CAPÍTULO 32
Las mazmorras del Saladero exudaban un hedor a podredumbre ancestral, una amalgama de humedad, moho y desesperación que se adhería a las paredes de piedra caliza como una segunda piel.
Amanda de Alcántara permanecía de pie en el centro de la celda, ignorando el frío glacial que calaba sus huesos a través de la capa de terciopelo.
Su mente, habitualmente un santuario de lógica y deducción, era ahora un campo de batalla devastado por el terremoto de las revelaciones de la noche anterior.
La certeza de no ser hija de los duques de Alcántara, sino la verdadera heredera de la inmensa fortuna parisina, había desmoronado los cimientos de su identidad.
Cada recuerdo de su infancia, cada lección de etiqueta, cada sacrificio de su tía, todo se había revelado como una elaborada farsa construida sobre los huesos de sus verdaderos padres.
Sin embargo, la joven aristócrata se negó a permitir que el abismo de la traición la consumiera.
Enderezó la espalda, transformando su angustia en un acero gélido, y clavó sus ojos esmeraldas en la figura encadenada que ocupaba el lecho de paja infecta.
Catalina, o Marie como ahora debía ser llamada, descansaba contra el muro con una languidez calculada.
Los grilletes de hierro que aprisionaban sus muñecas tintineaban suavemente cada vez que la usurpadora ajustaba su postura.
El rostro de la matriarca, despojado de la arrogancia aristocrática que la había caracterizado durante décadas, revelaba ahora la crudeza de los mataderos de Les Halles.
Sus ojos oscuros, hundidos en cuencas sombreadas, brillaban con un regocijo enfermizo, saboreando la agonía silenciosa de su prisionera.
Diego de Mendoza se mantenía a un paso de Amanda, su figura imponente recortada contra la penumbra lóbrega de la estancia.
El capitán no apartaba la mano de la empuñadura de su espada, sus sentidos aguzados al máximo, escrutando cada sombra con la vigilancia de un lobo que protege a su compañera de una jauría de alimañas.
—El traslado al castillo de la Inquisición se efectuará al mediodía —anunció Amanda, su voz resonando con una autoridad metálica que no admitía réplica—.
Mis hombres ya están preparando los documentos.
Confesaréis cada crimen ante el tribunal, Marie.
No habrá rincones oscuros donde ocultar vuestras vilezas.
La usurpadora soltó una carcajada seca, un sonido que rebotó en las bóvedas de piedra como el croar de un cuervo. Se incorporó con lentitud, arrastrando las cadenas que cantaban una melodía fúnebre.
—Qué eficiencia tan admirable, querida —murmuró Catalina, acercándose a los barrotes hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de Amanda—. Pero antes de que me llevéis al patíbulo, permitidme un último gesto de cortesía. Un brindis por la verdad que tanto os obsesiona.
En ese instante, el carcelero de guardia, un hombre de aspecto rudo y mirada esquiva, se aproximó a la puerta de la celda.
Sostenía una bandeja de peltre abollado sobre la cual reposaba un cáliz de plata y una jarra de barro.
El guardia vertió el líquido en la copa con manos temblorosas, evitando cuidadosamente cruzar la mirada con el capitán Mendoza.
El aroma que se elevó desde el recipiente no era el bouquet afrutado de un buen vino de Burdeos, sino un olor denso, almizclado, con un fondo acre que hizo que las fosas nasales de Amanda se contrajeran en alerta.
—Su excelencia la condesa ha solicitado su ración diaria de vino para calmar los nervios antes del viaje —farfulló el carcelero, dejando la bandeja sobre el suelo y retrocediendo apresuradamente hacia el pasillo.
Amanda entrecerró los párpados, su formación médica analizando el entorno con una precisión quirúrgica.
El líquido en el cáliz presentaba una tonalidad ligeramente más oscura de lo habitual, y la superficie estaba cubierta por una fina película oleosa que no correspondía a los taninos del vino.
Además, el temblor del carcelero y la prisa por abandonar la estancia delataban una complicidad nefasta.
