. Yo hablaré con él y voy a explicarle que esto no es un juego.
Que me dé la oportunidad de vivirlo sin amenazas —había expresado dejando escapar un suspiro, al sentir que él también la rodeó con los brazos—.
Su fama de mercenario no se aplica en casa.
—Rhys había enarcado una ceja por la ingenuidad de ella.
Blynth McCain era un mercenario—. Quiero que lo nuestro funcione.
Si después de un tiempo juntos no es así, lo que sea impuesto para mi futuro personal lo aceptaré sin refutar —había intentado argumentar con franqueza.
En su tono había una inequívoca pincelada de súplica—. ¿Podrías intentarlo… ? ¿Rhys?
El joven de ojos café le había tomado el rostro entre las manos, los dedos presionados contra sus mejillas, el ceño fruncido.
«Negarse a verla de nuevo era lo más coherente», había reflexionado con rapidez, debatiéndose entre razones que no habían terminado de encajar y emociones que habían tirado en sentidos distintos.
Y es que, teóricamente, los dos podrían funcionar juntos, porque tenían lo que la mayoría de jóvenes: pasión, libertad y muchas cosas en común para no aburrirse.
¿Pero eso era suficiente para asumir el riesgo de considerar esta relación como una con potencial a largo plazo?
No había estado seguro. Apenas empezaba a disfrutar de su vida y a conocer los placeres, a pesar de los sinsabores.
Sloane era la hija de un capo. Un hombre con fama de inclemente y brutal, así que bien podría decidir —de repente— que Rhys era un obstáculo, y entonces lo eliminaría a él o a su familia.
—No hay futuro —había replicado, al cabo de un rato, mirándola— cuando ya existe un hombre a elegir entre una lista de candidatos para casarse contigo. Más allá de eso, la seguridad de mi familia está de por medio. Tu padre es peligroso…
Las lágrimas habían rodado de nuevo por las mejillas de la muchacha.
—Estoy contigo… —había dicho Sloane con un nudo en la garganta—.
Haré lo posible para que eso no cambie y sé que tú también sientes esta atracción que es imposible de romper.
Lo que encontramos es algo especial, Rhys.
No puedes negarlo. Somos muy jóvenes, pero hay tanta gente que cambia esquemas y logran estar juntos un largo tiempo.
Todo va a salir bien. Papá entenderá y no se meterá con tu familia…
Confía en mí. —Rhys había tratado de creer esta última parte, pero algo lo hacía dudar—.
No puedo pensar en un futuro junto a otra persona que no seas tú —había confesado con algo parecido a la desesperación—. ¿Acaso no me quieres…?
Él la había callado con un beso firme, voraz, con tintes de confusión y pasión a la vez.
Un joven que se creía enamorado era tan peligroso como aquel que creía que con fuerza de voluntad y una causa válida todo era posible.
Pero detrás de ese beso, él había evitado darle una respuesta sobre el amor.
«¿Qué podría saber alguien de su edad al respecto, si lo que menos buscaba era atarse a tan temprana edad, en especial cuando existían asuntos más importantes que una chica bonita? », había pensado.
—Yo puedo perder mucho si tú decides ir contra de las órdenes de tu padre… —había replicado al cabo de un rato, cuando rompieron el beso—. ¿Me expliqué?
Él no había conocido al capo en persona, ni tenía interés de hacerlo. Rhys trabajaba con intermediarios y ejecutaba su parte, recibía una paga, y ahí estaba todo.
—No lo harás —había insistido ella mirándolo—. Te prometo que, aún si está todo en nuestra contra, moveré todos los hilos que yo pueda para que estés a salvo. Aunque ya no estemos juntos. No voy a decepcionarte, sé que merecemos la pena.
—Sloane, él querrá para ti un futuro lleno de lujos a los que estás habituada.
Yo apenas logro ayudar a mi familia —había expresado Rhys con sinceridad.
A pesar de su escasez, no había dejado que ella pagara la cuenta cuando iban a comer algo—.
Tampoco tengo conexiones sociales. Soy un chico ambicioso, sí, pero sin fortuna.
Ella había sonreído con cariño, sus ojos brillantes de ilusión.
—¿Crees que eso es importante? —había replicado—. Mi abuela nos dejó una herencia cuantiosa, personal, a las tres hermanas. No necesito el dinero de mi padre, ni el de nadie. Esa es mi carta de libertad y, ahora, la que también vivo al estar contigo.
—No creo que el dinero sea importante, pero sé que al final define las oportunidades a las que tienes acceso y a las que no.
Desde ese punto de vista, tú querrás más adelante mucho más de lo que ya conoces —había dicho Rhys, porque sabía de tantas historias y escuchaba tantas otras que su mente, en el sentido de lo que era la vida, estaba más curtida que la de los chicos que vivían en áreas más lujosas.
