Capítulo 14
E l sábado a las diez de la mañana, Jenna marca el número de su madre, sentada en el borde de la cama con los pies descalzos sobre el suelo frío de su apartamento en Bushwick.
Ha dormido tres horas y ha pasado las otras cinco mirando el techo, ensayando lo que va a decir, buscando las palabras que hagan menos daño, aunque sabe que no existen.
Sophie contesta al segundo tono.
―Jenna, cariño. ¿Has hablado con el abogado?
A Jenna se le corta la respiración, pero lo ha pensado demasiado y ahora no va a acobardarse.
―Mamá, he tomado una decisión ―suelta sin modular su voz.
El silencio al otro lado de la línea dura unos segundos. Jenna puede escuchar la respiración de Sophie y, de fondo, el ruido de la televisión que seguro que su padre tiene puesta en el salón, ese murmullo constante que siempre ha acompañado las mañanas en la casa de Dorchester.
―No voy a declarar que iba en el coche con Gabriel ―dice Jenna, y cada palabra le cuesta como si se la arrancara de algún sitio del pecho―. No voy a hacerlo, mamá. Y Gabriel tampoco quiere que lo haga. Me lo dijo cuando fui a verlo el sábado pasado.
Sophie no dice nada durante un minuto que Jenna siente como un siglo.
Después empieza a llorar. No es el llanto suave que a veces escuchaba Jenna; es un llanto de madre que siente que está perdiendo a sus dos hijos al mismo tiempo, y a ella le produce un dolor tan físico, tan potente, que tiene que cerrar los ojos y apretar el teléfono contra la oreja para no colgar.
―Mamá...
―¿Cómo puedes hacernos esto? ―la voz de Sophie se quiebra entre el llanto y la rabia―. Tu hermano va a pasar quince años en la cárcel y tú puedes evitarlo. ¿Cómo puedes ser tan egoísta, Jenna?
Jenna siente que su propia mano le está clavando un cuchillo en el centro del alma.
―No soy egoísta ―responde, y tiene que apretar los dientes para controlar sus palabras―. Lo que me pedís es que mienta, que vaya a prisión por algo que no he hecho y que destruya mi carrera y mi vida. Eso no es ayudar a Gabriel, mamá. Eso es destruirnos a los dos.
―Dos años, Jenna. Solo dos años.
―Solo dos años ―repite Jenna, y la frase le sabe a veneno―.
Solo dos años en una celda por un delito que no he cometido.
Solo dos años de mi vida, mi trabajo y mi libertad.
He luchado por ser alguien, ciñéndome a las reglas, estudiando de madrugadas porque, entre la universidad y los turnos de camarera, era el único momento que tenía y, ahora me pedís que tire todo eso a la basura porque Gabriel tomó una mala decisión.
Sophie sigue llorando y Jenna escucha cómo el volumen de la televisión baja de golpe, lo que significa que Joshua ha oído la conversación. Unos segundos después, la voz de su padre llega por el teléfono con la frialdad de una hoja afilada.
―Dámelo, Sophie.
Jenna cierra los ojos.
―Si no haces esto ―dice Joshua, y su voz es la del hombre que le enseñó a montar en bici y que ahora parece un desconocido―, no eres parte de esta familia. ¿Me oyes, Jenna? Si le das la espalda a tu hermano, no vuelvas a llamar a esta casa.
La línea se corta.
Jenna se queda sentada en el borde de la cama con el teléfono en la mano y un silencio que le zumba en los oídos.
Fuera, Bushwick sigue con su ruido habitual de sábado: la música del vecino de arriba, una sirena a lo lejos y el tráfico de la avenida.
Todo sigue moviéndose y Jenna está quieta, completamente inmóvil porque el dolor de lo que acaba de perder es tan grande que no le quedan fuerzas para nada más.
No llora, ni llama a Nathan. No coge las llaves ni las zapatillas ni la chaqueta.
Lo que hace es deslizarse de la cama hasta el suelo, apoyar la espalda contra el lateral del colchón, subir las rodillas contra el pecho y quedarse ahí, abrazándose las piernas, con la frente apoyada en su propia piel y los ojos secos, porque las lágrimas que derramó en el tren la semana pasada parecen haber sido las últimas que tenía.
