Capítulo 16
Sloane convoca a todos frente a la pantalla.
Presenta los resultados con datos y gráficas que ha preparado con un tono de voz tranquilo que Jenna sigue admirando, porque hay personas que hacen que los números cuenten una historia y Sloane es una de ellas.
Recorre cada métrica, hito alcanzado y problema que se resolvió durante las dos semanas.
El equipo escucha con atención, algo que Jenna no les había visto hacer en meses, porque bajo el mando de Scarlett, las reuniones eran un ejercicio de supervivencia, no de reconocimiento.
Al final, Sloane hace algo que Scarlett jamás hizo: nombra a cada miembro del equipo y lo que ha aportado.
A Marcus por su trabajo en la migración de la base de datos.
A Lisa por las pruebas que detectaron tres fallos antes de que llegaran a preproducción.
A Ryan por haber mejorado su velocidad de entrega un cuarenta por ciento en dos semanas, lo que hace que el chico se ponga rojo hasta las orejas y sonría como si le hubieran dado un premio.
Cuando llega a Jenna, Sloane levanta la cabeza de sus notas y la mira.
―Y Jenna Callahan, cuya capacidad técnica y liderazgo han sido el pilar de esta entrega.
Lo dice mirándola a los ojos y Jenna siente que la distancia que Sloane ha puesto estos días se resquebraja durante esos pocos segundos que dura el comentario, como una grieta en un muro que deja pasar la luz.
No es mucho, tampoco va a engañarse, es una frase dicha en un contexto profesional delante de doce personas, pero la forma en que Sloane la mira mientras la dice, con esos ojos color miel que durante dos días la han esquivado, es todo lo que Jenna necesita para saber que lo que pasó en la sala de reuniones el lunes no ha desaparecido, más bien solo se ha escondido.
El equipo aplaude. Ryan silba y los testers chocan palmas. Y Sloane cierra la presentación con una frase que a Jenna casi le provoca un cortocircuito.
―He reservado una mesa en un bar aquí cerca ―lo dice con esa rigidez que la caracteriza, pero con un gesto cercano―. Creo que nos lo merecemos.
Jenna mira a Ryan, que la observa a ella con la boca abierta.
Sloane Price proponiendo un plan social es algo que ninguno de los presentes esperaba, y la sorpresa colectiva produce un silencio extraño seguido de un murmullo entusiasta que se convierte en movimiento cuando todo el mundo empieza a recoger portátiles y chaquetas con la velocidad de alguien que ha recibido una orden de evacuación.
El bar se llama The Brass Monkey y está a dos manzanas de la oficina.
Es de esos sitios donde los directivos van a reuniones que disfrazan de afterworks .
Suelo de madera oscura, música a un volumen que permite hablar y una iluminación cálida que suaviza las ojeras de todos.
Y claramente es el tipo de sitio que Sloane elegiría: limpio, organizado, con una carta de vinos tan amplia que necesitas un máster para entenderla, y que, por supuesto, Jenna habría descartado por aburrido si hubiera pasado por delante de sus puertas otro día cualquiera.
Se sientan en una mesa larga al fondo. Las primeras cervezas llegan rápido y la tensión de las últimas semanas empieza a disolverse con cada trago.
Ryan hace bromas increíblemente malas que solo le hacen gracia a él, pero que el equipo celebra porque esta tarde todo el mundo se siente generoso.
Lisa cuenta una anécdota sobre un proyecto anterior que involucra un servidor caído y un gato que se metió en la sala de máquinas, y Marcus se ríe tan fuerte que la gente de la mesa de al lado se gira a mirarlos.
―No me lo puedo creer ―dice alguien, y varios de los compañeros se ríen negando con la cabeza.
Sloane levanta la comisura de sus labios; por un rato, son solo un grupo de personas que han conseguido algo juntas y que se permiten disfrutarlo.
Jenna no sabe en qué momento ha acabado sentada al lado de Sloane.
No ha sido un movimiento que haya preparado ni mucho menos pensado; simplemente, cuando el grupo se ha redistribuido entre visitas a la barra y cambios de silla, las dos han terminado en el extremo izquierdo de la mesa, cada una con su bebida en la mano y un espacio entre ellas que se ha ido estrechando como si alguien las hubiera juntado para una foto.
El brazo de Sloane roza el suyo cada vez que una de las dos se mueve y ninguna se aparta porque, pensándolo bien, es un roce casual y nada tiene que ver con algo más, ¿o sí?
Es un contacto mínimo, la tela de la camisa de Sloane contra la manga de la camiseta de Jenna, pero ella lo siente con una claridad que le parece desproporcionada, como si ambas estuvieran desnudas, piel contra piel.