Sloane había soltado una leve exhalación.
—Yo cumpliré mi promesa de intervenir para protegerte a ti y a los tuyos si llegase a surgir algún problema. Ahora que sabes todo de mí, Rhys, y aunque entiendo que eres orgulloso, ¿aceptarías mi ayuda económica para tu papá? —había indagado.
—No —había sido la réplica tajante de él.
—Oh… De acuerdo… Solo era una oferta que estará para ti, siempre.
Él había hecho una mueca.
—Veremos cómo resolvemos todo esto, supongo —había dicho Rhys, mientras pensaba romper limpiamente su relación con Sloane más adelante. Esa tarde no había podido alejarle. La posibilidad de no verla le causaba una incómoda tristeza.
Esa conversación había marcado un precedente para ambos.
A partir de aquella tarde, los dos continuaban siendo cautelosos.
La diferencia consistía en que ahora Rhys era consciente de los guardaespaldas —o matones— que custodiaban a prudencial distancia a Sloane.
Él ignoraba cómo habría sido la conversación padre-hija con respecto a la relación romántica, pero si Rhys aún conservaba la cabeza sobre los hombros implicaba que no había amenazas. Todavía.
Rhys no llevó a Sloane a conocer a su familia, porque no encajaba su idea de estar con alguien.
Vamos, solo tenía dieciocho años. Ella, en cambio, había insistido en que la visitara para que conociera dónde vivía y así pudiera verla más a menudo cuando sus horarios de clases no coincidían.
Rhys se negó por la única vía que conocía: cambiando el tema o besándola.
Encontrarse cara a cara con el capo no le apetecía en absoluto y estaba convencido de que el testimonio de Sloane: que Blynth no se oponía a esa relación, seguramente escondía algo detrás.
¿Qué padre, al menos uno de la mafia, aceptaba con beneplácito que su hija estuviera con alguien como Rhys: sin conexiones, ni dinero y que servía solo como un simple recadero?
Solo ahora, mientras estaba magullado y golpeado, Rhys comprendía que su desconfianza tenía sentido.
Le hubiera gustado poseer la habilidad de retroceder el tiempo y haber elegido a otra persona en ese pub.
Estaba convencido de que la acusación de soplón de la policía tan solo era una excusa para darle una paliza.
Blynth no lo había enviado a matar, sino que le daba un mensaje muy directo con esta encerrona: Sloane no era un juego y su tiempo junto a ella estaba por acabarse.
—Tú, escuchas y respondes —expresó Pollack con desdén en su tono.
—Tienes una última oportunidad para decir la verdad —intervino Kanel.
—Primero, Sloane no es cualquiera —dijo Rhys—. Segundo, no he dado información a la policía, tampoco he recibido dinero, menos soy un soplón de otra organización. El dinero que obtengo como recadero es lo único que tengo extra…
Entonces, el hombre detrás la farola pública dio un paso adelante. Un hombre en el que Rhys —al haber sido tomado por sorpresa— no había reparado.
La luz iluminó unas facciones adustas, el cabello negrísimo y unos ojos grises vacíos.
Su manera de vestir era elegante y pulcra, sus zapatos prístinos y el aroma a tabaco se mezclaba con el del callejón.
Rhys quiso vomitar. Necesitaba atención médica urgente, pero no existía forma de irse si ese hombre tenía también un arma.
—No has hablado mal de mi hija —dijo la voz firme con un toque irlandés.
Rhys abrió y cerró la boca.
No hacía falta presentaciones o aclaraciones.
«No le prohibió a Sloane verme, porque tenía planeado acabar conmigo él mismo», dedujo Rhys, derrotado.
Pensó en Thomas y el peso que representaría saber que su hijo, aquel que siempre le prometía que haría bien su camino en la vida y lograría salir adelante por mérito propio, trabajaba como un integrante de bajo alcance de la mafia.
Que el dinero que llevaba a casa no era de las propinas de un restaurante, ya no al menos, sino del fruto que se cosecha con la sangre, las amenazas y la muerte que provocaban las órdenes del patriarca de los McCain en Boston.
Se imaginó la angustia de Mildred, así como el terrible ejemplo que dejaría a su hermano menor.
«Qué estúpido fue creer que podría salir indemne», pensó Rhys.
—Señor… —empezaron Pollack y Kanel al unísono.
Blynth levantó la mano e hizo una seña, los dos matones se callaron; él había preferido mantenerse a la sombra. No se ensuciaba las manos si no era preciso.
—No —atinó a decir Rhys de inmediato. Se le heló la sangre al ver que Blynth se acercaba con paso perezoso. Como lo habría hecho Mufasa en una cacería.
El hombre hizo un asentimiento, brevísimo.
—¿Sabes la razón por la cual aún sigues vivo? —preguntó el capo.