Capítulo 19
S loane abre los ojos, lo hace despacio, parpadeando varias veces porque tiene mucho sueño, pero ha escuchado un ruido extraño, uno que no tiene registrado ni al que su cuerpo esté acostumbrado, y el pánico se apodera de ella de repente, haciendo que abra la boca y aspire con fuerza mientras su cuerpo se tensa y el pecho se le eleva hacia arriba como si algo tirara de ella.
―Tranquila ―susurra Jenna a su lado, poniéndole una mano en el centro del pecho que Sloane siente que le quema―. Estás conmigo, en mi apartamento ―sigue Jenna, tratando de calmarla.
La líder técnica se ha despertado hace un rato, aunque tampoco es que haya dormido demasiado porque Sloane se ha movido mucho durante toda la noche.
Con cada ruido de la calle, se sobresaltaba y se cambiaba de posición; a veces emitía algún sonido y otras, cuando se movía y se topaba con el cuerpo de Jenna, se apartaba de inmediato como si no reconociera ese elemento que invadía un lado de su cama.
Todas esas veces Jenna se ha despertado y un par de ellas le ha preguntado a Sloane si estaba bien, pero su jefa no ha respondido porque, a pesar de su inquietud, estaba dormida.
Sloane parpadea y gira la cabeza hacia Jenna.
Es de día, o está amaneciendo porque todavía no entra mucha luz por la ventana.
El pulso le va a mil por hora y a veces el cuerpo le tiembla porque le cuesta respirar.
Siempre le pasa lo mismo cuando duerme en una cama que no es la suya, el recuerdo más inquietante que tiene fue con Vicky Bob, la mejor amiga de Vivianne.
La primera vez que se acostaron fue en el apartamento de Vicky.
Sloane tuvo un ataque de ansiedad por la mañana y Vicky se asustó tanto, que llamó a Vivianne porque no sabía cómo calmar a su hermana pequeña.
Por eso, cuando pasa la noche con alguna mujer, suele elegir siempre su apartamento, pero ahora tiene a su hermana en él y, aunque sabe que Vivianne probablemente le habría dicho que se iría a un hotel para dejarle intimidad, Sloane no se habría sentido cómoda haciendo que pasara la noche fuera.
―¿Quieres que te traiga un vaso de agua? ―pregunta Jenna, todavía con la mano sobre el pecho desnudo de Sloane.
―No ―dice, cubriendo la mano de Jenna con la suya porque necesita agarrarse a algo―. Solo necesito un segundo.
―Claro, tranquila ―susurra Jenna, apoyándose en el codo mientras le hace caricias suaves en el pelo con la mano libre.
Sloane fija la mirada en el techo y empieza a hacer respiraciones profundas y lentas hasta que al fin logra relajarse del todo.
―Lo siento ―dice al cabo de un rato.
Jenna la mira un momento sin saber qué decir. La idea de que Sloane se sienta incómoda en su casa le provoca un nudo en el estómago, y también confusión, porque anoche su jefa parecía muy cómoda mientras estaban enredadas, pero ahora parece completamente perdida.
―¿Esto te pasa a menudo? ―pregunta Jenna, intentando entender la situación.
Sloane tarda un momento en responder y el pecho se le vuelve a elevar de sopetón con un suspiro entrecortado que no puede controlar.
―Soy una maniática del orden, Jenna, y de las rutinas. No estoy incómoda contigo, si es lo que te da miedo ―explica, girándose hacia ella―, es esta habitación lo que me descoloca, no tiene mis cosas, los ruidos no son los mismos…
―Y no tienes tapones ―añade Jenna intentando relajar la situación.
Sloane intenta sonreír, pero sus labios apenas se mueven.
―Sí, no los tengo. Quizá debería ir a terapia para tratar este tema, porque es muy incómodo que me pase esto.
―No me siento incómoda, pero sí me preocupa que tú no te sientas bien, porque me gustaría que esto que ha pasado no deje de pasar.
Sloane abre la boca para responder, pero no sabe qué decir. Ella también quiere repetir, pero el pánico ya se está apoderando de ella porque no estar en un entorno que controla hace que no pueda pensar con calma, y con Jenna necesita pensar con calma porque realmente le gusta esta mujer.
―Creo que quieres salir corriendo ―dice Jenna, sentándose en la cama con la decepción atravesándole el rostro.
Sloane también se sienta, y se gira dándole la espalda para poner los pies descalzos en el suelo y ver si el frío logra despejarle la mente, pero ya ha colapsado y, cuando eso le pasa, su mente entra en una especie de bucle del que solo puede salir ordenando cosas, y se siente incómoda porque, en lugar de pensar en la mujer que tiene al lado, lo único que quiere es llegar a su casa para sacar todos los libros de la estantería y ordenarlos alfabéticamente en lugar de por colores como los tiene ahora.
―No quiero correr, ni huir de ti, Jenna, pero sí que necesito marcharme ―dice, pasándose una mano por el pelo―. Ahora no puedo pensar.
Jenna se queda mirando su espalda, donde tiene la marca de sus uñas por detrás del hombro izquierdo.
Quiere enfadarse y gritarle que no vuelva, pero lleva meses estudiando a esta mujer y sabe que Sloane tiene sus manías y un problema muy serio para comunicarse, así que decide no agobiarla y confiar en que hablarán de esto en otro momento.
―Lo entiendo ―dice y suspira―. Ni siquiera te voy a ofrecer una ducha porque intuyo que te entrarían escalofríos al ver que todos los botes de mi baño no están ordenados por tamaño o como sea que los ordenas.
Sloane esboza una sonrisa amarga y se levanta para ir al salón a buscar su ropa. Jenna la sigue y la observa vestirse en silencio hasta que Sloane coge su bolso y se lo cuelga del hombro.
