Entre el orden y el caos Capítulo 12
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Capítulo 12

J enna lleva cuatro noches durmiendo mal y la única que durmió de un tirón fue la del sábado, cuando llegó a su apartamento con los pies destrozados y la cabeza vacía después de caminar durante horas por un bosque sin plan, ni agua, ni zapatillas adecuadas.

Desde entonces, su cerebro ha vuelto a encenderse con la intensidad de una central eléctrica averiada que no encuentra el botón de apagado.

El problema no es uno. Son tres, y Jenna los enumera mentalmente cada noche mientras mira el techo de su habitación en Bushwick con los ojos abiertos y la mandíbula tensa.

El primero es Gabriel. La visita del sábado la ha dejado con una mezcla de alivio y angustia que no sabe cómo gestionar, porque su hermano le ha dicho que no se sacrifique, pero sus padres no han dejado de llamar, y el abogado sigue esperando una respuesta que Jenna todavía no ha dado.

El segundo son Sophie y Joshua, que han intensificado la presión desde que Gabriel les dijo que la dejaran en paz, lo que a Jenna le confirma que sus padres escuchan a su hijo preso con la misma atención con la que escuchan a su hija libre: ninguna.

Y el tercero es una mujer rubia platino que se llama Brooke Keller y que trabaja en el área administrativa de la oficina de Boston.

Brooke llegó a Nueva York el martes para una serie de reuniones con el equipo de finanzas que dura toda la semana.

Jenna no la habría notado entre las decenas de personas que transitan por la planta catorce si no fuera porque, a los veinte minutos de entrar en la oficina, Brooke se acercó al escritorio de Sloane con una familiaridad que le hizo chirriar algo dentro del pecho.

La ha visto cuatro veces en tres días. La primera, apoyada en la mesa de Sloane con una mano en su hombro mientras le decía algo al oído que hizo que Sloane sonriera, no la sonrisa de verdad que Jenna ha visto una vez, pero sí una cercana.

La segunda, tomando café juntas en la cocina de la oficina, con Brooke riéndose de algo y Sloane escuchando con esa atención tranquila que Jenna creía que era solo para ella, lo cual es una estupidez pensarlo porque al parecer Sloane escucha a todo el mundo de la misma manera; es su forma de ser, no es algo especial.

La tercera, caminando juntas por el pasillo después de comer, hombro contra hombro, con una naturalidad que a Jenna le revuelve el estómago.

Y la cuarta, ayer, cuando Brooke se despidió de Sloane con un abrazo que duró más tiempo de lo socialmente aceptado cuando estás en tu puñetero puesto de trabajo, le susurró algo al oído y Sloane le respondió con una mano en la cintura que fue breve, casual y absolutamente devastadora.

Jenna no tiene derecho a sentir lo que está experimentando y eso la enfurece más que cualquier otra cosa, porque es una mujer práctica que no se permite sentir cosas inútiles, y lo que le quema el pecho cuando piensa en esa rubia tocando a Sloane es absolutamente inútil.

No son pareja ni nada que se le parezca, son jefa y empleada, y el hecho de que Sloane tenga amigas o amantes o lo que sea Brooke Keller no es asunto de Jenna, ni debería importarle, ni debería producirle esta acidez en el estómago que no se va ni con café ni con cerveza ni con partidas de billar.

―Ryan, ¿tengo que mandarte de vuelta a la universidad? ―dijo el jueves a las cuatro de la tarde con un tono que hizo girar todos los cuellos―. Porque este código no tiene ni pies ni cabeza.

Jenna estuvo así durante horas, no se disculpó con nadie y, por supuesto, ninguno tuvo la valentía de contradecirla.

El viernes a primera hora, Jenna cuestiona una decisión de Sloane sobre la secuencia de entrega de los módulos.

Es un desacuerdo real, técnicamente discutible, pero la agresividad con la que lo plantea no es proporcional al tema, y las dos lo saben.

Sloane la mira con las cejas ligeramente levantadas y le responde con datos, y Jenna combate los datos con más datos y un tono que hace que Ryan baje la cabeza y finja estar mirando su pantalla.

―Eso es técnicamente imposible ―rebate Jenna―. Si quieres esas entregas, tráeme a dos desarrolladores sénior.

Dos horas después, Jenna vuelve a sus cuestionamientos, esta vez sobre la asignación de un desarrollador al módulo de pagos.

Sloane le explica la lógica de la decisión y Jenna la interrumpe a mitad de la frase, algo que no ha hecho en las semanas que llevan trabajando juntas.

Sloane aprieta los labios, pero no dice nada, y eso irrita a Jenna más que si le hubiera gritado.

Por la tarde, todo llega a su fin y la tensión explota.

Están en la sala de reuniones a puerta cerrada, revisando el plan del segundo ciclo de trabajo.

Sloane propone priorizar el módulo de seguridad sobre el de reporting porque el regulador bancario exige ciertos estándares antes de que la aplicación pueda entrar en fase de pruebas con clientes reales.

