Entre el orden y el caos Capítulo 15
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Capítulo 15

H an pasado dos días desde que Sloane le sostuvo la mano a Jenna en la sala de reuniones y desde entonces ninguna de las dos ha mencionado lo que ocurrió.

Sloane ha intentado volver a la normalidad profesional con la disciplina que le ha funcionado toda la vida: llega temprano, revisa los avances, deja tareas en el tablero digital y se sienta en su escritorio a tres metros del de Jenna como si nada hubiera cambiado.

El problema es que todo ha cambiado y su cuerpo lo sabe, aunque su cabeza se niegue a aceptarlo.

Cada vez que Jenna se acerca para consultarle algo, Sloane nota el calor de su proximidad como si fuera una corriente eléctrica que le recorre la piel del brazo hasta la nuca.

Cuando sus manos se rozan al pasarse un documento, el contacto le dura en los dedos mucho más de lo que debería, como si la piel tuviera memoria y se negara a olvidar lo que sintió cuando sostuvo la mano de Jenna entre la suya.

Y cuando Jenna habla, cuando gesticula, cuando se muerde el labio o se enrolla el pelo en el dedo, Sloane tiene que apartar la mirada con un esfuerzo que le cuesta más cada día.

Así que hace lo que sabe hacer: pone distancia.

No de forma brusca ni evidente, sino con la sutileza de alguien que lleva toda la vida levantando muros que la protejan de personas que puedan dejarla.

Responde con frases más cortas, evita quedarse a solas con ella en la sala de reuniones y cuando Jenna le trae el café con leche de avena sin azúcar, Sloane le da las gracias sin mirarla a los ojos y vuelve a su pantalla, y el gesto le deja un sabor amargo en la boca que no tiene nada que ver con la bebida.

Es un mecanismo que conoce bien. El mismo que usó con Rachel cuando empezó a sentir que la relación se le escapaba de las manos: retirarse antes de que la otra persona tenga la oportunidad de hacerlo primero.

Entonces le pareció sensato. Ahora, mientras mira la espalda de Jenna a tres metros de distancia y nota cómo sus hombros están un poco más hundidos que ayer, le parece cobarde, pero la cobardía es más fácil de gestionar que la vulnerabilidad, y Sloane lleva treinta y nueve años eligiendo solo lo que puede gestionar.

Jenna está desconcertada con el cambio. Ella tiene un radar emocional que funciona mejor con las personas que le importan que con las que no, y la frialdad de Sloane le llega de una forma que puede ver aunque intente no mirar.

No dice nada durante todo el día ni al siguiente, pero Sloane percibe cómo su mandíbula se tensa cada vez que recibe una respuesta monosilábica, cómo sus ojos oscuros la buscan por encima del portátil con una mezcla de confusión y algo que Sloane identificaría como dolor si se permitiera mirarlo de frente.

El miércoles por la mañana, Jenna llega con el pelo suelto otra vez y una camiseta gris oscuro que le marca los hombros de una forma que Sloane no puede dejar de mirar y que guarda en ese cajón mental donde están todas las cosas sobre Jenna que no debería saber, pero que sabe.

Se sienta en su mesa, abre el portátil y empieza a teclear sin mirar hacia Sloane, lo que hace que sienta un vacío inmenso que la absorbe hacia la oscuridad, y no lo entiende porque debería sentir alivio de que Jenna también la ignore, pero lo que siente es un nudo apretado en el centro del pecho que hace que le duelan las costillas.

A las once, Jenna se acerca con el portátil abierto y una duda sobre la secuencia de despliegue del módulo de autenticación.

Es una consulta que requiere que las dos miren la misma pantalla, lo que significa proximidad, que Sloane va a oler su perfume y sentir el calor de su brazo a centímetros del suyo, y eso la pone tensa como la cuerda de una guitarra.

―El equipo de pruebas necesita saber si desplegamos primero en el entorno de staging o directamente en preproducción ―dice Jenna, girando el portátil hacia ella.

― Staging ―responde Sloane sin levantar la cabeza de su propia pantalla.

―Eso añade tres días al calendario ―rebate Jenna.

―Tres días de pruebas es mejor que un fallo en preproducción que nos cueste una semana.

―Lo sé, pero necesito que lo hablemos porque hay implicaciones en el orden de los módulos que...

