CAPÍTULO 33
El tiempo se desmoronaba en la penumbra de la mazmorra, cada segundo una losa de plomo aplastando el pecho de Amanda de Alcántara.
Diego yacía en el suelo de piedra, su torso desnudo surcado por venas negras que se extendían desde la herida envenenada como raíces de un árbol maldito.
Su respiración era un estertor húmedo, un sonido que desgarraba el alma de la joven aristócrata, quien sostenía su cabeza contra su regazo, ignorando la sangre que manchaba su vestido de terciopelo.
Los ojos grises del capitán, antes acerados y vigilantes, se habían velado con la neblina de la muerte, y sus labios, teñidos de un azul mortecino, entreabrían una plegaria silenciosa que solo ella podía escuchar.
—Mi general, el cirujano mayor del regimiento acaba de llegar —anunció el sargento Ruiz, irrumpiendo en la celda con el rostro pálido y la respiración entrecortada.
Detrás de él, un hombre de edad avanzada, con el delantal manchado de yodo y los instrumentos tintineando en su maletín de cuero, se aproximó con pasos apresurados.
—Apartaos, señora —ordenó el cirujano, arrodillándose junto al capitán y examinando la herida con dedos temblorosos—.
El acónito ha penetrado profundamente en el torrente sanguíneo.
Las pupilas están completamente dilatadas, el pulso es filiforme y la piel presenta cianosis periférica.
Si no actuamos en los próximos cinco minutos, el paro cardíaco será irreversible.
Amanda se puso de pie con un movimiento brusco, sus ojos verdes luciendo con una audacia que helaba el aire viciado de la celda.
La revelación de su linaje parisino, la traición de su identidad, el horror de los niños manipulados; todo ese dolor se había transmutado en una furia gélida y quirúrgica que le afilaba el intelecto como un bisturí.
—Necesito carbón activado, una infusión concentrada de digitalina y una jeringa hipodérmica estéril —sentenció la joven, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplica—.
El acónito bloquea los canales de sodio del miocardio.
Si logramos ralentizar la absorción del tósigo con el carbón y estimular el corazón con la digitalina, podremos ganar tiempo para que su organismo metabolice el veneno.
El cirujano la miró con una mezcla de asombro y admiración. Aquella dama aristócrata, con sus manos manchadas de sangre y su cabello desordenado, poseía un conocimiento médico que rivalizaba con el de los mejores toxicólogos de París.
—No tengo digitalina en mi maletín, señora —respondió el hombre, abriendo el estuche de cuero y mostrando sus instrumentos—.
Solo dispongo de láudano, éter, alcohol y vendas.
El carbón activado podría obtenerse de las antorchas del pasillo, pero la digitalina requiere una preparación de varias horas.
Amanda cerró los ojos un instante, su mente trabajando a toda velocidad, trazando las conexiones entre los síntomas de Diego y los recursos disponibles.
El acónito provocaba una arritmia ventricular que degeneraría en fibrilación.
Sin un estimulante cardíaco potente, el capitán moriría.
Sin embargo, existía una alternativa desesperada, un remedio que los boticarios de los barrios bajos utilizaban cuando carecían de medicamentos refinados.
—Traedme las antorchas del pasillo —ordenó ella, girándose hacia Ruiz—.
Necesito el carbón de la madera de pino, y también una botella de aguardiente de alta graduación.
Si no tenemos digitalina, utilizaremos la cafeína concentrada del café tostado que los guardias preparan en la garita.
Una dosis masiva de cafeína, combinada con el carbón activado, estimulará el corazón lo suficiente para mantenerlo latiendo hasta que el veneno sea metabolizado.
El sargento asintió con brusquedad y salió corriendo de la celda.
Amanda se arrodilló de nuevo junto a Diego, tomando su rostro entre sus manos.
El capitán había perdido el conocimiento, su pecho apenas se elevaba con una respiración agónica.
La joven aristócrata presionó sus labios contra los de él, un beso desesperado que sabía a sal, a pólvora y a promesas de un futuro que se negaba a abandonar.
—No os atreváis a morir, capitán —susurró ella, con la voz quebrada por las lágrimas que finalmente brotaban de sus ojos—. Me debéis una vida entera, Diego de Mendoza. Y no permitiré que la muerte os arrebate de mi lado antes de que hayáis cumplido vuestra promesa.
Mientras tanto, Catalina observaba la escena con una mezcla de regocijo enfermizo y terror creciente.
La matriarca, aún encadenada a la pared, había esperado ver a la joven aristócrata desmoronarse ante la agonía de su amante.
Pero Amanda no se rendía. La heredera de París luchaba con una ferocidad sobrenatural, desafiando a la parca con cada movimiento, con cada orden que daba a los soldados.
—Qué conmovedora devoción —murmuró la usurpadora, su voz goteando veneno contenido—.
Pero es inútil, querida. El acónito que utilicé fue destilado en los laboratorios de la embajada francesa.