Es una decisión lógica, respaldada por datos y por el calendario regulatorio.

Jenna lo sabe, pero algo dentro de ella se niega a aceptarlo sin pelear.

―Si retrasamos el módulo de reporting , el cliente va a quejarse ―dice Jenna, apoyada en la mesa con los brazos cruzados.

―Estoy segura de que el cliente lo prefiere antes que a una multa del regulador ―responde Sloane, sin levantar la vista del cronograma.

―No puedes saberlo ―Jenna casi lo escupe―. No has hablado con ellos sobre esto.

Sloane intenta mantener la calma y mueve la cabeza de un lado a otro para destensar el cuello.

―Lo haré cuando tenga el plan cerrado ―dice, controlando su voz―. Por eso estamos aquí.

―Estamos aquí porque tú decides lo que se prioriza y yo ejecuto. Esa es la dinámica, ¿no?

Sloane levanta la cabeza y la mira. Sus ojos color miel tienen un brillo que Jenna no puede descifrar en ese momento, pero que tarda un segundo en categorizar: no es enfado, posiblemente sea decepción.

―La dinámica es que las dos decidimos con datos y ejecutamos con criterio.

Si tienes un argumento técnico que contradiga lo que he propuesto, te escucho ―suelta Sloane, y sus movimientos parecen los de un robot―.

Si lo que tienes es frustración, prefiero que me lo digas directamente en vez de disfrazarla de desacuerdo profesional.

La frase le llega a Jenna como un jarro de agua helada porque Sloane tiene razón y eso es lo peor.

Jenna está siendo injusta, lo sabe, y no puede parar porque lo que la impulsa no es el módulo de reporting , ni el regulador, ni el cronograma; es una rubia platino que le toca el hombro, le habla al oído y que tiene una historia con Sloane que Jenna desconoce y que le quema por dentro.

―Eres demasiado rígida ―responde Jenna, y su voz sube un tono―. No todo se puede planificar, Sloane. A veces hay que improvisar, hay que tomar decisiones sobre la marcha y confiar en que el equipo sabe lo que hace sin necesidad de ponerle una etiqueta a cada carpeta o un color a cada bolígrafo.

A Sloane le pica la piel y tiene que tomar dos respiraciones para seguir siendo la mujer profesional que siempre ha sido dentro de las paredes de Axis Integration Group.

―La improvisación sin un orden correcto es exactamente lo que llevó a este proyecto al desastre ―responde, y su tono sigue siendo neutro, pero Jenna detecta una rigidez en su mandíbula que no estaba antes. Aun así, no se detiene.

―No todo el mundo que se acerca a ti quiere que lo controles, Sloane.

La frase sale cargada con un resentimiento que sorprende a las dos.

El silencio que sigue es tan largo ―o al menos así lo sienten― que Jenna puede escuchar el zumbido de los fluorescentes, la respiración de Sloane y su propio corazón golpeándole las costillas.

Sabe que ha cruzado una línea que no debería, pero ya está al otro lado y no puede volver.

Están de pie, una frente a otra, más cerca de lo habitual.

Sloane puede oler el perfume de Jenna, ese que genera calma y que hoy le da todo lo contrario, porque la proximidad le está haciendo cosas en el cuerpo que no puede justificar con ningún argumento profesional.

Mira a Jenna con esos ojos de miel que hoy parecen más oscuros y puede ver una especie de vulnerabilidad que la desarma, como si la frase le hubiera llegado a un sitio que Sloane normalmente tiene blindado.

Jenna siente el impulso de disculparse. De tocarle el brazo, de hacer algo que no sea quedarse ahí mirándola con el pecho a punto de explotar, la boca seca y las manos cerradas para no hacer lo que quiere, que es acortar la distancia entre las dos y comprobar si los labios de Sloane Price son tan suaves como parecen.

Sloane se mueve primero. Da un paso atrás, se alisa la camisa con un gesto que Jenna ya conoce porque lo hace cuando necesita recuperar el control, y su cara vuelve a cerrarse como la puerta de una cámara acorazada.

―Vamos a seguir con seguridad primero ―dice Sloane, con una voz que ha perdido todo el color―. Si tienes una alternativa con datos que la respalden, la escucho. Si no, seguimos el plan.

Sale de la sala sin esperar respuesta y Jenna se queda sola con el cronograma abierto en la pantalla y la culpa de haberse comportado como una idiota sentándole en el estómago como una piedra.

A las nueve de la noche, Jenna está en O'Malley's y no puede jugar. El taco está apoyado contra la pared y las bolas en el triángulo sin que nadie las haya roto, porque ha preferido sentarse en el taburete con una cerveza en la mano y la mirada perdida en algún punto de la barra.

Nathan está a su lado, esperando con una paciencia que se le está acabando.

―He sido injusta con ella ―dice Jenna al fin.

―¿Con quién? ―pregunta algo descolocado.

―Con Sloane ―explica Jenna―. He empezado una pelea que no tenía sentido. He cuestionado sus decisiones sin motivo, le he dicho cosas que no tenían nada que ver con el trabajo y la he mirado como si fuera su culpa que yo esté hecha un desastre.

