Entre el orden y el caos Capítulo 2
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Capítulo 2

Sloane Price tiene una regla sobre el vino: nunca más de dos copas entre semana.

Es una regla que se impuso a sí misma hace años, cuando descubrió que su tendencia al control se extendía también a las cosas que consume, y que necesitaba al menos una norma que le recordara que no pasa nada por relajarse alguna vez, siempre y cuando sea de forma controlada. La ironía no se le escapa.

Esta noche va por la segunda copa y Vivianne por la tercera, lo que significa que su hermana ha tenido un día peor que el suyo o que simplemente le da igual lo que Sloane opine sobre el consumo de alcohol un miércoles por la noche. Probablemente, sea lo segundo.

Sloane también trabaja en Axis Integration Group.

Lleva cinco años liderando proyectos en la oficina de Nueva York y, aunque su hermana es la directora, Vivianne solo la ayudó a conseguir la entrevista en la oficina central, que entrara a la compañía y lo hiciera con ese cargo; fue solo mérito de Sloane.

―¿Más? ―pregunta Vivianne, levantando la botella. Hay una sonrisa afilada que baila en sus labios.

Sloane la mira y entrecierra los ojos.

―Estoy bien ―le enseña su copa, que aún tiene suficiente vino.

Vivianne hace un sonido con la boca que parece la pedorreta que se le hace a un bebé para hacerlo reír.

―Sloane, es un Malbec que me ha costado cuarenta dólares ―Vivianne frunce el ceño leyendo la etiqueta―. No lo voy a tirar.

―No tienes que tirarlo ―Sloane lo dice mientras estira la espalda y se hace una nota mental para llamar a su fisioterapeuta―. Puedes dejarlo para mañana.

Vivianne la mira como si Sloane le hubiera gritado algún improperio terrible y chasquea la lengua mientras se sirve lo que queda en la botella.

Dejar un Malbec abierto es un concepto que no le entra en la cabeza; además, hace años que Vivianne decidió que las reglas de Sloane nunca se aplicarían a ella. Así que ahí va su cuarta copa de vino.

Están sentadas a la mesa del apartamento de Sloane en Park Slope, Brooklyn.

Es un piso de dos habitaciones con un salón-comedor abierto a la cocina que Sloane compró hace tres años con sus ahorros y una hipoteca muy por debajo de la que seguramente pagan sus vecinos.

Lo adquirió en un buen momento que coincidió con la lamentable muerte de la señora Winslow y una familia que quería vender lo antes posible para pagar la costosísima factura del hospital.

Vivianne siempre dice que esos sesenta metros cuadrados reflejan la personalidad de su dueña de manera muy perturbadora.

Los libros no solo están alineados en las estanterías, sino que forman un degradado que va del blanco al negro, pasando por todos los tonos intermedios.

La cocina tiene un sistema de organización que incluye etiquetas en los estantes y un cajón de especias ordenado alfabéticamente.

Las plantas ―tres exactamente― están colocadas en las ventanas según sus necesidades de luz, y Sloane tiene una aplicación en el móvil que le avisa de cuándo regarlas.

El sofá tiene dos cojines que siempre vuelven a su posición después de usarlos, aunque últimamente eso es imposible porque Vivianne lleva dos meses viviendo con ella y su querida hermana mayor no es capaz de dejar las cosas que toca en su estado original ni bajo amenaza de muerte.

―Me gusta lo que has hecho con la pared ―dice Vivianne, señalando con la copa un cuadro que Sloane ha colgado hace poco, una fotografía en blanco y negro de un bosque de abedules que compró en una galería del Village.

―Gracias ―Sloane lo mira y su pulso se ralentiza. Siempre le pasa con el arte.

Vivianne inclina un poco la cabeza mirando el cuadro y entrecierra los ojos.

―Aunque es un poco triste, ¿no crees?

Sloane ni siquiera contiene las ganas de poner los ojos en blanco.

―Es sereno, Vivianne ―le explica con calma.

―Es un bosque vacío en blanco y negro, Sloane ―Vivianne niega con la cabeza porque está segura de que su hermana no ve lo mismo que ella―. Es triste.

Sloane sigue mirando el cuadro y decide que no merece la pena discutir con su hermana sobre estética, porque Vivianne es de las que cuelga láminas de Henri Matisse en el salón y considera que cualquier cosa que no tenga color es una manifestación de depresión latente.

―Termínate el plato ―señala Sloane como si fuera su madre, y Vivianne tuerce el gesto.

La cena ha consistido en pasta con salsa de tomate casera que Sloane ha preparado mientras Vivianne se sentaba en la encimera con la primera copa de vino y le daba unas instrucciones dispersas que Sloane no ha seguido.

Es su ritual de los miércoles desde que Vivianne se mudó temporalmente: Sloane cocina, Vivianne opina; las dos comen y hablan de cualquier cosa que les cruce la mente en ese momento.

Normalmente es trabajo o familia; algunas veces, otras cosas más interesantes.

