Capítulo 4
V ivianne Fox lleva cuarenta y ocho horas investigando el proyecto Crest Bank y lo que ha encontrado es peor de lo que Jenna Callahan le describió, lo cual ya es decir bastante, porque la chica no se cortó ni un pelo.
Está sentada en su despacho de la planta catorce con la puerta cerrada, tres pantallas abiertas en el ordenador y una carpeta física sobre la mesa que contiene todo lo que necesita para tomar una decisión que va a arruinarle el día a varias personas.
La carpeta incluye: el cronograma original del proyecto comparado con el estado actual, un análisis de las funcionalidades prometidas al cliente frente a las que realmente existen, las actas de las reuniones entre Scarlett Bolt y Crest Bank que Vivianne ha conseguido del servidor compartido y un resumen de las conversaciones discretas que ha mantenido con tres miembros del equipo técnico que han confirmado, punto por punto, todo lo que Jenna le dijo.
El resultado es un desastre monumental. No hay otra forma de describirlo.
El proyecto lleva cuatro meses de retraso sobre un cronograma que ya era agresivo.
Los módulos de seguridad, que en un software bancario son lo primero que debería estar terminado, están sin empezar.
Scarlett le ha prometido al cliente una plataforma con funcionalidades que ni siquiera figuran en el alcance original del contrato y, lo más grave, ha presentado una demo al CEO de Crest Bank que era un prototipo sin ningún código detrás.
Si el cliente descubre que lo que le enseñaron era humo, Axis perderá el contrato, la reputación y probablemente recibirá una demanda millonaria que se llevará por medio no solo el trabajo de Scarlett, sino el de Jenna y el suyo propio.
Siente un escalofrío y se remueve incómoda.
Vivianne cierra la carpeta y se recuesta en la silla.
Siente cómo la rabia le va arañando la piel y esta es incluso peor que escuchar al imbécil de su exmarido llamarla vieja con la coletilla de «aburrida» mientras recogía sus trajes marrones ―todos marrones, sí― del armario que compartían.
Necesita serenarse antes de nada porque Vivianne tiene la suficiente experiencia en manejar este tipo de caos y sabe perfectamente que el control es esencial para tratar una crisis, o en este caso, un trabajo hecho como la mismísima mierda.
Coge el teléfono y marca la extensión de Jason Park; no se lo pide a la secretaria, lo hace directamente ella porque a Vivianne estos problemas le gusta resolverlos sola de principio a fin.
―Jason, necesito que vengas a mi despacho ―la línea se mantiene en silencio al otro lado―. Ahora mismo.
No da tiempo a que Jason responda; directamente cuelga, se levanta, se alisa la blusa y coloca la carpeta en el centro de la mesa, donde Jason pueda verla en cuanto se siente.
Es un gesto que hace a conciencia y que también es algo dramático, pero Vivianne sabe que todos los elementos visuales son claves cuando necesitas que alguien entienda la gravedad de lo que está a punto de escuchar.
Jason Park llega quince minutos después con un gesto de tranquilidad que irrita a Vivianne.
Intuye que, ha caminado a paso lento, pausado y que ni siquiera estaba en su despacho cuando lo ha llamado.
Vivianne lo nota y ese detalle que para muchos es insignificante ―evidentemente para ella no―, le confirma que Jason es el tipo de hombre que elige la comodidad por encima de la eficiencia, incluso cuando su jefa le dice «ahora».
―Vivianne ―saluda con esa detestable sonrisa que tiene de vendedor de coches usados―. ¿Qué necesitas?
―Siéntate, Jason.
Se sienta como si Vivianne lo estuviera invitando a jugar ajedrez, pero cuando ve la carpeta, algo cambia en su rostro, un destello de pánico que intenta disimular cruzando las piernas y apoyando el codo en el reposabrazos como si estuviera en una terraza tomando un café.
―¿Es sobre los márgenes del trimestre? ―Jason hace un primer intento―. Porque tengo los números preparados y...
―Es sobre Crest Bank.
La detestable sonrisa se congela y Vivianne lo observa con ojos fríos. Le deja unos segundos para que entienda hacia dónde va la reunión, pero Jason no tiene ánimos de esperar.
―¿Qué pasa con Crest Bank? ―pregunta bajando la voz.
Vivianne se mantiene en silencio mientras abre la carpeta y la gira para que él pueda verla.
―Pasa que el proyecto lleva cuatro meses de retraso ―Jason compone un gesto de sorpresa y Vivianne levanta una ceja―.
Scarlett Bolt le ha prometido al cliente funcionalidades que no están en el contrato y que no se pueden entregar en el plazo establecido.
Los módulos de seguridad ni siquiera se han empezado.
Y pasa que tú lo sabías, o deberías haberlo sabido, porque Jenna Callahan te lo comunicó tres veces y no hiciste nada.
