Capítulo 2 #2
―Papá ha llamado hoy ―dice Vivianne cuando termina su plato de pasta―. Quieren venir a vernos un fin de semana. Lydia tiene ganas de ir a esa exposición del MoMA.
―Dile que vengan cuando quieran ―Sloane intenta no sonreír porque sabe que el siguiente comentario hará saltar a su hermana―. La habitación de invitados es suya.
Vivianne bufa como un gato naranja y se yergue en la silla.
―La habitación de invitados es mía, Sloane ―se señala a sí misma por sí existe alguna duda.
Sloane se encoge de hombros.
―Temporalmente ―suelta con tranquilidad.
Vivianne le lanza una servilleta que ha hecho una bola y que Sloane esquiva sin derramar una gota de vino, lo cual demuestra que sus reflejos son mejores de lo que su hermana cree.
―¿Cómo te va en el proyecto de Atlantic Insurance? ―pregunta Vivianne, cambiando de tema, no porque esté incómoda, sino porque hablar de trabajo es su zona segura.
Ambas caminan hasta el sofá después de meter los platos en el lavavajillas.
Sloane deja la copa en la mesa y se pone cómoda.
Su proyecto actual es una migración de sistemas para una aseguradora mediana de New Jersey, el tipo de trabajo que Sloane podría hacer con los ojos cerrados.
De los que no requieren más creatividad que la necesaria para resolver problemas lógicos.
Le gusta su equipo, el cliente es bastante decente y le encanta que todo funcione según lo previsto, lo que probablemente dice mucho sobre ella como persona, aunque en cualquier caso le permite dormir por las noches.
―Va bien. Estamos dentro del plazo y del presupuesto, y el cliente está contento. Lo normal.
―Lo normal para ti ―precisa Vivianne porque sabe que, en otros proyectos, el caos sería más habitual―. Para el resto de los mortales, estar en plazo y en presupuesto es un milagro.
―Si lo planificas bien, eres realista y sabes lo que haces ―Sloane enumera su lista personal―, las cosas deberían funcionar.
―Te has descrito tú en tres frases ―Vivianne se muerde los labios―. La que planifica hasta cómo respirar.
Sloane no discute porque es verdad. Planifica el trabajo, las comidas de la semana, las rutas de senderismo que hace varias veces al mes por Bear Mountain o en Harriman State Park, donde camina sola durante horas con los auriculares puestos y un podcast sobre historia o ciencia, porque Sloane necesita el silencio de la naturaleza para equilibrar el ruido de su cabeza, que nunca para.
―¿Cómo está todo por arriba? ―pregunta Sloane, refiriéndose a la dirección general de Axis.
Vivianne suspira y durante un par de segundos piensa en las cientos de cosas que están ocurriendo.
―La presión de beneficios es brutal. Chicago quiere un quince por ciento más de margen en todos los proyectos nuevos y Nueva York tiene que compensar lo que San Francisco no ha facturado este trimestre.
Cada semana recibo un email de la central preguntándome por qué no estamos vendiendo más y por qué los costes no bajan, como si yo pudiera hacer magia con los mismos recursos de siempre.
Sloane no envidia en absoluto el puesto de su hermana.
―¿Y cómo lo estás gestionando?
―Como siempre. Apretando donde puedo, protegiendo los proyectos que funcionan y rezando para que los que van a pedales no exploten antes de que pueda arreglarlos.
―Vivianne hace una pausa, se acaba lo que le queda en su copa y casi hace un puchero―.
Hoy he recibido una llamada sobre unos cambios que se harán en Axis.
Sloane la mira con atención. Vivianne tiene una forma de hablar sobre los problemas del trabajo que es bastante vaga cuando aún está procesando la información, como si necesitara decirlo en voz alta para darle forma antes de decidir qué pueden significar.
―¿Qué cambios? ―pregunta, porque ha notado un leve movimiento en los labios de Vivianne que delata que empieza a estar preocupada.
―Todavía no tengo los detalles; cuando los tenga, te diré lo que pueda ―Vivianne siendo Vivienne―. Lo único que tengo claro es que afectará a todas las sedes, porque dentro de unas semanas tengo que viajar a Chicago para una reunión presencial en la que estaremos todos los responsables de oficina.
―Suena serio entonces ―opina Sloane.
Vivianne hace un gesto que parece despreocupado, pero ambas saben que no lo es.
―Últimamente todo parece serlo ―dice―. Con la llegada de nuevas tecnologías, quieren que seamos menos los que estamos por aquí. A mí me parece absurdo; hay demasiadas cosas que, por muy avanzado que esté todo, no pueden dejar de hacer los humanos.
