Entre el orden y el caos Capítulo 9
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Capítulo 9

L a sala de reuniones de Crest Bank está en un edificio del Financial District que tiene el tipo de vestíbulo que grita dinero y opulencia por todas partes: mármol blanco, recepcionistas con traje, ascensores que no hacen ruido y un silencio que a Jenna le parece el de un quirófano antes de una operación.

Lo cual es bastante apropiado, porque lo que van a hacer hoy es, básicamente, cirugía.

Sloane camina a su lado por el pasillo con el portátil bajo el brazo y un gesto serio que Jenna ya le ha visto otras veces: mandíbula tensa, hombros rectos y respiración controlada.

Lleva una blazer azul marino sobre una camisa blanca, el pelo recogido en un moño bajo que le deja la línea del cuello a la vista, y unos zapatos que hacen un sonido seco contra el mármol que a Jenna le parece el ritmo de una cuenta atrás.

―¿Lista? ―pregunta Sloane sin girar la cabeza.

―Siempre ―responde Jenna, aunque el café que se tomó hace una hora le está produciendo una acidez que no sabe si es por la cafeína o por los nervios.

Entran en una sala con una mesa ovalada, pantalla de proyección y seis personas de Crest Bank sentadas al otro lado con las carpetas abiertas y la mirada de quien espera explicaciones.

El director de tecnología, Martin Reeves, está en la cabecera: un hombre de unos cincuenta años con gafas de montura fina y ceño fruncido.

Sloane se sienta frente a él, abre el portátil y empieza a hablar.

Jenna la observa mientras la escucha y piensa que hay personas que manejan una sala como quien toca un instrumento: con destreza, con ritmo, sabiendo cuándo subir y cuándo bajar.

Sloane es una de esas personas. No levanta la voz, no gesticula y no usa frases dramáticas.

Lo que hace es desplegar los datos con una serenidad que desarma porque no deja espacio para la emoción, solo para la lógica, y cuando llegas al final de su argumento te das cuenta de que no tienes dónde agarrarte para discutir.

Explica las tres funcionalidades que se eliminan de la primera entrega.

Explica por qué, con datos, con plazos y con el análisis de riesgos que prepararon juntas.

No culpa a Scarlett por nombre, pero la implicación está ahí para quien quiera verla: las promesas eran insostenibles, el cronograma era ficticio y el equipo técnico ha estado compensando la incompetencia de la gestión anterior con horas extra y un desgaste que no es aceptable.

Martin Reeves la escucha sin interrumpir hasta que Sloane termina de exponer el plan alternativo. Entonces se inclina hacia delante.

―Señora Price, lo que me está diciendo es que nos mintieron durante meses y que ahora tenemos que conformarnos con un producto reducido.

Jenna se pone rígida, pero Sloane no se inmuta.

―Lo que le estoy diciendo es que le ofrecieron algo que no se podía entregar y que ahora tiene delante a un equipo que sí puede hacerlo, pero con un alcance realista ―responde Sloane sin parpadear―.

La alternativa es seguir con el plan anterior y recibir un software defectuoso que pondría en riesgo los datos de sus diez millones de clientes. Esa decisión es suya.

El CFO del banco, un tipo con cara de pocos amigos y traje gris que no ha dicho nada en los últimos veinte minutos, se echa hacia delante.

―¿Y quién me garantiza que este nuevo equipo no va a fallar igual que el anterior?

Sloane abre la boca para responder, pero Jenna se adelanta porque la pregunta es técnica y cuestiona sus capacidades ―cosa que la ofende― y porque lleva siete meses comiéndose el desastre de este proyecto y no va a dejar que nadie cuestione la capacidad de su equipo sin datos.

―El equipo no falló ―dice Jenna, y nota cómo Sloane gira ligeramente la cabeza hacia ella, pero no la detiene―.

El equipo ha estado ejecutando con los recursos y la dirección que tenía.

Lo que ha cambiado es la dirección, y con ella, las prioridades.

Los módulos que le estamos presentando como entregables para la primera fase son los que mi equipo puede construir con garantías de seguridad y rendimiento.

Si quiere detalles técnicos sobre por qué los criterios de calidad son ahora más estrictos, puedo explicárselo.

El CFO la mira durante un segundo y después mira a Sloane, como si buscara confirmación de que la chica que acaba de hablar tiene autoridad para hacerlo. Sloane le devuelve una mirada que dice claramente que sí, y el CFO se recuesta en la silla.

