Entre el orden y el caos Capítulo 3
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Capítulo 3

J enna camina por los pasillos de la planta catorce a las nueve y cuarto de la mañana con el documento que escribió anoche en una mano y un café que esta vez está caliente en la otra.

No ha pedido cita, no ha avisado y no ha seguido el protocolo de «habla con tu jefe directo antes de saltarte la cadena de mando» porque su jefe directo es Jason Park y ese hombre es un mueble con corbata con el que ya ha hablado otras veces sin obtener ningún resultado.

La zona por la que camina es otro mundo.

Si donde trabaja Jenna, es una trinchera de escritorios abiertos, cables enredados y pantallas con código, esa parece el vestíbulo de un hotel boutique: moqueta gris, paredes de cristal, despachos con puertas que se cierran y un silencio que a Jenna le produce desconfianza porque el silencio en una oficina significa que la gente que trabaja ahí no necesita hablar en voz alta para que las cosas pasen, y eso le parece aterrador y fascinante a partes iguales.

La asistente de la directora, una mujer de unos treinta años con un moño perfecto y una sonrisa que parece fabricada en serie, la mira como si acabara de ver a un mapache entrar en una joyería.

―Buenos días. ¿Tiene cita?

―No ―dice Jenna―. Necesito hablar con Vivianne Fox.

―La señora Fox tiene la agenda completa hasta las tres de la tarde. ¿Quiere que le programe una cita para...?

―No quiero una cita ―Jenna baja la voz porque no quiere montar un espectáculo, pero su firmeza es innegociable porque ya empieza a estar desesperada―.

Necesito cinco minutos. Es urgente y tiene que ver con un proyecto que puede costarle a esta empresa varios millones de dólares.

Si la señora Fox no quiere recibirme después de saber eso, me voy encantada. Soy Jenna Callahan, por cierto.

Amber parpadea dos veces, coge el teléfono y habla en voz baja. Treinta segundos después cuelga y le señala el pasillo.

―Entra por esa puerta a la derecha. Te está esperando.

Jenna camina por el pasillo con la espalda recta y el pulso acelerado.

No está nerviosa; está cabreada, que es un estado emocional mucho más productivo y el único que conoce para hacer cosas difíciles.

Se detiene frente a la puerta del despacho de Vivianne Fox, llama con los nudillos y entra sin esperar respuesta.

El despacho es amplio, luminoso, con una mesa de madera oscura que parece pesar más que todo el mobiliario de la planta catorce en su conjunto.

Vivianne Fox está sentada detrás de ella con el pelo corto impecable, una blusa de seda gris y una mirada que para Jenna es indescifrable.

La ha visto en las reuniones generales, siempre al fondo de la sala, pero de cerca es diferente: tiene una presencia imponente y unos ojos marrones que te miran como si ya supieran lo que vas a decir antes de que abras la boca.

―Jenna Callahan ―dice Vivianne―. Líder del equipo de desarrollo en Crest Bank.

―Sí ―Jenna se queda de pie porque nadie la ha invitado a sentarse y porque está sorprendida de que la mujer se haya molestado en saber quién es en los treinta segundos que ha tardado en llegar a su despacho.

―Siéntate ―dice Vivianne, señalando la silla frente a la mesa―. Y explícame por qué estás aquí en vez de en tu zona trabajando.

Jenna se sienta, deja el documento en la mesa y empieza a hablar.

Se lo cuenta todo. Sin filtro y sin los eufemismos que usa la gente de oficina para decir que algo es un desastre sin que parezca que lo es.

―Scarlett Bolt es una incompetente que lleva meses prometiéndole al cliente funcionalidades que no existen ―Vivianne, que no se impresiona con facilidad, levanta las cejas cuando la escucha.

Para la directora, lo preocupante no es solo lo que Jenna le cuenta, sino el tono desesperado con el que habla. Está roja y apenas respira, como si su cuerpo llevara meses fabricando una bomba de relojería que acaba de explotar.

―El cronograma del proyecto es pura ficción y está completamente alterado, llevamos cuatro meses de retraso sobre un plazo que ya era imposible, y los módulos de seguridad que un banco necesita para operar con diez millones de clientes están sin empezar.

La mitad de mi equipo está compuesto por júniors que necesitan supervisión constante y llevo seis meses trabajando doce horas al día para mantener el proyecto a flote mientras Scarlett va a reuniones con el cliente vestida para la alfombra roja y manda emails con emojis de aplausos.

Vivianne parpadea, sorprendida, y cierra la boca cuando iba a hablar porque, al parecer, Jenna no ha terminado.

La escucha sin interrumpir. No toma notas, no asiente y no hace ninguno de esos gestos que los jefes hacen para fingir que están escuchando cuando en realidad están pensando en la comida.

Escucha con una atención total que a Jenna le resulta desconcertante porque no está acostumbrada a que alguien con poder la tome en serio.

―He hablado con Jason tres veces y no ha hecho absolutamente nada.