El lunes, Jenna llega a la oficina a las ocho y cuarto con unas ojeras que parecen pintadas con carbón y la energía de alguien que funciona solo porque tiene que trabajar.
Se ha duchado, se ha vestido, ha cogido el metro, ha caminado hasta el edificio, ha subido al ascensor y ha llegado a su mesa, haciendo cada uno de esos pasos como quien ejecuta una rutina grabada en el cuerpo que ya no necesita que el cerebro participe.
―Buenos días ―es lo único que dice― y dirá en las siguientes horas― con una voz tan baja que nadie la ha escuchado.
Revisa código, responde mensajes del equipo y resuelve un conflicto que Ryan ha generado en el repositorio ―maldito Ryan―.
Lo hace como si no fuera humana, sino una máquina bien programada que no tiene la capacidad de sentir algo mientras opera.
No hace bromas con nadie, no discute y no levanta la voz ni gesticula.
Es una versión de Jenna que el equipo no ha visto jamás y que produce un silencio incómodo en la zona de trabajo, porque Jenna Callahan sin energía es como una oficina sin luz: técnicamente funcional, pero inquietante.
Sloane lleva rato mirándola de soslayo y Jenna lo sabe porque lleva semanas aprendiendo a leer a esa mujer y reconoce el gesto: los ojos que se estrechan, la mandíbula que se tensa, la forma en que deja de teclear durante unos segundos y la observa por encima de la pantalla, pero Sloane no abre la boca ni dice nada durante la mañana.
Tampoco lo hace durante la comida que Jenna se salta, ni durante las primeras horas de la tarde.
A las cuatro, Sloane se levanta de su mesa y se acerca.
―Necesito revisar contigo unos datos del módulo de pagos ―dice con el mismo tono formal de siempre, pero en sus ojos hay algo que nada tiene que ver con trabajo.
Jenna asiente y la sigue hasta la sala de reuniones. Sloane cierra la puerta, baja la persiana del cristal que da a la oficina y, en vez de abrir el portátil, se sienta frente a Jenna y la mira.
―No vamos a hablar de trabajo ―dice―. ¿Qué ha pasado?
Jenna la mira y siente cómo la frase le abre una grieta que lleva dos días sellando con silencio, trabajo y esa versión robótica de sí misma que usa cuando no puede permitirse sentir.
Intenta decir que está bien. Intenta activar la armadura que lleva puesta desde que tiene memoria, esa que le permite funcionar en barras de pub a las tres de la mañana, en oficinas a las ocho y en trenes a centros de detención sin que nadie vea lo que lleva dentro, pero Sloane la mira con esos ojos color miel que no le exigen nada, que simplemente están ahí, abiertos, pacientes, ofreciendo un espacio que Jenna no ha tenido en la vida: un sitio donde puede dejar de ser fuerte sin que nadie la juzgue por ello.
Entonces, la armadura se cae.
―Mi hermano está detenido ―dice Jenna, y la voz le sale rasposa, como si hubiera pasado días sin hablar―.
Tráfico de drogas. Lleva meses esperando juicio.
Con él iba una mujer a la que no han podido identificar y él no está dispuesto a delatar, y el abogado propuso que yo me declarara cómplice del delito para que le redujeran la condena.
Yo iría a la cárcel dos años y Gabriel pasaría de quince a siete.
Sloane no se mueve. No parpadea. No hace ningún gesto.
―Mis padres llevan semanas presionándome para que acepte.
Mi madre llora cada vez que hablamos. Mi padre me llama egoísta ―Jenna siente cómo las palabras salen a borbotones, sin orden, igual que el código que escribe cuando la presión es demasiada y deja que los dedos hagan lo que el cerebro no puede organizar―.
Fui a ver a Gabriel el sábado pasado y me dijo que no lo hiciera.
Fue el primero de mi familia que me dijo que mi vida importa tanto como la suya.
Hace una pausa y traga saliva de una forma tan audible que siente que sus compañeros allí fuera lo han escuchado.
