Capítulo 13
―Ten cuidado ―susurra Sloane cuando Vivianne la abraza para despedirse de ella.
―Te lo prometo, te llamo cuando llegue ―responde su hermana, apretándola con una fuerza que Sloane siente que su cuerpo se comprime.
Vivianne tiene un viaje de trabajo a Chicago y cuando sale por la puerta, Sloane la cierra y se queda pegada a la madera mirando su apartamento vacío.
Son las seis de la mañana, todavía es muy temprano para ir a la oficina y Sloane, de repente, se da cuenta de que ahora mismo no le apetece estar sola.
A veces el desorden de su hermana la saca de quicio, pero ahora que se ha marchado el apartamento está demasiado silencioso y eso no ayuda con el ruido que tiene en la cabeza.
Se acerca al sofá y coloca los cojines en la posición correcta, la que a ella le transmite calma, pero hoy no parece funcionar.
Se va a la cocina y recoge las tazas del café que se ha tomado junto a su hermana, porque, aunque Vivianne le dijo anoche que no se le ocurriera levantarse porque era muy temprano ―incluso se despidió de ella para asegurarse― pero Sloane no ha podido evitarlo y, mientras Vivianne estaba en la ducha, ha hecho café, le ha preparado un vaso térmico para el camino hasta el aeropuerto y se ha sentado a esperarla.
Cuando termina, se sigue sintiendo aturdida, se prepara otro café y se sienta en el sofá, pensando en la discusión que tuvo ayer con Jenna.
«No todo el mundo que se acerca a ti quiere que lo controles».
Le ha dado vueltas a esa frase durante toda la noche y todavía siente que le escuece, no porque Jenna fuera injusta, sino porque es muy parecida a la que le dijo Rachel antes de dejarla.
«Eres agotadora», dijo Rachel, «y no puedo seguir intentando que me dejes entrar si tú no quieres abrir la puerta.
» Y Sloane no supo abrir la puerta y Rachel se fue, igual que Daniel Price se fue cuando ella tenía cuatro años, y el patrón es tan evidente que resulta humillante.
Escucharlo de la boca de Jenna ha sido como recibir la misma herida en el mismo sitio, solo que peor, porque Jenna no es Rachel. Jenna es algo que Sloane no sabe categorizar y eso la asusta más que cualquier proyecto en crisis en el que su hermana decida ponerla al frente.
A las ocho de la mañana, Sloane recoge a Jenna en la puerta del edificio de Axis con el coche de alquiler que la empresa le ha reservado para la visita al centro de datos de Crest Bank en New Jersey.
Es una validación técnica que requiere presencia física: necesitan comprobar la infraestructura donde se desplegará el software, verificar conexiones y asegurar que las especificaciones del servidor coinciden con lo que el equipo necesita.
Jenna sube al coche con la mochila de su portátil, un café y el pelo recogido en su moño habitual.
Lleva una camiseta negra, vaqueros y las zapatillas de siempre, y Sloane piensa que es la primera vez que la ve fuera del contexto de la oficina, lo cual no es cierto del todo porque la ha visto en la acera a las nueve de la noche, pero esto es diferente.
Esto es un coche, un espacio cerrado, y la proximidad es muy distinta a la de la oficina, porque aquí no hay nadie más, solo están ellas.
―Buenos días ―responde Jenna, con un tono precavido que desconcierta un poco a Sloane.
―Buenos días ―dice Sloane, poniendo el coche en marcha.
La primera media hora la hacen en un silencio incómodo al que no están acostumbradas.
Sloane mira la carretera mientras Jenna mira por la ventana, y ninguna de las dos sabe cómo arreglar lo que se rompió en la sala de reuniones.
La radio está apagada porque Sloane no la ha encendido y Jenna no se ha atrevido a tocarla, y el único sonido es el del motor y el tráfico de salida de Manhattan, que a esa hora de la mañana es una procesión lenta de luces rojas y bocinas.
Cuando cruzan el túnel Lincoln y salen a New Jersey, Jenna se gira hacia Sloane.
―Fui injusta contigo ―dice de repente―. Lo que dije no tenía nada que ver con el módulo de seguridad y las dos lo sabemos. Lo siento.
Sloane agarra el volante con más fuerza. Nota cómo los nudillos se le ponen blancos y afloja la presión de inmediato, porque no va a dejar que su cuerpo la delate.
―Tranquila, no eres la primera persona que me dice algo así, por lo que supongo que tenías razón ―dice sin pensar.
Jenna frunce el ceño mientras la sigue mirando, y Sloane siente que su pulso se acelera de manera estúpida y sin motivo, porque esa mujer que dice las cosas sin pensar cuando se enfada y no es capaz de hacerse un moño en condiciones, no debería alterar su cuerpo de este modo cuando siente que tiene toda su atención.
