Capítulo 18
H an pasado cuatro días desde que Sloane le dijo a Jenna que hablarían de ellas en otro momento, y los cuatro días han transcurrido sin que ese momento se lleve a cabo, porque Sloane lleva cuarenta y ocho horas inventándose razones para no buscarla, para no quedarse a solas con ella y para no abrir una puerta que sabe que, una vez abierta, no podrá volver a cerrar.
El cuerpo de Sloane ha decidido que el autocontrol que la define ya no es una regla, sino una mínima sugerencia que ella puede o no acatar, y es que cada mañana, a pesar de esa lista mental de argumentos que ha creado de forma ordenada para explicarse a sí misma los motivos por los que no puede babear por la líder técnica de su equipo, su cerebro se tambalea exactamente en el momento en que nota a Jenna sentada en su mesa con el moño desordenado y el café en la mano.
Jenna está irascible y Sloane lo nota, sobre todo porque su hostilidad es directamente con ella.
No es como hace unas semanas cuando estaba enfadada con todos y el equipo intentaba esquivar sus comentarios como podía.
Ahora es diferente: Jenna es amable con Ryan, paciente con los probadores y atenta con Marcus.
Los comentarios secos los reserva para Sloane y, a diferencia de otros momentos, no se preocupa en dejar ver que el problema lo tiene con su jefa y no es precisamente de carácter profesional.
―Si la estructura no te parece la adecuada, háblalo con los del banco y la cambio sin problema ―le ha soltado Jenna esa mañana―. Se te da bien hablar de estas cosas, ¿no?
Lo ha dicho tranquila, mirándola a los ojos mientras cogía su portátil y salía de la sala en la que estaban. Y así ha sido durante los cuatro últimos días.
A las seis de la tarde, el equipo empieza a recoger.
Sloane tiene un montón de tareas pendientes que no puede aplazar; ha tenido varias reuniones con los de Crest Bank que le han quitado demasiado tiempo y ahora tiene que recuperarlo de alguna manera.
No es un problema para ella porque desde que comenzó el proyecto es algo que se repite casi a diario, lo que no espera es que Jenna también lo haga porque la líder de los desarrolladores sigue sentada en su sitio, con los audífonos puestos y la mesa tan desordenada que parece que ha pasado sobre ella un tifón.
A las siete, Sloane encuentra una incoherencia en el repositorio, pero antes de tener que discutirlo con Jenna, intenta buscar una explicación por sí sola.
Durante media hora revisa unas treinta líneas de código y se da cuenta de que lo que está haciendo es tan absurdo como estúpido, así que suspira, se levanta y se va a la sala pequeña que tiene frente a ella.
―Jenna, ven conmigo ―Sloane pasa por su lado y, aunque sigue con los auriculares puestos, la ha escuchado perfectamente. El respingo que ha dado su cuerpo la ha delatado.
La chica se levanta, coge sus cosas y entra en la sala.
Sloane está de espaldas, conectando el portátil al proyector, y Jenna aprovecha para mirarle el culo, que con ese pantalón parece que ha duplicado su tamaño.
Se muerde los labios un segundo, luego frunce el ceño, enfadada por su debilidad, y se deja caer en la silla que está a su lado.
―¿Qué necesitas? ―pregunta abriendo el portátil con un gesto nada amable.
Sloane la mira y le parece preciosa cuando está así de enfadada y las arruguitas alrededor de sus ojos se hacen más visibles. Mueve la cabeza; tiene que centrarse.
―No encuentro la conexión entre el módulo B y la pantalla de transferencias internacionales. ―Sloane abre el repositorio y en la pantalla colgada de la pared aparecen cientos de líneas de código―. Según la documentación, esto…
―No está planificado para este ciclo de trabajo, sino para el siguiente ―Jenna la interrumpe, teclea algo en su portátil y lo gira para que Sloane lo vea―.
El módulo está creado y la pantalla también, pero no se pueden conectar hasta que la de transferencias nacionales esté acabada.
Estamos a un 90%, por lo que estimo que llegaremos a tiempo para conectarlas.
Sloane boquea como un pez que lleva demasiado tiempo fuera del agua y se le acaba el tiempo. Está completamente descolocada; es un descuido que jamás le ocurriría porque ella misma ha añadido las tareas a cada ciclo de trabajo y lo que dice Jenna es correcto.
―Ya que mencionas el módulo B ―aprovecha Jenna cuando Sloane no parece tener intención de contestar―.
El sistema de divisas está planteado de una manera demasiado compleja que pienso que traerá muchos dolores de cabeza a la larga.
He hecho unos cambios y creo que, si hay algún problema más adelante, cualquier desarrollador medianamente decente podrá solucionarlo.
Jenna se lo muestra en su pantalla y con el dedo va señalando el lugar exacto de los cambios.
Le dice que, si no le parece bien, que los revierte sin problema.
Se lo dice con sequedad, como si en vez de estar hablando con Sloane estuviera discutiendo con Scarlett Bolt sobre el porqué las pantallas deben seguir siendo azules en vez de rosa chicle.
