Capítulo 7
H an pasado cinco días desde que Sloane Price se instaló en la planta catorce y Jenna tiene que admitir, aunque sea solo para sí misma y en voz muy baja, que el proyecto respira por primera vez en meses.
La rutina se ha establecido con una rapidez que a Jenna le parece sospechosa: Sloane llega antes que todos, revisa los avances del día anterior, deja tareas organizadas en el tablero digital con una precisión que roza lo marcial y, cuando Jenna aparece a las ocho menos diez con su café y su moño desordenado, las dos se sientan a revisar el plan del día con una dinámica que oscila entre la colaboración necesaria y la tensión de dos personas que no terminan de entenderse pero que se necesitan mutuamente.
El cronograma nuevo funciona. Los ciclos de trabajo de dos semanas le dan al equipo objetivos concretos que pueden alcanzar sin quemarse, y la eliminación de las funcionalidades imposibles ha liberado una presión que se notaba en las caras de los júniors como se nota la lluvia en un techo: goteando por todas partes.
Ryan ha dejado de mirar a Sloane como si fuera un animal salvaje y ha empezado a hacerle preguntas técnicas que antes solo le hacía a Jenna, lo que a ella le produce una mezcla de alivio y algo que se parece a los celos profesionales, pero que no piensa examinar porque no tiene tiempo.
Lo que no funciona es la incapacidad de Sloane Price de mantener sus manos alejadas de las cosas que no le pertenecen.
Empezó con la mesa. Jenna aceptó ―a regañadientes y sin verbalizarlo― que los papeles organizados por colores eran más prácticos que su sistema anterior, aunque jamás lo admitiría en voz alta, pero Sloane no se ha detenido ahí.
El martes, Jenna abrió las carpetas de su escritorio digital y descubrió que alguien las había etiquetado con un sistema de nomenclatura que incluía fecha, tipo de documento y nivel de prioridad.
El miércoles encontró los archivos del proyecto reorganizados en subcarpetas que seguían una lógica tan impecable que Jenna tardó treinta segundos en encontrar un documento que antes le habría costado diez minutos.
Y esta mañana, al llegar a su mesa, se ha encontrado un organizador de bolígrafos nuevo. Es negro, de metal, con cuatro compartimentos separados por tamaño, y tiene una etiqueta adhesiva en la base que dice «JENNA ― MESA 14» con la caligrafía meticulosa de Sloane.
Jenna mira el organizador durante varios segundos. Después mira hacia la mesa de Sloane, que está a tres metros, y la encuentra tecleando con la concentración de alguien que no ha hecho nada, aunque las dos saben que es culpable.
Lo que Jenna siente no es solo irritación.
La irritación la conoce, la gestiona y la usa como combustible.
Esto es otra cosa, algo que la descoloca de una manera que no le gusta porque nadie en su vida se ha tomado la molestia de ordenar su caos.
Ni sus padres, que siempre tuvieron cosas más urgentes de las que ocuparse.
Ni sus compañeros de piso en la universidad.
Ni ninguna de las personas con las que se ha acostado, que entraban en su espacio durante unas horas y se iban sin dejar rastro.
Sloane Price le ha comprado un organizador de bolígrafos y eso no debería significar nada, pero la descoloca porque sí.
Jenna coloca los tres lápices en el compartimento correspondiente y no dice nada.
A las once y cuarto, el teléfono vibra en su mesa.
Jenna mira la pantalla y el estómago se le encoge de golpe porque el nombre que aparece no es el de su madre, es el de su padre, y Joshua Callahan no llama.
Es un hombre de pocas palabras que prefiere que Sophie haga las llamadas difíciles mientras él se queda en segundo plano con la mandíbula apretada y los brazos cruzados.
Si su padre llama, es porque la situación ha escalado a un nivel que su madre no puede gestionar sola.
Jenna coge el móvil, se levanta de la mesa sin decir nada y camina hacia el pasillo que lleva a los baños, donde hay un rincón junto a la máquina de café que ofrece algo parecido a la privacidad si bajas la voz lo suficiente.
―Papá ―contesta, y odia cómo le suena la voz: pequeña, como cuando tenía doce años y su padre le explicaba por qué no podían comprarle las zapatillas que quería para el equipo de atletismo.
―Jenna, necesito que hablemos ―la voz de Joshua es grave, seca, sin rastro de cariño―. El abogado necesita una respuesta antes del viernes. No puede seguir esperando y Gabriel tampoco.
―Lo sé, papá. Estoy pensando en...
―No hay nada que pensar ―la corta con brusquedad―. Tu hermano se pudre ahí dentro y tú solo piensas en tu carrera ―la frase le llega como una bofetada y Jenna aprieta el teléfono con tanta fuerza que le duelen los nudillos―. ¿En qué clase de persona te has convertido, Jenna?
