Entre el orden y el caos Capítulo 8
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Capítulo 8

S loane lleva una semana y media al frente de Crest Bank y por primera vez desde que entró en el proyecto, el caos está controlado.

No está resuelto, ni mucho menos, pero ya no es una masa uniforme de problemas sin jerarquía: ahora es una lista ordenada de incendios clasificados por urgencia, y Sloane es experta en trabajar con listas.

Ha redistribuido las tareas del equipo basándose en las fortalezas de cada uno en vez de en el sistema de Scarlett, que consistía en asignar lo que fuera a quien estuviera más cerca de su escritorio.

Ha movido a dos júniors del módulo de seguridad, donde estaban perdidos, al equipo de interfaz de usuario, donde su falta de experiencia hace menos daño.

Ha puesto a los tres desarrolladores de nivel medio en autenticación, que es el cuello de botella más crítico, y ha dejado a Jenna supervisando la arquitectura general con autoridad para tomar decisiones técnicas sin consultarle, algo que Scarlett jamás habría permitido y que a Jenna le ha producido una reacción que Sloane catalogaría como gratitud, pero que han disfrazado de una indiferencia bien maquillada.

Esta mañana tiene que preparar una de las presentaciones más difíciles de su carrera: sentarse frente al director de tecnología de Crest Bank y decirle que tres de las funcionalidades que le prometieron no van a existir en la primera versión del software.

Es el tipo de conversación que puede salvar un proyecto o hundirlo, dependiendo de cómo la manejes, y Sloane sabe manejar clientes difíciles, pero para eso necesita que la parte técnica de la presentación sea impecable, y sí, efectivamente, necesita a Jenna.

―¿Tienes una hora? ―le pregunta Sloane, acercándose a su mesa con el portátil bajo el brazo.

Jenna la mira desde su silla con el café en una mano y un bolígrafo mordido en la otra.

Hoy lleva el pelo suelto, lo que Sloane no esperaba porque en los diez días que llevan trabajando juntas, Jenna siempre ha llevado el moño desordenado, y verla con el pelo cayéndole por los hombros, negro y ondulado y con un volumen que desafía la gravedad, la descoloca durante un segundo que espera que no se note.

―Ahora no puedo ―suelta Jenna, y desvía la mirada hacia la pantalla porque ver a su jefa con esos pantalones ajustados ha hecho algo en su entrepierna que no esperaba―.

Estoy revisando el merge que Ryan subió anoche y tiene al menos cuatro conflictos que necesito resolver antes de que alguien más toque esa rama del código.

Sloane podría ser como su hermana Vivianne, a la que le encanta finalizar sus peticiones con un «ahora», pero ella es más analítica y entiende que lo que está haciendo Jenna es algo que no puede esperar.

―¿A las once entonces? ―pregunta mirando a la líder técnica.

―A las once ―confirma la chica, y vuelve a llevarse el bolígrafo a la boca para mordisquearlo y Sloane por poco sufre un ataque de ansiedad.

A las once se encierran en la sala de reuniones con los portátiles abiertos, una pizarra blanca que Sloane ha empezado a usar porque necesita ver las cosas dibujadas para entenderlas, y dos cafés que Jenna ha traído por iniciativa propia, lo que a Sloane le ha parecido un gesto tan inesperado que ha tardado varios segundos en reaccionar.

―El tuyo tiene leche de avena y nada de azúcar ―dice Jenna, dejándolo frente a ella―. He visto lo que pides en la cafetería.

Sloane mira el café y después mira a Jenna, que ya está abriendo el portátil como si no hubiera dicho nada relevante.

Lo que la chica no sabe, y lo que Sloane no va a decirle, es que nadie en su oficina sabe cómo toma el café porque nadie se ha fijado, y que ella lo haya hecho en esos pocos días le produce una sensación en el estómago que no tiene nada que ver con la cafeína.

―Gracias ―dice, y abre su portátil.

Trabajan durante una hora y media en la presentación.

Sloane estructura los argumentos para el cliente: qué se entrega, qué se pospone, por qué la decisión es la correcta técnicamente y qué alternativas ofrece Axis para compensar.

Jenna aporta los datos duros, los diagramas de arquitectura y las estimaciones de tiempo que respaldan cada punto.

Mientras debaten sobre cómo explicarle al cliente que el módulo de inteligencia artificial que Scarlett prometió es técnicamente inviable en el plazo actual, Sloane observa cosas que no debería.

Jenna se muerde el labio inferior cuando piensa.

No de forma sutil; lo hace con los dientes, apretando hasta que la piel se pone blanca.

También se retuerce el pelo cuando está concentrada: coge un mechón, lo enrolla alrededor del dedo índice y lo suelta, una y otra vez, un tic que probablemente ni sabe que tiene y que a Sloane le distrae de una forma que la irrita porque el hecho de que una mujer con un bolígrafo mordido y el pelo suelto pueda alterar su capacidad de atención, le parece una falta de disciplina imperdonable.