Alguien en el Saladero aún recibía órdenes de la red de la Llama Negra, o había sido sobornado con el oro que la usurpadora mantenía oculto en sus últimos escondites.
—No beberé esa porquería —sentenció Amanda, dando un paso atrás y cruzando los brazos sobre el pecho—. Y vos tampoco lo haréis hasta que el alcaide lo autorice.
Catalina sonrió, una curvatura cruel y despiadada que reveló la verdadera naturaleza de la mujer que tenían delante.
Sus dedos, ocultos bajo las mangas raídas de su hábito, acariciaron un anillo de plata maciza que lucía en su mano izquierda.
El sello del anillo, un escudo heráldico falso, giró con un chasquido apenas perceptible, revelando un diminuto compartimento del que extrajo una aguja de acero tan fina como un cabello.
—Oh, pero no es para vos, querida Amanda —susurró la matriarca, su voz adquiriendo un tono aterciopelado y letal—. Es para la pequeña huérfana que creyó ser una duquesa.
Con una velocidad que desmentía su edad y su encierro, Catalina se abalanzó contra los barrotes.
No intentó alcanzar a Amanda directamente.
En su lugar, con un giro brusco de la muñeca, hundió la aguja en la esponja de corcho que sellaba la jarra de barro, inyectando el contenido de su anillo en el líquido restante.
Luego, con un movimiento fluido y desesperado, arrebató el cáliz de plata de la bandeja y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el rostro de la joven aristócrata.
El objetivo no era solo mojarla; el tósigo, una concentración letal de acónito y belladona destilada en los laboratorios de París, estaba diseñado para absorberse a través de las mucosas y los ojos, provocando una muerte agonizante e instantánea.
El tiempo pareció dilatarse en la penumbra de la celda.
Amanda, sorprendida por la ferocidad del ataque, apenas tuvo tiempo de alzar los brazos para protegerse.
Pero Diego no era un hombre que permitiera que el destino arrebatara a su amada por segunda vez.
El capitán se interpuso con la velocidad de un depredador, lanzándose entre los barrotes y la joven.
Su cuerpo blindó a Amanda, pero el cáliz de plata, impulsado por la furia de la usurpadora, impactó contra el pecho del militar.
El metal resonó con un estruendo sordo, y el líquido oscuro se derramó en cascada sobre la casaca de Diego.
Sin embargo, el desastre no terminó ahí.
El impacto del cáliz hizo que la jarra de barro cayera al suelo, estallando en mil fragmentos.
Una salpicadura del vino envenenado alcanzó la mejilla del capitán, y una porción considerable del tósigo se deslizó directamente hacia la herida mal curada que aún llevaba en el costado derecho, un recuerdo sangriento de la fábrica de tejidos.
Además, el líquido entró en contacto con sus labios entreabiertos por el esfuerzo del movimiento.
Diego se congeló. Sus ojos grises se desorbitaron durante una fracción de segundo, y un espasmo violento sacudió su torso. Soltó la espada, que chocó contra las losas de piedra con un tintineo fúnebre, y se llevó las manos al pecho.
—¡Diego! —gritó Amanda, el pánico desgarrando su garganta mientras corría hacia él. Lo atrapó antes de que su cuerpo inerte se desplomara contra el suelo húmedo de la celda.
El capitán jadeaba, un sonido húmedo y terrible que resonaba en la estancia.
Su rostro, habitualmente pálido, estaba adquiriendo una tonalidad cianótica, y las venas de su cuello se marcaban en relieve, oscuras y tortuosas.
Las pupilas, antes frías y calculadoras, se dilataron hasta ocupar casi todo el iris, devorando la luz.
—Amanda —logró articular él, con la voz quebrada por la parálisis que comenzaba a ascender por su sistema nervioso—. El vino... la herida...
Catalina, al ver el resultado de su ataque, soltó una risa estridente que se mezcló con los estertores del capitán. Se recostó contra la pared, disfrutando del espectáculo de la destrucción.
—Acónito de los monjes, concentrado con sales de mercurio —confesó la usurpadora, con los ojos brillando por la fiebre de su propia victoria—.
