Capítulo 18 #2
―Eres preciosa ―dice Jenna mirando a Sloane con las piernas desnudas y la ropa interior como única barrera.
Sloane no contesta porque no puede; lo que hace es tirar de Jenna hacia ella y besarla otra vez.
No conoce la distribución de ese apartamento, pero desde donde está puede ver un sofá que debería servir para calmar esas ganas al menos la primera vez, pero cuando llegan hasta el salón, los planes de Jenna son completamente diferentes y lo que hace es empujar a Sloane sobre el respaldo de una butaca y, sin perder tiempo, se pega a su espalda mientras le besa el cuello.
―Tienes un culo increíble ―suelta Jenna mientras se lo toca sin ninguna vergüenza―. No sabes lo loca que me volvías cuando te ponías esos vaqueros claros.
―Joder ―exhala Sloane cuando siente los dientes de Jenna clavarse en su hombro derecho.
Sloane gira el cuello y Jenna atrapa sus labios.
No es una posición demasiado cómoda, pero el nivel de placer que están sintiendo teniendo sus cuerpos tan juntos mientras Jenna sigue tocándola por todos lados merece mucho la pena.
Sloane empieza a mover sus caderas, está completamente excitada por el momento y siente que, si no se libera, no podrá pensar ni hacer las cosas que quiere.
Jenna lo intuye y las puntas de sus dedos se atreven a serpentear hasta el sexo de su jefa y cuando nota la humedad, suelta un gruñido típico de un bárbaro.
―No te cortes ―la voz rota de Sloane le da a Jenna el impulso que necesita.
No tiene cuidado, no lo hace lento ni con calma; sus dedos tantean la entrada húmeda de Sloane y entran hasta el fondo de un solo movimiento. Jenna por poco se corre al sentir la presión que hay ahí abajo y, entonces, se da cuenta de que no puede parar.
―Oh, Dios ―susurra Sloane cuando siente las embestidas seguras en su sexo.
―No te muevas ―Jenna la sujeta con la mano libre mientras pasa la lengua por la piel de su cuello.
Sloane no puede determinar qué es lo que le gusta más, si es la rudeza de la situación, la calidez de las caricias que está recibiendo o la forma en que la están llenando, pero entonces elige que es justo ese movimiento que Jenna acaba de hacer porque, mientras sigue penetrándola, adelanta su otra mano para rodear su clítoris terriblemente hinchado.
―Quiero que te corras ahora para que esas manos dejen de temblar ―le explica Jenna con la voz ronca y muy baja―, porque en cuanto te recuperes, te quiero dentro de mí.
No hace falta nada más, tan solo con eso y las maravillas que está haciendo Jenna en su cuerpo, Sloane suelta un aullido de placer que se mezcla con un movimiento de cabeza hacia atrás.
El orgasmo le dura unos segundos, intenso, pero corto, y Sloane sabe que, desde luego, necesita más, pero ahora va a ocuparse de la chica que tiene detrás.
―¿Estás bien? ―pregunta Jenna besándole la espalda, y esas caricias dulces contrastan con la rudeza de lo que acaba de ocurrir. Está fascinada.
―Muy bien ―contesta Sloane, girándose y cogiendo a Jenna por la cintura.
Pega sus labios al cuello de Jenna y lo lame con ganas mientras sus manos le dejan caricias que sueltan fuego y las queman a las dos. Mueve a Jenna con precisión hasta que por fin llegan al sofá y Sloane la empuja para que se siente.
―A ti te gusta mi culo ―Sloane empieza a repartir besos por su piel―. A mí me encantan tus piernas.
Lo dice mirándola a los ojos y luego pasa la lengua desde la pantorrilla izquierda de Jenna hasta que llega a su rodilla. Sloane se deleita con esa piel suave mientras va escuchando los gemidos que salen de la boca preciosa que hace minutos ha besado.
