Entre el orden y el caos Capítulo 20 #2
97%

Capítulo 20 #2

―Lo sé ―Sloane siente como la ansiedad empieza a acorralarla y tiene que masajearse el puente de la nariz para buscar algo de calma―.

Y lo siento. He tenido un día infernal entre reuniones y llamadas, pero eso no es excusa porque debería haberte dicho nada más verte que quería hablar contigo esta noche.

No lo hice porque en mi cabeza la intención estaba clara y asumí que tú lo sabías, lo cual es absurdo y es exactamente el tipo de error que cometo siempre.

―Sí, es bastante absurdo ―confirma Jenna; su voz ha empezado a suavizarse porque piensa que tiene que ser durísimo para Sloane que su cerebro funcione de esa manera.

Sloane respira hondo.

―He buscado un terapeuta ―dice desviando la mirada con vergüenza―.

He mandado correos esta mañana. No sé todavía cuál voy a elegir porque necesito compararlos y estar segura, pero lo estoy haciendo porque sé que tengo un problema y que, si no trabajo en él, voy a seguir jodiendo las cosas con las personas que me importan.

Hace una pausa y traga saliva.

―Contigo ―matiza―, voy a seguir jodiendo las cosas contigo y no quiero.

Jenna baja los brazos cuando siente ese golpe seco en el pecho que no le ha generado dolor precisamente, sino una especie de emoción que no pensaba que iba a sentir hoy con esta conversación.

―Yo también estoy buscando uno ―confiesa Jenna―. Por lo de mis padres, por Gabriel, por todo. He encontrado una que tiene consulta en Park Slope.

Sloane casi sonríe.

―¿En Park Slope?

―Sí ―Jenna niega con los labios fruncidos―. Resulta que tu barrio tiene buenos terapeutas.

Se miran durante un momento y sonríen a la vez.

No es una sonrisa de alegría exagerada como cuando ganas un premio, sino más bien una comedida porque, aunque las dos sienten algo, saben que tienen que ir con cuidado.

Han pasado por situaciones complicadas por separado y eso puede unirlas más o destruir lo que quieren empezar.

―Quiero intentarlo ―dice Sloane―, pero necesito que sepas cómo funciona mi cabeza porque, si no lo sabes, voy a hacerte daño sin querer y no voy a saber explicarte por qué.

Necesito ir despacio, que las primeras veces sean en mi espacio, donde me siento segura, para después poder adaptarme al tuyo.

Y sobre todo quiero que, cuando me pase lo que me pasó el sábado, no lo interpretes como que me arrepiento, porque no es eso.

Jenna la escucha sin interrumpir, con los ojos fijos en los suyos, y Sloane siente que está desnudando su alma. Una novedad completamente aterradora para ella.

―Yo también quiero intentarlo ―responde Jenna―, y así como tú tienes tus peticiones, yo tengo las mías.

Necesito que me hables, Sloane. Que no asumas que sé lo que piensas, porque no lo sé.

Que, si necesitas espacio, me lo digas en vez de desaparecer.

Puedo con tus manías, puedo con tus tapones, con tus pósits por colores y con tu necesidad de controlar cada detalle porque de verdad me gustas, me pareces una mujer fascinante y preciosa. Con lo que no puedo es con el silencio.

A Sloane se le acelera el corazón y puede escuchar el pum pum pum en todo el salón.

―Lo intentaré ―promete.

―No lo intentes ―Jenna le coge una mano―. Hazlo, no estás sola; yo voy a apoyarte en lo que te haga falta.

Sloane asiente porque Jenna tiene razón y porque «lo intentaré» es la frase de alguien que se deja una puerta de escape, y esta noche es lo que menos quiere.

―Lo haré ―contesta con firmeza y aprieta la mano cálida que la está sosteniendo.

Jenna la mira un segundo más, después se inclina hacia delante y la besa.

Sloane le pone una mano en la nuca y Jenna se deja caer sobre ella.

Las dos acaban tumbadas en el sofá entre las migas de palomitas y la manta arrugada, y Sloane parece olvidarlo porque los labios de Jenna le están recorriendo el cuello y las manos le están desabrochando la camisa.

La boca de Jenna se pega a los pechos de Sloane, chupando, lamiéndolos y deleitándose.

―Son perfectos ―susurra Jenna en el momento que pasa su lengua de un pezón a otro.

Sloane aprieta su mano contra la cabeza de Jenna; necesita sentir más presión, aunque está bastante segura de que, si siguen así, el orgasmo llegará muy pronto.

