Entre el orden y el caos Capítulo 6
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Capítulo 6

Extiende las hojas sobre la mesa cuadrada que hay en su despacho, esa que le encantó cuando la vio el primer día de asignación al proyecto de Crest Bank porque es blanca, impoluta y está completamente despejada.

Estudia el mapa durante una hora sin que nadie la moleste, porque a las siete de la mañana la planta catorce es un cementerio de escritorios vacíos y pantallas apagadas, y Sloane agradece el silencio más que nada en el mundo, más que los adictos al café cuando saborean la primera taza del día.

El mapa es brillante, eso tiene que admitirlo y calificarlo de otra manera sería una insensatez por su parte.

Jenna ha dibujado la arquitectura completa del software con tanta claridad que Sloane empieza a dudar de que sea verdad eso de que la líder técnica es un torbellino con piernas.

Cada módulo está representado con sus conexiones, sus dependencias, los puntos de fallo y unas anotaciones al margen escritas a mano con una letra espantosa que le cuesta descifrar, pero que al final logra entender.

Jenna no solo sabe cómo funciona el código, sino que entiende cómo funciona el proyecto, aunque no esté en su competencia saber el motivo por el que el banco decidió que el color azul oscuro era mejor que el claro.

Sloane siente cómo su cuerpo se estremece; es el tipo de análisis que haría ella misma si tuviera siete meses de contexto, y el hecho de que Jenna lo haya producido en una noche le dice dos cosas: que la chica es extraordinariamente competente y que es muy posible que se haya ido a la cama muy tarde.

Sloane saca su cuaderno y empieza a cruzar el mapa de Jenna con sus propias notas de la reunión de ayer.

En una hora tiene un borrador del cronograma nuevo que es agresivo pero realista, con prioridades reorganizadas y tres funcionalidades marcadas en rojo que va a tener que renegociar con el cliente porque son técnicamente imposibles en el plazo que queda.

Se siente bien, es el tipo de trabajo que le gusta y que controla a la perfección, no como los pensamientos intrusivos que surcan su mente más veces de lo que ella desearía y no es capaz de expulsarlos tan fácilmente.

―Dime, Vivianne ―contesta Sloane a su móvil en la primera vibración, porque el molesto temblor la desconcentra.

―Buenos días para ti también ―le contesta su hermana, y Sloane puede imaginársela en su despacho negando con la cabeza.

―Nos hemos visto esta mañana ―le recuerda, y afila su tono de voz―, cuando te he preparado el café, he recogido tu taza y la he dejado guardada en su sitio.

Vivianne suelta un bufido exasperado; Sloane Price es su adorada hermana, pero también un grano en el trasero.

―Lo haces sonar como si yo fuera una cría malcriada y tú una madre casi esclava.

Sloane levanta las comisuras de los labios mientras termina de apuntar un dato en su cuaderno.

No puede evitar mantener ese orden casi obsesivo ―y sin el casi― de las cosas; es la única manera que su cerebro encontró para calmar los pensamientos que muchas veces han llegado a asfixiarla y a hundirla hasta hacerla sentir que no era suficiente para nada que se propusiera.

―Eres un desastre y lo sabes ―le contesta Sloane, y se sienta con cuidado en su silla ergonómica.

Vivianne resopla, pero no discute. Su hermana tiene razón porque, aunque Vivianne Fox es una mujer que a menudo ha sido comparada con la eficacia de una cobra venenosa, fuera de Axis Integration Group es un completo caos.

―Háblame de Crest Bank, ¿hay algo que se pueda salvar?

Sloane deja de ser la hermana pequeña de Vivianne y se convierte en la jefa de proyectos que tiene que darle un reporte a la directora de la oficina de Nueva York.

La llamada se extiende unos diez minutos en los que Sloane explica lo que ha encontrado y cuál es su plan para que la gente del banco no acabe demandando a la empresa por estafa, porque lo que les vendió Scarlett Bolt casi puede catalogarse como una.

―Tengo una reunión con el cliente y me temo que no estarán muy contentos, pero no pretendo comenzar a arreglar algo basándome en mentiras y falsas promesas ―dice Sloane, y se gira cuando desde su despacho acristalado ve a Jenna caminar con un vaso de café en la mano.

Algo en el pecho de Sloane se contrae y tiene que fruncir el ceño porque no entiende el motivo.

―Sí, no te preocupes, te mantengo informada ―contesta a Vivianne, aunque solo ha escuchado las últimas frases que ha dicho su hermana.

Sloane se pone de pie tras colgar la llamada y coge su ordenador portátil.

Ha tomado una decisión que sabe que va a generar comentarios: no va a instalarse en un despacho salvo para reuniones y momentos en los que necesite estar sola.

Ha cogido un escritorio vacío en la zona del equipo, al lado de los desarrolladores, donde puede ver cómo trabajan, escuchar sus conversaciones y detectar los problemas antes de que se conviertan en una crisis.