―¿Quién más te lo ha dicho? ―pregunta Jenna con curiosidad.
Sloane no contesta de inmediato. Conduce, mira la carretera, cambia de carril con un movimiento limpio y piensa que no debería haber dicho nada, porque hablar de eso no le gusta, pero hay una parte de ella que necesita ser sincera con Jenna, como si necesitara dejarle claro quién es ella con todos sus defectos.
―Mi última pareja ―responde al fin―. Se llamaba Rachel, me dijo algo así como que era agotadora, que no podía seguir intentando que la dejara entrar, y supongo que tenía razón.
Jenna coloca su mano derecha sobre la izquierda para detener el impulso que ha sentido de tocar el brazo de Sloane y decirle que Rachel era estúpida.
―¿Por qué no la dejaste entrar? ―pregunta Jenna.
Sloane la mira un momento y se encoge de hombros, pero Jenna no dice nada y el silencio la pone tan nerviosa ahora mismo, que su boca se abre.
―Mi padre se fue cuando yo tenía cuatro años ―explica Sloane, y Jenna contiene la respiración cuando se da cuenta de que le está contando algo muy personal―. Se divorció de mi madre y desapareció. Un día estaba y al siguiente no, y yo tenía cuatro años y no entendía por qué no venía a verme.
―Lo siento ―dice Jenna.
El tráfico se ha despejado y la autopista se abre frente a ellas, y Sloane sigue conduciendo mientras piensa que la única persona con la que ha hablado de esto en toda su vida, ha sido su hermana Vivianne, no se lo ha contado a nadie más, a ninguna de las mujeres con las que ha tenido algo serio, y se lo está contando a Jenna.
―El padre de Vivianne venía todos los fines de semana a buscarla para llevarla con él y, cuando se enteró de que mi padre se había ido y se había olvidado de que yo existía, le preguntó a mi madre si le importaba que yo también me fuera con él y con Vivianne.
Desde entonces, me llevó siempre con ellos aunque no era mi padre ni tenía ningún vínculo conmigo.
Mi madre rehízo su vida en cuestión de meses, y se enamoró tanto de aquel tipo que empezó a pasar de nosotras y, al final, Edward pidió la custodia completa de Vivianne y nuestra madre no tuvo ninguna objeción cuando le preguntó si yo podía vivir con él.
Jenna la sigue mirando, boquiabierta por la sinceridad de Sloane y molesta con la idea de esos padres que no supieron estar con ella de ninguna manera.
―Mi padre se fue, y mi madre, de algún modo, también, y no me importa.
Edward me crio como si fuera su hija, nunca hizo distinciones entre Vivianne y yo, pero yo siempre tuve pánico a que él también se fuera.
Llevo toda la vida esperando a que la gente se vaya ―dice, y a Jenna se le aprieta algo detrás de las costillas―.
Vivianne dice que por eso soy tan controladora, porque si todo está en su sitio y sigue el orden correcto, a lo mejor nadie se va.
Se hace un silencio y Sloane no tiene que girarse para saber que Jenna la está mirando, lo que no puede ver es que le ha temblado la barbilla un par de veces mientras se imaginaba a esa niña asustada cada día de su vida por si volvían a abandonarla.
―Yo llevo toda la vida moviéndome para no parar ―dice Jenna de repente―, porque si paro, pienso.
Y si pienso, me doy cuenta de que estoy sola cargando con todo y que nadie me va a ayudar ―hace una pausa y respira―.
A veces me siento tan agotada que me cuesta decidir las cosas, nunca sé lo que es correcto y lo que no, o si debo hacer lo que necesito yo o lo que necesitan los demás.
―Yo también lo siento ―dice Sloane en voz baja, cuando gira el cuello y ve que Jenna ha apoyado la cabeza en el respaldo y mira hacia el frente sin parpadear.
Mueve la mano y pone la radio cuando ve que Jenna se pasa los dedos por los ojos, porque es evidente que necesita recomponerse, y Sloane sabe que hacerlo resulta más fácil si hay algo a tu alrededor que te distrae.
El centro de datos de Crest Bank es un edificio sin ventanas en una zona industrial de Newark.
Dentro, la temperatura es gélida por los sistemas de refrigeración y los pasillos entre servidores son estrechos, ruidosos y están iluminados con una luz azul que le da a todo un aspecto de película de ciencia ficción.
Trabajan durante tres horas revisando racks , verificando conexiones y comprobando que las especificaciones del hardware coinciden con lo que el equipo necesita.
Funcionan con la misma conexión de siempre, pero algo es diferente.