―Estoy de acuerdo ―contesta Sloane, pensando en lo rápido que avanzan las herramientas tecnológicas y lo mucho que quieren beneficiarse las empresas teniendo menos personal.
―¿Y tú? ―pregunta Vivianne, y el cambio de tono indica que ha dejado de hablar la directora y ha empezado a hablar la hermana―. ¿Cómo estás?
―Pues como siempre, bien, tranquila ―lo dice moviendo ligeramente los hombros―. El trabajo va bien, la casa está bien, todo está bien.
―Demasiados «bien» para una mujer que vive sola con tres plantas y un sistema de especias ordenadas alfabéticamente.
Sloane se ríe, un sonido corto que le sale por la nariz, y mira a su hermana con cariño.
―No estoy sola ―Sloane señala a Vivianne―. Tú estás aquí.
―Temporalmente ―repite Vivianne, usando la misma palabra de antes con intención.
Sloane la mira y sabe lo que su hermana está preguntando sin ser directamente descarada: si sale con alguien o al menos ha intentado conocer a alguna persona.
Y lo más importante, si tiene alguna perspectiva de no pasar el resto de su vida en este apartamento impecable con sus libros ordenados por colores y sus plantas regadas gracias a los recordatorios de una aplicación.
La respuesta es no, pero Sloane no quiere verbalizarlo porque cada vez que lo hace, Vivianne pone cara de cachorro abandonado y luego la abraza como si Sloane se estuviera muriendo en una cama de hospital.
―No necesito a nadie para estar bien ―lo dice con una convicción con la que ganaría un premio a la mejor actriz.
Se lo ha dicho tantas veces que se lo cree o, al menos, la mayor parte del tiempo.
Tiene un trabajo que le gusta, una hermana que la quiere, un padre que la eligió y un apartamento que es suyo.
Tiene sus rutas de senderismo que le encantan, sus interesantes podcasts y una rutina que la mantiene en pie.
Todo eso debería ser suficiente, pero hay ocasiones en las que no se siente tan bien como dice ―últimamente más veces de las que a Sloane le gustaría― cuando se despierta en una cama que siempre está fría en el otro lado o cuando piensa en ese padre que se fue sin decir adiós cuando ella tenía cuatro años; entonces la pregunta le atraviesa la mente porque a Sloane no le gustaría saber que Daniel Price se fue por su culpa.
No es un pensamiento que tenga a menudo, y eso lo agradece porque si tuviera que examinarlo, confirmaría que debajo hay una herida que no ha sanado y que probablemente no sanará nunca.
Sloane Price no es una monja de convento; ha tenido noches de locura y también tres relaciones de las largas en los últimos quince años, todas con mujeres y todas terminadas por razones que compartían el mismo patrón porque llega un momento en que Sloane se cierra, la otra persona se cansa y al final se va.
Entonces llega un dolor enorme que Sloane siente como un navajazo, seguido de un alivio casi igual de grande, porque al menos ya no tiene que esperar a que pase, que se vayan sin avisar.
―No te estoy diciendo que necesites a nadie ―dice Vivianne, que conoce a su hermana mejor que nadie―. Te estoy diciendo que mereces a alguien. Son cosas distintas.
Sloane no contesta; lo que hace es coger las copas vacías de la mesa baja y levantarse para llevarlas hasta la cocina.
Luego se dedica a lavarlas con calma, como si necesitara que quedaran impolutas, y por último las seca con cuidado.
Vivianne la mira desde el sofá, pero no insiste; lo que hace es estirarse sobre los perfectos cojines de Sloane y suelta un suspiro de placer.
―Buenas noches, Viv ―dice Sloane, y se acerca para besar la mejilla de su hermana.
―Lávate los dientes ―la molesta Vivianne y, cuando mira la expresión de Sloane, suelta una carcajada alegre que solo se permite con ella.
Sloane se mete en su habitación después de asearse y empieza a ponerse el pijama de rombos azules.
No quiere darle vueltas a lo que le ha dicho Vivianne porque ella no tiene demasiado claro que merezca a alguien, no con sus inseguridades.
Además, es feliz tal y como está, y traer a alguien más a su vida sería alterar todo lo que ha construido de manera casi perfecta a lo largo de los años.
Con ese pensamiento se mete en la cama, se coloca los tapones para dormir y suelta un suspiro de comodidad. Mañana será un nuevo día, uno seguro con sus rutinas y el trabajo que tanto le gusta.