Jenna jadea para coger aire cuando termina, y Vivianne, tras esperar unos segundos por si quiere añadir algo más, coge el documento que Jenna ha dejado frente a ella y lo ojea durante un minuto. Después lo deja, se recuesta en la silla y la mira fijamente.

―¿Por qué no has venido antes?

La pregunta pilla a Jenna desprevenida.

―Porque intenté resolver el problema por la vía correcta. Hablé con Jason. Varias veces.

―Y Jason no hizo nada ―completa Vivianne.

―Jason me dijo que me tomara un día libre.

Vivianne aprieta los labios de una forma que le recuerda a Jenna el gesto que hace su madre cuando está a punto de decir algo que va a dolerle a alguien, pero cuando habla, su voz es calmada.

―Has hecho bien en venir directamente a mí, Jenna.

No debería haber sido necesario, pero has hecho lo correcto ―Vivianne coge el documento otra vez―.

Voy a investigar esto personalmente, pero para eso necesito que no hables de esta conversación con nadie de tu equipo, y mucho menos con Scarlett o con Jason. ¿Entendido?

―No se preocupe, a Jason le entraría por una oreja y le saldría por la otra, y Scarlett… Ella solo escucha cuando el cliente le pide un disparate que después aprueba con felicidad ―suelta con sarcasmo, atrapada en ese bucle de desesperación que la ha traído hasta aquí.

Vivianne levanta una ceja como respuesta y Jenna vuelve a la realidad y se yergue en la silla.

―Entendido, no hablo con nadie ―dice al fin.

―Excelente. También necesito que sigas haciendo tu trabajo como si nada hubiera cambiado, al menos durante unos días, hasta que tenga toda la información y pueda tomar decisiones.

Jenna asiente, aunque la idea de volver a su zona y fingir que todo sigue igual le produce náuseas.

―Una cosa más ―dice Vivianne cuando Jenna se levanta para irse―. Gracias por escalar el problema hasta mí.

Jenna la mira sin saber qué hacer con esa palabra porque nadie en Axis le ha dado las gracias por nada en seis meses. Asiente con la cabeza y sale del despacho con la sensación de que acaba de lanzar una granada y ahora solo queda esperar a que explote.

A las ocho de la noche, Jenna está en O'Malley's, un bar en el Lower East Side que huele a cerveza y madera húmeda cuando te acercas a la barra.

La música suena alta, alguna mezcla de rock indie que el dueño pone y que a Jenna le parece perfecta porque necesita ruido, que algo externo tape el que tiene dentro de la cabeza.

Está jugando al billar con Nathan Collins, su mejor amigo, que trabaja como diseñador gráfico en una agencia de publicidad en Brooklyn y que no tiene absolutamente nada que ver con Axis Integration Group, lo cual es una de las razones principales por las que Jenna lo quiere: cuando está con él, no existe el proyecto Crest Bank ni Scarlett Bolt ni los emails con emojis de aplausos.

Nathan es un tipo de treinta y un años, negro, alto, con una barba recortada con una precisión que Jenna envidia porque ella no es capaz de mantener ni siquiera sus cejas en orden.

Tiene un sentido del humor que oscila entre lo brillante y lo ofensivo, y es la única persona en el mundo que puede decirle a Jenna que está siendo idiota sin que ella le rompa el taco de billar en la cabeza.

―Estás jugando fatal ―dice Nathan, mirando cómo Jenna falla un golpe que debería haber metido con los ojos cerrados.

―Estoy jugando como siempre.

―No, cuando juegas como siempre, ganas. Hoy estás tirando como si el taco te hubiera hecho algo personal.

Jenna se endereza, se aparta el pelo de la cara y le da un trago a su cerveza.

Es la segunda, lo que significa que todavía está en la zona de «puedo hablar de mis problemas sin ponerme dramática», aunque la frontera con «voy a contarte mi vida entera y a llorar en el baño» está más cerca de lo que le gustaría.

―He ido a hablar con la directora de la oficina esta mañana ―dice, apoyándose en la mesa de billar.

Nathan levanta las cejas.

―¿La jefa de tu jefa? ―pregunta para asegurarse.

―Más bien con la jefa del jefe de mi jefa.

Nathan frunce el ceño mientras trata de calcular el puesto de la mujer.

―Joder, Jenna. ¿Te has saltado dos niveles? ―dice al fin, divertido―. Sí que vas fuerte.

―Scarlett no debería contar como un nivel, pero sí.

Nathan silba por lo bajo y se inclina para hacer su tiro. Mete la bola con un golpe limpio que a Jenna le parece insultante.

―¿Y cómo ha ido?

―Bien, creo. Me ha escuchado, que es más de lo que ha hecho cualquier otro en esa empresa. Dice que va a investigar.

―¿Y tú te lo crees?

Jenna lo piensa un segundo antes de asentir.

―Sí. Vivianne Fox no tiene pinta de ser de las que dice cosas que no piensa cumplir. Si la vieras, lo entenderías.

―Entonces a esperar. ¿Algo más que te tenga con esa cara de querer pegarle a alguien?