Entre el orden y el caos Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Jenna da otro trago a la cerveza y mira hacia la barra.

Podría contarle lo de su hermano Gabriel, lo del abogado, lo de los dos años de cárcel que sus padres quieren que acepte como si fuera un castigo menor.

Nathan lo sabe todo, porque él es la única persona con la que Jenna se desahoga, pero esta noche no quiere hablar de eso.

Esta noche quiere jugar al billar, beber cerveza y no pensar en nada que le duela.

―Estoy bien ―dice, y se inclina sobre la mesa para hacer su siguiente tiro.

Esta vez lo mete. Limpio, rápido, con ese giro de muñeca que lleva practicando desde que tenía diecisiete años y jugaba en el bar de la esquina en Dorchester con los amigos de su padre, mientras su madre la miraba desde la barra con una mezcla de orgullo y resignación.

Jenna Callahan es muchas cosas, pero sobre la mesa de billar es imbatible, y eso es lo más parecido a la paz que conoce.

Nathan pide otra ronda y Jenna se sienta en un taburete alto junto a la mesa mientras esperan.

El bar está lleno para ser un jueves: hay un grupo tocando algo que suena a folk irlandés en la esquina del fondo, parejas en las mesas y gente en la barra gritando por encima de la música.

Es el tipo de sitio donde Jenna se siente cómoda, ruidoso, desordenado, vivo, todo lo que su oficina no es y todo lo que necesita después de doce horas delante de una pantalla.

La ve cuando está cogiendo la cerveza que le pasa Nathan.

Está en la barra, tres taburetes más allá, y lo primero que Jenna observa es la risa, una risa abierta que le llega por encima de la música y que hace que gire la cabeza de forma automática.

Es una mujer de unos treinta y pocos, con el pelo rubio cortado por encima de los hombros y una chaqueta de cuero que le queda demasiado bien.

Está hablando con una amiga, pero cuando Jenna la mira, sus ojos se encuentran y la mujer le sostiene la mirada medio segundo más de lo necesario antes de volver a su conversación.

Jenna conoce bien esa mirada. La conoce mejor que las reglas del billar y el sabor de la cerveza barata: de memoria y sin esfuerzo.

―Ni se te ocurra ―dice Nathan, que ha seguido la dirección de sus ojos.

―¿El qué?

―Lo que estás pensando.

―No estoy pensando nada ―miente Jenna, dándole un trago a la cerveza.

―Estás pensando en esa rubia que acaba de mirarte como si fueras el último trozo de pizza en la caja.

―Qué comparación más romántica, Nathan.

―No buscas romance, Callahan. Buscas lo que buscas siempre y lo sabes.

Jenna le da un empujón en el hombro y Nathan se ríe con esa risa grave que tiene y que hace que la gente se gire.

Es verdad, no busca romance. Jenna no busca eso desde hace tiempo ―quizá nunca lo ha buscado de verdad― porque el romance implica quedarse y ella no tiene claro que sepa hacerlo.

Lo que busca es más sencillo y sincero: piel contra piel, el calor de otro cuerpo, el vacío que se llena durante una hora o dos y que después vuelve a vaciarse, pero al menos durante ese rato no piensa en el proyecto ni en Gabriel ni en su madre o en algo que le haga daño.

Es su forma de gestionar la presión y lo sabe. No es la más sana ni la más madura, pero funciona, y Jenna Callahan es una mujer práctica.

La rubia se acerca cuando Nathan se levanta para ir al baño, lo que a Jenna le parece una coincidencia demasiado conveniente como para ser casual. Se coloca a su lado en la mesa de billar y coge un taco de la pared como si fuera algo que hace todos los días.

―¿Juegas? ―pregunta, mirando a Jenna con una sonrisa que no trata de ocultar la atracción que siente por ella.

―Claro ―responde Jenna―. ¿Sabes jugar?

―Suficiente para que no te aburras.

Jenna sonríe y coloca las bolas en el triángulo.

