Entre espinas y seda escarlata
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PRÓLOGO
Boston, Massachusetts.
Estados Unidos de América.
Años atrás.
Rhys.
El puñetazo lanzó a Rhys contra el pavimento.
Él había perdido la cuenta del número de golpes recibidos.
El dolor lacerante no era por la paliza, sino por la herida de un cuchillo en su costado izquierdo.
Su pecho subía y bajaba con rapidez. No tenía entrenamiento en defensa personal, porque sus peleas callejeras eran de unos cuantos golpes simples, que ocurrían rara vez o casi nunca, al tratarse de tonterías.
Esta situación era distinta. Rhys procuró no emitir quejidos, su orgullo se lo exigía, aunque eso no restaba el ardor de un nudo invisible en la garganta.
Se sentía enfadado e impotente por la injusticia que estaba experimentando.
El cuerpo de un joven de dieciocho años, como el suyo, no podía equiparar la fuerza sumada de dos hombres, curtidos por la calle, armados, y marcados por una vida dentro de la mafia irlandesa.
Sentía rabia, porque lo estaban acusando de ser informante de la policía.
Una completa mentira. En el mundo de los criminales, sin importar si eran de alta o baja categoría en términos de territorio y poder, una de la peores traiciones era ser un soplón ante las autoridades.
Cuando descubrían policías encubiertos resultaba peor, porque la muerte que sufrían no solo tardaba en llegar, sino que era una tortura en la cual las víctimas rogaban que les dispararan o degollaran, inclusive, para morir pronto y evitar la agonía.
La represalia podía alcanzar a los familiares de los detractores.
Esto último era lo que preocupaba a Rhys, porque su familia era lo más importante para él y la razón de que hubiera tomado la decisión —daba igual si había sido o no acertada, pues ya estaba vinculado a la organización— de trabajar para la mafia.
No poseía ningún rango destacado. De hecho, podría considerarse como un individuo insignificante en la jerarquía.
Pero la traición o la sospecha de ella no analizaba estatus.
Golpe tras golpe lo insultaban y también lo presionaban para que confesara a quién informaba y qué estaba recibiendo a cambio.
Pero el muchacho no podía aceptar algo de lo que no era culpable, aunque esa fuese la vía para que dejaran de castigarlo sin tregua físicamente.
Su posición vulnerable —yaciendo sobre el cemento de un hediondo callejón entre contenedores de basura— hacía más insoportable la situación.
A su edad, los jóvenes solían considerarse invencibles, idealistas y en consecuencia podían —no todos y no siempre— tomar decisiones erráticas.
En el caso de este joven de ojos café, su vínculo con la mafia no estaba motivado por la ambición de obtener bienes materiales, sino por algo más importante: la supervivencia de los suyos.
Tal vez era una excusa trillada, pero no por eso resultaba menos válida.
¿Existían otros caminos? Claro, aunque ninguno ofrecía dinero rápido.
Su padre, Thomas Callahan, había sido diagnosticado con insuficiencia renal crónica y el salario que ganaba como jefe de un taller mecánico, junto al de su esposa —Mildred— que era contadora, se invertían casi en la totalidad para los cuidados mensuales que sumaban casi mil dólares.
Para una familia de clase baja, aunque Medicare cubriera el procedimiento en gran medida, cada fin de mes se volvía una encrucijada.
Thomas tenía dos años en la lista de espera para recibir un trasplante de riñón para intentar prolongar su tiempo y calidad de vida.
Los pacientes que requerían la misma operación eran numerosos y los criterios de selección médica variaban según las circunstancias.
Rhys nunca había sido indiferente al esfuerzo de sus padres para que tanto él como su hermano menor, Craig, tuvieran lo básico y digno para subsistir.
Desde que cumplió catorce años empezó a limpiar los garajes de las casas de alrededor, subía paquetería de las compras a los vecinos e inclusive limpiaba oficinas después de clases.
A los dieciséis años consiguió un empleo como camarero en un restaurante.
Las propinas no eran altas, pero sí mejores que sus pequeños trabajos previos.
Aún así sentía que no hacía lo suficiente.
Ocho meses atrás, cuando un cliente del restaurante —que siempre se sentaba en la misma mesa y en el mismo día de la semana— le comentó a Rhys que existía la posibilidad de ganar más dinero si hacía diligencias específicas para una familia importante, pero que esta manejaba negocios que requerían discreción: los McCain.
El apellido era legendario por sus orígenes en la mafia irlandesa y se había expandido, desde hacía décadas, en varias partes de Estados Unidos.
La legión más fuerte estaba concentrada entre Boston y Nueva York.
En un inicio, Rhys se quedó en silencio ante la mención de esa posibilidad, en especial por el peligro de quiénes estaban detrás y la clase de mercadería —no era ingenuo— que quizá requeriría ser llevada de un sitio a otro.