El silencio que sigue dura tres segundos durante los cuales Jenna puede escuchar la respiración de su padre, el zumbido de la máquina de café y los latidos de su propio corazón, que le golpean las costillas con la fuerza de alguien que quiere salir de un sitio donde no cabe.
―Papá, lo que me estáis pidiendo es que mienta bajo juramento y que vaya a prisión por algo que no he hecho.
―Te estamos pidiendo que ayudes a tu hermano ―corrige su padre.
―¿Y mi vida qué? ¿Mi trabajo, mis antecedentes, mi futuro?
―Tu hermano no tiene futuro si no haces algo ―la voz de Joshua se quiebra en la última palabra y Jenna siente cómo el suelo se mueve bajo sus pies, porque su padre nunca se quiebra, su padre es una roca, y si la roca se agrieta, es que la situación es peor de lo que ella se ha permitido creer―.
Dos años, Jenna. Es todo lo que te pedimos.
Jenna cuelga de golpe, con las manos temblando.
No se despide, no dice nada más, simplemente pulsa el botón rojo y se queda de pie en el pasillo con el teléfono en la mano y las piernas a punto de doblarse.
Se mete en el baño, abre el grifo del agua fría y se moja la cara tres veces, después se mira en el espejo y ve a una mujer con los ojos enrojecidos, la mandíbula apretada y la mirada de alguien que está intentando no romperse en un sitio donde no puede hacerlo, mientras intenta que la sensación de que su vida importa menos que la de su hermano, desaparezca de su mente, porque eso solo significa que a sus padres no les importa lo que le pueda pasar si entra en la cárcel, tampoco que haya perdido su trabajo cuando salga ni que su futuro esté marcado por esa mancha en su expediente que jamás podrá borrar y sabe que no merece.
Sale del baño y vuelve a su mesa. No mira a nadie. Se sienta, abre el portátil y empieza a teclear con una agresividad que hace que Ryan, desde su escritorio, la mire de reojo y decida que hoy no es el día de preguntarle nada.
Comete tres errores en dos horas, y esa chica no suele cometer errores, o al menos no de este tipo: un merge mal resuelto que rompe la compilación del módulo de autenticación, un test que olvida ejecutar antes de subir código y una dependencia circular que introduce sin darse cuenta y que tarda cuarenta minutos en encontrar.
Son errores de júnior, no de líder técnica, y cada uno le produce una rabia consigo misma que se suma a la que ya llevaba encima hasta que todo se convierte en un nudo que le aprieta el pecho.
Sloane la mira de soslayo de vez en cuando con esos ojos color miel que son lo único que endulza el día de Jenna.
No le ha dicho nada porque apenas se conocen, no tienen confianza y son jefa y empleada, pero Sloane no puede concentrarse del todo desde que Jenna se ha levantado para contestar la llamada y ha vuelto con la cara desencajada.
Desde entonces, la ha visto resoplar de frustración varias veces, mover la pierna bajo la mesa de forma frenética y morder el tapón de un bolígrafo que sin duda, Sloane sustituirá mañana por uno nuevo.
A las ocho de la noche, la planta catorce está vacía excepto por ellas dos.
El equipo se ha ido hace una hora y la oficina tiene esa calma de después de la batalla que a Jenna normalmente le gusta pero que hoy le parece opresiva.
Están sentadas una frente a otra en la mesa de reuniones, revisando el plan de entregas del primer ciclo de trabajo, rodeadas de papeles, portátiles y los restos de los sándwiches que Sloane ha pedido a la cafetería de la esquina sin preguntarle a Jenna si tenía hambre, lo que ha resultado ser una buena decisión porque Jenna no ha comido desde el café de las nueve y su estómago llevaba una hora haciendo ruidos que habrían avergonzado a un oso.
Llevan dos horas trabajando en silencio técnico, intercambiando frases cortas sobre dependencias y plazos, cuando Sloane cierra el portátil, se recuesta en la silla y la mira porque ya no puede aguantar más los movimientos nerviosos de la líder técnica.
Jenna levanta la cabeza.
―¿Qué? ―pregunta con un tono más brusco del que pretende.
Sloane no se inmuta. Se queda en silencio un momento, como si estuviera eligiendo las palabras, lo que a Jenna le parece excesivo para una conversación entre compañeras de trabajo.
―Cuando la presión me puede ―dice Sloane, y la frase la pilla tan desprevenida que Jenna se olvida de estar enfadada―, suelo correr por Harriman State Park los fines de semana.
Hay algo en esos senderos que me despeja la cabeza de una forma que no consigo con nada más.
Quizá este fin de semana podrías probar.