Vivianne Fox tiene cuarenta y dos años, el pelo corto y oscuro cortado en un pixie que le da un aire de directora de revista de moda, unos ojos marrones que no se pierden nada y un cuerpazo de alguien que va al gimnasio a las seis de la mañana no por salud, sino porque siempre le ha gustado sentirse atractiva y más ahora que el idiota de su exmarido la llamó vieja.

Dirige la oficina de Nueva York de Axis Integration Group con mano de hierro y, aunque es una mujer abierta e incluso empática, a Vivianne le gustan las cosas bien hechas; no tolera errores sin justificación ni tonterías que se hayan podido resolver en cinco minutos y que, sin embargo, se hayan tardado dos días.

Sloane la admira; su hermana mayor siempre ha tenido la capacidad innata de dirigir y, sobre todo, de tomar decisiones difíciles, lo que le produce un poco de envidia, porque Sloane necesita tres días para decidir qué cuadro colgar y Vivianne es capaz de reestructurar un departamento entero antes de la cena.

Sloane no se parece en nada a ella, salvo por la altura, porque la menor de las hermanas tiene una larga melena castaña, los ojos de un color miel que brillan de una manera hipnótica cuando les da la luz y una piel tan blanca como las nubes.

A sus treinta y nueve años, Sloane Price aparenta que tiene diez menos, aunque Vivianne siempre le diga que piensa exactamente igual que la abuela Fox.

―¿Cómo vas con lo de Andrew? ―pregunta Sloane, refiriéndose al exmarido de su hermana. No es un tema que les encante tocar, pero ella tiene que asegurarse de que Vivianne está bien.

―Bien ―suelta con aspereza, porque hablar de Andrew le amarga, aunque la separación no haya sido muy dura.

Salvo lo de llamarle vieja―. Hemos firmado los papeles de la casa.

Él se queda con el apartamento de Manhattan y yo con la parte correspondiente del valor. ¿Te he dicho que ha adoptado un perro?

Los ojos de Sloane se han abierto de manera involuntaria, ¿están hablando del mismo Andrew? ¿El tipo maniático de la limpieza y su alergia a los seres vivos?

―No, no me lo has dicho. Desde luego, lo recordaría.

―Un golden retriever. Se llama Biscuit ―Vivianne bebe un trago y por poco se ahoga. Se aclara la garganta―. Ocho años casada con ese hombre y ahora tiene un perro. A mí no me dejó tener ni una planta en el balcón.

Sloane sonríe porque sabe que Vivianne no está dolida por el perro ni por Andrew ―aunque sí porque la llamó vieja―; está molesta consigo misma por haber tardado tanto en tomar una decisión que Sloane está bastante segura de que sabía que debía tomar a los dos días de haberse casado.

Aunque hay cosas que le cuestan comprender, al final las entiende perfectamente porque las Fox son tercas, orgullosas y con una capacidad espectacular para ignorar lo evidente.

Excepto que hay un detalle poco importante: Sloane no es realmente una Fox. Es una Price, hija de Daniel Price, un hombre que se divorció de su madre cuando ella apenas era un bebé, que desapareció por completo cuando Sloane tenía cuatro años y al que no ha vuelto a ver desde entonces.

Pero la historia es más compleja, porque antes de casarse con Daniel, Margaret estuvo casada con Edward Fox, y juntos tuvieron a Vivianne, pero el matrimonio duró poco, se divorciaron y Margaret enseguida rehízo su vida cuando conoció a Daniel.

Las dos hermanas siempre tienen mucha paciencia para contar esta historia, porque el resumen es que las dos son hijas de Margaret y tienen un padre distinto, solo que el padre de Vivianne ―Edward― jamás se desentendió de su hija.

Iba a buscarla todos los fines de semana y en las vacaciones, cosa que no hizo el padre de Sloane con ella después de dejar a su madre cuando ella apenas tenía cuatro años, y Edward, en cuanto se enteró de lo que estaba pasando, cada vez que iba a buscar a Vivianne, empezó a llevarse con él también a Sloane para no separar a las hermanas, y desde entonces, se convirtió en el padre que Sloane no tenía.

La trató como si fuera su propia hija. No legalmente, no con papeles ni con un apellido, pero sí con cada gesto que ella recuerda como si hubiera sido ayer: los cumpleaños, los deberes, las cenas de Navidad y la mano en el hombro cuando Sloane se graduó en la universidad.

Edward es el padre que Sloane eligió, o más bien, el padre que la eligió a ella, y la diferencia entre ser elegida y ser abandonada es algo que lleva grabado en el pecho como una cicatriz, porque poco después de que su propio padre la abandonase, Margaret rehízo su vida con un tercer hombre, del que se enamoró con una ceguera que la hizo ignorar a las dos hijas que tenía en casa, por lo que fue Edward el que terminó criándolas a ambas.

Ahora Edward vive en Connecticut con Lydia, su segunda mujer, una bastante más joven que él. Lydia tiene una calidez que ha hecho sentir muy bien a las dos hermanas y la habilidad de hacer que Edward se ría de una forma que Margaret nunca consiguió.