Capítulo 17
E l teléfono de Jenna suena cuando está sentada en su mesa con un café y tres pestañas de código abiertas, mira la pantalla y ve el nombre del abogado de Gabriel.
Le extraña que la llame porque toda la comunicación de ese hombre ha sido con sus padres, por eso se asusta pensando que a su hermano le ha pasado algo y responde con rapidez, levantándose de la mesa y caminando hacia el pasillo para no molestar al resto de sus compañeros, incluida Sloane, que no la trata con la frialdad de antes del bar, pero tampoco habla del beso que a Jenna le ha quitado el sueño todo el fin de semana.
―Diga ―dice Jenna, y el hombre parece algo incómodo cuando la saluda.
―La llamo porque sus padres me han pedido que le informe del resultado de las negociaciones con la fiscalía.
Jenna se queda paralizada y cierra el puño libre con rabia y una decepción que le atraviesa todo el cuerpo. Que sus padres le pidan al abogado que la llame en vez de hacerlo ellos dice más sobre el estado de su relación que cualquier palabra.
―Gabriel ha aceptado un acuerdo ―continúa Morrow―.
Se declarará culpable de un cargo menor a cambio de colaborar parcialmente con la investigación.
No va a dar el nombre de la persona que iba en el vehículo, pero ha proporcionado información sobre la red de distribución que la fiscalía ha valorado como suficiente para reducir los cargos.
―¿A cuánto se reduce su pena? ―pregunta Jenna, con un tono controlado que no tiene nada que ver con el temblor de sus manos.
―Entre siete y nueve años. Dependerá del juez, pero con el acuerdo y la colaboración intentaré que se quede más cerca de los siete.
Siete años. No son cinco, que es lo que querían sus padres a costa de la libertad de Jenna.
Tampoco son quince, que es lo que le habría caído sin ningún acuerdo.
Son siete años en los que Gabriel estará preso y Jenna estará libre, trabajando, viviendo, haciendo la ruta del lago Sebago, perdiéndose en bosques oscuros y sentándose a tres metros de una mujer que la besó el viernes pasado y que después salió corriendo como si le hubieran prendido fuego.
―Gracias por informarme ―dice Jenna.
―De nada. Si tiene alguna duda, puede llamarme a este número.
Cuelga y se queda de pie en el pasillo con el teléfono en la mano y una sensación que es mitad alivio y mitad vacío, porque la noticia es buena para Gabriel, pero nadie de su familia la ha llamado para decírselo, y eso confirma lo que Jenna ya sabía: que para Sophie y Joshua ella ha dejado de existir como hija.
En lugar de volver a su mesa, le dice a Sloane que necesita quince minutos y se marcha cuando su jefa asiente sin pedirle explicaciones.
Jenna sale del edificio y camina hasta un parque cercano donde se sienta en un banco con el móvil en la mano y el nombre de su madre en la pantalla.
No sabe por qué la llama. Quizá para confirmar que la temperatura entre ellas es tan gélida como cree, o tal vez porque una parte de ella, la niña de Dorchester que protegía a Gabriel con los auriculares mientras sus padres gritaban, necesita escuchar la voz de su madre, aunque sea para recibir un golpe.
―¿Qué quieres, Jenna? ―contesta su madre, con el tono más seco que las hojas de los árboles en noviembre.
―Me ha llamado el abogado ―dice compungida.
―Sí, le pedimos que te informara.
Jenna asiente en silencio, sintiendo que la respuesta de su madre le atraviesa el pecho como si fuera un clavo ardiendo. No le dice «te hemos llamado», sino «le pedimos que te informara», como si Jenna fuera una parte externa del proceso, una vecina a la que hay que notificar por cortesía.
―Me alegro por Gabriel ―dice Jenna―. Siete años es mucho mejor que quince.
Sophie guarda silencio unos segundos. Jenna puede escuchar la voz de su padre de fondo y la respiración de su madre, y durante un instante muy breve se permite tener la esperanza de que Sophie diga algo que suene a cariño de madre, algo que reconozca que Jenna ha pasado meses sufriendo y que la presión que le han impuesto era injusta y que se alegra de que su hija no tenga que ir a la cárcel.
