Capítulo 10
L a planta catorce de Axis Integration Group colapsa de repente, y es que a las tres y cuarto de la tarde del viernes aparece un error que ninguno se esperaba.
Es el peor momento posible para que algo se rompa porque la mitad del equipo ya tiene medio cuerpo fuera de la oficina y la otra mitad está pensando en lo que va a hacer este fin de semana.
Ryan es el primero en darse cuenta de que algo no va bien y, cuando Sloane escucha un «oh, mierda» que sale del escritorio del júnior con una intensidad que hace que cuatro cabezas se giren al mismo tiempo, se levanta como si tuviera un cohete atado a sus piernas.
Cuando se acerca a su pantalla y ve lo que está mirando, siente cómo el estómago se le contrae.
Hay un problema en la base de datos; no es un defecto menor, no es un fallo de interfaz que se pueda tapar con una tirita: es una corrupción que, si no se contiene, puede propagarse a los módulos conectados y llevarse por delante meses de trabajo.
―Que nadie toque nada ―dice Sloane, con una voz que corta el aire de la oficina como un bisturí.
El silencio que sigue es inmediato. Sloane mira al equipo y toma decisiones con la velocidad que le han dado quince años de experiencia en crisis técnicas.
―Ryan y Marcus: vosotros contenéis el daño. Aislad el módulo de autenticación del resto del sistema y aseguraos de que la corrupción no se ha propagado. Nada de intentar arreglarlo―mira a Jenna―. Tú, conmigo. Vamos a buscar qué es lo que ha pasado y cuál es el origen.
Jenna asiente, deja el café que tenía en la mesa más cercana y abre su portátil.
Las dos se sientan juntas frente a la pantalla y Sloane observa cómo Jenna empieza a rastrear el error.
Tiene el ceño fruncido y cada pocos minutos recorre sus labios con la punta de la lengua.
Sloane no debería fijarse en esas cosas cuando hay un fuego potente intentando arrasarlo todo, pero es inevitable.
Los dedos de ambas vuelan sobre el teclado, mientras Sloane sigue luchando por centrarse en encontrar el motivo de ese error.
―He encontrado algo ―dice Sloane de repente, y Jenna sube la mirada―, pero es solo un archivo afectado.
Jenna se queda dos segundos enganchada a esos ojos color miel y, antes de pensar cosas que no se puede permitir, asiente y sigue tecleando. Ver a Sloane Price en su elemento es algo que no puede describir sin que algunas partes de su cuerpo se humedezcan.
Jenna niega con la cabeza varias veces; no encuentra por qué ese maldito error ha aparecido.
Empieza a dar órdenes y lidera a los desarrolladores con una autoridad que a Sloane le fascina: es dura pero clara, exigente pero justa.
Cuando Ryan le pregunta si puede ejecutar un rollback parcial, Jenna le explica en treinta segundos por qué no puede y qué debe hacer en vez de eso.
Entonces el chico asiente y lo hace sin cuestionarla.
Cuando uno de los de nivel medio sugiere una solución que Jenna descarta con un movimiento de cabeza, le dice por qué está equivocado sin humillarlo ―aunque se lo merece porque un programador en su posición no debería decir algo tan estúpido― y lo redirige hacia algo que sí funciona.
―Lo tengo ―dice Jenna, soltando un suspiro pausado, y se lleva las manos a la cabeza.
Ha necesitado dos jodidas horas para dar con el error.
Es un conflicto en una migración que se ejecutó la noche anterior sin los controles adecuados, un fallo que debería haberse detectado en el entorno de pruebas, pero que se coló porque alguien no siguió el protocolo.
Jenna lo corrige, ejecuta las verificaciones y el equipo respira.
Sloane levanta la comisura izquierda de sus labios mientras la mira. Jenna busca su mirada sin entender el motivo, quizá para confirmar que Sloane es consciente de lo que ha pasado o porque simplemente necesita ver brillar esos ojos color miel.
―Buen trabajo ―le dice Sloane y, aunque son dos palabras que le ha dicho en varias ocasiones, se sienten como si escondieran algo más profundo bajo ellas.
A las siete de la noche, la oficina está vacía.
El equipo se ha ido después de que Sloane les dijera que podían hacerlo, que ya habían hecho suficiente, y los ha visto marcharse con gestos de alivio porque se ha resuelto la crisis y porque es un crimen estar a esa hora en la oficina con el fin de semana en la puerta.
Solo quedan ellas dos, sentadas una frente a otra en la mesa de reuniones con los portátiles abiertos, verificando que todo está estable, rodeadas de las cajas de la comida china que Sloane ha pedido a un restaurante de la esquina porque ninguna de las dos ha comido desde el mediodía y el hambre ya estaba compitiendo con la concentración.
