Entre el orden y el caos Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Sloane podría contestarle de al menos cuatro formas distintas, pero una sonora vocecita incrustada en su cabeza le dice que se quede callada porque no tiene razón.

Ir por los escritorios de los demás tocando cosas que no son suyas porque sus manías a veces la superan, no le da el derecho a cruzar esa línea.

―No volverá a pasar ―concede Sloane.

Jenna asiente con la mandíbula tensa, se gira y se sienta.

Sloane la observa durante un segundo y nota cómo, sin que nadie más lo vea, Jenna mira los papeles organizados, recorre las tres columnas con los ojos y aprieta los labios de una forma que a Sloane le parece sospechosamente parecida a contener una sonrisa.

Unas horas más tarde, Sloane convoca al equipo para presentar su propuesta de reorganización.

Ha preparado un cronograma nuevo que redistribuye las prioridades, elimina tres funcionalidades que Scarlett prometió sin respaldo técnico y establece ciclos de trabajo de dos semanas con objetivos concretos y medibles.

Jenna lo mira en la pantalla con los brazos cruzados y ese gesto dibujado en su rostro que Sloane ya empieza a asociar con el proceso mental de buscar agujeros en todo lo que ve.

Parece estudiarlo durante varios minutos mientras Sloane explica cada fase, y hay un momento en que sus cejas se levantan muy ligeramente.

―El ciclo tres tiene un cuello de botella ―dice Jenna, señalando la pantalla―. Si el módulo de autenticación no está migrado a OAuth para entonces, el sistema de pagos no puede arrancar. Y la migración necesita al menos cuatro semanas, no tres.

―¿Por qué cuatro? ―pregunta Sloane.

―Porque hay que reescribir las pruebas de integración y el equipo de pruebas necesita una semana completa para validar los flujos de seguridad. Si recortamos eso, estamos asumiendo un riesgo que un banco no puede permitirse.

Sloane mira el cronograma y hace cálculos.

Jenna tiene razón. Si recortan el tiempo de pruebas, el módulo sale con vulnerabilidades que podrían costarle al cliente una multa del regulador.

Coge el bolígrafo y ajusta las fechas del ciclo tres, añadiendo una semana y comprimiendo el cuatro para compensar.

―¿Así? ―pregunta, girando la pantalla hacia Jenna.

Jenna lo estudia y asiente despacio.

―Sí, así puede funcionar. Aunque el ciclo cuatro va a ser un infierno.

Sloane la mira durante dos segundos en los que quiere preguntarle si se piensa quejar por absolutamente todo, pero siente que no merece la pena discutir.

―Mejor un infierno controlado que el desastre que había hasta ahora ―responde Sloane.

El resto de la sesión fluye de una forma que sorprende a las dos. Sloane propone la estructura, Jenna cuestiona los puntos débiles y ofrece alternativas creativas que a Sloane no se le habrían ocurrido porque requieren un conocimiento del proyecto que ella no tiene.

A Jenna le parece incómodo darse cuenta de lo bien que funcionan juntas cuando fuera de lo profesional parecen diseñadas para chocar.

Esa noche, Sloane llega a su apartamento y encuentra a Vivianne en el sofá con una copa de vino y el portátil en las rodillas, lo que significa que está trabajando y bebiendo al mismo tiempo, algo que Sloane desaprueba en teoría, pero que ha dejado de comentar porque su hermana no le hace caso.

―¿Cómo ha ido? ―pregunta sin apartar la vista de la pantalla.

Sloane deja el bolso en el perchero, se quita los zapatos y los coloca junto a la puerta antes de sentarse en el sofá. Coge la copa de Vivianne, le da un trago y se la devuelve.

―La líder técnica es desordenada, impulsiva y tiene el escritorio de una persona que necesita ayuda y un equipo de desinfección ―explica Sloane, moviendo la cabeza.

Vivianne levanta la mirada del portátil y la observa esperando lo que viene.

―También es muy competente, pero si no controla el carácter, o sea, la boca… ―Sloane se detiene y carraspea porque su cerebro ha pensado en los labios brillantes de Jenna―, va a tener muchos problemas.

Vivianne se muerde los labios porque una de las cosas que intuyó cuando conoció a Jenna era que chocaría con el carácter de su hermana. Con lo que no contaba era con que la chica también fuera desordenada.

―Te dije que era buena ―contesta Vivianne, omitiendo el resto.

―No me dijiste que fuera un terremoto con patas que guarda las llaves de su casa debajo de un diagrama de flujo.

Vivianne se pasa las manos por su pelo corto, notando que necesita pasar por la peluquería.

―Dime, por favor, que no has tocado su mesa.

Sloane no contesta.

―Llevas un día y ya le has reorganizado el escritorio. ¿Qué va a ser mañana, su cajón? ―pregunta Vivianne con resignación.

―Su cajón necesita una intervención profesional, pero he aprendido la lección.

Vivianne cierra el portátil y enfoca a su hermana. Sabe que Sloane sufre de verdad por estas cosas y, aunque cuando eran más pequeñas solía reírse, ahora entiende que le afecta realmente.

―¿Crees que va a funcionar? Me refiero a vosotras juntas trabajando.

Sloane piensa en el cronograma y en los ciclos de trabajo y en el equipo de júniors que la miraban hoy como si fuera la última esperanza de un barco que se hunde.

Y piensa en Jenna. Se da cuenta de que su cabeza le está jugando malas pasadas, porque está pensando en la chica y no es precisamente de un modo demasiado profesional.

―Va a ser difícil ―dice―, pero sí, puede funcionar.

―¿Puedes hacerlo?

Sloane mira a su hermana y la pregunta le resuena con un eco que va más allá del proyecto, que le llega a ese sitio del pecho donde vive la duda permanente.

―Sí ―dice, y suena más segura de lo que se siente.

Vivianne asiente, abre el portátil y vuelve a su trabajo. Sloane se levanta, va a la cocina, se prepara una infusión y se sienta en la encimera mirando el salón donde su hermana trabaja con los cojines fuera de sitio y la copa de vino a medio beber.

Vuelve a pensar en Jenna y el pensamiento se mezcla con un sentimiento al que está bastante acostumbrada.

Jenna es guapa, más joven y rebelde. Sloane no se puede permitir verla de otra manera, primero porque no es profesional y segundo porque una chica así jamás se fijaría en ella; además, Sloane nunca podría estar demasiado cerca de la mujer que deja los cafés con moho sobre la mesa. ¿O sí?