Es algo que aprendió en su segundo proyecto en Axis: los jefes que se encierran en despachos son los últimos en enterarse de que el barco se hunde, y ella ni quiere ser como ellos ni puede permitírselo si quiere que Crest Bank tenga su aplicación en menos de seis meses.

―Buenos días ―escucha Sloane una voz masculina que parece que proviene de un niño de catorce años. Es uno de los desarrolladores júnior.

Sloane le devuelve un gesto con la cabeza y sigue caminando hasta su mesa de trabajo, esa que está a tres metros de la de Jenna, lo que significa que tiene una vista privilegiada del desastre monumental que es su mesa.

Sloane la mira por primera vez con detenimiento y siente una punzada de horror que casi la deja sin aire: hay pequeños trozos de papel pegados en el monitor, servilletas hechas bola y lápices desperdigados sobre la superficie.

Hay tres vasos de café abandonados, uno de los cuales tiene algo que podría ser moho o podría ser espuma de leche fosilizada, y Sloane prefiere no averiguarlo.

Los cables del portátil, el cargador del móvil y unos auriculares forman un nudo debajo de la mesa.

Sloane aparta la mirada porque si sigue observando esa mesa, va a necesitar medicación.

―¿Has podido leer el mapa de dependencias? ―pregunta Jenna de repente, llegando hasta su mesa y dejando caer un manojo de llaves sobre la madera.

Sloane siente cómo el corazón empieza a bombearle más rápido porque parece que a Jenna ese desastre no le molesta.

―Buenos días ―le dice Sloane con calma, aunque en ese momento le pitan los oídos―. Lo he hecho. Buen trabajo.

Jenna asiente y, como nota que su jefa no va a aportar nada más, se sienta en su silla y abre el portátil. Se ha dado cuenta de que Sloane no está en su propio despacho y, aunque le llama mucho la atención, no dice nada.

Una hora después de estar con los ojos prácticamente pegados a la pantalla, Jenna se levanta para atender una llamada del diseñador gráfico que está trabajando con ella para Crest Bank, aunque lo hace desde Chicago, por lo que las llamadas entre ellos son bastante frecuentes.

Sale de la zona del equipo y se aleja por el pasillo con el móvil en la oreja, gesticulando con la mano libre como si el interlocutor pudiera verla.

Sloane mira la mesa vacía de Jenna y, aunque lucha por no hacerlo, observa los papeles desordenados, los vasos y las llaves que han quedado debajo de unas hojas. Y no puede evitarlo.

Se levanta, se mueve hasta la mesa de Jenna y empieza por los vasos: los tres van directos a la papelera.

Después separa las notas por colores y las alinea en tres columnas en el lateral del monitor.

Desenreda los cables y los sujeta con una goma elástica que saca de su propio bolsillo, como si tener gomas guardadas fuera vital para ella.

Coloca las llaves en la esquina superior derecha de la mesa, donde son visibles, y alinea los bolígrafos.

No toca los papeles técnicos ni el portátil porque eso sería cruzar una línea, pero todo lo demás queda en su sitio, cada cosa donde debería estar, y Sloane siente una especie de emoción que está muy segura de que es mejor que un orgasmo.

Vuelve a su escritorio y sigue trabajando, pero Jenna regresa y tarda exactamente dos segundos en darse cuenta de que algo ha cambiado.

Sloane lo sabe porque levanta la cabeza cuando escucha que la silla de Jenna deja de moverse y ve cómo la ingeniera mira su mesa con la boca ligeramente abierta y un gesto de indignación que sería hasta gracioso de retratar.

De inmediato gira la cabeza y mira a Sloane, que le sostiene la mirada con la neutralidad.

―¿Has tocado mi mesa? ―pregunta Jenna, y su tono es el de alguien que te pilla rebuscando en su bolso―. Porque nadie más por aquí se atrevería a hacerlo. Todos me conocen.

―He organizado algunas cosas ―Sloane lo dice tranquila, incluso orgullosa de su acción.

Jenna eleva las dos cejas y Sloane puede notar cómo sus labios se crispan ligeramente.

―¿Quién te ha dado permiso para tocar mis cosas?

―Nadie ―Sloane se encoge de hombros―, pero tenías tres vasos de café con distintos niveles de vida bacteriana y unas llaves enterradas bajo un diagrama de flujo. Era casi una emergencia sanitaria. Además, un espacio de trabajo ordenado mejora la productividad.

―Mi productividad ―Jenna da un paso hacia ella y su voz baja un tono, lo que paradójicamente la hace sonar más peligrosa―, es la razón por la que este proyecto sigue en pie.

No me hables de productividad cuando he mantenido esta basura a flote durante seis meses con tres vasos de café y un sistema de post-its que funciona perfectamente.

Sloane la mira y siente dos cosas a la vez: la irritación de que alguien le hable así en medio de la oficina y un latigazo caliente que le recorre el vientre de manera feroz.

―No vuelvas a tocar mi mesa sin preguntarme ―suelta Jenna con su habitual carácter de perra rabiosa.