Capítulo 4 #2
―Eso sigue en pie, pero ha surgido algo más urgente que necesito resolver antes de subirme a ese avión ―Vivianne coge una aceituna del cuenco que Sloane acaba de colocar frente a ella y se la mete en la boca―.
Tenemos un proyecto que está a punto de hundirse.
Crest Bank. Es un software bancario muy importante con un contrato de varios millones que está en la mierda y que podría ser la peor crisis de reputación que haya tenido esta oficina si no lo arreglamos.
Sloane levanta las cejas, pero todavía no está demasiado impresionada. Lleva muchos años en el mundillo como para saber que las cosas suelen explotar de la noche a la mañana si desde un inicio no se hacen bien.
―¿Qué ha pasado?
―La jefa de proyecto es una incompetente que ha prometido cosas imposibles al cliente; el director de cuenta la dejó hacer sin supervisión y la líder del equipo técnico ha venido a mi despacho a contármelo todo porque nadie más le hacía caso.
El proyecto lleva cuatro meses de retraso, los módulos de seguridad no existen y la demo que le enseñaron al CEO del banco era cartón pintado.
La mente de Sloane se mueve con velocidad y procesa la información con la calma que la caracteriza, pero Vivianne puede ver cómo sus ojos se estrechan levemente, el único indicador de que lo que acaba de escuchar es verdaderamente un caos.
―¿Cuánto tiempo queda para la entrega? ―pregunta la jefa de proyectos.
―Menos de seis meses ―Vivianne vuelve a degustar otra aceituna.
―¿Y el equipo? ―pregunta Sloane ,y su hermana frunce el ceño―. ¿Qué nivel tienen?
―Júniors en su mayoría. La única persona competente es la líder técnica, una tal Jenna Callahan. Lleva meses sacando el proyecto adelante prácticamente sola.
Sloane asiente despacio. Vivianne sabe que está calculando, organizando la información en esa cabeza inquietante que tiene y evaluando el alcance del problema antes de hacer la pregunta que ambas saben que viene.
―¿Qué necesitas de mí, Viv? Porque entiendo que no me lo estás contando para desahogarte.
Vivianne le sonríe a su hermana porque no hay nadie como Sloane Price.
―Necesito que asumas el mando del proyecto de Crest Bank.
Sloane no reacciona de inmediato. Se gira y empuña el cuchillo nuevamente para hacer varios cortes en los tomates.
―Estoy en fase de entrega con Atlantic Insurance ―dice, y empieza a emplatar la ensalada como si fuera la cena para el presidente de los Estados Unidos―. No puedo abandonar un proyecto a una semana de cerrar.
―No te estoy pidiendo que lo abandones ―Vivianne habla con calma, porque a veces Slone mezcla conceptos y colapsa―. Entrega Atlantic y después te incorporas a Crest Bank. Tienes diez días.
Sloane sabe que la frase final no la ha dicho su hermana, sino la directora de la oficina de Nueva York de Axis Integration Group.
―¿Y mientras tanto qué pasará con Crest Bank?
―Mientras tanto, mantengo a Jenna Callahan al frente del equipo técnico y me aseguro de que Scarlett no se acerque al cliente. Jason está bajo vigilancia y yo supervisaré lo que pueda hasta que llegues.
Sloane se gira hacia ella cruzando los brazos. Vivianne conoce el gesto; su hermana acaba de terminar el análisis mental de la situación y sabe a lo que se tiene que enfrentar.
―Me estás pidiendo que entre en un proyecto en crisis a seis meses de la entrega, con un equipo que no conozco, un cliente que ha recibido promesas falsas y un historial de gestión catastrófico ―enumera Sloane con una calma que podría confundirse con indiferencia si no fuera porque Vivianne sabe que es concentración pura.
―Sí. Eso es exactamente lo que te estoy pidiendo ―confirma Vivianne.
―¿Alguien más podría hacerlo? ―lanza Sloane su último recurso.
―Hay gente capaz en la empresa, pero nadie en quien confíe tanto como en ti para algo de esta magnitud. Necesito a alguien que sea riguroso, que no tenga miedo de tomar decisiones impopulares y que sea capaz de ganarse la confianza de un equipo quemado en tiempo récord.
―Me estás vendiendo el puesto ―dice Sloane, y la sombra de una sonrisa le cruza la cara.
―Te estoy diciendo la verdad. Eres la mejor opción y las dos lo sabemos.
Sloane descruza los brazos y vuelve a la ensalada, poniendo el pollo cortado sobre la cama de lechugas que acaba de hacer y los tomates formando un juego de colores al lado de la cebolla.
―¿Cómo es la líder técnica? ―pregunta Sloane después de un minuto.
―Jenna Callahan. Veintinueve años, viene de Dorchester y se pagó la carrera con becas. Tiene carácter, es directa y probablemente te va a parecer un torbellino porque es todo lo que tú no eres, pero sabe lo que hace. Es la razón por la que el proyecto no ha colapsado completamente.
Sloane no dice nada, pero su hermana la asombra cada día. ¿De dónde coño sacó toda esa información que es poco relevante para el puesto de la chica?
―Mi última relación terminó porque intenté controlar hasta la forma en que respiraba la otra persona ―dice Sloane de pronto, y la frase parece salida de la nada, pero Vivianne sabe que no lo es.
―¿Estamos hablando de Rachel?
―Rachel quería que fuera espontánea, que dejara de planificar cada minuto y que viviera un poco.
Yo no supe hacerlo y ella se cansó de esperarme ―Sloane hace una pausa―.
Lo que quiero decir es que, si entro en un proyecto caótico, con un equipo que funciona a base de improvisación y una líder que es un torbellino, voy a querer controlarlo todo, y eso puede ser un problema.
Vivianne la mira con ternura, pero también con la exasperación que solo puede sentir alguien que te conoce de toda la vida y sabe lo cuadriculada que puedes llegar a ser.
―Sloane, esa necesidad de control que tienes es exactamente lo que ese proyecto necesita ahora mismo. No te estoy enviando a un retiro de yoga; te estoy enviando a un incendio. Y tú eres la persona que sabe apagar fuegos sin perder la calma.
―Tengo que terminar Atlantic primero ―repite Sloane.
―Tienes diez días.
―Termino Atlantic en una semana ―dice, y se gira con los platos en la mano―. Lo tengo todo atado.
Vivianne sonríe porque esa es la Sloane que conoce.
―Entonces tenemos un trato ―dice Vivianne, y extiende la mano para coger un trozo de pollo. Slone retira el plato con rapidez, como si fuera una bolsa de diamantes y alguien quisiera robarlos.
Vivianne suelta una carcajada y decide abrir el Pinot Noir. Sirve dos copas, la suya hasta arriba porque lo necesita.
Cenan hablando de otras cosas: de Edward y Lydia, de un podcast sobre la historia del imperio romano que Sloane ha descubierto y que le describe con un entusiasmo que Vivianne finge compartir. Es la normalidad que las dos necesitan antes de lo que viene.
Cuando Vivianne se va a dormir, Sloane se queda recogiendo la cocina, devolviendo cada cosa a su sitio.
Es un ritual que la calma, que le da la ilusión de que el mundo es un lugar ordenado donde cada objeto tiene su sitio y cada problema su solución, pero cuando cierra el grifo y el silencio del apartamento la envuelve, la punzada aparece.
Está ahí, en el centro del pecho, donde siempre se instala cuando algo nuevo se acerca:
¿Y si no soy suficiente?