Capítulo 5
J enna se entera de que Scarlett Bolt ha sido reemplazada un lunes a las ocho de la mañana, cuando abre el correo y encuentra un email de Vivianne Fox dirigido a todo el equipo de Crest Bank con el asunto: «Cambios en la dirección del proyecto».
Lo lee dos veces. La primera, rápido, buscando la palabra clave. La segunda, despacio, saboreando cada frase como si fuera el postre después de siete meses de dieta.
A partir de hoy, Sloane Price asumirá la dirección del proyecto Crest Bank como jefa de proyecto senior.
Scarlett Bolt ha sido reasignada a otras funciones dentro de la compañía.
Sloane convocará una reunión con todo el equipo esta mañana a las diez para presentarse y evaluar el estado del proyecto.
Agradezco vuestra colaboración y profesionalidad durante esta transición.
Jenna mira la pantalla y siente algo que no experimentaba desde que empezó este proyecto: esperanza. Es una sensación incómoda, como ponerse unos zapatos que llevas meses sin usar y descubrir que todavía te quedan bien, pero que te rozan.
Scarlett está fuera. Lo que Jenna le contó a Vivianne ha funcionado. Alguien la ha escuchado y ha actuado, y eso es tan inusual en su experiencia profesional que no sabe si alegrarse o esperar al siguiente golpe.
Lo que sí sabe es que Sloane Price no es una desconocida en Axis.
Jenna nunca ha trabajado con ella, pero su nombre circula por la oficina con la regularidad de una leyenda urbana que resulta ser cierta: termina los proyectos en plazo, no pierde los nervios, sus equipos la respetan y sus clientes la adoran.
También ha oído que es seria hasta el aburrimiento, que no va a los after-work de la empresa y que organiza sus bolígrafos por colores, lo cual a Jenna le parece una señal de alarma psicológica, pero que probablemente es justo lo que este proyecto necesita.
―¿Has visto el email? ―Ryan aparece en su mesa con los ojos muy abiertos.
―Sí.
―Scarlett está fuera ―dice como si diera una noticia.
―Sí, Ryan. Sé leer.
―¿Sabes quién es Sloane Price?
―Sé lo que sabe todo el mundo. ¿Por qué?
Ryan baja la voz como si estuviera compartiendo un secreto de Estado.
―He oído que una vez hizo llorar a un director de cuenta en una reunión porque le demostró delante de todo el mundo que sus números no cuadraban.
―Entonces me caerá bien ―dice Jenna.
A las diez menos cinco, Jenna está sentada en la sala de reuniones de la planta catorce con el resto del equipo.
Son doce personas contándola a ella: seis desarrolladores júnior, tres de nivel medio, dos testers y Jenna como líder técnica.
La mayoría tiene cara de no haber dormido bien, lo cual es habitual, y también de estar preocupados por lo que viene, lo cual es nuevo, porque bajo el mando de Scarlett nadie se preocupaba por nada, ya que la mujer tenía la habilidad de hacer que el apocalipsis pareciera una fiesta de cumpleaños.
La sala tiene una mesa rectangular para veinte personas, una pizarra blanca que nadie usa porque todos trabajan en digital, una pantalla conectada al portátil de turno y unas vistas de Manhattan que a Jenna siguen pareciéndole el decorado de una pesadilla.
Se sienta en su sitio habitual, la tercera silla de la izquierda, la que tiene el respaldo un poco flojo, y coloca delante de ella el portátil abierto y un café que esta vez está caliente porque ha bajado a comprarlo hace siete minutos.
A las diez en punto, la puerta se abre.
Sloane Price entra en la sala de reuniones y lo primero que Jenna registra es la calma que transmite.
No la calma falsa de alguien que finge tener el control, sino la de alguien que de verdad lo tiene, que ha entrado en esta sala sabiendo exactamente qué va a decir y cómo va a decirlo, y eso a Jenna le produce una mezcla de alivio e irritación que no entiende del todo.
Lo segundo que registra es que Sloane Price es guapa.
No guapa de portada de revista ni de forma evidente; es guapa de una manera que necesita un segundo vistazo para apreciarse: melena castaña recogida en un moño bajo que es lo opuesto al desastre que Jenna lleva en la cabeza, ojos color miel que barren la sala con la precisión de un escáner, piel clara, mandíbula marcada y una forma de moverse que sugiere que cada paso está calculado.
Lleva una camisa blanca remangada hasta los codos, pantalones de vestir oscuros y unos zapatos planos que a Jenna le indican que es una mujer que prioriza la funcionalidad sobre la estética, aunque el resultado sea más elegante de lo que probablemente pretende.
Tiene treinta y nueve años según lo que Jenna ha oído, pero aparenta menos, y hay algo en la forma en que recorre la sala con la mirada antes de hablar que le recuerda a Vivianne Fox: esa capacidad de evaluar un espacio y a las personas que lo ocupan en cuestión de segundos.
Después recuerda que son hermanas y el parecido cobra sentido, aunque físicamente no se parezcan en nada.