― Staging , Jenna. No hay nada que hablar.

La frase sale más cortante de lo que pretendía y Sloane lo sabe en el momento en que las palabras abandonan su boca, porque Jenna se queda quieta durante dos segundos, mirándola con una expresión que es peor que el enfado: es decepción.

―Entendido ―dice, cerrando el portátil con un movimiento seco y el tono más molesto que Sloane le ha escuchado hasta el momento.

Sloane mira su pantalla sin ver nada durante un minuto. Siente la náusea de haber hecho daño a alguien que no lo merece y la rabia consigo misma por no saber hacer otra cosa.

Vivianne vuelve del viaje esa noche y entra al apartamento con una maleta que arrastra por el pasillo como si pesara el doble que cuando se marchó, unas ojeras que compiten con las de Jenna y una botella de bourbon que deja en la encimera de la cocina con un golpe que a Sloane no le gusta.

―¿Bourbon? ―pregunta Sloane desde el sofá, donde está sentada con el portátil y una infusión que se ha tomado con la esperanza de relajarse.

―Sí ―confirma su hermana, quitándose los zapatos y dejándolos al lado de su maleta, prácticamente bloqueando la puerta del pasillo.

Sloane lo mira horrorizada y siente que le pica la nuca, pero no dice nada y tampoco se levanta para arreglar el desastre de su hermana.

―¿Tan mal ha ido?

Vivianne camina descalza hacia ella, se inclina para darle un sonoro beso en la cabeza y después va a la cocina, coge dos vasos del armario, sirve una cantidad generosa en cada uno, regresa y le entrega uno a Sloane antes de dejarse caer a su lado y lanzar uno de los cojines sobre el sillón.

Sloane siente que le tiembla un párpado, pero tampoco se mueve y ese gesto que Vivianne ha hecho a propósito después de ver que su hermana no reaccionaba a la maleta y los zapatos, hace que se levante una bandera roja en su cerebro, por lo que después tendrá que indagar.

―La reunión de reestructuración ha sido peor de lo que pensaba ―dice Vivianne, y hace una pausa para dar un sorbo y saborearlo con placer―.

Axis va a reducir personal en todas las sedes.

Chicago quiere resultados visibles antes de final de año y Nueva York tiene que recortar entre un diez y un quince por ciento de la plantilla.

Sloane procesa la información en silencio. Las cifras le dan vueltas en la cabeza: un diez por ciento de la oficina de Nueva York son unas treinta personas. Un quince por ciento son cuarenta y cinco. Detrás de esos números hay nombres, familias y proyectos que se quedan sin equipo.

―¿Cuándo van a hacer eso? ―pregunta Sloane.

―Tengo que presentar un plan de ajuste antes de Navidad, es decir, me han dado tres semanas.

―¿Y qué pasa con los proyectos?

―Los que demuestren progreso real se mantienen. Los que no... ―Vivianne bebe otro trago largo y deja la frase sin terminar.

Sloane no necesita que la termine. Si el proyecto de Crest Bank no presenta avances concretos antes de que Vivianne tenga que entregar su plan, el proyecto podría entrar en la lista de recortes. Y con el proyecto, el equipo, y con el equipo, Jenna.

Ese pensamiento la asusta, porque su primera reacción no es preocuparse por el proyecto ni por la empresa ni por su propia posición.

Su primera reacción es pensar en Jenna, en que si Crest Bank cae, Jenna se queda sin el trabajo que la mantiene a flote mientras su familia se desmorona, y esa prioridad en su cabeza le dice más sobre lo que siente que cualquier análisis racional que ella está acostumbrada a hacer.

―Crest Bank va bien ―dice Sloane, obligándose a volver al terreno profesional―. El primer ciclo de trabajo se entrega la semana que viene y los resultados son sólidos. Puedo preparar un informe de progreso que demuestre dónde estábamos antes y dónde estamos ahora.

―Necesito más que un informe, Sloane. Necesito que ese proyecto sea uno de los que puedo poner sobre la mesa en Chicago como ejemplo de que Nueva York sabe arreglar desastres ―dice Vivianne, y su hermana asiente.

―Lo será.

Vivianne la mira durante un momento y Sloane se da cuenta del cambio cuando el gesto de la directora se suaviza y aparece el de la hermana.

―¿Qué te pasa? ―pregunta Vivianne de repente.