No existe antídoto en esta ciudad que pueda salvar a vuestro amante.
Su muerte será lenta, agonizante, y vos tendréis que vivir con la culpa de haberlo llevado a la tumba.
Amanda se giró hacia ella con la rapidez de un felino acorralado. Sus ojos esmeraldas irradiaban con una furia que habría helado el fuego de una forja. Se acercó a la matriarca, ignorando los gritos del cirujano que le advertía del peligro de abandonar al capitán.
—Escuchadme bien, Marie —sentenció la joven, con una calma letal que resultaba más aterradora que cualquier grito—.
Si mi amante muere, no os entregaré a la Inquisición.
Os entregaré a los familiares de las víctimas.
Os dejaré en las calles de Madrid, sin protección, para que la justicia popular os despiece como a los cerdos de vuestro pasado.
Y antes de que eso ocurra, os arrancaré la lengua con la que pronunciáis vuestras vileces.
Catalina palideció, el terror finalmente quebrando su máscara de locura.
Sus ojos oscuros se desviaron hacia la puerta, calculando si podría gritar pidiendo auxilio, pero Amanda fue más rápida.
Con un movimiento fluido, extrajo la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond y la presionó contra la garganta de la matriarca.
El acero frío rozó la piel flácida de la usurpadora, arrancándole un gemido ahogado.
—Ni un solo sonido más —susurró Amanda, con la voz goteando una amenaza absoluta—. Si intentáis sabotear el tratamiento, si intentáis atacar a los soldados, si vuestro aliento siquiera roza el aire de esta celda, os juro que vuestra muerte será mil veces peor que la horca.
En ese instante, Ruiz regresó con los suministros solicitados. Dos antorchas humeantes, una botella de aguardiente y un molinillo de café con los granos recién tostados. Amanda soltó a Catalina y se acercó al cirujano, quien la observaba con una mezcla de asombro y admiración.
—Triturad los granos de café hasta obtener un polvo fino —ordenó ella, tomando una de las antorchas—. Y disolved el carbón de la madera de pino en el aguardiente. Necesitamos una suspensión espesa que pueda ser inyectada directamente en el torrente sanguíneo.
El cirujano obedeció con diligencia, triturando los granos en un mortero de piedra mientras Amanda raspaba el carbón de la antorcha con la punta de su daga.
Las partículas negras se desprendían con facilidad, mezclándose con el alcohol para formar una pasta espesa y olorosa.
La joven aristócrata combinó ambas preparaciones en una jeringa hipodérmica que el cirujano había logrado esterilizar con el éter.
—Esto le causará un dolor atroz —advirtió el médico, observando la mezcla con recelo—. La cafeína concentrada, combinada con el carbón y el alcohol, provocará taquicardia, convulsiones y posiblemente vómitos. Su corazón podría no soportar el esfuerzo.
—No tiene otra opción —replicó Amanda, con una firmeza que no admitía réplica—. Si no actuamos ahora, morirá en los próximos minutos. Preparad la jeringa.
El cirujano asintió y se arrodilló junto a Diego, buscando una vena en el brazo del capitán. La piel estaba fría y cianótica, las venas apenas visibles bajo la superficie. Con manos temblorosas, insertó la aguja en el pliegue del codo y comenzó a inyectar la mezcla.
Diego reaccionó de inmediato. Su cuerpo se arqueó con violencia, un espasmo que lo levantó parcialmente del suelo.
Un gemido ahogado escapó de sus labios, y sus ojos se abrieron de par en par, las pupilas aún dilatadas pero brillando con una luz febril.
Las venas de su cuello se marcaron en relieve, oscuras y tortuosas, y su pecho comenzó a agitarse con una respiración entrecortada.
—¡Sujetadlo! —ordenó Amanda, arrodillándose junto a él y presionando sus manos contra el pecho del capitán—. ¡No dejéis que se mueva!
Ruiz y dos soldados se abalanzaron sobre Diego, inmovilizando sus extremidades mientras las convulsiones sacudían su cuerpo.
El capitán gritaba, un sonido desgarrador que resonaba en las paredes de piedra de la celda, pero Amanda no apartó las manos de su pecho, sintiendo los latidos erráticos de su corazón bajo sus palmas.
—Un minuto —murmuró ella, contando los segundos en voz baja—. Un minuto más, Diego. Aguantad un minuto más.
El tiempo se desmoronaba de nuevo, cada segundo una eternidad de tortura.
Las convulsiones de Diego comenzaron a remitir lentamente, su cuerpo relajándose sobre el suelo de piedra.
Su respiración, antes agónica, se volvió más profunda, más regular.
El color comenzó a regresar a sus mejillas, una tonalidad rosada que contrastaba con la palidez cadavérica de minutos antes.
El cirujano tomó el pulso del capitán, sus dedos temblorosos palpando la arteria radial. Una sonrisa de alivio comenzó a curvar sus labios.