A Sloane la situación de repente empieza a ponerla nerviosa porque esa cercanía no debería producirle este calor que le sube por el costado y se le instala en las costillas.
Decide que es mejor mantener una conversación profesional, por lo que hablan del equipo en voz baja. De los avances, de cómo han mejorado los protocolos de pruebas, de la moral del grupo y que eso ha cambiado desde que Scarlett salió del proyecto.
―Antes era como trabajar con muertos vivientes ―le dice Jenna medio en broma medio en serio, logrando que Sloane la mire con sus ojos color miel y le sonría.
La conversación profesional de repente se desliza sin que ninguna lo decida hacia algo más personal, como suele ocurrir cuando llevas tres cervezas y el brazo de alguien que empieza a volverte loca está contra el tuyo.
―¿Has vuelto a hacer la ruta del lago Sebago? ―pregunta Sloane, y hace que suene casual, pero Jenna nota el esfuerzo que le ha costado hacerla porque Sloane no hace ese tipo de preguntas sin haberlas pensado muy bien antes.
―Sí ―dice Jenna, y deja la cerveza sobre la mesa para evitar beber un trago que la haga perder la cordura―. Fui el sábado. Volví a perderme, como siempre, me quedé sin agua y acabé la ruta con la linterna del móvil.
―Madre mía ―Sloane lo dice con la voz que le suena medio ronca. Jenna siente un escalofrío―. ¿Otra vez?
―Otra vez ―asiente la chica―, pero encontré un sitio nuevo junto al lago, una roca grande con vistas al agua que es perfecta para sentarse y no hacer nada ―ahora Jenna sí que le da un trago a la cerveza y dice lo siguiente sin pensarlo―.
Mientras caminaba en la oscuridad, pensé en ti, en que habrías llevado un mapa plastificado, tres botellas de agua y, por supuesto, no te habrías perdido.
Lo dice mirando hacia otro lado, no a Sloane, pero puede sentir cómo el cuerpo de su jefa se tensa visiblemente junto al suyo.
Jenna gira la cabeza y decide mirarla; entonces lo que ve la paraliza: Sloane tiene los ojos fijos en ella y sus pupilas se han dilatado ligeramente, lo suficiente para que Jenna lo note en la luz cálida del bar.
Ninguna dice nada durante un momento y el ruido del bar se convierte en el fondo musical de esa escena que ninguna de las dos ha previsto.
Sloane parpadea varias veces, regresando desde un sitio lejano al que se había ido su mente.
Se levanta y Jenna siente cómo el brazo que estaba contra el suyo desaparece, dejándola huérfana de inmediato, pero antes de que pueda suspirar, Sloane le pone la mano en el hombro y se lo aprieta suavemente.
Los dedos de su jefa le presionan el hueso durante un instante y Jenna sabe que va a sentir esa marca invisible durante días.
―Voy a pedir otra copa ―dice Sloane, y se aleja hacia la barra.
Jenna se queda mirando su cerveza y meditando que acaba de decirle a su jefa que piensa en ella cuando camina sola por un bosque de noche. Se pregunta si se puede ser más patética. Imposible.
―Bueno, chicos, yo me marcho ―dice Lisa, cogiendo su bolso y su chaqueta del respaldo de la silla―. Portaos bien.
Un rato después, el grupo empieza a moverse.
Los primeros en irse tras Lisa son un par de desarrolladores que tienen planes que no incluyen quedarse en un bar con sus jefas.
Después, Ryan, que se despide con un abrazo torpe que Jenna recibe con una sonrisa porque hace dos meses el chico le parecía una catástrofe con patas y ahora le parece la misma catástrofe, aunque más entrañable.
Marcus también se levanta y en diez minutos la mesa larga se ha quedado vacía, excepto por los vasos y las servilletas arrugadas.
A Jenna le queda casi toda la cerveza porque lleva media hora hablando más que bebiendo, así que decide quedarse hasta acabarla.
Sloane se ha levantado para ir al baño antes de que el último del grupo se fuera, y cuando sale, el bar está medio vacío y Jenna está apoyada en la barra con su vaso y la chaqueta colgada del respaldo del taburete.
―Pensé que ya te habrías ido ―dice Sloane, apoyándose en la barra a su lado.
―Me queda cerveza, y no soy tan maleducada para marcharme sin despedirme ―responde Jenna, levantando el vaso.
Sloane asiente, pero no se mueve. Debería despedirse y marcharse a su casa, pero se queda ahí plantada como un árbol de Navidad.