―He pasado todas las horas extras que has estado haciendo ―dice Sloane sin quitar los ojos de la pantalla de su ordenador―. Soy consciente de todo el esfuerzo que estás haciendo y de alguna manera tengo que recompensártelo.
Un fugaz pensamiento cruza la mente de Jenna, porque Sloane podría recompensárselo de una manera que ella disfrutaría mucho. Chasquea la lengua porque le parece absurdo que ese tipo de pensamientos se hayan instalado en su cabeza últimamente, haciéndole imaginar cosas bastante improbables.
―Gracias ―contesta Jenna, intentando ser educada, aunque sus comentarios afilados no puede detenerlos―. Durante siete meses he hecho más horas que un reloj y no me han dado ni una comida de cortesía.
Sloane se pregunta si Scarlett Bolt hizo algo bien durante su gestión en el proyecto de Crest Bank.
―Lo siento por eso. ―Sloane no cambia la expresión de su rostro serio―. Hablaré con Vivianne Fox; quizá pueda conseguirte unos días de vacaciones extra cuando entreguemos el proyecto.
Jenna asiente, pero no dice nada. Vuelve a poner toda su concentración en la revisión que está haciendo; quiere dejarlo todo cerrado esta noche y no pretende salir de la oficina de madrugada.
Manhattan brilla al otro lado del cristal con esa luz de viernes por la noche que promete cosas que Sloane nunca hace: bares, cenas y planes con gente.
Ella está aquí, en una oficina vacía, comiendo chow mein con palillos frente a una mujer que tiene una mancha de salsa de soja en la manga de la camiseta y que no se ha dado cuenta.
―Tienes una mancha ―dice Sloane, señalando su brazo, y un leve tic en el ojo delata su odio por las manchas.
Jenna se mira la manga y se encoge de hombros con la indiferencia de alguien para quien las manchas en la ropa son un problema menor comparado con una base de datos corrupta.
―Ya se lavará ―dice con tranquilidad―. Tengo un detergente que hace milagros.
―Se lavará mejor si la tratas ahora con un poco de agua ―contesta Sloane, nerviosa.
―Sloane, acabamos de salvar tres meses de trabajo. La mancha puede esperar.
Sloane abre la boca para insistir y después la cierra, porque no tiene razón, y porque Jenna ha dicho su nombre como lo diría cualquier chica con la que estuviera compartiendo un momento personal y no profesional.
La piel se le eriza; aunque quiera controlarlo, no puede y sabe que los meses que quedan trabajando para el proyecto junto a Jenna no serán tan fáciles.
Siguen trabajando en silencio durante media hora más.
Las verificaciones salen limpias, los módulos conectados no están afectados y la base de datos está estable.
Sloane cierra el portátil y se recuesta en la silla, sintiendo el agotamiento por primera vez, porque durante la crisis su cuerpo funcionaba con adrenalina y ahora que la adrenalina se ha ido, lo que queda es un cansancio que la hace suspirar mientras piensa en su cómoda cama.
Jenna también cierra el portátil. Coge los palillos chinos y juega con ellos entre los dedos como si fueran baquetas, una manía que Sloane le ha visto hacer con los bolígrafos cuando su cabeza parece estar en otro sitio.
El teléfono de Jenna vibra, y Sloane lo agradece porque llevaba demasiado tiempo con la mirada clavada en ella.
Sloane no mira la pantalla porque no es asunto suyo, pero ve la reacción de Jenna: lee el mensaje, cierra los ojos, y su expresión cambia de una forma que le comprime el pecho.
No parece enfado ni frustración; Sloane tiene la sensación de que es dolor, de ese que sientes cuando te haces un corte profundo mientras caminas por la montaña y te jode el paseo porque tienes que regresar e ir inmediatamente al hospital.
Jenna deja el teléfono con la pantalla hacia abajo en la mesa.
Abre los ojos y desvía la mirada hacia la ventana.
Sloane la observa y siente el impulso de preguntar qué ha pasado, pero se detiene porque sabe que Jenna le dirá que está bien con ese tono de voz que ya empieza a conocer cuando algo no le gusta, así que elige las palabras con el mismo cuidado con el que elige todo.
―No tienes que contarme nada ―le dice en voz baja―, pero si necesitas irte, el proyecto puede esperar. Además, ya hemos acabado aquí.