―Explíquemelo ―dice, abriendo las manos frente a él.

Jenna despliega los diagramas de arquitectura y pasa los siguientes quince minutos detallando los estándares de seguridad, los protocolos de pruebas y las métricas de rendimiento que el nuevo plan garantiza.

No han ensayado esta parte y no se han puesto de acuerdo sobre quién respondería a qué.

Simplemente ha ocurrido: Sloane ha puesto la estrategia, Jenna ha cubierto la técnica, y entre las dos han respondido a cada pregunta sin pisarse y sin contradecirse, como si llevaran meses trabajando así en vez de semanas.

La reunión termina con un Martin Reeves que no está contento, pero que sí está convencido, lo cual es mucho más valioso. Acepta el plan con condiciones y plazos que Sloane negocia con una frialdad que a Jenna le parece admirable y ligeramente terrorífica.

Cuando salen del edificio, el aire frío les golpea la cara y Jenna siente el bajón de adrenalina que siempre viene después de una reunión tensa: las piernas un poco flojas, el estómago vacío y una necesidad urgente de cerveza o de gritar, o de las dos cosas.

―Buen trabajo ahí dentro ―dice Sloane mientras caminan hacia el metro.

Son cuatro palabras. Y Jenna siente un calor en el pecho que es absurdo, desproporcionado y completamente fuera de lugar, porque es un cumplido profesional, nada más, el tipo de cosa que un jefe le dice a un empleado cuando ha hecho bien su trabajo, y no debería producirle esta reacción que le sube por las costillas y le llega a la garganta.

―Tú tampoco has estado mal ―responde Jenna, y mete las manos en los bolsillos de la chaqueta porque necesita hacer algo con ellas.

Sloane la mira de reojo y Jenna juraría que ve la sombra de una sonrisa, pero desaparece antes de que pueda confirmarla.

Se separan en la boca del metro. Sloane baja hacia la línea de Brooklyn y Jenna hacia la suya, y las dos se van sin decir nada más.

A las nueve de la noche, Jenna está en O'Malley's con una cerveza y un taco de billar que todavía no ha usado porque lleva diez minutos hablando sin parar. Nathan está al otro lado de la mesa con su propia cerveza mientras la escucha con atención.

―Y entonces el CFO va y le pregunta que quién le garantiza que no vamos a fallar, y ella ni se inmuta porque a esta mujer no la despeina ni un terremoto, y yo he intervenido sin permiso y he soltado todo el tema de los protocolos de seguridad y de las métricas ―Jenna gesticula con la cerveza en la mano y un poco de espuma se derrama sobre la mesa, algo que ella ignora y que habría horrorizado a Sloane―.

Y lo mejor es que después, cuando salimos, me dice «buen trabajo ahí dentro» así, sin más, como si no fuera nada.

Nathan la mira un poco desconcertado.

―¿Y? ―pregunta, esperando a que siga.

―¿Y qué?

―Que llevas diez minutos hablando de tu jefa y todavía no has cogido el taco. ¿Quieres seguir hablando de ella o jugamos? ―añade, arqueando una ceja.

Jenna mira el taco que está apoyado contra la mesa y después mira a Nathan, que tiene una media sonrisa en la cara que ella quiere borrarle de un guantazo.

―Estoy contándote cómo ha ido la reunión ―se defiende Jenna.

―No es verdad. Me estás contando que Sloane te ha mirado, que Sloane ha hablado, que Sloane lleva la blazer y le queda bien y que Sloane te ha dicho cuatro palabras que te han puesto a flotar.

―No he dicho nada de la blazer, y yo no floto ―protesta irritada.

―Claro que lo has dicho, igual que has dicho que el sonido de sus tacones parecía marcial.

Jenna le da un trago largo a la cerveza porque necesita tiempo para pensar una respuesta que no la exponga más de lo que ya se ha expuesto sin darse cuenta.

―Me ha ordenado la mesa ―dice de repente, como si eso explicara algo.

Nathan levanta las cejas.

―¿Cómo que te ha ordenado la mesa?

―El primer día que llegó, mientras yo estaba al teléfono, me organizó los papeles por colores, tiró mis vasos de café vacíos y me puso las llaves en un sitio visible. Sin preguntarme.

―¿Te ha ordenado la mesa y sigue viva? ―Nathan abre los ojos y se ríe―. Eso es amor.

―Cállate, Nathan.

