Entre el orden y el caos Capítulo 1
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Entre el orden y el caos

Entre el orden y el caos

Por Eva Gonzay, Julia C. Brown

© inepub.com

Capítulo 1

J enna Callahan lleva cuarenta y siete minutos intentando explicarle a un desarrollador júnior que no puede subir código a producción sin pasar por el entorno de pruebas, y el chico la mira como si le estuviera hablando en mandarín.

―Pero Scarlett me dijo que lo subiera directamente ―dice Ryan, que tiene veintitrés años, un máster en ingeniería informática y la capacidad de razonamiento práctico de un mejillón.

Jenna cierra los ojos. Se pasa la mano por el pelo, ese pelo negro y ondulado que lleva recogido en un moño que a estas alturas del día parece un nido de pájaro, y cuenta hasta tres porque contar hasta diez le parece un lujo que no puede permitirse.

―Ryan, Scarlett no sabe lo que es un entorno de pruebas. Si Scarlett te dice que saltes por la ventana, ¿lo haces?

―Estamos en la planta catorce.

Ella parpadea, incrédula, porque Ryan parece hablar en serio.

―Exacto ―dice, intentando calmarse―. Y subir código sin testear en un software que van a usar diez millones de personas es el equivalente digital de tirarse por esa ventana ―Jenna señala el cristal que ocupa toda la pared izquierda de la oficina y que ofrece una vista de Manhattan que a ella hace meses que le parece el decorado de una película de terror―.

Revierte el cambio, pásalo por staging y no le hagas caso a Scarlett cuando te diga nada que tenga que ver con la parte técnica. Para eso estoy yo.

Ryan asiente con la obediencia temblorosa de alguien que acaba de entender que la mujer que tiene delante no está para hostias, así que coge su portátil y desaparece hacia su mesa.

Jenna lo observa alejarse y se pregunta, por centésima vez esta semana, en qué momento de su vida se convirtió en la persona responsable de que un banco que gestiona el dinero de diez millones de clientes no se caiga a pedazos porque un niño con un máster no entiende la diferencia entre producción y pruebas.

La respuesta, como siempre, es Scarlett Bolt.

Jenna vuelve a su mesa, que es un desastre monumental de papeles, pósits, tres vasos de café en distintas fases de abandono y un portátil con diecisiete pestañas abiertas que representan diecisiete problemas distintos que debería estar resolviendo en vez de hacer de niñera de un equipo que no ha elegido.

Se deja caer en la silla, se quita las zapatillas por debajo de la mesa porque le duelen los pies de llevar doce horas de pie yendo de un sitio a otro, y mira la pantalla con asco.

Son las ocho y cuarto de la noche. La oficina de Axis Integration Group en el piso catorce de un edificio de cristal en Midtown está prácticamente vacía.

Los únicos que quedan son ella, dos desarrolladores que no se atreven a irse antes que ella y el equipo de limpieza que ya ha pasado preguntándole si puede levantar los pies para aspirar debajo de su mesa.

Jenna ha levantado los pies sin dejar de teclear, lo cual dice bastante sobre el nivel de automatismo al que ha llegado su cuerpo.

Lleva seis meses en el proyecto de Crest Bank y tiene la sensación de haber envejecido seis años.

Cuando la asignaron como líder del equipo de desarrollo, Jenna pensó que era su oportunidad: un proyecto grande, un cliente importante y la posibilidad de demostrar que una chica de Dorchester que se pagó la universidad con becas y trabajos de camarera podía liderar un equipo técnico en una consultora de primer nivel en Nueva York.

Lo que no sabía era que el proyecto venía con Scarlett Bolt como jefa de proyecto y que trabajar bajo su mando es lo más parecido a intentar construir un puente mientras alguien le prende fuego a los planos.

Axis Integration Group es una consultora tecnológica con grandes oficinas en Nueva York, Boston y San Francisco, pero con algunas más pequeñas repartidas por todo el país.

Diseña e implementa software a medida para grandes empresas: bancos, aseguradoras, cadenas de retail o cualquier compañía que necesite un sistema digital complejo y que tenga el presupuesto para pagarlo.

La estructura es sencilla en teoría y caótica en la práctica: Vivianne Fox dirige la oficina de Nueva York, que es la más grande después de la central de Chicago.

Debajo de ella hay varios directores de cuenta, entre los que está Jason Park, que es el jefe directo de Scarlett y el hombre más inútil que Jenna ha conocido en su carrera, y eso que ha conocido a unos cuantos.

Los jefes de proyecto como Scarlett gestionan la relación con el cliente y coordinan los equipos técnicos, y los líderes de equipo como Jenna se encargan de que el código funcione, los plazos se cumplan y los desarrolladores no se tiren por la ventana de la planta catorce.