―Buenos días ―dice Sloane, y su voz es lo que Jenna esperaba: tranquila, firme y sin adornos―. Soy Sloane Price y a partir de hoy dirijo este proyecto. Sé que los últimos meses han sido difíciles y que habéis trabajado en condiciones que no eran las adecuadas. Eso cambia hoy.
Se sienta en la cabecera de la mesa, abre un cuaderno que tiene unas pestañas de colores en el lateral y coloca un bolígrafo azul perfectamente alineado junto a él.
Jenna mira el cuaderno, las pestañas y el bolígrafo, y no está segura de saber trabajar en el mundo de una mujer tan metódica, pero que Sloane sea así quizá no sea tan malo si el resultado es que alguien por fin ponga orden en esta basura.
―Necesito una evaluación completa del estado del proyecto ―continúa Sloane, mirando a Jenna directamente―.
Quiero saber qué está hecho, qué está a medias, qué no se ha empezado y qué se prometió al cliente que no podemos cumplir.
Sin filtro y sin eufemismos. Prefiero una verdad incómoda a una mentira amable.
Jenna asiente y abre su portátil. Tiene preparado un documento que ha ido actualizando desde que habló con Vivianne, un mapa del desastre que incluye cada módulo del software con su porcentaje real de avance, los bugs acumulados, las dependencias bloqueadas y las promesas de Scarlett que no tienen ninguna base técnica.
Comparte la pantalla y empieza a hablar.
Le lleva cuarenta minutos recorrer todo el documento, y durante ese tiempo, Sloane no la interrumpe ni una sola vez.
Toma notas en su cuaderno con una caligrafía que Jenna no puede leer desde su posición, pero que imagina tan ordenada como todo lo demás en esta mujer.
Cuando Jenna menciona los módulos de seguridad, Sloane levanta la cabeza y sus ojos se estrechan.
Cuando habla de la demo falsa, Sloane aprieta los labios.
Cuando enumera las funcionalidades que Scarlett prometió sin consultar al equipo, Sloane deja de escribir y la mira con una expresión que Jenna no sabe si es rabia contenida o incredulidad profesional, pero no dice nada, escucha y eso es más de lo que cualquier persona en posición de mando ha hecho por Jenna en seis meses.
Cuando termina, la sala está en silencio. Los júniors miran la mesa, los testers se miran entre ellos y Ryan tiene cara de querer meterse debajo de la silla. Jenna cierra el portátil y espera.
―Gracias, Jenna ―dice Sloane, y el uso de su nombre la sorprende, porque Scarlett la llamaba «la líder técnica» como si fuera un cargo y no una persona―. Es un análisis muy completo. Tengo algunas preguntas.
Jenna asiente.
―El módulo de autenticación ―Sloane consulta sus notas―. Has implementado un sistema de doble factor basado en tokens temporales. ¿Por qué no habéis optado por un estándar OAuth 2.0 con PKCE desde el principio? Habría simplificado la integración con los servicios del banco.
Jenna parpadea. La pregunta es técnica, específica, y demuestra que Sloane no solo ha escuchado, sino que entiende la arquitectura del software a un nivel que Scarlett no habría alcanzado ni con un curso intensivo de diez años.
―Porque cuando empezamos el módulo, el equipo que teníamos no tenía experiencia con OAuth y Scarlett no aprobó el tiempo para formación ―responde Jenna, en modo defensivo―. Hice lo que pude con lo que tenía.
―No estoy cuestionando tu capacidad ―dice Sloane con un tono que es neutro, pero que a Jenna le suena como si la estuviera poniendo a prueba―. Estoy tratando de entender las decisiones técnicas para poder planificar las correcciones.
―Las decisiones técnicas las tomé yo sola porque nadie más estaba cualificado para tomarlas y porque la persona que debería haberme apoyado estaba ocupada eligiendo el color de las diapositivas para la presentación al cliente.
La frase sale con más acidez de la que Jenna pretendía y la sala se tensa.
Sloane la mira durante dos segundos que parecen veinte, y Jenna le sostiene la mirada porque no va a ser la primera en desviarla, aunque el estómago le esté diciendo que quizá debería haber elegido un tono menos combativo para su primer contacto con la nueva jefa.
―Entiendo ―dice Sloane, y vuelve a sus notas sin alterarse―. El módulo de pagos internacionales: ¿hay algo de código escrito o está sin empezar?
―Sin empezar.
―¿Y el sistema de reporting para el regulador bancario? ―sigue Sloane.
―Parcialmente. Tenemos la estructura de datos, pero la lógica de negocio está sin implementar porque cada vez que íbamos a empezar, Scarlett cambiaba las prioridades.
Sloane asiente y sigue preguntando. Una detrás de otra, metódica, sin saltar de un tema a otro, cubriendo cada módulo del software con una profundidad que obliga a Jenna a pensar antes de responder y que la hace sentir, por primera vez en meses, que alguien entiende lo que está mirando.
La reunión se alarga a una hora y media. Cuando Sloane cierra el cuaderno, tiene doce páginas de notas y el ceño fruncido.