Sloane debería estar prestando atención a la brillante solución que Jenna le está enseñando, pero lo que está haciendo es enamorarse. Nada más y nada menos. Lo peor no es sentirlo, es reconocerlo con tanta claridad sin desmayarse en el proceso.
―¿Me estás escuchando? ―pregunta Jenna, y su voz tiene una nota de irritación.
―Sí ―la respuesta de Sloane aparece demasiado rápido y Jenna chasquea la lengua.
―¿Qué he dicho? ―la reta.
Sloane parpadea, no tiene ni idea de qué ha dicho Jenna en los últimos dos minutos porque su cerebro estaba ocupado mirando la curva de su mandíbula y pensando que se ha enamorado de una chica diez años menor que es un caos con piernas, pero que es perfecta para ella.
Jenna suelta el aire de una manera tan ruidosa que Sloane da un paso hacia atrás. La chica cierra el portátil con un golpe seco y se pone de pie de inmediato. El bolígrafo se le cae al suelo y ella maldice en voz alta sin importarle quién la pueda escuchar.
―Jenna ―la llama Sloane cuando ha dado dos pasos para salir de la sala.
Se gira con el fuego bailando en sus ojos y las aletas de la nariz expandiéndose.
―No, Sloane ―Jenna levanta la mano libre para frenar el discurso absurdo que sabe que iniciará―.
Me besaste, saliste corriendo y me dijiste que íbamos a hablar.
Han pasado cuatro días en los que no me has dicho ni una palabra que no fuera de trabajo y no has tenido la deferencia de comportarte como una mujer adulta y al menos decirme que aún no estás lista, que necesitas más tiempo para encarar esta situación o que directamente no estás interesada.
Di que ha sido un beso sin importancia, pero di algo, joder, dos malditas frases que me hagan sentir que no he hecho nada mal, que eres tú quien está confundida.
Jenna respira con dificultad, como si en vez de hablar estuviera sobre una cinta de correr y llevara dos millas recorridas.
Ambas saben que lo que ha soltado es una mezcla de sentimientos profundos que no solo tienen que ver con Sloane, sino también con esa rabia que le han inyectado sus padres al señalarla como culpable por no ayudar a Gabriel y ser desleal por darle la espalda a la familia.
A Sloane se le comprime el pecho y se da cuenta de que, a pesar de ese miedo que vive en ella desde que su padre biológico se marchó, hay un pánico mucho más intenso que le está quemando la piel, y es ver a Jenna rota de dolor, con los ojos llenos de angustia y que todo eso sea culpa de su maldita indecisión.
Se acerca a Jenna despacio y la chica da dos pasos hacia atrás con el pecho subiendo y bajando con dificultad.
―Lo siento ―dice Sloane con la voz estrangulada.
Este tipo de interacciones siempre le han costado bastante más porque no tienen un orden específico y ella no las puede controlar―.
Lo único que sé es que cuando te besé, no quería parar.
Y que llevo muchos días echando de menos algo que solo duró un minuto, lo cual es ridículo y me cuesta entender, pero es una verdad de la que ya no puedo huir.
Jenna la atropella con su propio cuerpo y atrapa la boca de Sloane con furia. La empuja hasta la mesa donde hace un minuto estaban trabajando, suelta su ordenador y con las dos manos le coge la cara.
Los labios de Sloane se abren bajo los suyos y de inmediato siente cómo algo en su pecho se desmonta de una forma que no quiere reparar.
―¿Tu casa o la mía? ―pregunta Jenna, separándose un segundo y, antes de que Sloane conteste, le muerde los labios―. Y no me digas que no es correcto, porque lo es si ambas lo queremos y si tú no quieres continuar, no voy a insistir, pero este juego se acaba aquí.
―La tuya ―responde Sloane, sin apenas procesar lo que está pasando―. En la mía está Vivianne.
Sloane nunca ha salido de Axis tan rápido. Bajan a la calle y paran un taxi que justo pasaba cuando ellas han puesto un pie en la acera. Jenna se sube detrás de Sloane sin tocarla, porque sabe que, si la toca ahora, no va a poder parar.
―Déjame a mí ―sisea Jenna en cuanto la puerta del apartamento se cierra y ella misma pega a Sloane a la pared―. Quiero ser yo quien te desnude.
Sloane ha tenido una vida sexual correcta, ha tenido parejas y aventuras de una noche.
También ha tenido amigas ―como Vicky Bob― con las que ha experimentado encuentros satisfactorios que se han repetido en el tiempo, pero no recuerda la última vez que, con un simple beso, sus bragas hubieran quedado tan inservibles como pasa ahora.
―Ven aquí ―le dice Sloane mientras Jenna se encarga de desabrocharle el pantalón.
El gemido que emerge de la boca de la desarrolladora corta el silencio del apartamento como si una llamarada de fuego hubiera explotado.
Se besan, se muerden los labios y sus lenguas se encuentran. Las manos se mueven con una facilidad que asombra a las dos, como si esta no fuera la primera vez que se desnudan.