Entre espinas y seda escarlata EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Alana y Rhys.

Tres años y medio después.

El jardín que Mildred había creado en el hotel era precioso.

No solo se mantenía entretenida con él, sino que además recibía la visita de alguien muy especial cada semana.

La personita era algo revoltosa y había tomado la manía de llevarse siempre una flor para dársela a su mamá.

Por suerte, como buena abuela consentidora, abrazaba al pequeño Cedric y le enseñaba que por cada flor que sacara del jardín tenía que acompañarla a plantar otra.

Mildred nunca había visto tan feliz y emocionado a su hijo mayor como el día en que se casó con Alana en una preciosa ceremonia.

Y la segunda ocasión fue cuando tuvo en brazos a su primer y único hijo: Cedric Callahan.

—Hola, mamá. ¿Todo bien? —preguntó Rhys.

La mujer esbozó una sonrisa.

—Perfectamente —dijo acomodándole los cabellos negros a su nieto y que llevaba la flor en la mano.

—Para mamá —murmuró el niño mirando a su padre.

Rhys sonrió y levantó en brazos a su hijo.

Después se despidió de su madre, porque tenía que pasar por el taller de confección de Ingrid.

Ella había insistido en que quería hacer un vestido especial para festejar el cumpleaños de Alana ese mes.

¿Quién era Rhys para negarle algo así a su hermana menor?

Así que subió al coche, no sin antes asegurarse de que la niñera hubiera colocado bien el asiento de Cedric.

La vida había cambiado para siempre desde el día en el que Alana fue a buscarlo y le exigió que fuese sincero.

Se sentía afortunado de que ella hubiera aceptado sus aciertos y errores, pero en especial que aceptara casarse con él.

El único inconveniente fue Sandy. La mujer era una verdadera bruja y continuaba reacia a aceptarlo como el hombre adecuado para su hija.

Sin embargo, Alana le dio un ultimátum a su madre.

Le dijo que si quería formar parte de la vida de su primer nieto, entonces tenía que aprender a dejar su esnobismo de lado y entender que ella amaba a Rhys, sin importar de dónde provenía o si tenía mil millones o un centavo en el banco.

Desde esa ocasión, Sandy empezó a cambiar su actitud y actuaba de forma menos indiferente, y más gentil.

En el caso de Darren, la situación era diferente.

No solo resultó ser un abuelo excepcional, sino que también se convirtió en una figura paterna para Rhys.

La enfermedad que padecía había empeorado, pero se mantenía controlado con terapias y medicación.

Su memoria le jugaba malas pasadas y lo que más afligía al magnate era ver la expresión de Alana al notar cómo la salud de su padre iba declinando cada vez más.

Rhys nunca dejaba un asunto a medias. Colmó a Alana de regalos de bodas, pero uno de ellos fue algo retorcido, de los que merecían la pena.

Celine Van Heussen —la mujer que había manipulado las actas de las debutantes para hundir a Ingrid y cargarle la culpa a Alana— apareció en la prensa local de la peor manera.

Rhys se tomó su tiempo. Encargó a Leyton destapar el secreto que la familia Van Heussen protegía con dinero: Celine robaba en los comercios, era cleptómana, y los suyos pagaban para silenciarlo antes de que la denunciaran.

Cuando salió a la luz, su pedestal social se derrumbó.

Alana, al enterarse de lo que había hecho Rhys, solo pudo reírse y decirle que era incorregible.

Su vida con Alana era apacible, pero no faltaban los momentos en los que la personalidad de ambos chocaba.

Habían aprendido —continuaban haciéndolo— a limar las asperezas.

No siempre con palabras, pues la atracción y química ardientes que tenían no habían disminuido con el tiempo, sino todo lo opuesto.

Cedric era la alegría de ambos y fue un niño planeado, no un error ni tampoco un accidente.

Habían elegido como padrinos de Bautizo del niño a Leyton y a Taylor, porque eran los amigos más cercanos de la pareja.

Rhys sabía que Alana quería más hijos, pero habían considerado que era mejor esperar uno o dos años para eso.

—¡Mamá! —exclamó Cedric cuando entraron en el taller de Ingrid. Rhys le dijo al niño que pronto iba a verla.

—¿Cuándo vas a aprender a decir tía Ingrid, eh, pequeño? —preguntó la mujer que ahora tenía una lista importante de clientes y disfrutaba de ejercer lo que más amaba: diseñar.