―Me encanta tu cuello ―dice Sloane mientras le pasa los dedos por la piel y Jenna deja escapar un sonido que le recorre la columna―. Y todo lo que hay debajo de él.

Jenna se ríe con la voz entrecortada y se levanta de un salto para desnudarse. Cuando termina de quitarse las bragas y levanta la mirada, los ojos de Sloane están completamente oscurecidos y Jenna no tarda ni un minuto en despejarla de esos pantalones que le están estorbando.

La programadora cae arrodillada y con ambas manos le separa las piernas a su jefa. Tiene el sexo brillante y casi puede sentir cómo palpita.

―Joder ―suelta Jenna, y de inmediato pega la lengua al clítoris de Sloane.

Sloane suelta un alarido tan desgarrador que cualquiera que la escuche pensaría que está sufriendo, pero sus ojos entrecerrados y su respiración agitada dicen lo contrario.

Jenna la come como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Sin ninguna prisa, con un nivel de atención que, si estuviera en otra situación, soltara una carcajada porque sus formas contradicen todo lo que es en las demás cosas, porque esta mujer que improvisa, se pierde en bosques y deja cajas de pizza en la mesa durante tres días, aquí está siendo tan metódica e implacable que apenas se reconoce.

―Los dedos ―Sloane lo dice con la voz estrangulada―, usa tus dedos, Jen. Los necesito dentro.

Jenna vacila por un momento porque la petición ha hecho que su propio sexo se contraiga, pero después de parpadear, mueve la cabeza, se lleva dos dedos a la boca para llenarlos de saliva y luego la penetra.

―Joder, sí ―Sloane puede ser muy controlada para algunas cosas, pero para el sexo definitivamente no lo es.

Cuando el orgasmo llega, abre la boca y arquea la espalda. El placer la recorre entera, desde la cabeza hasta los pies, haciendo que cada músculo le arda.

Jenna sube por su cuerpo y la besa con la boca húmeda. Sloane se saborea en ella durante unos segundos, después la gira, la tumba boca arriba y empieza a devolverle cada cosa que acaba de darle.

Comienza al revés que Jenna; mirándola a los ojos, la penetra con una calma desesperante mientras observa cómo la chica se muerde los labios con fuerza.

―Eres preciosa ―Sloane se acerca a su boca y besa a Jenna tan profundo como tiene sus dedos dentro de ella.

Sloane se toma su tiempo, usa la lengua, los labios, los dedos y combina ritmos que hacen que Jenna pierda la capacidad de decir otra cosa que no sea su nombre y alguna variación de «joder» y «no pares», y cuando nota que Jenna se tensa debajo de ella, disminuye el ritmo porque la otra noche se dio cuenta de que cuando está a punto, a la programadora le excita mucho la suavidad.

―Córrete ―dice contra su piel, y Jenna ya se está corriendo con un grito que se mezcla con una carcajada porque es tan bueno que no puede hacer otra cosa que reírse.

―Buff, ha sido exquisito ―dice con una sonrisa boba en los labios.

―Tú eres exquisita ―contesta Sloane dándole un beso corto en los labios.

Ambas se van al baño, se asean un poco y se vuelven a vestir. Jenna trae dos cervezas, le ofrece una a Sloane y se sienta junto a ella en el sofá.

―Entonces vamos a intentarlo ―Jenna retoma la conversación porque, aunque a ella le ha quedado bastante claro, quiere confirmarlo.

―Yo quiero ―contesta Sloane―, y si tú quieres, entonces estamos en la misma página.

Chocan sus botellas, sonríen y cierran el acuerdo con un beso. Cuando se acaban las cervezas, Sloane le pone una mano en el muslo a Jenna.

―Me encantaría quedarme, pero…

―Yo prefiero que no ―la interrumpe Jenna, aunque se apresura a explicarse―. Sé que necesitas tiempo y créeme, de verdad quiero que esto funcione. Para ello tenemos que hacer las cosas a un ritmo que a las dos nos guste, sin que nos agobiemos.

Sloane asiente y no entiende cómo nunca dio este paso con sus parejas anteriores.

Puede ser porque Jenna es completamente diferente a las mujeres con las que estuvo; es directa, a veces radical y no ha aguantado tonterías.

Ha hecho que Sloane tomara una decisión y, sin duda, es lo que acaba de hacer.

―Estoy de acuerdo ―sonríe―. Gracias por hacerlo más fácil, Jenna.

Jenna se acerca a Sloane y la abraza. Lo hace lentamente y, cuando la tiene en sus brazos, la aprieta con fuerza.

―Me encantas, ¿sabes? Y no te voy a dejar escapar tan fácilmente.