―En serio, cualquier otra persona que toque tu mesa acaba con un lápiz clavado en la mano. ¿Y a esta tía le has dejado que te tire los cafés?

Jenna no contesta porque Nathan tiene razón y eso la irrita más de lo que puede admitir.

―¿Cómo es? ―pregunta Nathan, inclinándose sobre la mesa con la curiosidad de un periodista.

―¿Cómo es quién?

―No me hagas eso, Callahan. ¿Cómo es Sloane?

Jenna apoya el taco en la mesa y se sienta en el taburete alto. Piensa un momento, o al menos finge que lo hace, porque la verdad es que la descripción le viene sola, sin esfuerzo, con una claridad que debería preocuparle.

―Es alta, no tanto como tú, pero sí un poco más que yo.

Tiene el pelo castaño, largo, normalmente lo lleva recogido.

Los ojos son de un color raro, como miel.

Es seria, callada, y lo organiza todo como si el mundo fuera a acabarse si un bolígrafo está fuera de sitio.

No habla de su vida personal, no va a los after-work y no sé si tiene sentido del humor o si lo esconde detrás de esa cara de póker que lleva puesta todo el día ―hace una pausa―, pero cuando sonríe de verdad, y eso pasa muy pocas veces, parece otra persona.

Se le ilumina la cara y se le arrugan los ojos, y es como si alguien le hubiera quitado una máscara.

Nathan no dice nada durante varios segundos. Después deja la cerveza en la mesa con lentitud y levanta las cejas otra vez mientras la mira.

―No me mires así ―dice Jenna antes de que abra la boca.

―Creo que así es como te miré cuando conociste a Danielle ―dice con maldad―. Y a Sara, y a aquella fotógrafa cuyo nombre nunca recuerdo.

―Esto es diferente, Nathan. Sloane es mi jefa.

―Eso lo hace peor, no diferente.

Jenna coge el taco de billar y empieza a colocar las bolas en el triángulo con más fuerza de la necesaria.

―No me gusta si es lo que piensas. La respeto como profesional, trabajamos bien juntas y punto. No hay nada más.

―Has descrito hasta el color de sus ojos, Jenna. Eso no es respeto profesional. Eso es poesía ―dice con tono burlón.

―Vete a la mierda.

Nathan se ríe y Jenna le tira la tiza del taco que le da en el pecho. Juegan dos partidas y Jenna gana las dos, pero sin la concentración habitual, porque su cabeza está en otro sitio y las dos cervezas que se toma no la ayudan a aclararlo.

Una mujer se acerca a la barra mientras Jenna pide la tercera ronda.

Es morena, tiene una sonrisa fácil y la mira de esa forma que Jenna reconoce con los ojos cerrados, la que dice «estoy disponible si tú lo estás».

En otro momento, en otra noche, Jenna le habría devuelto la sonrisa, habría empezado una conversación, y habría dejado que la noche siguiera su curso natural hacia un taxi y un apartamento que no es el suyo, pero esta noche ―por primera vez en meses― no le apetece.

Coge las dos cervezas, vuelve a la mesa de billar y no mira hacia atrás.

Nathan la observa y no dice nada, pero sonríe.

Juegan una tercera partida que Jenna pierde porque no deja de intentar buscar una justificación a su falta de libido ante la morena de la barra.

Se despiden a las once en la puerta del bar, Nathan le da el abrazo de siempre, el que le descoloca los huesos de la espalda, y aprovecha que están juntos para susurrarle al oído.

―Ten cuidado, Callahan.

―Siempre tengo cuidado ―miente Jenna.

Camina hasta el metro y sigue pensando en por qué no ha ligado esta noche, hasta que decide no analizar la respuesta demasiado porque sabe lo que va a encontrar y no está lista para mirarlo de frente: que la mujer de la barra no tenía los ojos color miel y no le habría dicho «buen trabajo ahí dentro» con una voz que hace que cuatro palabras se le claven en el pecho como si fueran cuarenta.

Jenna baja las escaleras del metro y se pone los auriculares pensando que mañana será un día normal.

Irá a la oficina, se sentará a tres metros de Sloane Price, trabajará codo con codo sin que le tiemble nada y no pensará en la blazer azul marino ni en la línea de su cuello ni en cómo suena su nombre cuando lo dice en voz baja.

Tampoco pensará en sus padres pidiéndole que arruine su vida para acortar la condena de un hermano que ya tiene arruinada la suya por elección propia.