Jenna la mira durante varios segundos en los que su cerebro intenta procesar que Sloane Price, la mujer que organiza bolígrafos por tamaños y etiqueta carpetas digitales, acaba de hacerle una sugerencia personal.
No le ha dado un consejo profesional, tampoco una instrucción sobre el proyecto, sino que ha sido algo personal.
―Conozco esa zona ―dice Jenna, y le sorprende que la voz le salga normal―. Hay una ruta cerca del lago Sebago que en otoño es espectacular. Los árboles se vuelven rojos y naranjas y el agua parece un espejo.
Sloane levanta las cejas.
―¿Conoces el lago Sebago?
―He hecho esa ruta al menos diez veces. Es de mis favoritas ―Jenna deja el portátil a un lado sin darse cuenta de que acaba de hacer lo que lleva todo el día intentando no hacer: relajarse―.
Yo no corro porque nadie me persigue ―aclara, y Sloane se sorprende cuando siente ganas de reír―, pero el senderismo me gusta.
Aunque me organizo fatal y siempre acabo haciendo rutas más largas de lo que tenía planeado porque me pierdo mirando cosas.
―¿Te pierdes?
―No perdida en el sentido de no encontrar el camino de vuelta, es que me distraigo.
Veo un sendero que se desvía y quiero saber adónde lleva, o encuentro un sitio bonito y me quedo ahí hasta que se me pasa el tiempo, me quedo sin agua en la cantimplora y a veces se me hace de noche y tengo que volver con la linterna del móvil.
Sloane la mira, al principio horrorizada por su falta de organización y planificación, pero después lo hace con curiosidad, porque Jenna Callahan le parece todo un misterio, y a ella le gustan los misterios.
―Yo planificaría la ruta con antelación ―dice Sloane, y Jenna sonríe porque no esperaba menos de esta mujer―. Con tiempos estimados, puntos de descanso marcados y una ruta alternativa por si la principal está cortada.
―Eso suena a la excursión más aburrida de la historia ―dice Jenna.
―Es eficiente y no requiere de una linterna.
―Aburrida ―insiste Jenna.
Sloane sonríe. Y no es la sombra de sonrisa que Jenna le ha visto en la oficina cuando algo le parece ligeramente aceptable, ni el movimiento contenido de la comisura que hace cuando quiere reprimir una reacción.
Es una sonrisa de verdad, con los ojos y la boca y algo que se le ilumina en la cara de una forma que acelera pulsos, y Jenna se queda mirándola más tiempo del que debería porque Sloane Price sonriendo de verdad es una persona completamente distinta a la que organiza bolígrafos y etiqueta carpetas, y esa persona le gusta de una manera que va a ser un problema.
Jenna abre la boca para decirle que le cuesta imaginarla con ropa de deporte, pero en ese momento su teléfono suena.
Lo mira, y cuando ve el nombre de su madre, todos los músculos que se habían aflojado en estos últimos minutos de conversación con Sloane se vuelven a tensar de golpe. Rechaza la llamada con un gesto brusco, casi violento, y deja el móvil boca abajo en la mesa mientras lo mira fijamente.
―¿Va todo bien? ―pregunta Sloane con un cuidado que a Jenna le duele más que la llamada de su padre, porque la dureza la sabe gestionar y la amabilidad la desarma.
―Sí ―responde Jenna, aunque su voz suena a lo contrario.
Sloane la mira un segundo más. Después asiente, abre el portátil y vuelve al cronograma sin añadir nada más.
No insiste, no pregunta y no hace ninguno de esos gestos bien intencionados que la gente hace cuando quiere ayudar sin saber cómo y que a Jenna le producen la misma reacción que un dedo en una herida abierta.
Simplemente le da espacio, y Jenna no sabe qué hacer con eso, porque es la primera vez que alguien le ofrece silencio en vez de consejos.
Media hora después, Jenna recoge su portátil y se pone la chaqueta.
―Me voy ―dice, cogiendo el móvil de la mesa.
―Que descanses ―dice Sloane, sin apartar la mirada del teclado.
―Tú también.
Jenna camina hasta el metro con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de dos cosas que no deberían ocupar el mismo espacio: la voz de su padre preguntándole «en qué clase de persona te has convertido» y la sonrisa de Sloane cuando hablaba del lago Sebago.
La primera le hace mucho daño. La segunda le hace más daño porque no debería importarle y lo hace, y ella no tiene espacio en su vida ahora mismo para una jefa maniática del orden con una mirada magnética con la que se está empezando a obsesionar.
Baja las escaleras del metro y el ruido del andén hace que se ponga los auriculares, aunque no es ese el ruido que más le molesta, sino todo ese que sus padres introducen en su vida y que no se apaga nunca.