Capítulo 11
E l tren a New Jersey sale de Penn Station a las ocho y cuarenta y dos de la mañana, y Jenna llega a las ocho y cuarenta y uno porque así funciona su vida: al límite, como si llegar con margen fuera una señal de debilidad.
Se deja caer en un asiento junto a la ventana, se pone los auriculares y sube el volumen hasta que la música tapa el ruido del vagón y el de su cabeza.
El trayecto lo hace con la mirada perdida en el paisaje que pasa al otro lado del cristal: los túneles oscuros de Manhattan, después los edificios grises de Newark, luego los polígonos industriales y los aparcamientos vacíos y las vías secundarias que nadie usa.
New Jersey desde la ventana de un tren parece el reverso feo de todo lo que Nueva York promete, y Jenna piensa que es el sitio perfecto para albergar un centro de detención preventiva porque nadie quiere mirar hacia aquí.
Cada vez que va a ver a Gabriel, su cuerpo entra en un modo automático que le permite funcionar sin sentir demasiado.
Es un mecanismo que aprendió de niña, cuando los gritos de Joshua y Sophie subían de volumen en la cocina y ella cogía a Gabriel de la mano y lo llevaba a su habitación para ponerle los auriculares y decirle que todo estaba bien.
Jenna ha sido la que protege desde que tiene memoria, y la ironía de que ahora le pidan que se destruya para seguir protegiendo a su hermano no la ayuda en nada.
El centro de detención es un edificio que parece diseñado para desanimar cualquier forma de esperanza. Jenna pasa por el control de seguridad, deja el móvil y las llaves en una bandeja de plástico, se somete al cacheo y camina por un pasillo largo con suelo de linóleo hasta la sala de visitas.
La sala es gris, ruidosa, con mesas atornilladas al suelo y una luz fluorescente que le recuerda a las noches en la oficina de Axis, lo cual le parece una comparación cruel.
Hay familias en otras mesas: madres con bolsas de plástico, niños que no entienden por qué papá no puede irse con ellos y parejas que se cogen las manos por encima de la superficie metálica como si el contacto fuera lo único que las mantiene unidas.
Gabriel entra por una puerta lateral acompañado de un guardia.
Tiene la misma cara que tenía de adolescente cuando sabía que la había cagado, pero no quería admitirlo: mandíbula apretada, ojos esquivos y hombros hundidos.
Lleva un uniforme que le queda grande y unas zapatillas extrañamente limpias.
Tiene veinticinco años, pero parece más joven, y a Jenna le duele mirarlo con una intensidad que le recorre las costillas como un alambre caliente.
Se abrazan. El guardia les da diez segundos antes de indicarles que se sienten, y Jenna aprovecha esos diez segundos para apretarlo con la fuerza que no puede darle después, cuando están sentados uno frente al otro con la mesa atornillada entre los dos como una frontera.
―¿Cómo estás? ―pregunta Jenna, aunque la respuesta es evidente.
―Bien ―dice Gabriel, y la mentira suena exactamente igual que cuando ella le dice a Sloane que está bien.
Lo mira y busca al niño al que le enseñó a montar en bicicleta en la calle de atrás de su casa en Dorchester, al que le hacía los deberes de matemáticas porque se le daban fatal y al que se quedó cuando ella se fue.
Lo busca y lo encuentra debajo de la mandíbula apretada y los hombros hundidos, en la forma en que Gabriel se toca el pelo cuando está nervioso, el mismo gesto que hacía con ocho años cuando esperaba a que Joshua dejara de gritar.
―¿Qué han dicho mamá y papá? ―pregunta Gabriel, mirándola a los ojos por primera vez.
Jenna siente cómo se le tensa todo el cuerpo. No quiere contestar, no aquí, no con el ruido de fondo de las otras visitas.
―Jenna ―insiste Gabriel―. ¿Qué les has dicho?
―Todavía no les he dicho nada.
―¿Pero te lo han pedido? ―su voz baja un tono―. Te han pedido que te declares cómplice, ¿verdad? ―dice irritado―. Les dije que no lo hicieran cuando el abogado lo propuso, pero imagino que no me han hecho caso.
Jenna no contesta, pero su silencio es la respuesta y Gabriel aprieta la mandíbula.
―No lo hagas.
Lo dice con una determinación que Jenna no le conocía. No es una sugerencia ni una petición; es una orden, y su hermano no es de los que suelen dar órdenes porque más bien está acostumbrado a seguir las de su padre.