―Nos vemos, Jenna ―dice Sloane desde la puerta, sin saber cuál es la forma correcta de despedirse de ella, y Jenna responde levantando una mano y tratando de sonreírle, pero lo único que consigue es que sus labios hagan una mueca extraña.
A Sloane el camino en taxi hasta su apartamento se le hace interminable a pesar de que apenas dura veinte minutos. Mete las llaves en la cerradura y cuando accede a su casa, encuentra a Vivianne sentada a la mesa con una taza de café mientras lee las noticias en su móvil.
Su hermana se gira al sentirla y Sloane mira la hora por primera vez, comprobando que apenas son las siete de la mañana.
―Buenos días ―dice Vivianne, mirándola de arriba abajo.
―Hola ―responde Sloane, cerrando la puerta y dejando el bolso en una silla antes de sentarse en el sofá.
Vivianne podría hacer un comentario mordaz y preguntarle si está muy cansada después de haber hecho ejercicio toda la noche, pero eso es algo que con Sloane no funciona, porque Vivianne la conoce de sobra y es muy consciente de lo mucho que se descoloca su hermana cuando se despierta en una cama que no es suya, le quedó muy claro el día que tuvo que conducir hasta casa de Vicky Bob para ir a buscarla.
―¿Has desayunado? ―pregunta, levantándose de la silla.
―No tengo hambre.
―¿Café?
Sloane niega con la cabeza, porque tiene un nudo tan apretado en la garganta que sabe que no podría tragar ni un vaso de agua.
―¿Estabas con Jenna? ―pregunta Vivianne, sentándose a su lado.
―Sí.
La directora de Axis en Nueva York la mira durante unos segundos, intentando descifrar lo que hay en el interior de la cabeza de Sloane.
―¿Ha ido bien? ―tantea con calma.
―Hasta que me he despertado, sí.
Vivianne se gira hacia ella y sube una pierna en el sofá.
―No es la primera vez que te pasa, ya sabes que tu cuerpo reacciona así, pero no te deja hundida como estás ahora, ¿qué te pasa, Sloane?
―Nada, estoy bien, solo…
Sloane se interrumpe cuando su hermana le coge la mano y se la aprieta.
―No te olvides de que soy yo, de que conmigo no tienes que fingir ―susurra Vivianne, y Sloane traga saliva con esfuerzo mientras asiente―.
¿Qué ha pasado? ¿Habéis discutido? ―Vivianne se rasca la nuca, frustrada porque a veces le cuesta un mundo llegar a su hermana pequeña―.
No sé muy bien qué tienes con ella, Sloane, tienes que ayudarme a…
―Me gusta ―dice Sloane.
―Vale, eso es bueno. ¿Cuál es el problema? Y no me digas que es la relación jerárquica, porque la jefa soy yo y no voy a despediros a ninguna por eso ―bromea Vivianne, pero Sloane sigue sin poder sonreír.
―Quiere que esto siga, es decir, lo que pasó anoche, que sigamos viéndonos.
―Y tú te has cagado de miedo para variar ―concluye Vivianne.
Sloane aspira con fuerza y trata de exhalar despacio, pero le sale un suspiro tembloroso.
―A ver, Sloane ―dice su hermana, cogiéndole la barbilla para girarle la cabeza y que la mire―. Has dicho que te gusta, pero yo necesito que me aclares hasta qué punto te gusta.
―Me gusta hasta el punto de que hubiera deseado controlar mi puta cabeza para no haber salido corriendo de su cama.
―Vale ―Vivianne asiente―. ¿Estás enamorada de ella?
―Sí ―exhala Sloane.
―Entonces habla con ella. Tu obsesión por el control no va a desaparecer porque salgas corriendo y te escondas de lo que sientes ―dice Vivianne―.
Explícaselo, dile que tú también quieres intentarlo, pero que tus tiempos no son los habituales, que necesitas ir más despacio y empezar en los espacios que controlas para después poder adaptarte a otros.
Sloane la mira, desconcertada por la exactitud con la que su hermana describe lo que ella necesita sin que ella misma hubiera llegado a esa conclusión, pero es justo lo que Vivianne está diciendo lo que a ella le permite funcionar en una relación, no forzar las cosas, no intentar sentirse cómoda en un espacio que la hace sentir insegura solo para complacer a la otra persona.
Lo que necesita es que esa persona entienda cómo funciona su mente y la ayude a transitar hacia una relación estable sin enfadarse cuando Sloane necesite espacio o echarle en cara que no se esfuerza lo suficiente y es demasiado fría.
―No conozco mucho a Callahan ―sigue Vivianne―. Cuando vino a mi despacho estaba tan exaltada que su lengua no tenía freno cuando hablaba de la incompetencia de Scarlett Bolt.
Sloane se ríe por primera vez cuando se imagina a Jenna en el despacho de su hermana, con su moño despeinado, la cara roja de rabia y esos labios suaves y rojos moviéndose al mismo ritmo de sus manos mientras soltaba todo lo que pensaba de su antigua jefa.
―Pero es inteligente ―añade Vivianne―, y si realmente le gustas, te entenderá y sabrá adaptarse a tus tiempos.
Lo que me pregunto es si tú sabrás adaptarte a su desorden, porque te juro que cuando vi su moño hecho de cualquier manera, en lo primero que pensé fue en ti y la urticaria que te habría dado al verla.
Sloane se vuelve a reír, y Vivianne también.
―Aunque está claro que no es precisamente urticaria lo que te provoca ―añade su hermana con tono jocoso.
Los labios de Sloane se vuelven a curvar y asiente.
―Creo que sí que puedo soportar su desorden, llevo dos semanas sin ordenarle la mesa.
Vivianne se ríe a carcajadas, y después se gira completamente hacia su hermana y la abraza.