Entre el orden y el caos Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Jenna no se tomó un día libre. Lo que hizo fue volver a su mesa, abrir la carpeta de «Emails de Scarlett que me dan ganas de cometer un crimen», guardar el email número ciento veintiuno y seguir trabajando, porque es lo que lleva haciendo toda su vida: seguir adelante cuando todo se cae a pedazos, mantener el barco a flote con las manos, aunque le sangren y no parar, porque si para, piensa, y si piensa, se da cuenta de lo jodida que está la situación, y eso no se lo puede permitir.

El teléfono vibra en la mesa. Jenna mira la pantalla y ve el nombre de su madre: Sophie Callahan.

El estómago se le contrae de forma automática, como un reflejo condicionado que su cuerpo ha desarrollado en las últimas semanas.

No contesta. Deja que vibre hasta que para y después mira el mensaje que llega treinta segundos después.

Llámame cuando puedas. El abogado de Gabriel quiere hablar con nosotros. Es importante, Jenna.

Jenna cierra los ojos y apoya la frente en la mesa.

Gabriel. Su hermano pequeño, al que enseñó a montar en bicicleta, al que ayudó con los deberes de matemáticas, al que intentó sacar de Dorchester con ella cuando consiguió la beca y que la miró con unos ojos que decían «vete tú, yo me quedo» y que ella interpretó como valentía cuando en realidad era resignación.

Gabriel, que ahora está en un centro de detención preventiva esperando juicio por tráfico de drogas, y que no abre la boca para decir quién era la mujer que iba con él en el coche porque Gabriel Callahan es muchas cosas, pero no un chivato, y esa lealtad estúpida y mal dirigida está a punto de costarle quince años de su vida.

No contesta al mensaje. No puede. Si contesta ahora, su madre le dirá lo mismo que le dice cada vez que hablan: que Gabriel es joven, que puede rehacer su vida si sale antes, que Jenna es fuerte y puede sobrevivir dos años, que es lo que haría una buena hermana, decir que ella era la mujer que iba en el coche con Gabriel a pesar de que no es cierto.

Y Jenna no tiene fuerzas para escuchar eso esta noche, no después de doce horas de trabajo, tres correos electrónicos de Scarlett y un júnior que sube código a producción como si fuera un juego.

Abre los ojos y se incorpora en la silla.

La oficina está en silencio, los dos desarrolladores se han ido sin que se diera cuenta y las luces del techo parpadean con esa frecuencia que tienen los fluorescentes cuando llevan demasiadas horas encendidos.

Manhattan brilla al otro lado del cristal con una belleza que a Jenna le parece obscena porque es la ciudad que le prometió que, si trabajaba lo suficiente, si se esforzaba lo bastante, todo saldría bien.

Y aquí está: con veintinueve años, un proyecto que se desmorona, un hermano en la cárcel, unos padres que quieren que se sacrifique por él y un café frío que sabe a derrota.

Jenna mira la pantalla del ordenador, donde los tres emails de Scarlett siguen abiertos, y piensa que tiene que hacer algo.

No puede seguir así, aguantando, absorbiendo los golpes y esperando a que alguien con poder se dé cuenta de que esto es un desastre.

Jason no va a hacer nada. Scarlett no va a cambiar.

El equipo no va a mejorar por arte de magia.

Si alguien tiene que mover ficha, va a tener que ser ella.

Sabe que hay una persona en Axis que puede hacer algo: Vivianne Fox.

La directora de la oficina de Nueva York.

Jenna no la conoce personalmente, solo la ha visto en las reuniones generales de la empresa, una mujer alta, con pelo corto oscuro y una forma de hablar que no deja espacio para tonterías.

Ir directamente a la directora saltándose a Jason y a Scarlett es un movimiento que puede catapultarla o hundirla, pero a estas alturas Jenna tiene tan poco que perder que la idea no le da miedo, le da energía.

Cierra los tres emails de Scarlett sin responder.

Abre un documento nuevo y empieza a escribir un resumen del estado real del proyecto: lo que está hecho, lo que falta, los riesgos, las promesas incumplibles que Scarlett ha hecho al cliente y el tiempo que realmente necesitarían para entregar algo que no explote en la cara de nadie.

No es un documento bonito. Es crudo y directo, como todo lo que hace Jenna.

Tarda una hora en terminarlo. Cuando acaba, son las nueve y media de la noche y la oficina está completamente vacía excepto por el guardia de seguridad que hace su ronda y que la saluda con un gesto de cabeza al pasar porque ya la conoce de verla ahí a estas horas.

Jenna guarda el documento, cierra el portátil y se queda sentada mirando la mesa. El desorden la rodea como una trinchera, el móvil con el mensaje de su madre sin contestar y una sensación abrumadora que le aprieta el pecho de que todo, absolutamente todo, está a punto de explotar.

Se recuesta en la silla, mira el techo de la oficina y piensa que mañana va a acercarse hasta el despacho de Vivianne Fox, y va a hacer lo que lleva meses queriendo que es contarle la verdad a alguien que pueda hacer algo con ella.

Después piensa en Gabriel, en su madre y en los dos años de su vida que le piden que regale ―arruinando su carrera en el proceso― como si fueran monedas sueltas, y siente que el peso que lleva encima podría aplastarla si deja de moverse un segundo.

Coge el móvil, las zapatillas que se ha quitado bajo la mesa y la chaqueta que cuelga del respaldo de la silla.

Apaga la luz de su zona y camina hacia el ascensor.

Manhattan la recibe con su ruido y su frío de noviembre, y Jenna se mete las manos en los bolsillos y echa a andar hacia el metro pensando que necesita una cerveza, una partida de billar y no pensar en nada durante al menos dos horas.

Lo de no pensar en nada nunca le funciona, pero sigue intentándolo.