Lo que ha pasado en el coche ha cambiado algo entre ellas, porque se han expuesto una a la otra, y eso las ha unido más de lo que estaban, aunque no hayan vuelto a hablar de ello.
Se rozan las manos al pasar un cable y sus hombros chocan varias veces cuando pasan por los pasillos estrechos.
Están frente a un rack en la fila siete, revisando las conexiones de fibra óptica, cuando Sloane ve que un mechón del pelo de Jenna le baila por delante de los ojos y ella simplemente sopla para moverlo, lo cual no sirve de nada porque vuelve a colocarse delante de sus ojos, y eso pone tan nerviosa a Sloane que no puede contenerse y se gira hacia ella.
Lo hace sin pensarlo, levanta la mano derecha y con dos de sus dedos, desliza ese mechón perturbador hasta colocarlo detrás de la oreja de Jenna.
Le roza la piel sin querer y escucha el suspiro de Jenna, que se queda inmóvil.
―Lo siento, me ponía nerviosa ―dice Sloane, después de retirar la mano de golpe.
Jenna la mira, muy quieta, y Sloane traga saliva cuando se da cuenta de que están demasiado cerca una de la otra. Baja la mirada al suelo y da un paso atrás, y cuando vuelve a levantar la vista, Jenna le sonríe.
―Tranquila, soy consciente de que soy un desastre con mi pelo. Podría programar con los ojos cerrados, pero soy incapaz de peinarme sin que parezca que un gato enloquecido me haya saltado sobre la cabeza.
Sloane se ríe y la tensión entre ellas se relaja de golpe.
El viaje de vuelta es más cálido. Jenna no ha parado de hablar desde que se han subido al coche. No es una conversación personal como la que han tenido antes, ahora hablan de todo y de nada importante, pero se dan cuenta de que podrían pasarse horas así.
―¿De verdad escuchas un podcast sobre el imperio romano? ―pregunta Jenna, incrédula.
Sloane la mira de soslayo, como si no entendiera por qué pregunta algo tan absurdo.
―Es fascinante. La logística militar de los romanos era más avanzada que la de la mayoría de las empresas actuales.
―¿Estás comparando a los romanos con Axis Integration Group? ―Jenna está impactada, pero no puede dejar de sonreír.
―Estoy diciendo que si Julio César hubiera tenido un Scarlett Bolt en su ejército, el imperio habría caído trescientos años antes.
La risotada de Jenna es tan escandalosa, que Sloane se sobresalta al principio, pero después se contagia.
El resto del camino hablan de la música que le gusta a Jenna, que es una mezcla de rock indie, folk irlandés y lo que sea que suene en O'Malley's los jueves por la noche.
De películas que las dos han visto y que no les han gustado por razones opuestas: Jenna las encuentra lentas y Sloane las encuentra caóticas.
Sloane se ríe dos veces más. La primera cuando Jenna imita la voz de Scarlett mandando emails con emojis de aplausos.
La segunda cuando le cuenta que una vez se perdió tanto haciendo senderismo que acabó en el aparcamiento de un supermercado y tuvo que pedir un Uber para volver al inicio de la ruta.
Jenna memoriza cada risa. Sloane no lo sabe, pero cada sonido que le sale sin planificar es algo que Jenna almacena en un sitio que cada vez está más lleno de cosas de Sloane.
Cuando llegan y Sloane para el coche frente al edificio de Jenna, las dos se quedan sentadas un momento con el motor encendido y las luces del salpicadero iluminándoles las manos.
―Gracias por contarme lo de tu padre ―dice Jenna de pronto.
Sloane asiente y no dice nada porque si abre la boca, va a decir algo que no debe.
―Nos vemos mañana ―dice Jenna, y sale del coche.
Sloane la observa caminar hasta que desaparece por la puerta de entrada, entonces apoya la frente en el volante y suspira con tanta fuerza que tiene la sensación de que no ha respirado bien en todo el día.
Conduce hasta la oficina donde debe devolver el coche con las ventanillas bajadas aunque hace frío, porque necesita que el aire le limpie la cabeza.
Cuando llega a su apartamento, deja las llaves, se quita los zapatos y se queda de pie en el salón vacío mirando las plantas, los cojines y los libros ordenados por colores.
Después se mira las manos. Las mismas que han apartado el pelo de Jenna sin permiso, las mismas que han tocado su piel y que ahora le hormiguean con el recuerdo.
Su necesidad de control acaba de encontrar la única excepción que no estaba en el plan, y Sloane no sabe qué hacer con eso, porque no hay cuaderno con pestañas de colores ni cronograma o lista de argumentos que le sirvan para organizar lo que siente por Jenna Callahan.