Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

El aire de la mazmorra se había vuelto irrespirable, una atmósfera densa y cargada que olía a madera de pino carbonizada, a café tostado y al hedor metálico del sudor frío.

Los ecos de las convulsiones de Diego aún parecían resonar en las bóvedas de piedra caliza, un recordatorio fantasmal de lo cerca que había estado la parca de reclamar su alma.

Amanda de Alcántara permanecía arrodillada junto al capitán, sus dedos temblorosos pero precisos ajustando el vendaje improvisado sobre el costado del guerrero.

La piel del militar, aunque todavía pálida y cubierta por una fina capa de transpiración, había recuperado un tono ligeramente más humano, y la respiración, aunque entrecortada, seguía un ritmo constante y victorioso.

A escasos pasos de ellos, encadenada a la pared de piedra, Catalina observaba la escena con los ojos desorbitados.

La máscara de la profetisa fanática y la arrogancia de la aristócrata usurpadora se habían desintegrado por completo, revelando a la bestia acorralada que siempre había habitado bajo la seda y los encajes.

Marie, la carnicera de Les Halles, comprendía que su obra maestra de destrucción había fracasado.

El veneno más letal de los laboratorios parisinos había sido neutralizado por la astucia y el conocimiento médico de una mujer a la que había subestimado desde el primer instante.

La frustración, mezclada con una locura furiosa y desesperada, comenzó a emanar de su figura encogida, transformando su rostro en una máscara de odio puro.

—No puede ser —murmuró la usurpadora, su voz sonando como el roce de dos piedras afiladas—. El acónito no perdona. La sangre debe coagularse, el corazón debe detenerse. Vosotros habéis corrompido el orden natural de las cosas.

Amanda ignoró el veneno verbal de la prisionera.

Su atención estaba centrada exclusivamente en los ojos grises de Diego, que la miraban con una mezcla de asombro, devoción y un amor tan profundo que le encogía el alma.

El capitán alzó una mano callosa y, con un esfuerzo visible, acarició la mejilla de la joven, limpiando una mancha de hollín que le cruzaba el pómulo.

—Habéis desafiado a los cielos y a los infiernos, mi amor —susurró Diego, con la voz ronca pero cargada de una ternura infinita—. Sois un milagro vestido de seda y acero.

Antes de que Amanda pudiera responder al halago, un sonido seco y nauseabundo rompió la quietud de la celda.

Fue el crujido inconfundible de un hueso al salir de su articulación.

La joven aristócrata giró la cabeza con la rapidez de un felino y contempló con horror cómo Catalina, aprovechando la laxitud de sus propios tejidos y la desesperación de una rata ahogada, se había dislocado el pulgar izquierdo.

La matriarca emitió un gemido ahogado, ignorando el dolor atroz, y deslizó la mano deformada y sangrante a través de la argolla de hierro del grillete.

Libre de su atadura, Catalina no buscó la huida.

Su mente, completamente fracturada por el fracaso y la inminencia del cadalso, solo anhelaba la destrucción total.

Con un movimiento serpenteante, se abalanzó sobre el suelo de piedra y sus dedos ensangrentados rodearon uno de los fragmentos más grandes y afilados de la jarra de barro que yacía destrozada.

Se incorporó con una agilidad sobrenatural, impulsada por la histeria, y se lanzó directamente hacia el cuello de Amanda.

Diego intentó interponerse, pero sus músculos, traicionados por los efectos residuales del tósigo, no respondieron con la celeridad requerida.

Un grito de alarma se atascó en su garganta.

Sin embargo, Amanda no era una damisela indefensa; era una mujer que había sobrevivido a las alcantarillas de Madrid, a las traiciones de la corte y a los horrores de la guerra.

Su mente quirúrgica analizó la trayectoria del ataque en una fracción de segundo.

En lugar de retroceder, la heredera de París dio un paso al frente, acortando la distancia.

El fragmento de cerámica rozó su clavícula, abriendo un corte superficial que comenzó a sangrar, manchando el encaje de su corsé.

Amanda ignoró el ardor de la herida. Con la precisión de un anatomista, su mano derecha se cerró como una tenaza sobre la muñeca de Catalina, presionando exactamente sobre el nervio radial.

