Capítulo 20
S loane llega a la oficina el lunes a las ocho en punto con el pelo recogido, la blazer abrochada y una lista de tareas pendientes que no le cabe en la cabeza.
Ha pasado el fin de semana encerrada en su apartamento dándole vueltas a lo que siente por Jenna, a lo que pasó en su cama, a la forma en que salió corriendo con el pánico agarrado al pecho y la imagen de Jenna de pie en el salón mirándole la espalda mientras se vestía.
Ha ordenado los libros de la estantería tres veces.
La primera, alfabéticamente. La segunda, por tamaño.
La tercera, por colores otra vez, porque se dio cuenta de que el orden alfabético le producía más ansiedad que calma y los colores, al menos, le generan una sensación de control visual que la ayuda a respirar.
Vivianne la observó desde el sofá durante las tres reorganizaciones sin decir una palabra, bebiendo vino y leyendo el móvil con la paciencia de una santa.
Esta mañana, mientras tomaba café con su hermana, ha mandado cuatro correos a terapeutas especializados en trastornos de ansiedad y conductas obsesivas.
Ha leído perfiles, comparado formaciones, revisado reseñas y descartado a uno porque tenía una falta de ortografía en su página web, lo cual, según Vivianne, no es un criterio válido para rechazar a un profesional de la salud mental, pero que a Sloane le parece perfectamente razonable.
Lo que tiene claro es que quiere intentarlo con Jenna. Lo que no sabe es cómo hacerlo sin que su cabeza lo sabotee.
―Buenos días ―le dice a Jenna cuando la ve llegar a su mesa.
―Hola ―contesta Jenna sin mirarla, dejando la mochila y abriendo el portátil con un gesto demasiado calmado para lo que su cuerpo está sintiendo.
Sloane nota la frialdad y la entiende perfectamente.
No puede juzgar a Jenna, porque no es ni medio normal que, después de pasar una noche maravillosa juntas, Sloane saliera corriendo de su casa y no apareciera el fin de semana ni siquiera a través de un mensaje de texto.
Tiene un plan y en su mente lo ha organizado para que ocurra hoy; hablará con ella, pero no aquí, no con el equipo alrededor, ni entre reuniones y plazos.
Lo que tiene que decirle merece un sitio más íntimo que no sea la planta catorce de Axis.
Quiere preguntarle que si luego pueden verse fuera; el problema es que el día no la deja respirar y Sloane no encuentra un momento para decírselo.
A las nueve tiene una llamada con el equipo de Crest Bank para revisar los avances de uno de los ciclos.
A las diez y media, una reunión con el departamento de cumplimiento normativo que se alarga cuarenta minutos más de lo previsto.
A las doce, un correo de Chicago con una lista de informes que necesitan antes del viernes para una reunión de reestructuración que Vivianne tiene que presentar.
A la una, otra llamada con Crest Bank porque Martin Reeves tiene preguntas sobre el calendario de la cuarta entrega.
A las dos, se da cuenta de que no ha comido y se toma un sándwich de la máquina expendedora que le ha sabido a rancio porque la mayonesa tenía un color oscuro que no auguraba nada bueno.
―Sloane, ¿tienes un minuto? ―le pregunta alguien que ella no recuerda haber visto, pero asiente de todos modos y entra a la sala donde cuatro personas están discutiendo un problema técnico de un proyecto industrial que ella desconoce.
Está hasta el cuello y lo peor es que Jenna no lo sabe o no le da la gana de darse cuenta porque lo que ve es a una mujer que la saluda con educación, que se dirige a ella con un tono profesional adecuado y que no muestra absolutamente nada que se parezca a lo que pasó en su casa contra una butaca de su salón.
Sloane es consciente de que debería decirle algo.
Un «luego hablamos», un «esta noche, tú y yo», cualquier frase que le diera a Jenna una pista de que no se ha arrepentido, pero su problema con la comunicación emocional es tan profundo que no se le ocurre que esas dos palabras sean necesarias, porque para Sloane la intención de hablar con ella está tan clara en su cabeza que asume que Jenna también lo sabe, lo cual es un error que lleva cometiendo toda su vida y que ha arruinado varias relaciones que ha tenido.
Jenna la evita y Sloane lo nota en cada gesto: la forma en que gira el cuerpo cuando pasan por el mismo pasillo, la manera en que le entrega documentos dejándolos en su mesa en vez de dárselos en la mano y cómo contesta sus preguntas técnicas con monosílabos.
Cuando Sloane le pregunta por el estado de uno de los módulos de la tercera pantalla, Jenna le responde mirando su propio portátil.
―Al noventa y cuatro por ciento. Acabamos esta semana.
―Vale, vamos bien ―dice Sloane mientras asiente, complacida―. ¿Necesitas algo?
―No.
Sloane abre la boca para decir algo más, pero su teléfono suena con otra llamada de Crest Bank y Jenna se ha dado la vuelta antes de que pueda contestar.