Están muy cerca, la barra está casi vacía y hay espacio de sobra, pero las dos han elegido el mismo metro cuadrado como si no hubiera más sitio.
Sloane le habla de algo que Jenna olvida inmediatamente después, porque lo que recuerda es el momento en que alguien pasa detrás de ella camino de la puerta, la empuja sin querer y Jenna se tambalea hacia adelante.
―Perdona ―se escucha a lo lejos una voz masculina alterada por el alcohol.
La mano de Sloane le agarra la cintura antes de que Jenna pueda comprender qué ha ocurrido.
Es un reflejo, un gesto automático para estabilizarla, pero la mano se queda ahí más tiempo de lo necesario y Jenna siente los dedos de Sloane contra la tela de su camiseta y el calor de su palma atravesándole la ropa, y cuando levanta la cabeza para mirarla, la cara de Sloane está a quince centímetros de la suya.
Jenna no lo piensa, ni siquiera lo analiza; su cuerpo se lanza antes que su cerebro, antes de que la parte racional le grite que es su jefa, que esto va a complicarlo todo, y la besa.
Le pone una mano en la nuca y la besa con la boca abierta.
Con las ganas de alguien que lleva semanas atando con alambres algo que ya no le cabe dentro.
Los labios de Sloane son tan suaves que Jenna contiene un gemido cuando los siente, pero durante un segundo, la líder técnica siente cómo Sloane se queda rígida, paralizada, y piensa que ha cometido el error más grande de su vida.
―Lo…
Sloane no deja que termine la frase, la coge por la nuca y le devuelve el beso.
Sus labios se abren contra los de Jenna y su mano sube desde la cintura hasta la espalda.
Jenna siente cómo los dedos de Sloane se extienden por su camiseta, acercándola más, diciéndole de forma silenciosa que ella también lleva semanas queriendo esto.
Sus lenguas se encuentran y un gemido bajo sale de la garganta de alguna de las dos; Jenna no sabe de cuál, y le vibra en los labios tan fuerte que le recorre la columna hasta la base de la espalda.
A Jenna las piernas le flaquean porque Sloane la besa con intensidad, con una pasión que hace que Jenna sienta que cada movimiento de su boca es perfecto.
En ese beso hay hambre y unas ganas que ambas apenas pueden controlar.
Sus cuerpos son uno solo, tan pegados que, si las vieran de lejos, sería difícil distinguir que allí hay dos personas.
El beso dura un minuto o quizá un mes; ninguna de las dos tiene forma de saberlo porque está siendo tan increíble que perderse en la sensación es mejor que abrir los regalos el día de Navidad.
Entonces, los fuegos artificiales paran de golpe y Jenna siente un repentino frío que le hace abrir los ojos.
Sloane da varios pasos hacia atrás, separándose de ella y, cuando Jenna la mira, ve en sus ojos el miedo que llega como una ola, los pensamientos que se encienden uno detrás de otro y la armadura que empieza a subir.
La miel se derrite y la vulnerabilidad que aparece se oculta de inmediato, convirtiéndose en un gesto que Jenna no puede saber qué significa.
Sloane abre la boca, pero no le sale ningún sonido. Desvía la mirada, se alisa la camisa con un movimiento mecánico que Jenna observa y le produce un dolor agudo en el centro del pecho porque sabe lo que va a pasar.
―Nos vemos el lunes ―dice Sloane, y sale del bar con unas zancadas tan largas que Jenna no podría alcanzarla, aunque quisiera.
La puerta del bar se cierra y Jenna se queda sola, apoyada en la barra, con una cerveza que ya no quiere y los labios vibrando. Sería un buen momento, un buen recuerdo si la mujer que acaba de mover su mundo no hubiera salido huyendo a toda velocidad.
La cabeza le da demasiadas vueltas y no sabe qué hacer. Piensa en llamar a Nathan, pero no lo hace, porque se da cuenta de que no está lista para decir en voz alta que por fin la última pieza del puzle ha entrado en su sitio, pero que luego todo ha explotado de repente.
Entonces su cerebro insiste en analizar que lo que ha pasado es que Sloane Price la ha besado como si fuera la última persona en el mundo y después simplemente la ha abandonado, y que ella tiene que conformarse con quedarse sola en un bar de Midtown con el sabor de su jefa en la boca y la seguridad de que nada, absolutamente nada, va a ser igual después de esto.
―Ponme otra cerveza ―le pide Jenna al camarero.
Esa noche tiene que borrarse de la cabeza lo que ha experimentado al sentir la suavidad de los labios de la mujer que…
―Joder.