Cuando Sloane le separa las piernas a Jenna, la chica gruñe y se muerde los labios con fuerza.
Ver a Sloane Price arrodillada frente a ella con los ojos color miel completamente oscurecidos es suficiente para que quiera correrse varias veces seguidas.
Se abre todo lo que puede y le da exactamente igual parecer desesperada, porque cuando su jefa lame su entrada con la lengua aplanada, siente que el tiempo de Jenna en la tierra ha llegado a su fin.
―Joder ―suelta la chica, y se lleva la mano hecha un puño a la boca.
En ese momento, Sloane no parece la mujer que organiza bolígrafos ni papeles por colores porque lo que está haciendo ahí abajo carece de cualquier orden. La folla con la lengua y luego sube para golpear su clítoris; después lame sus pliegues y le deja un mordisco en la piel sensible.
―Me estás matando ―dice Jenna, y Sloane levanta la mirada.
―No te creo ―contesta y, sin apartar la mirada, mete dos dedos con mucha calma dentro de Jenna.
A la líder técnica los ojos se le cierran y Sloane no aparta su mirada porque ver a esa chica de carácter hostil con las piernas abiertas para ella mientras la llena, es lo más bonito que ha visto en sus días de vida.
Los labios de Sloane vuelven a su sexo y lame a Jenna mientras sigue con las embestidas cada vez más profundas.
Esa mezcla es una de las cosas que más disfruta la programadora y solo hacen falta varios movimientos más para que el orgasmo se arremoline en su vientre, aconsejándole que se sujete fuerte porque lo que viene es apoteósico.
―Joder, nena ―gime Jenna sin poder controlarse―. Voy a correrme, sigue así, quiero hacerlo en tu boca.
Sloane es una mujer perfectamente mecánica que, cuando recibe una orden, se esmera por cumplirla, así que se queda allí, lamiendo con esmero mientras Jenna se deshace en su boca, soltando maldiciones y una humedad deliciosa que Sloane recoge extasiada.
―Sí que eres buena ―dice Jenna, con los ojos cerrados todavía y una sonrisa floja en los labios.
―¿Lo dudabas? ―pregunta Sloane, que le deja un último lametón en su sexo y se incorpora.
Jenna suelta una carcajada, abre los ojos y acepta el beso que Sloane le regala.
―Siéntate aquí conmigo ―pide Jenna, palmeando el sofá a su lado―. Dame unos minutos para recuperarme.
Sloane le da otro beso rápido y se deja caer sobre un cojín.
―No hay prisa ―contesta, arrastrando la yema de sus dedos por el vientre de Jenna.
Jenna la mira durante unos segundos con los labios apretados mientras siente las caricias que están haciendo que el fuego nuevamente empiece a crecer dentro de ella.
―¿Te quedas? ―pregunta de repente, porque quiere sentir a Sloane durante horas, quiere demostrarle todo lo que ha estado sintiendo por ella y eso amerita tiempo.
Sloane piensa en su apartamento, en Vivianne durmiendo en la habitación de invitados, en el pijama de rombos azules doblado en su cajón y en los tapones que necesita para dormir.
Piensa en todas las razones por las que debería decirle que no y que es mejor llamar un taxi porque necesita volver a la rutina que la ha mantenido entera durante años.
―Me quedo ―responde, pateando los pensamientos que no quiere tener cerca, al menos en ese momento.
Jenna sonríe de medio lado y le acaricia la cara.
―Entonces vamos a mi habitación ―se pone de pie y le ofrece una mano a Sloane―. Allí tengo algunas cosas interesantes que me muero por usar contigo.
Sloane siente el temblor en su pecho y esta vez es muy diferente al que ha estado experimentando durante años. Por una vez, se deja ir sin pensar demasiado; ahora es un momento para ella, no para los pensamientos intrusivos, no para el dolor del abandono, no para su perfecto orden.
Toma la mano de Jenna y la sigue hacia la habitación.