Sloane aprieta su vaso con más fuerza y trata de que no se note que su pulso se ha disparado y estaría encantada si tuviera más aire para respirar.

―Nada, estoy cansada.

Vivianne arquea una ceja, después coge otro cojín y lo lanza hacia el sillón, pero este rebota contra el reposabrazos y acaba en el suelo, lo cual Vivianne agradece, porque esto debería haber provocado urticaria en su hermana, y Sloane solo mira el cojín con los ojos muy abiertos.

―No te has movido de ahí desde que he llegado.

No te has levantado para darme un abrazo, no has corrido como una desquiciada a quitar mi maleta y los zapatos del medio, y hay un cojín en el suelo que en cualquier otro momento te habría hecho gritarme, así que no me digas que no te pasa nada, Sloane.

Su hermana mira el vaso de bourbon y piensa en lo fácil que sería contarle todo lo que pasa por su cabeza estos días: la mano de Jenna, la sala de reuniones, la lágrima en la mesa, la distancia que ha puesto entre las dos desde entonces y el frío en los ojos de Jenna cuando le ha contestado «entendido» esta mañana con esa voz que sonaba a puerta que se cierra para siempre, pero no sabe cómo hacerlo y opta por mentir.

―Es la presión del proyecto, Viv, nada más ―dice, y da un trago de su vaso.

Vivianne la mira y decide no insistir porque conoce muy bien a su hermana y sabe que, si no quiere hablar, presionarla solo hará que se cierre más de lo que está.

Piden comida en un restaurante coreano y cenan hablando de la logística del plan de recortes, de qué departamentos pueden absorber más trabajo y cuáles están al límite.

Es la conversación que las dos necesitan para sentirse útiles, porque hablar de números y plazos es más fácil que hablar de lo que de verdad las mantiene despiertas, pero Vivianne no ha dejado de estudiar las reacciones de su hermana: la mirada perdida mientras mastica, las pausas cuando habla porque no está concentrada y su mente la lleva a otras cosas que la desorientan unos segundos, y Vivianne Fox ya ha visto este comportamiento otras veces, y siempre ha tenido que ver con mujeres.

Terminan de cenar, recogen la mesa y Vivianne le va dando los platos a su hermana para que los meta en el lavavajillas.

―Sloane ―dice cuando terminan y se va a retirar a su habitación para ducharse y acostarse.

―¿Qué?

Vivianne le rodea la cintura con una mano y le da un beso en la sien como hace muchas noches antes de acostarse, pero ahora la mantiene pegada a su cuerpo un momento, el que necesita para hablarle sin necesidad de mirarla para que su hermana no se sienta incómoda y acabe apartando la vista al escucharla.

―Protegerte no es lo mismo que esconderte ―susurra con cariño―. Y a veces lo confundes.

La suelta y se va hacia su habitación, y Sloane se queda en la cocina con la frase de su hermana resonando en la cabeza.

Sabe que Vivianne tiene razón, que esta distancia absurda que ha puesto con Jenna no la está protegiendo de nada, lo único que hace es que eche de menos algo que en realidad no ha tenido, lo cual le parece absurdo porque no debería echar de menos algo que no es suyo, pero echa de menos a Jenna de una manera que no recuerda haber experimentado ni siquiera con parejas con las que sí ha estado y después ha perdido.

Echa de menos a Jenna Callahan y la está teniendo delante todos los días a tres metros de distancia, lo que convierte la situación en algo que va más allá de lo ridículo.

Apaga la luz del salón, comprueba que la puerta está cerrada con llave, se lava los dientes y se pone el pijama de rombos azules.

La rutina siempre la calma, pero esta noche le parece un ritual vacío, porque el orden que siempre la ha calmado no funciona cuando el caos que necesita ordenar está dentro de ella y se llama Jenna Callahan.

Se mete en la cama y se pone los tapones para dormir.

Mañana tendrá que seguir eligiendo entre lo que le parece seguro y lo que siente, y ella siempre ha elegido lo seguro sin dudarlo, pero, en esta ocasión, no deja de sentir que lo seguro es como una traición a la persona que se sentó frente a ella con los ojos rojos y las manos cerradas y le confió lo peor que le había pasado en la vida.

Y traicionar a Jenna, aunque sea por omisión o por cobardía, es algo que Sloane descubre que no puede soportar.