Y está la energía. La energía de Jenna es algo que Sloane no puede cuantificar ni clasificar ni meter en una de sus casillas mentales, y eso le produce una incomodidad que en realidad ―está bastante segura― se parece demasiado a la fascinación.

Cuando Jenna habla de código, su cuerpo se mueve: gesticula, se inclina hacia la pantalla y golpea la mesa con los nudillos para enfatizar un punto.

Es caótico y a Sloane debería molestarle, pero lo que hace es algo peor: la hace sentirse más alerta, más presente, como si la frecuencia de Jenna activara algo en ella que normalmente está dormido.

Sloane se ordena los pensamientos como quien coloca libros en una estantería:

Primero: es su compañera de trabajo. Es una relación profesional y cualquier cosa que no sea profesional es inaceptable.

Segundo: tiene diez años menos. No es una diferencia insalvable, pero es una que importa en términos de experiencia vital y de lo que cada una busca.

Tercero:es un torbellino. Sloane necesita calma, orden y previsibilidad. Jenna es lo contrario a las tres cosas.

Cuarto: no es su tipo ―de ninguna manera lo es, eso lo enfatiza en su cabeza mientras va negando―. Su tipo es una mujer tranquila, organizada, alguien que no deje vasos de café con moho sobre la mesa.

Los argumentos son sólidos, bastante razonables y perfectamente lógicos, pero el maldito problema es que ninguno de ellos funciona tan bien como debería, porque cada vez que Jenna se muerde el labio o se enrolla el pelo en el dedo, Sloane siente que sus argumentos se desmoronan o, mejor dicho, como su cuerpo se acelera, el coño le palpita y los dedos le pican.

―¿Sloane? ―la voz de Jenna la devuelve a la sala―. Te he preguntado si crees que el cliente aceptará el calendario alternativo para el módulo de IA.

―Sí ―dice Sloane, y no está segura de qué ha contestado ni a qué pregunta, pero Jenna asiente y sigue hablando, lo que significa que ha acertado o que Jenna no ha notado que estaba en otro sitio.

A la una, la presentación está terminada y ambas cierran el portátil a la vez. Sloane se estira en la silla haciendo crujir la espalda de una forma que debería ser preocupante.

―Creo que ha quedado bastante bien ―aporta Jenna antes de ponerse de pie―. El cliente tendría que ser idiota para no aceptar este plan, y por lo que he visto en las reuniones de Scarlett, el director de tecnología de Crest Bank no es idiota. Solo estaba mal informado.

―Eso es casi un cumplido.

―No te acostumbres ―dice Jenna, y coge los dos vasos de café vacíos para salir de la sala.

Cuando pasa por su lado camino de la puerta, Sloane huele algo que la detiene y olfatea como si fuera un perro de caza. No sabe exactamente a qué huele, pero es un aroma que contrasta con la personalidad enérgica de Jenna porque genera la clase de calma que te da un spa.

Esa noche, Sloane llega a casa y encuentra a Vivianne en la cocina intentando hacer algo que parece una tortilla, pero que tiene el aspecto de un crimen culinario.

―¿Qué se supone que es eso? ―pregunta Sloane, dejando el bolso y quitándose los zapatos.

―Cena ―responde Vivianne con la dignidad herida de alguien que sabe que está fracasando, pero que no piensa admitirlo.

Sloane se acerca, le quita la sartén de las manos sin pedir permiso y rescata lo que queda de los huevos mientras Vivianne se sienta en el taburete con una copa de vino y la mira con la misma gratitud de toda la vida, porque de alguna manera, su hermana menor siempre acaba salvándola, sobre todo, de sí misma.

―¿Cómo ha ido la presentación para Crest Bank? ―pregunta Vivianne con curiosidad.

―Bien ―Sloane no puede evitar pensar en los labios húmedos de Jenna mientras mordía el bolígrafo―. Está preparada, la repasaré mañana y la presento el miércoles. Creo que el cliente va a aceptar el nuevo plan si le explico bien las alternativas.

―¿Y el equipo? ―Vivianne se detiene enseguida, no debería ser una pesada con temas de trabajo―. Oye, que si quieres hablamos de otra cosa.

Sloane hace un movimiento de muñeca con la mano que sostiene la sartén para mover la no-tortilla como una experta cocinera.

―Me gusta hablar de trabajo, ya lo sabes ―contesta, y la mira durante una fracción de segundo―.

El equipo va mejorando. Los júniors empiezan a rendir ahora que tienen objetivos claros; los de nivel medio ya no parecen náufragos y Jenna tiene las cosas mucho más controladas desde que le he dado autonomía para la toma de decisiones técnicas.

―Jenna ―repite Vivianne, y hay algo en la forma en que lo dice que a Sloane le eriza la piel.