Finalmente, le comentó al cliente que prefería seguir como camarero.
Mantuvo su decisión, hasta el día en el que su padre sufrió un desmayo y tuvieron que vender las pocas pertenencias de valor que quedaban para completar el pago de la factura médica.
Thomas se había dislocado la cadera. El proceso exprimió los últimos ahorros que poseía el matrimonio Callahan.
Los bancos les podían dar un préstamo, pero no tenían garantías para pagarlo.
La casa ya estaba hipotecada y una segunda hipoteca resultaría impensable.
Por eso, semanas después del incidente, Rhys tomó la decisión de acercarse al cliente habitual de los miércoles a las ocho de la noche.
Hats Wallis tenía un aspecto bonachón y, tal como marcaba la etiqueta del restaurante, vestía de manera formal.
Su sonrisa afloraba con facilidad, pero no era de aquellas que provocaba comodidad, sino intriga y cuidado de equivocarse al momento de entregarle el plato de comida o la bebida.
Rhys se aventuró a preguntarle si la oportunidad con la familia McCain continuaba en pie.
Desde esa noche, el joven aceptó ser recadero de la mafia.
Su tarea era específica y esporádica, pero pagaba bien: le enviaban un mensaje con una dirección en la que tenía que recoger una encomienda, le indicaban la hora y lugar en el que debía ser entregada y un destinatario.
Rhys jamás abría el paquete, ni siquiera por curiosidad.
Su paga la recibía en efectivo, dentro de un sobre gris, y la persona que se la entregaba era siempre la misma: un hombre de bigotes, gorra azul oscuro, vestido de negro, usualmente con un cigarrillo, cuyo nombre —falso de seguro— era Ed.
Este parecía contar con un radar para encontrarlo sin importar el sitio, aunque nunca iba a su casa.
Lo anterior dejaba un mensaje claro e intimidante: lo sabemos todo de ti, tu familia está excenta de repercusiones siempre que sigas las reglas.
Ed actuaba con tal sigilo que pasaba desapercibido.
Solo se hacía notar durante unos minutos con Rhys y luego, con la misma agilidad con la que llegaba, se marchaba.
Por otra parte, el joven tenía una meta clara y fecha límite en este trabajo —si acaso podría llamársele de ese modo— y era reunir suficiente dinero para ayudar en casa, hasta que Thomas avanzara en la lista de espera y consiguiera un donante compatible.
Después, su intención era desvincularse de esta etapa de su vida y buscar la forma de reescribir una nueva y mejor.
No consideraba que dejar atrás este período con la mafia fuese complicado, pues su ocupación de recadero —considerando la magnitud de poder que tenía esa organización criminal— era reemplazable y fácil.
Un puntapié en el abdómen le quitó el aire.
Su mente se centró en la dolorosa vivencia en el callejón, en el presente.
—¿Sabes la única razón por la que aún respiras, hijo de perra? —le preguntó Pollack, luego de darle una patada en la espalda, un gigantón de calva y mirada hostil.
Rhys hizo una mueca y por instinto se agarró de la pared para intentar incorporarse. Por supuesto, no pudo hacerlo, porque recibió un empujón del otro matón. Este era rubio y en sus ojos verdes solo parecía vibrar veneno condensado.
La forma vil en que habían lanzado a Rhys contra la superficie sólida hizo que este se golpeara la cabeza con dureza.
Al estar aturdido, caer al piso fue un asunto de segundos.
Aprovecharon para patearlo, golpearlo e insultarlo.
El chico procuraba cubrir su cabeza con las manos y defenderse como mejor podía. Pero era complicado.
—N… no soy culpable —farfulló Rhys, odiándose por la debilidad en su voz—. Llevo diciéndoles desde un inicio que no tomé esa mercadería, ni soy un…
Un gancho en la quijada lo hizo aullar de dolor, inevitablemente, esta vez.
—¡Esa no es la respuesta, imbécil! —exclamó el rubio, luego le pisó la mano.
Rhys apretó los dientes y escupió la sangre acumulada a causa del labio roto.
—¿Entiendes el motivo de que sigas respirando? —intervino Pollack.
—No lo sé… —expresó, porque era la verdad.
A los traidores no solo se les daba una paliza, sino que los llevaban a un sótano en el que utilizaban ciertos artilugios de tortura para extraer información.
Lo sabía, porque escuchaba las murmuraciones del barrio y estas no omitían detalles.
Al parecer, lo que él estaba soportando era un «trato considerado», caso contrario ya estaría muerto en dicho sótano—.
En este momento no se me ocurre nada…—tragó saliva y sangre.
Él no sabría qué explicación les daría a sus padres cuando regresara a casa.
Necesitaría atención médica para sus heridas.
No conocía a alguien que le diera asistencia, gratuita al menos, sin hacer preguntas que él no podría responder—. Así que ignoro ese motivo… —continuó.