Jenna lo mira y algo le cambia la cara.
―No quiero que hagas eso, Jenna ―repite Gabriel, inclinándose hacia delante―. Yo me metí en esta mierda y yo voy a salir de ella. Diles a mamá y a papá que dejen de presionarte. Dile a papá que se olvide del trato del abogado. No voy a dejar que mi hermana vaya a la cárcel por algo que no ha hecho.
―Gabriel...
―No ―la corta con una brusquedad que a Jenna le recuerda a Joshua, y la comparación le duele―. Me jode estar aquí y me jode haber hecho lo que hice, pero lo que me jodería más sería saber que tú estás aquí por mi culpa, porque eso sí que no podría soportarlo.
Jenna siente cómo se le rompe algo dentro, algo que llevaba semanas sujetando con las manos, los dientes y toda la fuerza que tiene.
Es la primera vez que alguien de su familia le dice que su vida importa tanto como la de Gabriel, y la frase le llega a un sitio tan profundo que tiene que apartar la mirada hacia la pared para que su hermano no la vea derrumbarse.
―¿Por qué no dices entonces quién era la mujer que iba contigo en el coche? ―pregunta ella, con los puños cerrados bajo la mesa mientras retuerce la tela de su pantalón―. ¿Quién era, Gabi? Si lo dices, tu condena se reduce, ¿por qué coño no lo haces?
―Porque tiene hijos, Jen ―dice su hermano bajando la voz todo lo que puede―. No tiene familia, así que si la delato, esos niños acabarán en una casa de acogida.
―Pero, Gabi, si no lo haces, te comes tú toda la condena…
―No soy un chivato, Jen, y sé que ella tampoco me delataría a mí si la situación fuera a la inversa.
Jenna entiende la lealtad de su hermano, aunque le parezca un suicidio legal, porque la lealtad es lo que los Callahan llevan en la sangre: la lealtad ciega, tóxica, destructiva, la que te exige que te inmoles por los tuyos sin preguntar si los tuyos harían lo mismo por ti.
―Te quiero, Gabi ―dice Jenna, y la voz le sale rota.
―Yo también ―responde Gabriel, y le coge la mano por encima de la mesa durante un segundo antes de que el guardia le indique que la visita ha terminado―. Te prometo que hablaré con papá y mamá para que te dejen tranquila.
Se abrazan otra vez. Esta vez Jenna no cuenta los segundos, simplemente lo aprieta con todo lo que tiene y siente cómo su hermano le devuelve el abrazo con la misma fuerza, con la fuerza de alguien que sabe que no va a poder hacerlo de nuevo hasta la próxima visita.
Gabriel se va por la puerta lateral y Jenna se queda de pie en la sala con las manos colgando a los lados y la mandíbula tan apretada que le crujen los dientes.
En el tren de vuelta, Jenna llora por primera vez en meses.
Lo hace sin sonido, con la cara girada hacia la ventana y las lágrimas cayéndole por las mejillas mientras el paisaje de New Jersey pasa borroso al otro lado del cristal.
No se limpia la cara, no se tapa los ojos, simplemente deja que las lágrimas caigan porque ya no tiene fuerza para retenerlas y porque en un tren lleno de desconocidos que miran sus móviles nadie se fija en una mujer que llora en silencio junto a la ventana.
Piensa en las palabras de Sloane. «Nadie que te quiere debería pedirte algo si sabe que va a destruirte de ese modo».
Y en las de Gabriel: «No lo hagas.» Dos personas, en menos de veinticuatro horas, le han dado permiso para no sacrificarse, y Jenna no sabe qué hacer con eso porque toda su vida ha funcionado a base de sacrificio.
Sacrificó su adolescencia para estudiar con becas.
Sacrificó sus fines de semana para trabajar como camarera.
Sacrificó su relación con Dorchester para construirse una vida en Nueva York.
Y ahora sus padres le piden el sacrificio definitivo, el que la borraría del mapa profesional y personal, y su hermano y una mujer que conoce desde hace pocas semanas le están diciendo que no lo haga.
Se baja del tren en Penn Station con los ojos hinchados y la nariz roja, y en vez de coger el metro hacia Bushwick, camina hasta la terminal de autobuses de Port Authority y compra un billete a Harriman.