―¿Qué pasa con ella? ―pregunta, y se lleva uno de los dedos a la boca porque ha rozado la parte caliente de la sartén y se ha quemado.

―Nada ―dice Vivianne, y se lleva la copa a los labios―. Es que noto que hablas mucho de ella.

Sloane siente un temblor en las piernas que, por fortuna, solo dura un instante.

―Es la líder técnica ―se encoge de hombros―. Es normal que hable de ella.

―Claro. Es que no recuerdo la última vez que mencionaste al líder técnico de Atlantic Insurance por su nombre ―la sonrisa de Vivianne es maliciosa y Sloane lo sabe, aunque no la esté mirando―. Creo que lo llamabas «el de los informes».

Sloane apaga el fuego y se mueve hasta el mueble de la derecha para sacar los platos.

―Jenna es fundamental para el proyecto. Su competencia es directamente proporcional al éxito de Crest Bank. Es lógico que la mencione.

―Muy lógico ―dice Vivianne con un tono tan burlón que haría que Sloane, si no fuera su hermana, le diera con la sartén en la cara.

―No me mires así, Vivianne ―le contesta cuando se gira con el plato de su hermana en la mano y lo coloca frente a ella.

―No te miro de ninguna forma ―Vivianne se relame cuando ve que su cena no es la basura que iba a ser―. Solo digo que tu relación con Jenna ha mejorado, eso es todo.

Sloane no piensa caer en el juego de Vivianne.

―Un equipo que se lleva bien es más eficiente ―responde, y la frase suena tan ensayada que hasta ella se da cuenta de lo ridícula que es.

Vivianne disimula, se ríe con la boca abierta y los ojos brillantes, y Sloane siente cómo el calor le sube por el cuello hasta las orejas, lo que es la peor señal posible porque nunca se ruboriza; es algo que siempre ha podido controlar y nunca ha entendido cómo el resto de la humanidad no puede.

―Venga, vamos a cenar ―dice Vivianne con la boca llena, y Sloane la mira con estupefacción. Está bastante segura de que solo ella conoce esta versión tan desenfadada de la temible Vivianne Fox.

―Oye, por cierto, Vicky vuelve a los Estados Unidos ―Vivianne lo dice cambiando el tema porque el ligero ceño fruncido de su hermana le está diciendo que deje de tocar los cojones que no tiene.

Sloane por fin hace un amago de sonrisa cuando escucha ese nombre.

―Vicky Bob nos homenajea con su presencia ―dice moviendo la cabeza―. ¿A qué se debe tal honor?

―A que está harta de Japón y a que lleva meses sin follar porque dice que allí es incapaz de ligar ―explica Vivianne, encogiéndose de hombros.

Sloane no se sorprende en absoluto. Victoria Bob ―Vicky, porque dice que su nombre completo suena a señora mayor con siete gatos― es la mejor amiga de Vivianne.

Se conocen desde que eran unas niñas y nada las había separado durante tanto tiempo hasta que la empresa de la que Vicky es una de las socias mayoritarias, decidió abrir una sede en Tokio y tuvo que irse durante el último año.

También es amiga de Sloane y, bueno… han tenido algún encuentro que ha catalogado como bueno y entretenido.

―Cuando ponga un pie en Nueva York, hasta la Estatua de la Libertad va a temblar. ―Sloane lo dice con franqueza porque nunca ha conocido a nadie a quien le guste tanto el ejercicio horizontal sobre otra mujer como a Vicky Bob.

La conversación sigue y hablan de todo. De los planes de Vivianne para buscar un apartamento propio, de Lydia, que ha empezado un curso de cerámica y les manda fotos de jarrones asimétricos que Edward exhibe con orgullo en la estantería del salón.

Sin embargo, hay una leve molestia en el cuerpo de Sloane que no puede ignorar, una que pocas veces ha sentido porque ella es una mujer lógica que, cuando sabe que algo no va a funcionar o no hay posibilidades, simplemente lo descarta y sigue adelante, pero a pesar de todos esos argumentos que ha enumerado con criterio, su mente sigue pensando en bucle en Jenna Callahan.

Sacude la cabeza y le mete una patada mental a todos los pensamientos y se levanta para dejar su plato dentro del fregadero.

―Deja el lavavajillas puesto y los cojines correctamente. ―Sloane lo dice con demasiada seriedad porque su cabeza está muy dispersa.

Vivianne le hace un saludo militar y luego le guiña un ojo.

―Cuenta con ello.

Y Sloane no lo hace porque mañana por la mañana el lavavajillas estará sin poner y los dos cojines se verán de cualquier manera ―con suerte― sobre el sofá y no en el suelo.

Vivianne es un desastre, pero Sloane agradece tener otras cosas en que pensar y no en los condenados labios húmedos de Jenna Callahan.