PRÓLOGO #2
El rubio, su nombre era Kanel, se acuclilló y esbozó una sonrisa a la que le faltaban tres dientes.
En él había un gusto retorcido al causar dolor a otras personas.
Nada fuera de lugar para la posición que ocupaba: ejecutaba las torturas o intimidación a quienes no representaban mayor inconveniente, pero que —aún así— era necesario que supieran que el control lo tenía él como parte de Viper Reigns, la mafia irlandesa a la que reverenciaba y de la que formaba parte desde los quince años.
Desde su posición sobre el cemento, Rhys reptó hacia atrás y su espalda se golpeó esta vez con el metal de otro de los fétidos contenedores.
Respirar le parecía ya un esfuerzo sobrehumano.
De repente, la punta del cuchillo que Pollack usó para apuñalarlo, minutos atrás, presionó contra su barbilla.
Rhys elevó la mirada hacia él y pensó que iba abrirle la garganta de un tajo.
Jamás había pensado en su propia muerte o cuestionado esa clase de temas, porque solía tener asuntos más importantes en los qué pensar.
Su enfoque más inmediato era planear una vida lejos de las calles de su barrio: South Boston.
Ese era uno de los más peligrosos y que también se caracterizaba por tener un alto número de inmigrantes irlandeses.
Esa era la razón de que viviese en los alrededores.
Su familia materna y paterna continuaba en Irlanda.
—La hija del jefe le pidió que tuviera clemencia contigo y que te diera el beneficio de la duda —dijo Kanel con desdén y luego escupió a Rhys en la cara.
Este se limpió el escupitajo con el dorso de la mano, asqueado—.
Si no fuera por ella, ya estarías descuartizado.
Ten cuidado, Callahan, al jefe no le agrada tu amistad con la señorita Sloane.
Si creen que han llevado su aventurilla de forma discreta, tan solo es porque él lo ha permitido.
Pero bastará una queja de la señorita Sloane para que te conviertas en carne de cañón.
Ella no es digna de un rufián de baja categoría —zanjó.
«Ah, la hipocresía de este hijo de puta. Dando consejos», pensó Rhys.
—La hija del jefe puede ser caprichosa —intervino Pollack—, y el capo es estricto, pero la complace.
Si la acusación contra ti es cierta, ya eres hombre muerto.
No habrá apelación a tu favor que sirva para detener tu destino, imbécil —agregó con desdén—.
Más vale que confieses de una puta vez si fuiste el que delató a la policía que teníamos una mercadería en uno de los galpones del este.
Hemos revisado tu cuenta bancaria y no hay incremento más allá de lo que te pagamos.
¿Dónde está el dinero que te dio la policía o qué mierda te ofrecieron a cambio de esa información?
Rhys lo miró con abierta hostilidad. Sabía que iban a investigarlo, pero que tuvieran acceso a sus estados de cuenta bancario le parecía abrumador. No porque creyera que la mafia careciera de ese poder, sino porque estaba aplicándoselo a él.
—Soy un repartidor de mercadería, ignoro de qué clase.
Jamás he intentado abrir los paquetes. No tengo acceso a más información que aquella que me proveen…
Que me proveen cuando tengo que realizar entregas —dijo con dificultad para respirar—.
¿Cómo podría ser un soplón…? —preguntó Rhys en un tono frío.
Los encargos que solía llevar eran fáciles de ocultar, porque eran pequeños y compactos.
Kanel le dio un puñetazo a modo de respuesta.
—¡Responde! —exigió Pollack.
—Mierda… —jadeó Rhys tocándose la mejilla—. ¿Qué coño quieren…?
Kanel y Pollack se miraron. Como si de repente sus cabezas huecas hubieran empezado a conectar información y sentido común a la vez.
Como si hubieran recordado que no solo estaban ellos ahí, sino una tercera persona que observaba lo que estaba sucediendo.
Fruncieron el ceño. Pollack se rascó la cabeza con frustración.
—La verdad —dijo Kanel cruzado de brazos.
—Ya lo he dicho —farfulló Rhys—. No sé de galpones ni mierdas.
—Ni siquiera presentas lucha ni intentas defenderte —expresó Pollack, mofándose y dándole otra patada—. Eres un gusarapo escuálido. Indigno de la hija del jefe como ha dicho Kanel. No te creas muy listo. Esta es una puta advertencia.
—¿Indigna de mí? —preguntó sonriendo de medio lado, una mezcla de sátira con arrogancia juvenil. El gesto hizo que el labio partido se abriera y sangrara—. Ella es hija de la mafia y yo un recadero. Somos amigos. ¿Acaso es un pecado peor que…?
No, no terminó de hacer la segunda pregunta, porque un aluvión de patadas cayó sobre él, hasta dejarlo prácticamente al borde del desmayo.
Estaba malherido y perdía sangre por el costado donde había recibido la cuchillada.