Llega al parque a las dos de la tarde con unas zapatillas que no son de senderismo, una botella de agua que no va a ser suficiente y ningún plan, que es exactamente como Jenna Callahan hace las cosas.
La ruta del lago Sebago empieza con un sendero ancho que se va estrechando a medida que sube, y el bosque de otoño la recibe con un silencio que le recuerda al que Sloane busca cuando viene aquí, aunque Jenna no lo busca; simplemente le llega.
Los árboles están en su mejor momento: rojos, naranjas, amarillos, un incendio de colores que contrasta con el gris que Jenna lleva dentro.
Camina sin prisa, sin mirar el reloj y sin seguir ninguna ruta marcada, porque ella no sigue rutas, ella las inventa sobre la marcha y después se arrepiente cuando se da cuenta de que lleva una hora caminando en la dirección equivocada.
A los cuarenta minutos, ve un desvío a la izquierda y lo toma sin pensarlo, lo que la lleva por un sendero estrecho que baja hasta una orilla del lago que parece sacada de una postal.
El agua está quieta y refleja los árboles con una nitidez que le corta la respiración, y Jenna se sienta en una piedra junto a la orilla y se queda ahí durante veinte minutos sin hacer nada, mirando el agua y dejando que el silencio haga lo que la música, las cervezas y el billar no pueden: vaciarle la cabeza.
Piensa en Gabriel diciéndole que no lo haga.
En la firmeza de su voz, en la rabia que había debajo.
Su hermano pequeño, el que siempre necesitó que lo protegieran, acaba de protegerla a ella, y eso es algo que Jenna no esperaba y que le cambia la forma de ver las cosas de una manera que todavía no puede articular.
Piensa en sus padres. En Sophie llamándola cada día con la misma letanía de culpa.
En Joshua preguntándole en qué clase de persona se ha convertido.
Y siente, por primera vez, que la respuesta a esa pregunta no es la que sus padres quieren escuchar: se ha convertido en alguien que no va a destruirse para salvar a otro, y eso no la hace mala persona. La hace adulta.
Retoma el sendero y camina durante dos horas más.
Se pierde como siempre, siguiendo un desvío que resulta ser un camino de cabras que no lleva a ningún sitio, y cuando se da cuenta de que se ha quedado sin agua y de que el sol está cayendo detrás de las montañas, tiene que sacar la linterna del móvil para encontrar el camino de vuelta al sendero principal.
Mientras camina en la oscuridad, con la luz del teléfono rebotando contra los árboles y los pies doliéndole por las zapatillas que no son de senderismo, piensa en Sloane y sonríe.
Piensa que su jefa habría planificado la ruta con tiempos estimados, puntos de descanso y una botella de agua de litro y medio.
Piensa que Sloane habría llevado las zapatillas correctas, una chaqueta impermeable y probablemente un mapa plastificado con la ruta marcada en rotulador.
La idea hace que su sonrisa se ensanche y le sorprende porque está sola en un bosque oscuro, acaba de llorar en un tren, su hermano está preso, sus padres quieren que se destruya y su vida es un desastre, pero pensar en Sloane Price organizando una excursión con su cuaderno de pestañas de colores le parece lo más reconfortante del mundo, y eso la asusta más que la oscuridad del sendero.
Llega a la parada del autobús con los pies destrozados, la cara sucia y un hambre que le ruge en el estómago.
El trayecto de vuelta a Nueva York lo hace dormitando en el asiento de atrás, con la cabeza apoyada contra la ventana fría y una sensación extraña que tarda en identificar porque no la siente a menudo: alivio.
No el alivio de que algo se haya resuelto, porque no se ha resuelto nada. El alivio de haber escuchado a dos personas decirle que no tiene que quemarse para que otros se calienten.
Cuando abre la puerta de su apartamento, deja la mochila en el suelo, se quita las zapatillas destrozadas y se mete en la cama sin ducharse, sin cenar y sin mirar el móvil.
No lee el mensaje de su madre. No revisa los correos del trabajo.
No hace nada de lo que normalmente hace antes de dormir porque esta noche lo único que quiere es cerrar los ojos y descansar, pero sí que piensa en algo, piensa en una mujer que organiza bolígrafos, etiqueta carpetas y le compra organizadores de mesa con su nombre escrito.
Jenna cierra los ojos y, por primera vez en semanas, se duerme sin que la cabeza le dé vueltas.