Nathan le da un trago a su cerveza y no dice nada, lo que es su forma de indicar que siga.

―Hay una tía ―Jenna baja la voz, aunque el bar está lo suficientemente ruidoso como para que nadie la escuche―.

Una rubia que trabaja en la oficina de Boston y que ha venido esta semana.

La toca como si tuviera derecho a hacerlo.

Le habla al oído, le pone la mano en el hombro y le da abrazos que duran demasiado. Y Sloane se deja.

―¿Y? ―pregunta Nathan, levantando los hombros―. ¿Qué pasa con eso?

―Pasa que me ha removido algo que no sabía que existía, Nathan. Algo que no me gusta y que no puedo controlar, y eso me jode más que la rubia en sí.

Nathan la mira con ternura y Jenna sabe que su amigo va a decirle algo que no quiere oír, pero que necesita escuchar.

―Bienvenida al club de las que sienten cosas, Callahan. Hacía tiempo que no te pasaba.

―No siento cosas, Collins ―masculla la programadora―. Siento irritación.

―Sientes celos ―corrige Nathan―, que es distinto y más incómodo.

Jenna abre la boca para negarlo y la cierra porque Nathan tiene razón y negarlo sería un insulto a la inteligencia a su mejor amigo y a sí misma.

―Es mi jefa, Nathan ―Jenna lo dice como si eso lo justificara todo.

―Lo sé, soy consciente de ello.

―Tiene diez años más que yo ―lanza otro argumento.

―Eso también lo sé.

―Organiza los bolígrafos y se pone tapones para dormir ―Jenna frunce el ceño y se lleva la cerveza a los labios.

―¿Cómo sabes que se pone tapones para dormir? ―pregunta Nathan con las cejas levantadas.

Jenna parpadea porque no recuerda cómo lo sabe, pero tiene esa información en su cabeza; quizá Sloane lo ha mencionado en alguna de esas conversaciones nocturnas en la oficina que se sienten cada vez menos profesionales, y el hecho de que Jenna retenga esos detalles le dice más sobre su situación de lo que cualquier argumento podría.

―No somos compatibles ―dice Jenna como si fuera un veredicto―. Ella es orden y yo soy caos. Ella planifica y yo improviso. Ella necesita control y yo necesito libertad. Una mujer como Sloane y una mujer como yo no funcionan.

Nathan no contesta, coge su cerveza, le da un trago largo y mira hacia la barra con una expresión que dice claramente que no está de acuerdo, pero que no va a gastar saliva discutiendo algo que Jenna necesita descubrir por sí misma.

Media hora después, una mujer se acerca.

Es alta, morena, con una sonrisa directa y un vestido que no deja mucho a la imaginación.

Le ofrece una cerveza a Jenna con la naturalidad de alguien que sabe lo que quiere y que ha leído correctamente la situación, o al menos la parte visible, porque la invisible es un desastre que esta mujer no tiene forma de conocer.

Jenna la mira. Tiene dudas, y eso ya es extraño porque ella no suele tener dudas en estas situaciones; tiene instinto que la lleva a decir que sí o que no sin pensarlo demasiado, pero esta noche las dudas están ahí, grandes y molestas, porque algo ha cambiado dentro de ella en las últimas semanas y ese algo tiene nombre, apellido y ojos color miel.

Lo que la perturba no es la mujer. Es lo que significa rechazarla: que Sloane Price la ha sacado de su vida habitual sin tocarla, sin besarla, sin hacer absolutamente nada más que ser quien es, y eso es más peligroso que cualquier noche de sexo con una desconocida porque significa que lo que Jenna siente no es solo atracción física.

Es algo más grande y complicado que implica muchas cosas.

―Gracias ―sonríe la programadora, y extiende la otra mano―. Soy Jenna Callahan.

Decide aceptar la cerveza y no porque realmente quiera, sino porque necesita demostrarse a sí misma que puede seguir siendo quien es, que lo que siente por Sloane no ha cambiado nada fundamental, que es capaz de vivir su vida como siempre y que una jefa con manías de orden y una sonrisa que la desarma no va a convertirla en alguien que espera junto al teléfono.

La mujer se llama algo que Jenna olvida antes de terminar la segunda cerveza.

Tiene treinta años, trabaja en marketing y se ríe con la boca abierta, lo que es agradable, pero no le produce nada que se parezca a lo que siente cuando Sloane le dice «buen trabajo» con esa voz neutra que esconde todo lo que no dice.

Nathan las ve salir juntas y no dice nada, pero Jenna capta la mirada que le lanza desde la barra y sabe exactamente lo que significa, aunque decide no perder el tiempo en analizarla.

Jenna irá al apartamento de esta mujer y hará lo que siempre hace. Mañana se levantará, volverá a su vida y Sloane Price seguirá siendo su jefa y nada más.

Se lo repite mientras sale a la calle y, aunque no se lo cree, necesita intentarlo.