—El pulso se está regularizando —anunció el médico, con la voz quebrada por la emoción—. La taquicardia está remitiendo. La cafeína ha estimulado el corazón lo suficiente para contrarrestar los efectos del acónito.
Amanda sintió que las piernas le fallaban, dejándose caer sobre el suelo de piedra junto a Diego.
Las lágrimas, contenidas durante la crisis, brotaron finalmente de sus ojos, rodando por sus mejillas y cayendo sobre el rostro del capitán.
Lo abrazó con una desesperación que la hacía parecer más pequeña, más frágil, pero también más fuerte que nunca.
—Lo habéis logrado, mi amor —susurró ella, besando su frente con una ternura que contrastaba con la crudeza de la escena—. Habéis vuelto a mí.
Diego abrió los ojos lentamente, sus iris grises encontrando los de ella con una intensidad que la desarmó por completo. Una sonrisa cansada, pero llena de amor, curvó sus labios.
—Os dije que no moriría —murmuró él, con la voz ronca y quebrada por el esfuerzo—. Os lo prometí.
Amanda apoyó la frente contra la de él, cerrando los ojos para absorber el calor de su piel, el latido de su corazón, la realidad de su presencia.
En aquel momento, en aquella mazmorra infecta, rodeados por la muerte y la traición, su amor había encontrado un nuevo y más profundo significado.
No era solo una pasión nacida de la adversidad; era una alianza inquebrantable, un pacto de almas que había sobrevivido al veneno más letal y a las mentiras más devastadoras.
Sin embargo, la victoria estaba incompleta. Catalina, al ver que Diego había sobrevivido, soltó un alarido de furia y desesperación. Forcejeó contra sus cadenas, intentando alcanzar a Amanda con las manos extendidas.
—¡Maldita seáis! —gritó la matriarca, su voz resonando en las paredes de piedra con un eco espectral—. ¡Maldita sea vuestra sangre, maldito sea vuestro linaje! ¡No escaparéis de mi maldición!
Amanda se puso de pie con un movimiento fluido, girándose hacia la usurpadora.
Sus ojos verdes fulguraban con un arrojo inmutable, reflejando la luz mortecina de las antorchas.
Se acercó a Catalina con pasos medidos, ignorando los gritos del cirujano que le advertía del peligro de acercarse a una mujer enloquecida.
—Vuestra maldición se ha terminado, Marie —sentenció la joven, con una voz que goteaba una calma letal—.
Mañana, al mediodía, seréis juzgada por la Inquisición y la Corona.
Confesaréis cada crimen, cada asesinato, cada traición.
Y cuando la soga rodee vuestro cuello, cuando el suelo se abra bajo vuestros pies, recordaréis este momento.
Recordaréis que vuestra astucia, vuestra crueldad y vuestra locura no fueron suficientes para derrotar a una mujer que se negó a ser vuestra víctima.
Catalina la miró con odio absoluto, sus ojos oscuros brillando con una luz febril que desafiaba toda lógica humana. Pero ya no había palabras, solo el silencio de una derrota absoluta.
Amanda se volvió hacia Diego, quien comenzaba a incorporarse con la ayuda de Ruiz. El capitán la observaba con una mezcla de orgullo y admiración profunda, su rostro aún pálido pero sus ojos grises brillando con la luz del guerrero que había sobrevivido a la muerte.
—Vamos, mi amor —murmuró él, tomando su mano y entrelazando sus dedos con los de ella—. Saquémonos de este lugar maldito. Necesitáis descansar, y yo necesito veros a salvo.
Amanda asintió, ajustándose la capa con movimientos rápidos y nerviosos.
La alianza de oro en su dedo anular brillaba con un destello frío, un recordatorio de la felicidad que acababan de jurarse y que ahora, por fin, comenzaba a despuntar sobre las cenizas del pasado.
Tomó la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond y la escondió en el interior de su corsé, un gesto que Diego observó con una mezcla de orgullo y preocupación.
—No permitiré que nadie os haga daño, mi amor —susurró él, besando su frente con una ternura que contrastaba con la letalidad de sus palabras—. Ni en este mundo ni en el siguiente.
—Lo sé, Diego —respondió ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Pero esta vez, no seré la presa. Esta vez, seré la cazadora.
Juntos, salieron de la celda, dejando atrás a Catalina, que los observaba con una sonrisa cruel y despiadada. La matriarca estaba encadenada, inmovilizada, derrotada. Pero sus ojos brillaban con una luz febril, una convicción fanática que desafiaba toda lógica humana.
La cacería había entrado en su fase final, pero mientras Amanda y Diego permanecieran juntos, mientras sus manos estuvieran entrelazadas y sus corazones latieran al unísono, ninguna sombra podría vencerlos.
Eran la luz en la penumbra, la justicia en un mundo de traiciones, y estaban dispuestos a arrastrar a los demonios de París y Madrid hasta el último rincón de la tierra para asegurar que, al menos, la verdad saldría a la luz.
Y esa, en un mundo de traiciones y tinieblas, era el arma más peligrosa de todas.