El problema es que para que todo funcione, cada pieza tiene que hacer su trabajo, y Scarlett Bolt no hace el suyo.

Lo que Scarlett hace es ir a reuniones con el cliente vestida como si fuera a una gala, prometer funcionalidades que no existen, aceptar plazos que son físicamente imposibles y después mandar un email al equipo con un tono que oscila entre lo condescendiente y lo delirante diciendo: «El cliente necesita esto para el viernes.

Confío en vosotros. ¡Somos el mejor equipo! »

Jenna tiene una carpeta en su correo llamada «Emails de Scarlett que me dan ganas de cometer un crimen» con ciento cuarenta y tres mensajes.

El proyecto Crest Bank consiste en desarrollar una plataforma de banca digital para uno de los bancos más grandes de la costa este.

La aplicación la usarán más de diez millones de clientes para hacer transferencias, consultar saldos, solicitar préstamos y gestionar sus inversiones.

Es el tipo de software en el que un error puede significar que alguien pierda dinero de verdad, que un banco sufra una crisis de reputación o que a Axis le caiga una demanda que la hunda.

Es, en resumen, el tipo de proyecto que necesita un equipo experimentado, un liderazgo competente y un cronograma realista.

Lo que tiene es un equipo en el que la mitad son júniors que no distinguen un error de una feature , una jefa de proyecto que no sabe lo que es un API y un cronograma que prometió entregar todo en doce meses cuando cualquier profesional con dos dedos de frente sabe que necesitarían al menos dieciocho.

Quedan menos de seis meses para la entrega y Jenna calcula que llevan un retraso de al menos cuatro.

Los módulos de seguridad están sin empezar, el sistema de autenticación tiene más agujeros que un colador, y la interfaz de usuario que Scarlett le enseñó al cliente en la última demo era un prototipo que Jenna montó en una noche de insomnio con chicle y cinta adhesiva digital.

Jenna coge el vaso de café que tiene más cerca, le da un trago y hace una mueca porque está frío y amargo como sus expectativas.

Abre el correo y ve tres nuevos mensajes de Scarlett, todos enviados entre las seis y las siete de la tarde, la hora mágica en la que ella termina sus reuniones con el cliente y decide que es buen momento para complicarle la existencia a todo el mundo.

El primero dice: «Jenna, el cliente quiere una demo del módulo de pagos internacionales para la semana que viene.

¿Podemos tenerlo listo?» El módulo de pagos internacionales no existe.

No se ha escrito una sola línea de código.

Jenna tiene ganas de responder con un emoji de una calavera, pero se contiene.

El segundo escupe: «He hablado con el equipo de diseño y hemos decidido cambiar la interfaz del dashboard principal.

Adjunto los nuevos wireframes . Necesitamos que el equipo los implemente antes del viernes.

» Jenna abre los wireframes y se da cuenta de que Scarlett ha cambiado la estructura entera de la navegación, lo que significa tirar a la basura tres semanas de trabajo de su equipo.

El tercer mensaje es un cuchillo disfrazado de frase: «¡Gran noticia!

El CEO de Crest Bank quiere una reunión la semana que viene para ver los avances.

Es una oportunidad increíble para demostrar nuestro compromiso.

¡Vamos a arrasar!» Jenna mira el email durante diez segundos y siente una mezcla de rabia y agotamiento que le sube desde el estómago hasta la garganta como si fuera bilis.

Ha hablado con Jason tres veces sobre el desastre.

La primera fue hace cuatro meses, cuando todavía creía que el sistema funcionaba y que si alguien con autoridad sabía lo que estaba pasando, lo arreglaría.

Le explicó que Scarlett estaba prometiendo cosas imposibles, que el equipo no daba abasto y que necesitaban más recursos o un ajuste radical del cronograma.

Jason la escuchó con esa sonrisa condescendiente que tiene patentada y le dijo: «Ya lo resolverás, Jenna. Para eso te pagan.»

La segunda vez fue hace dos meses, después de que Scarlett le prometiera al cliente un módulo de inteligencia artificial que ni siquiera estaba en el alcance original del proyecto.

Jenna subió a la oficina de Jason con la documentación en la mano y le mostró, punto por punto, por qué la situación era insostenible.

Jason miró los papeles, asintió y dijo: «Lo hablaré con ella.

» Nunca lo hizo. Jenna lo sabe porque Scarlett siguió mandando correos electrónicos delirantes como si nada hubiera pasado.

La tercera vez fue hace tres semanas. Jenna ya no llevaba documentación ni datos ni argumentos razonados.

Entró en la oficina de Jason y le dijo: «Este proyecto va a explotar.

Cuando lo haga, quiero que recuerdes que te lo dije.

» Jason la miró como si fuera una subordinada histérica que no sabe manejar la presión y le respondió: «Jenna, necesitas tomarte un día libre. Estás muy tensa.»