―El sábado llamé a mi madre para decirle que no iba a aceptar. Mi padre cogió el teléfono y me dijo que, si no lo hacía, ya no era parte de la familia ―la voz se le quiebra en la última palabra y Jenna aprieta las manos sobre la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos―. Y colgó.
El silencio que sigue es tan denso que Jenna puede escuchar el aire acondicionado, los latidos de su corazón y la respiración de Sloane, que es lenta, estable, como un metrónomo.
Jenna tiene los ojos rojos y las manos cerradas sobre la mesa.
No llora, pero está al borde, en ese filo donde el cuerpo tiembla porque ha decidido que ya no puede seguir sujetando lo que lleva dentro.
Sloane se levanta. Rodea la mesa, coge una silla y la coloca al lado de Jenna, no enfrente.
Se sienta y, sin decir nada, le coge la mano.
Solo se la sostiene con una presión firme y cálida, la misma que Jenna recuerda del apretón del primer día y que ahora significa algo completamente distinto.
Los dedos de Sloane se cierran alrededor de los suyos con una seguridad que a Jenna le llega al centro del pecho, porque ese gesto le dice que la mujer que está a su lado no está intentando arreglarlo, que no ofrece soluciones ni consejos ni frases hechas que ella no necesita.
Jenna siente cómo la mano de Sloane la ancla.
Como si todo lo que se ha derrumbado en los últimos días pudiera sostenerse con ese único punto de contacto.
La presión de sus dedos, el calor de su palma y la firmeza de alguien que no va a soltarla, aunque se rompa.
Entonces baja la cabeza y una lágrima le rueda por la mejilla.
―No estás sola en esto ―dice Sloane en voz baja, y en ese preciso momento Jenna siente como si alguien le hubiera puesto una manta sobre los hombros en mitad de una tormenta―. Y lo que te han pedido no es amor, Jenna. El amor de verdad no te pide que te destruyas.
Jenna levanta la cabeza y la mira. Están muy cerca y la mano de Sloane sigue en la suya.
El aire entre las dos tiene una densidad que Jenna puede sentir en la piel, y el calor que emana del cuerpo de Sloane la descompone.
Los ojos de su jefa están a treinta centímetros de los suyos y Jenna ve algo en ellos que la deja sin respiración, algo que reconoce porque lo lleva sintiendo semanas y que hasta ahora no había visto reflejado en la otra dirección.
Algo que llevan meses intentando ignorar y que, en este momento, en esta sala, con las manos entrelazadas y las defensas en el suelo, hace imposible seguir fingiendo que no existe.
Alguien llama a la puerta. El golpe las separa como una descarga y Sloane suelta la mano de Jenna con un movimiento suave pero claro, se levanta y abre la puerta. Ryan está al otro lado con el portátil en la mano.
―Perdona, Sloane, necesito a Jenna. Hay un conflicto en el código del módulo de pagos que no consigo resolver.
Joder, siempre Ryan.
Cuando Ryan entra, Jenna ya se ha girado hacia su portátil con la pantalla abierta y los ojos secos, como si nada hubiera pasado.
Sloane vuelve a su sitio al otro lado de la mesa y abre el suyo, y las dos se centran en trabajar con una normalidad que es mentira, pero que necesitan para seguir funcionando.
Esa noche, cuando Jenna camina hacia el metro, siente que algo ha cambiado de forma irreversible.
No es solo la atracción que lleva semanas creciéndole dentro del pecho.
No es solo la tensión profesional, que se ha convertido en algo mucho más complejo.
Es algo que tiene que ver con la mano de Sloane en la suya y con la frase «el amor no te pide que te destruyas» y con la forma en que esos ojos la han mirado como si fuera alguien que merece ser cuidada, y Jenna Callahan no recuerda la última vez que alguien la miró así porque sus padres hace mucho dejaron de hacerlo.
Por primera vez en mucho tiempo ―o quizá en toda su vida― Jenna no quiere huir de lo que siente.
Y eso la aterra más que cualquier otra cosa, porque alejarse de las mujeres que buscan algo más que una noche divertida es lo único que sabe hacer y, aunque con Sloane no ha tenido eso ni su jefa está pidiendo nada, quedarse es un territorio desconocido del que no tiene mapa, ni plan, ni la menor idea de cómo se navega.