El dolor fue instantáneo y fulminante. Los dedos de la matriarca se abrieron involuntariamente, y el casco de barro cayó al suelo con un tintineo inocuo.

Pero Catalina no se rendía. Con un rugido primitivo, intentó clavar sus dientes en el rostro de Amanda.

La joven aristócrata, impulsada por una furia gélida y absoluta, giró su cadera y utilizó el peso de su propio cuerpo para derribar a la usurpadora contra las losas húmedas.

El impacto sacudió los cimientos de la celda.

Amanda se colocó a horcajadas sobre el pecho de su enemiga, inmovilizando sus brazos con las rodillas y sujetando sus muñecas con una fuerza que nacía de las profundidades de su espíritu indomable.

La lucha fue visceral, desprovista de cualquier elegancia.

Catalina forcejeaba como una posesa, escupiendo maldiciones y blasfemias, intentando liberarse de la dominación física de su captora.

Amanda, con el cabello castaño cayendo en mechones desordenados sobre su rostro y la respiración agitada por el esfuerzo, extrajo la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond.

La hoja de acero brilló con un reflejo letal bajo la luz parpadeante de las antorchas.

Colocó la punta del arma directamente sobre la yugular de la matriarca.

La piel de Catalina se erizó al sentir el frío del metal.

El silencio que descendió sobre la mazmorra fue absoluto, roto únicamente por los jadeos de las dos mujeres y la respiración trabajada de Diego, quien observaba la escena sin intervenir, comprendiendo que aquel era un duelo que Amanda debía librar y ganar por sí misma.

—Puedo hacerlo —susurró Amanda, su voz goteando una calma quirúrgica que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito—.

Puedo deslizar esta hoja un milímetro hacia abajo y terminar con vuestra miserable existencia aquí mismo.

Nadie me lo reprocharía. Dirían que fue legítima defensa, que la locura de la carnicera de París la empujó a atacarme.

Sería un acto de piedad, un final rápido para una vida dedicada a la podredumbre.

Catalina tragó saliva, el sudor y la sangre de su propio pulgar dislocado manchando su cuello. Por primera vez en décadas, el terror más puro y primitivo se apoderó de sus ojos. La arrogancia había desaparecido, dejando solo a un animal suplicante frente a su depredadora.

—Hacedlo entonces —escupió la matriarca, intentando recuperar un jirón de su antigua altivez—. Matadme y manchad vuestras manos con la sangre de una condesa. Demostrad que sois igual de bárbara que yo.

Amanda sonrió, una curvatura triste y carente de toda alegría que iluminó sus facciones endurecidas.

Retiró la daga lentamente, guardándola en el interior de su corsé con un movimiento fluido.

La decisión había sido tomada, forjada en el fuego de su propia moralidad y en el amor que sentía por el hombre que la observaba desde el suelo.

—No os daré el lujo de la piedad, Marie —sentenció Amanda, con un tono que resonó con la autoridad de los reyes que la usurpadora había intentado engañar—.

La muerte rápida es un privilegio que ya no os pertenece.

Si os mato ahora, vuestro sufrimiento terminará.

Pero si vivís, si enfrentáis a los tribunales supremos de la Corona y al eco implacable de la Inquisición por vuestros crímenes contra la humanidad, la nobleza y la fe, vuestro nombre será escupido en las plazas públicas.

La joven se inclinó, tomando las pesadas cadenas de hierro que colgaban de la pared. Con movimientos deliberados, comenzó a asegurar las muñecas de Catalina, cruzando los eslabones sobre su pecho y atándola al muro con nudos de marinero que no admitían holgura ni escape.

—Seréis despojada de cada título robado, de cada joya usurpada —continuó Amanda, mientras apretaba el último cerrojo—.

Los magistrados que corrompisteis testificarán en vuestra contra.

Los familiares de las víctimas que masacrasteis en París y en Madrid estarán presentes en vuestro juicio.

Y cuando la soga rodee vuestro cuello en la Plaza Mayor, el pueblo entero verá caer no a una condesa, sino a la carnicera de los mataderos.

Vuestra leyenda de terror será reemplazada por la vergüenza eterna de la horca.

Catalina sollozó, un sonido feo y quebrado que rebotó en las paredes de piedra.