Jenna gira la cabeza y la mira. La sorpresa en sus ojos es tan evidente que a Sloane le duele, porque significa que nadie le ha ofrecido eso antes, la posibilidad de parar sin que el mundo se le caiga encima.
―Eso no suena a algo que diría Sloane Price ―dice Jenna, porque es lo primero que se le ocurre mientras trata de controlar el nudo en la garganta.
Sloane Price tiene matices que no todo el mundo ve.
Jenna la mira durante un momento que se alarga, y Sloane puede ver cómo una grieta empieza a abrirse más de la cuenta.
Los ojos de Jenna empiezan a brillar, y no es precisamente de felicidad; la mandíbula la tiene completamente tensa, sus manos dejan los palillos y se cierran sobre la mesa.
Parece una mujer que lleva tiempo sosteniéndolo todo sin que nadie le ofrezca sostenerla a ella, y el hecho de que una persona desconocida ―al menos en el ámbito personal― acabe de decirle que puede parar la ha desarmado de una forma para la que no estaba preparada.
―Mi familia está pasando por algo difícil ―dice Jenna, y su voz sale baja, rasposa, como si las palabras le costaran una barbaridad―.
Me están pidiendo algo que no puedo dar, pero que, si no lo doy, pierdo todo lo demás.
Y no sé qué hacer porque no hay una opción buena.
Las dos me destrozan, solo que de formas distintas.
No da detalles. No menciona a Gabriel ni a sus padres ni los dos años de cárcel. Solo le explica de cierta manera el peso que carga y esa imposibilidad de elegir sin perder algo que la está asfixiando.
Sloane la escucha, sabe que es buena en eso. No asiente como si sintiera compasión porque está bastante segura de que eso no es lo que busca Jenna. Simplemente se queda ahí frente a ella, dándole toda la atención que puede con los ojos fijos en su rostro.
―Nadie que te quiera debería pedirte algo si eso va a destruirte de ese modo ―dice Sloane sin profundizar; al fin y al cabo, Jenna tampoco lo ha hecho, pero sí le ha dejado claro por dónde van los tiros.
Los ojos de Jenna brillan con una intensidad que a Sloane le hace difícil respirar, no porque sea incómodo, sino porque en ese momento todo se convierte en demasiado: demasiada proximidad, demasiada sinceridad y demasiada Jenna mirándola como si acabara de darle algo que nadie se había preocupado por ofrecerle.
Se quedan en silencio durante unos segundos que se estiran como horas. El aire entre ellas ha cambiado; Sloane lo nota con la misma claridad con la que se da cuenta de que va a llover cuando está de ruta.
Jenna se aclara la garganta.
―Gracias ―dice, y la voz le sale temblorosa porque el momento le ha calado en el pecho.
A las nueve dan la jornada por concluida. Sloane se levanta y empieza un ritual de limpieza que deja a Jenna con la boca abierta. Diez minutos después, la sala queda más limpia que como la encontraron, y Sloane coge la bolsa con todos los restos de la comida.
―Si la dejamos aquí, todo esto olerá a gambas ―suelta cuando detecta la mirada de sorpresa de la líder técnica.
Jenna no dice nada porque la situación la ha dejado sin palabras, así que coge su mochila y las dos caminan juntas hacia el ascensor con una distancia entre ellas que le parece demasiado estrecha.
Cuando salen a la calle, Nueva York está en pleno apogeo y Jenna se sube el cuello de la chaqueta porque es una noche especialmente fría.
―Eres diferente a lo que esperaba ―dice Jenna de repente, y Sloane detiene el movimiento de sus manos sobre su propia chaqueta.
―¿Mejor o peor? ―pregunta con curiosidad.
Jenna sonríe de medio lado. Es la primera sonrisa espontánea que Sloane le ha visto esta noche, y le cambia la cara de una forma que hace que la nuca de Sloane se erice por completo.
―Todavía no lo sé ―dice Jenna, y tuerce el gesto―. Necesito más tiempo para decidirlo.
Sloane entrecierra los ojos sin saber si eso le ha gustado o no. Si fuera otra persona la que se lo dijera, ni siquiera hubiera preguntado porque esas cosas no le importan; sin embargo, parece que lo que piensa Jenna de ella sí tiene mucha relevancia.
La líder técnica levanta la mano en un gesto de despedida y se da la vuelta para caminar calle abajo.
Sloane la observa alejarse con las manos en los bolsillos y la espalda ligeramente encorvada por el cansancio, y se queda ahí de pie en la acera, con los guantes puestos y el corazón latiéndole más rápido de lo que el frío justifica.
―Mierda ―suelta Sloane con molestia, y se da la vuelta para caminar hacia el lado contrario.