―Esperemos que sea suficiente ―dice Sophie, con un tono que no contiene ni un gramo de calidez―, aunque todos sabemos que la pena de tu hermano habría sido menor si tú hubieras colaborado.
Jenna siente cómo la frase le entra por el oído y le baja hasta el estómago, donde se convierte en algo que ya no es tristeza sino la certeza de que sus padres no van a cambiar, de que para Sophie y Joshua la lealtad familiar significa sacrificio ciego, y que Jenna, al negarse, se ha convertido en la hija que no ha cumplido y no tiene hueco en la familia.
―Cuídate, mamá ―dice Jenna.
Cuelga antes de que Sophie pueda responder y se queda sentada en el banco mirando el tráfico de Midtown con los ojos secos y la mandíbula apretada para contener las ganas de llorar.
Los quince minutos que le ha pedido a Sloane están a punto de cumplirse, pero ahora mismo no puede levantarse del banco porque no está segura de que las piernas le respondan, así que busca otro número y llama a Nathan porque necesita desahogarse.
―Gabriel ha aceptado un acuerdo ―le dice sin preámbulo―. Siete a nueve años.
―Joder ―Nathan suspira al otro lado de la línea―. Eso es mucho mejor de lo que podría haber sido. ¿Cómo está él?
―No lo sé. No he hablado con él directamente, me ha llamado el abogado porque mis padres no se dignaron a hacerlo ellos mismos y le han pedido que me informe.
Nathan se queda en silencio un momento y Jenna abre la boca porque no lo soporta, y le habla de la llamada que le ha hecho a su madre hace un momento, y de la sequedad con la que le ha contestado y también de que le ha echado en cara que no se haya sacrificado por su hermano.
Jenna escucha el resoplido de Nathan al otro lado del teléfono y se limpia una lágrima con los dedos.
―Qué hija de puta ―espeta su amigo de pronto, y Jenna no se ofende porque, aunque ella no hubiera elegido esas palabras, están muy cerca de lo que siente que ha sido su madre con ella―.
Lo siento, Jen, no debería hablar así, pero es que lo que te han hecho no tiene nombre.
Has pasado meses cargando con una culpa que no era tuya y ellos, en vez de protegerte, te han usado como moneda de cambio. Eso no es una familia.
Jenna cierra los ojos y siente cómo las palabras de Nathan le llegan a un sitio que ya no está en carne viva, sino que empieza a formar costra.
―He decidido dejar de mantener el contacto con ellos ―dice, y la frase sale con una firmeza que la sorprende ―. No quiero odiarlos, pero no puedo seguir dejando que me hagan daño cada vez que hablan conmigo.
Nathan suspira, pero esta vez es un suspiro de alivio.
―Ya era hora, Callahan. Sé que es duro, pero a veces las personas que más deberían querernos son las que más daño nos hacen, y tú mereces algo mejor que eso.
―Gracias, Nathan.
―Sabes que puedes contarme lo que sea ―dice él.
Jenna no sabe por qué piensa en el beso en un momento así, pero la imagen de los labios de Sloane contra los suyos la atraviesa y piensa en la mano que le subió por la espalda y en el gemido que no sabe de cuál de las dos salió.
Piensa en contárselo a su amigo, pero las palabras no le salen porque todavía no sabe qué significó para Sloane y no quiere construir una historia con Nathan que quizá no existe.
―Gracias por escucharme.
―De nada, ¿nos vemos esta noche donde siempre y echamos una partida al billar? Prometo no ganarte ―bromea él, y ella se ríe.
―Hecho.
Cuelga y se queda mirando el teléfono un momento antes de levantarse y caminar de vuelta a la oficina sin quitarse de encima el pensamiento de sus padres, pero firme en la decisión de cortar la relación con ellos.
Se acabaron las llamadas, las visitas a la casa de Dorchester donde creció y donde sabe que ya no es bien recibida.
Entra en la oficina y se sienta a su mesa sin disculparse por su retraso porque se siente demasiado aturdida, y también porque piensa que Sloane huyó de ella sin una explicación después del beso y, aunque esto no es lo mismo porque están en el trabajo, lo considera una pequeña venganza que le produce algo de alivio.