La dominación física de Amanda era absoluta, pero la dominación psicológica era el golpe final que destrozaba el espíritu de la usurpadora.

La matriarca dejó caer la cabeza contra el muro, derrotada, anonadada por el peso de una justicia que no podía ser comprada con oro ni manipulada con mentiras.

Amanda se puso de pie, limpiándose las manos manchadas de sangre y hollín en los pliegues de su capa.

Se volvió hacia Diego, quien la observaba con una admiración tan profunda que parecía capaz de iluminar la penumbra de la celda.

El capitán, apoyado en la pared, había logrado incorporarse hasta quedar sentado.

Sus ojos grises brillaban con un orgullo feroz.

—Sois la mujer más extraordinaria que ha caminado sobre la tierra, Amanda de Alcántara —murmuró Diego, extendiendo su mano sana hacia ella—. Habéis elegido la luz de la justicia sobre la oscuridad de la venganza.

La joven aristócrata se acercó a él, tomando su mano y entrelazando sus dedos con los de él.

La adrenalina comenzaba a remitir, dejando paso a un cansancio abrumador, pero el calor del contacto de sus pieles actuó como el bálsamo más poderoso.

Se arrodilló junto a él, apoyando la frente contra la suya, cerrando los ojos para absorber la realidad de su supervivencia.

—La venganza solo engendra más cenizas, mi amor —susurró ella, con la voz quebrada por la emoción—. Yo prefiero construir un futuro sobre las ruinas de sus crímenes.

Ruiz y el cirujano regresaron en ese instante, acompañados por un destacamento de la Guardia Real. Al ver a la prisionera inmovilizada y al capitán fuera de peligro, el sargento esbozó una sonrisa de alivio y respeto.

—Mi general, mi señora —saludó Ruiz, haciendo una reverencia apresurada—. El alcaide ha preparado el carruaje blindado. La prisionera será trasladada inmediatamente a la fortaleza de la Inquisición en las afueras de la ciudad, bajo la custodia de los tribunales supremos.

Diego asintió, permitiendo que Ruiz y otro soldado lo ayudaran a ponerse de pie.

El dolor en su costado era agudo, pero la presencia de Amanda a su lado le otorgaba una fortaleza sobrenatural.

Juntos, comenzaron a ascender los peldaños de piedra que conducían fuera de las mazmorras.

Amanda caminaba a su lado, sosteniendo su peso, negándose a dejar que los soldados lo llevaran en brazos.

Ella era su compañera, su igual, su escudo y su espada.

Al cruzar el umbral de la fortaleza, la luz del sol de la tarde madrileña los golpeó con una intensidad cegadora.

El cielo era de un azul impoluto, y la brisa otoñal acariciaba sus rostros, lavando el hedor a muerte y a podredumbre que se había adherido a sus pieles.

Amanda miró hacia el horizonte, hacia los tejados de pizarra y las cúpulas de las iglesias que se recortaban contra el firmamento.

Había descubierto la verdad sobre su linaje, había salvado al hombre que amaba de las garras de la muerte y había entregado a la peor de las monstruas a la justicia implacable de la Corona.

Diego se detuvo en el patio de armas, ignorando las miradas curiosas de los soldados y los sirvientes. Tomó el rostro de Amanda entre sus manos, sus pulgares acariciando las mejillas de la joven con una reverencia absoluta.

—El pasado ha muerto, Amanda —murmuró él, con la voz ronca vibrando con una promesa de eternidad—. Los Villeneuve han caído. La usurpadora está encadenada. Y nosotros... nosotros seguimos aquí. Juntos.

Amanda sonrió, una sonrisa genuina y radiante que iluminó sus ojos esmeraldas.

Se alzó sobre las puntas de los pies y capturó los labios de Diego en un beso que supo a libertad, a redención y a un amanecer que por fin, después de tanta oscuridad, comenzaba a despuntar en sus corazones.

La cacería había terminado. Y mientras permanecían abrazados bajo el cielo de Madrid, la verdadera heredera de París supo que, aunque las cicatrices de su pasado nunca borrarían por completo, la luz que habían encontrado el uno en el otro sería suficiente para iluminar el resto de sus días.