A Jason la piel del cuello se le mancha de un rojo preocupante. Sabe que algo tiene que decir, así que abre la boca, pero Vivianne levanta una mano.
―No he terminado ―dice la directora de la oficina de Nueva York―.
La demo que Scarlett le presentó al CEO de Crest Bank hace dos semanas no eran más que dibujos bien hechos.
Sin código detrás, sin base de datos real, sin nada.
Si el cliente pide una prueba de lo que vio, no tenemos absolutamente nada que enseñarle.
¿Tienes idea de lo que eso significa legalmente?
―Vivianne, Scarlett me aseguró que el equipo estaba en plazo y que...
―¿Y tú le creíste sin comprobarlo? ―la voz de Vivianne no ha subido ni medio decibelio, pero el efecto es más devastador que un grito―.
Eres el director de la cuenta, Jason. Tu trabajo consiste en supervisar los proyectos bajo tu responsabilidad, no en aceptar lo que te digan sin verificar nada.
Llevas meses sentado en tu despacho mientras uno de los contratos más importantes de esta oficina se iba a pique, y cuando una miembro de tu equipo te alertó, tu respuesta fue decirle que se tomara un día libre.
Jason traga saliva a la vez que maldice a Jenna, porque está bastante seguro de que ha sido ella la que se fue de la lengua. Vivianne puede ver cómo Jason busca una salida, una excusa, algo que le permita salir de esta reunión con algo de dignidad.
―¿Qué quieres que haga? ―pregunta, y a Vivianne le parece patético que esa sea su respuesta.
―Scarlett sale del proyecto hoy. La reasigno a tareas internas hasta que decida qué hacer con ella.
Tú vas a responder ante mí directamente sobre todo lo relacionado con Crest Bank a partir de este momento, y si descubro que hay algo más que no me has contado, esta conversación va a parecerte una charla amistosa comparada con la siguiente. ¿Está claro?
La voz de Vivianne es tan venenosa como tranquila. Una depredadora disfrazada de un precioso cordero que no necesita mostrar sus dientes para explicar lo letal que puede llegar a ser.
―Está claro ―dice Jason, y su aspecto de repente es lamentable. Parece entender que su carrera pende de un hilo muy fino que ahora está en las manos de una mujer que no perdona dos veces.
―Puedes irte.
Jason se levanta y sale del despacho sin la sonrisa con la que entró. Vivianne espera a que la puerta se cierre para soltar el aire que lleva conteniendo durante toda la reunión. Se pasa una mano por el pelo y mira la carpeta abierta sobre la mesa.
Ahora necesita a alguien que arregle esto.
Alguien metódico, riguroso y capaz de entrar en un proyecto en llamas sin miedo a quemarse en el proceso.
No se autoengaña, sabe exactamente quién es esa persona y lo único que le molesta es que tendrá que exigir en vez de pedir, y a Vivianne jamás le ha gustado hacer eso con Sloane, aunque lleve cinco años siendo su jefa.
Varias horas después, Vivianne llega al apartamento de Park Slope con una botella de vino que no es un Malbec de cuarenta dólares, sino un Pinot Noir de setenta, lo que le indica a Sloane que su hermana quiere algo antes de que abra la boca.
―¿Qué has hecho? ―pregunta Sloane desde la cocina, donde está preparando una ensalada para la cena.
Antes de que Vivianne pueda decir algo, sus ojos observan horrorizada el orden perfecto sobre la encimera.
Hay una tabla de madera sobre una pequeña toalla de color blanco impecable y encima de ella ―cortada en cuadrados exactos― hay una cebolla, tomates de diferentes colores y algo verde parecido al pepino.
Luego hay dos cuencos, uno con una mezcla de lechugas y el otro con pollo cortado en tiras.
Sloane tiene alineados cuatro botes de especias y una botella de aceite. Menuda maniática.
―¿Por qué asumes que he hecho algo? ―Vivianne desvía la mirada de la encimera y enfoca a su hermana.
―Porque traes un Pinot Noir que, como poco, habrá costado sesenta dólares, y no estamos celebrando nada que yo sepa ―contesta Sloane mientras emulsiona la vinagreta.
Vivianne deja la botella sobre la mesa y se sienta en el taburete que ya considera suyo, aunque Sloane lo niegue constantemente.
―Me ha costado setenta dólares y necesito hablar contigo de trabajo ―dice, quitándose los zapatos de cualquier manera, haciendo que Sloane se agache automáticamente y los coloque correctamente en una esquina.
―¿Quieres hablarlo antes o después de cenar?
―Antes ―dice, y suelta un bufido―, aunque puede que se te quite el apetito.
Sloane deja el cuenco y la mira. Vivianne tiene la mandíbula tensa y los ojos cansados, dos señales de que algo muy serio ha ocurrido, y al menos agradece que sea trabajo y no familia.
―¿Recuerdas lo que te conté sobre los cambios en la empresa? ―empieza Vivianne.
―Sí, la reunión en Chicago.