La rubia se llama Kate, es abogada, tiene treinta y dos años y una forma de inclinarse sobre la mesa de billar que a Jenna le seca la boca, aunque la culpa es más de las tres cervezas que de Kate.

O quizá no. Kate tiene unos ojos azules que parecen divertidos todo el rato y una cintura estrecha que la chaqueta de cuero marca de una forma que a Jenna le cuesta no mirar.

Nathan vuelve del baño, ve la escena y coge su chaqueta del respaldo de la silla.

―Supongo que me voy a casa ―dice, mirando a Jenna con una expresión que es mitad reproche y mitad cariño.

―No te me pongas tan cerca que me espantas a los ligues ―le dice Jenna guiñándole un ojo cuando él se acerca para besarla.

―Cuídate, idiota ―Nathan le da un beso en la coronilla y se va.

Kate gana la primera partida, lo que sorprende a Jenna y la excita a partes iguales porque Jenna Callahan no pierde al billar, pero cuando lo hace, quiere saber qué más puede hacer la persona que le ha ganado.

La segunda partida no la terminan. A mitad del juego, Kate se inclina para hacer un tiro y Jenna se coloca detrás de ella para supuestamente corregirle la postura, y cuando sus cuerpos se rozan y Kate gira la cabeza para mirarla desde abajo, las dos saben que el billar ha dejado de importar.

―¿Tu casa o la mía? ―pregunta Kate con la misma naturalidad con la que ha cogido el taco.

―La tuya ―responde Jenna, porque nunca lleva a nadie a su casa. Su casa es suya, su desorden y su cama son el único sitio donde no tiene que ser nada para nadie.

Salen del bar y el aire frío les golpea la cara. Kate para un taxi, Jenna se mete detrás de ella y las manos de Kate están en su pelo antes de que el taxista arranque. Se besan en el asiento trasero con la urgencia de dos personas que no se conocen, pero que saben exactamente para qué están ahí.

En el apartamento de Kate, que está en algún sitio de Williamsburg que Jenna no registra porque tiene otras prioridades, follan contra la puerta, en el sofá y finalmente en la cama, donde Kate demuestra que el billar no es lo único en lo que es buena.

Jenna se deja llevar con la facilidad de alguien que ha hecho esto muchas veces y que sabe separar el cuerpo de todo lo demás: de la cabeza, del corazón y de las preocupaciones que la esperan al otro lado de la puerta.

Ahora mismo, lo único que existe son las manos de Kate, su boca, la presión de su cuerpo contra el suyo y el orgasmo que le llega con un latigazo que le recorre la columna y le vacía la mente durante unos segundos que son lo más parecido al silencio que Jenna consigue estos días.

Después, tumbada en una cama que no es la suya, con la respiración normalizándose y las piernas enredadas en sábanas que huelen a suavizante caro, Kate le acaricia el brazo y le pregunta si quiere quedarse a dormir.

―No ―dice Jenna con una sonrisa que es amable, pero no deja espacio a la negociación―, aunque te lo agradezco.

Se viste, se despide con un beso en la mejilla que sabe a despedida definitiva y sale a la calle.

Son las dos de la mañana y Williamsburg está más silencioso de lo habitual.

Jenna camina hasta la parada del metro con las manos en los bolsillos y la cabeza por fin vacía, al menos durante los veinte minutos que tarda en llegar a casa.

Cuando abre la puerta de su apartamento en Bushwick, ve el móvil en la mesa de la entrada, donde lo dejó antes de salir porque esta noche no quería que el mundo exterior la encontrara. Tiene cuatro llamadas perdidas de su madre y un mensaje de texto.

Jenna, el abogado dice que necesita una respuesta esta semana. Por favor, piénsalo. Lo hacemos por Gabriel. Lo hacemos por la familia.

Jenna deja el móvil boca abajo en la mesa, se mete en la ducha y deja que el agua caliente le caiga encima hasta que se le arruga la piel de los dedos.

El vacío ha vuelto, siempre lo hace.