—¡Mamá! —gritó el niño, muy emocionado, al ver a Alana cuando esta salía del vestidor.

El traje que le había confeccionado su cuñada era un precioso vestido corto color azul marino con piedras Swarovski.

Rhys le decía que cada día estaba más sexy.

El hombre era incorregible, pero con el paso de los meses había empezado a ser más expresivo con sus emociones, y más abierto con Alana sobre lo que le preocupaba.

No veía esa clase de charlas como debilidad, sino como parte de una relación que era más bien una alianza firme en la que uno fortalecía al otro en diferentes aspectos.

—Hola, mi príncipe hermoso —dijo Alana agarrando al pequeño y dándole besos en las mejillas—. ¿Te has portado bien con la abuela? Oh, una rosa —murmuró al ver lo que llevaba su hijo en la mano—. Qué caballeroso, muchas gracias, mi vida.

Ingrid, al ver la mirada de su hermano sobre su cuñada, puso los ojos en blanco y se rio. Después fue a agarrar a Cedric prometiéndole que jugarían a crear muñecos.

—Vamos, Cedric, que tus padres son demasiado melosos para mi gusto —farfulló en tono bromista, haciéndole un guiño a su hermano, y yendo hacia su oficina.

Rhys no prestó atención a Ingrid, además sabía que su hijo estaba bien cuidado.

Se acercó a Alana y la tomó de la cintura. Le besó el cuello y luego se fundió en un largo, profundo y apasionado beso. Solo le importaba ella en ese instante.

—Te extrañé, mi amor —dijo Rhys—. Estás hermosa. Creo que no celebraremos ninguna fiesta de cumpleaños, porque no quiero que otros hombres, sean o no amigos o colegas o como quieras llamarlos, estén viendo lo que es mío.

Alana soltó una risa suave y le rodeó el cuello con los brazos.

—Nos vimos hace dos horas —sonrió mirándolo—.

Y claro que soy tuya, Rhys. Eso no significa que tengas que actuar como un neandertal con otros hombres.

Son mis colegas de trabajo, algunos amigos de hace años, y si me miran o no me da igual.

Solo tengo interés en cierto empresario gruñón, aunque muy sexy por cierto —dijo con picardía y moviendo la pelvis a propósito contra la de Rhys —. ¿Me crees?

—Alana, si no estuviéramos aquí…

—Lo sé —dijo interrumpiéndolo—. Por cierto, ¿recuerdas que habíamos hablado de esperar un año para considerar tener otro bebé? —preguntó.

—Sí, mi vida, ¿prefieres que nos quedemos solo con Cedric? ¿Es eso?

Ella esbozó una amplia sonrisa.

—No —murmuró tomando las manos de Rhys y posándolas sobre su abdomen todavía plano—. Esperaremos menos de un año, me parece, quizá ocho meses —sonrió—. Me acabé de hacer la prueba hace cinco días. Quería estar segura.

—Oh, Alana —expresó riéndose y abrazándola—. Te amo, tanto. Estoy seguro de que continuarás siendo una profesional exitosa y una madre espléndida.

—Y yo te amo a ti, Rhys… Vas a consentirme más en estos meses, ¿verdad?

Él le sostuvo el rostro entre las manos e hizo un asentimiento.

—Lo más importante para mí es que nuestra pequeña familia sea feliz —replicó el apuesto empresario—.

Después de las espinas que nos hicieron sangrar tantas veces, Alana, me siento afortunado de que seas mi esposa y la madre de nuestros hijos.

Amarte es y siempre será un privilegio. Gracias por elegirme cada día a pesar de mis errores.

—Así como tú me eliges a mí —susurró ella con amor.

Juntos fueron a buscar al pequeño Cedric que, seguramente, ya habría cometido alguna de sus travesuras habituales con las telas, maniquíes e hilos de su tía Ingrid.

FIN.

¡Espero que te haya encantado la historia de Rhys y Alana!

Si tienes un instante disponible, quizá 30 segundos, te agradecería mucho si dejas tu reseña u opinión de Entre espinas y seda escarlata en Amazon.

Las reseñas, para una autora indie como yo, son una ayuda muy importante.

Besazos y gracias por elegir mis novelas.

Nos leemos pronto,

Kristel.