El hecho de que estuviera en esta infame situación, no le pareció tan malo a Rhys comparado con saber que Sloane —con quien había estado esa misma mañana en una cafetería— le ocultó que él era sospechoso de traición.
No solo eso, sino que iban a tenderle una encerrona para interrogarlo.
Este escenario lo cabreó más y se recriminó por su estúpido ego, porque permitió que sus hormonas —y no el sentido común— tomaran decisiones.
Su amistad con Sloane había sido inevitable.
Lo que ocurrió luego también, porque la chica era guapísima y con gran sentido del humor.
Compartía con Rhys aquella idealización propia de sus edades, filosofías vacías a ratos y reflexiones profundas sobre temas que para los más adultos ya resultaban triviales o insulsos.
El encuentro de ambos tuvo lugar en un pub cuando él celebraba el día de San Patricio, como otros irlandeses en el mundo hacían cada marzo, y fue espontáneo.
Ambos chocaron de repente y Rhys, en un acto reflejo, la sujetó de los brazos para estabilizarla.
Al mirarse, la marea de personas que estaba alrededor bebiendo, riéndose y conversando de todo y nada, dejó de interesarles.
Cuando Sloane le sonrió fue como si un código secreto hubiera agitado sus sentidos de modo potente.
A Rhys le pareció extraño cuando la chica le dijo que no podía sacar el móvil en ese momento, mientras miraba con disimulo alrededor, algo inquieta, y a cambio le dictaba al oído su número.
Le dijo que lo memorizara y si de verdad quería volver a verla, la llamara.
Él, por supuesto, lo hizo. No al día siguiente, sino un par de días después.
Los encuentros entre ambos fueron furtivos durante semanas.
Empezaron con conversaciones que fueron dando paso a besos robados, caricias cómplices, hasta convertirse en un intercambio sexual entre dos jóvenes ávidos con las hormonas en plena ebullición de experimentos eróticos.
La clase de éxtasis intensa y bañada de agitación propia de los años en que los límites solo parecen una referencia social, no aplicable para quienes preferían ignorarlos; con la libertad a sus pies.
Sloane le hizo prometer que tenían que continuar su relación bajo un secretismo inicial. Él accedió.
A Rhys, que estaba tan embelesado, lo que menos le interesaba era hacer preguntas.
Él solo buscaba divertirse como lo habría hecho con cualquier otra chica que le gustara.
Sloane no era su primera amante, pero sí había logrado encandilarlo al punto de querer más de su compañía, en lugar de buscar otra distinta cuanto antes.
Quizá tenía que ver con el hecho de que Sloane poseía una mezcla potente de misterio y rebeldía.
Desde un inicio hubo una atracción que pasó de una amistad, en absoluto cándida, y luego abrió paso a que el deseo marcara la pauta de sus interacciones.
Sin embargo, todo había cambiado tres semanas atrás.
En esa tarde de jueves —como era su costumbre antes de que cayera la noche—, Sloane y él habían quedado en una zona apartada de South Boston.
Solían buscar siempre áreas lejos de miradas conocidas y exploraban zonas menos congestionadas, diferentes.
Fue en esa ocasión cuando ella le confesó quién era en realidad.
El nombre de la familia McCain era reconocido por sus crímenes, pero a diferencia de la mafia italiana o la rusa, este clan seguía la tradición de sus pasadas generaciones en Estados Unidos: ejercían el poder desde el territorio que les pertenecía.
Por ende, no vivían —por más que tuvieran una gran fortuna y propiedades— en las zonas más acaudaladas.
Los McCain tenían la residencia, una fortaleza en cuanto a seguridad, en South Boston.
En los medios de comunicación no existían registros de las fotos de las hijas del capo, como una medida de protección, y solo se sabía que se trataba de tres hermanas.
El único que sí se conocía por fotos era Henry, por ser el hijo mayor y futuro líder.
Así que habría sido imposible para Rhys reconocer a Sloane y tomar la acertada decisión de alejarse de ella al instante.
Él no era partidario del caos y hacer diligencias para el crimen organizado había surgido como una medida desesperada, mas no de un gusto por la adrenalina del peligro.
No hubo nada para advertirle que la chica que lo atraía era hija de un mafioso.
—No es el hombre de negocios navieros que te comenté —había expresado Sloane en voz baja, mientras el sol se terminaba de ocultar—.
Ni tampoco hace análisis de suelo para constructoras pequeñas.
Mi apellido materno es el que conoces: Gallagher, el paterno —había tragado saliva, mirando a Rhys con resignación— McCain.
Soy hija del capo de Vipers Reign… Contigo me siento tan a gusto que eres el primero con quien comparto mis sueños de ser ingeniera en robótica y hablar sin temer ser indiscreta, sin temer que me estén utilizando por mi dinero o mis…