A las cuatro, Sloane tiene la sensación de que el día es un incendio que apaga con las manos mientras otro más grande se enciende detrás. A las cinco, envía los informes a Chicago y se permite cerrar los ojos durante treinta segundos en la sala de reuniones vacía.
Cuando vuelve a su mesa, ve que Jenna está tecleando con tal intensidad que tiene la sensación de que el portátil se romperá en dos trozos. Tiene la mandíbula apretada y los hombros rígidos. Está furiosa.
A las seis, Jenna apaga el portátil, lo mete en la mochila y se levanta.
Sloane sale del baño en ese momento y la ve caminar hacia el ascensor.
―¿Te vas? ―pregunta, sorprendida porque no esperaba que Jenna se fuera sin decirle nada.
Jenna se gira. Sus ojos oscuros están encendidos con rabia.
―He acabado por hoy ―dice con una sequedad que, si su voz fuera un cuchillo, no quedaría nadie de pie en la planta catorce.
Sloane la mira y en ese instante, con la claridad brutal que a veces llega demasiado tarde, entiende lo que ha hecho.
Ha pasado un día entero sin darle a Jenna una sola señal de que lo que pasó aquella noche en su apartamento significó algo, sin decirle que quiere hablar, sin ofrecerle ni una frase que la salvara de pensar que Sloane se ha arrepentido y que la noche que pasaron juntas fue un error para ella.
―Espera ―dice Sloane, y camina hacia ella con poca seguridad, pero sí con unas ganas parecidas a las que la impulsaron a besarla aquel día en la sala de reuniones―. ¿Puedo irme contigo?
Jenna parpadea.
―Necesito que hablemos ―continúa diciendo Sloane, bajando la voz―. No aquí. En tu casa, si te parece bien.
Jenna la mira durante varios segundos y Sloane puede ver la lucha en sus ojos: la rabia que quiere decirle que no y el orgullo que quiere mandarla a la mierda.
―Vale ―dice al fin―, pero si vas a decirme que ha sido un error, prefiero que lo hagas ahora y no te molestes en venir hasta Bushwick.
―No ha sido un error ―contesta Sloane, mirándola a los ojos con devoción.
Jenna aprieta los labios, asiente y pulsa el botón del ascensor.
✦ ✦ ✦
Cuando abre la puerta de su apartamento, Sloane siente cómo un tic le recorre el párpado izquierdo.
El salón parece el escenario de un fin de semana que ha transcurrido enteramente en el sofá.
Hay una caja de pizza vacía sobre la mesa baja, un cuenco con restos de palomitas junto al mando de la tele, una manta arrugada sobre el sofá y un par de calcetines abandonados en el suelo que Sloane mira con una intensidad que Jenna capta de inmediato.
―No he tenido un buen fin de semana ―explica Jenna, pero no piensa disculparse por el estado de su casa.
―Ya lo veo ―responde Sloane, y tiene que apretar los puños para no coger la caja de pizza y llevarla directamente a la basura.
Jenna se deja caer en el sofá y le hace un gesto para que se siente. Sloane retira las palomitas del cojín con dos dedos y se sienta a su lado.
―¿Qué quieres decirme? ―pregunta Jenna sin rodeos.
La pregunta ha sonado dura, como un trámite que quieres que se haga rápido porque llevas demasiado tiempo esperando y no estás para juegos.
Sloane se gira hacia ella. Jenna tiene los brazos cruzados y la mirada afilada, una pose que le recuerda a Vivianne cuando se prepara para escuchar algo que probablemente le va a hacer daño, y Sloane sabe que ella es la responsable de esa postura defensiva y que las próximas frases que diga van a determinar si esta mujer le da otra oportunidad o le cierra la puerta para siempre.
―Lo del sábado por la mañana no fue por ti ―empieza Sloane, y la frase le cuesta como si cada palabra pesara una tonelada de cemento―.
Cuando me desperté y entré en pánico, no era porque me arrepintiera de lo que pasó, espero habértelo dejado claro, aunque ahora tengo dudas ―tensa el entrecejo mientras piensa y luego toma una bocanada de aire―.
Era porque mi cabeza no funciona como la de las demás personas cuando estoy fuera de mi entorno.
Me pasa siempre, Jenna. No es algo que pueda controlar y me avergüenza más de lo que puedo explicarte.
Jenna la mira y sus brazos se aflojan ligeramente, aunque no los baja del todo.
―¿Y por qué no me lo dijiste antes de quedarte a dormir? ―inquiere la programadora―. Podría haberme preparado o darte tu espacio, no sé.
―Porque esa noche, contigo, creí que sería diferente ―dice Sloane, y la sinceridad le sale áspera porque admitir que esperaba ser normal y que no lo fue le duele―. Quería que fuera diferente.
Jenna guarda silencio durante unos segundos.
―¿Y hoy? ―pregunta―. Hoy has pasado un día entero tratándome como si fuera cualquier miembro del equipo.
Ni una palabra, ni una mirada, ni un puto mensaje, Sloane.
He pasado ocho horas, sin contar el fin de semana completo, pensando que te habías arrepentido y que no tenías las narices de decírmelo.