Activa la pantalla del portátil, pero está tan desconcentrada que, en lugar de seguir con lo que estaba haciendo, se toma otros cinco minutos para buscar terapeutas cercanos a su apartamento, porque puede vivir con la decisión que ha tomado de cortar la relación con sus padres, pero no tiene ni idea de cómo gestionarlo, y prefiere pedir ayuda de inmediato, porque no quiere sucumbir en un momento de debilidad y llamarlos porque los echa de menos.
Apunta tres nombres que le llaman la atención por lo que ofrecen y las reseñas, y cuando llegue a su casa se decidirá por uno y lo llamará.
―¿Tienes un momento? ―escucha a su lado, y cuando Jenna levanta la cabeza, ve que Sloane está junto a ella.
Jenna no sabe en qué momento se ha levantado y ha caminado hasta su mesa, ni cuánto lleva ahí ni si ha visto lo que hay en una de sus pantallas ―que no tiene que ver con el trabajo― porque está tan desconcentrada desde que la ha llamado el abogado, que no es capaz de ponerse a trabajar todavía.
―¿Qué pasa? ―pregunta Jenna, nerviosa.
―Sígueme ―dice Sloane, y se gira para caminar hasta la puerta de una de las salas vacías, la misma donde se reunieron hace días y Jenna se sinceró y le contó su problema.
Cuando entran, Jenna siente que retroceden en el tiempo, porque Sloane cierra la cortina y le pide que se siente en la misma silla de la otra vez, solo que en esta ocasión, su jefa se sienta a su lado directamente, cruzando una pierna sobre otra mientras la mira.
―¿Qué te pasa? Porque desde que te han llamado estás muy dispersa.
―Lo siento… ―empieza la programadora.
―No quiero que te disculpes, Jenna, quiero que me hables, que sepas que estoy aquí si te hace falta.
Jenna responde con una risa seca cargada de ironía que hace que Sloane se tense.
―¿En serio estás aquí? ―espeta de pronto―, porque últimamente no es lo que siento, cada vez que nos acercamos un poco sales corriendo y…
―Jenna ―la vuelve a cortar Sloane, inclinándose hacia delante―. No mezclemos las cosas ahora, por favor. Estamos en la oficina.
Jenna suspira y baja la mirada, pero siente que la corriente la atraviesa cuando Sloane le pone una mano sobre la rodilla.
―Hablaremos de nosotras en otro momento, pero ahora suelta eso que te asfixia.
Los ojos de Jenna se humedecen y levanta la mirada para clavarla en el techo de la sala.
―Me ha llamado el abogado de mi hermano para decirme que ha llegado a un trato que le reducirá la condena. No tanto como si yo me declaro culpable, pero suficiente.
―Me alegro por él, pero me alegro más por ti.
Jenna sonríe con una mueca triste.
―Mis padres no comparten tu opinión.
Sloane frunce el ceño, y Jenna le explica la conversación con su madre y la decisión que ha tomado, y añade que está buscando terapeuta porque no sabe cómo gestionarlo. La mano de Sloane aparece sobre la suya y Jenna se queda sin aliento cuando la aprieta unos segundos.
―Eres muy valiente, Jenna. Más que nadie que conozca, y creo que tomas la decisión correcta eligiéndote a ti por encima del egoísmo de tus padres.
No deberías sentirte culpable por esto, aunque sé que lo harás porque estas cosas al principio son muy complicadas de asimilar, pero estoy segura de que un terapeuta sabrá guiarte, y yo estaré aquí cada vez que necesites hablar.
―Gracias.
―De nada. Ahora vete a casa, tómate el resto del día libre porque aquí te necesito centrada.
―Pero tengo que terminar de programar…
―Yo también sé hacerlo ―sonríe Sloane―, me ocuparé.
Sloane se levanta y le hace un gesto a Jenna para que haga lo mismo, y Jenna se detiene un momento junto a la puerta cuando Sloane la abre y espera a que salga.
―Gracias ―susurra otra vez.
Sloane le guiña un ojo a modo de respuesta y Jenna casi tropieza al salir.