No hay antídoto en este agujero olvidado de la mano de Dios.
En tres minutos, su corazón dejará de latir.
Y vos, querida heredera, tendréis que vivir con la culpa de haberlo llevado a la tumba.
Amanda ignoró a la matriarca. Su mente, impulsada por el amor y la desesperación, activó cada conocimiento médico, cada tratado de toxicología que había devorado en las noches de vigilia.
El acónito bloqueaba los canales de sodio, provocando una arritmia fatal y parálisis muscular.
Necesitaba atropina, o en su defecto, una dosis masiva de carbón activado y un estimulante cardíaco.
Pero estaba en una mazmorra, sin su botiquín, con el hombre que amaba muriendo en sus brazos.
—¡Ruiz! ¡Traed al cirujano del regimiento! ¡Ahora! —bramó Amanda, su voz resonando con una autoridad que heló la sangre de los guardias que comenzaban a asomarse por el pasillo.
Sin esperar a que llegara la ayuda, la joven aristócrata rasgó el cuello de la camisa de Diego para exponer su pecho.
La herida del costado, donde el veneno había entrado en contacto directo con el torrente sanguíneo, estaba rodeada de un halo de piel ennegrecida.
Amanda presionó sus dedos contra la carne, intentando extraer la sangre contaminada, pero el tósigo ya se había extendido.
—Necesito algo para inducir el vómito, para purgar el estómago —murmuró para sí misma, sus ojos escrutando la celda con una frenesí calculador. Su mirada se posó en la jarra rota. El vino restante en el suelo estaba mezclado con el polvo de la piedra y los fragmentos de barro. No servía.
Diego agarró su muñeca con una fuerza sorprendente, a pesar de la debilidad que lo consumía. Sus ojos grises, luchando contra la neblina de la muerte, se clavaron en los de ella con una ternura desgarradora.
—Dejadme ir, mi amor —susurró el capitán, una gota de sangre oscura brotando de la comisura de sus labios—. No permitáis que muera mirando cómo os destruyen. Huid. Reclamad vuestra fortuna. Vivid.
—Callaos, necio —replicó Amanda, las lágrimas finalmente brotando de sus ojos y cayendo sobre el rostro del guerrero—.
No os he salvado de la horca, de los Villeneuve y de las alcantarillas de Madrid para perderos ahora en este sótano infecto.
Sois mío, Diego de Mendoza, y no permitiré que la muerte os arrebate de mi lado.
Se volvió hacia Catalina, cuya sonrisa de triunfo comenzaba a desvanecerse ante la determinación sobrenatural de la joven.
Amanda se puso de pie, su figura recortada contra la luz de las antorchas como una diosa de la venganza.
La dolorosa revelación de su linaje parisino, la traición de su identidad, el horror de los niños manipulados; todo ese dolor se condensó en una furia gélida y absoluta.
—Si mi amante muere, Marie —sentenció Amanda, con una voz que goteaba una calma letal—, no os entregaré a la Inquisición. Os entregaré a los familiares de las víctimas. Os dejaré en las calles de Madrid, sin protección, para que la justicia popular os despieza como a los cerdos de vuestro pasado.
Catalina palideció, el terror finalmente quebrando su máscara de locura.
Pero Amanda ya no la miraba. La joven aristócrata se arrodilló de nuevo junto a Diego, tomando su daga de empuñadura enjoyada.
Con un movimiento preciso, se cortó la palma de la mano izquierda, dejando que la sangre fresca brotara.
Sabía que la hemoglobina podía actuar como un aglutinante temporal, ralentizando la absorción del tósigo si se aplicaba directamente sobre la herida envenenada, creando una barrera física mientras el cirujano llegaba.
Presionó su mano sangrante contra el costado herido del capitán, mezclando su propia vida con la de él.
Luego, tomó la cabeza de Diego y la apoyó contra su pecho, susurrándole palabras de amor y promesas de un futuro que se negaba a abandonar.
El corazón del guerrero latía de forma errática, un tambor de guerra perdiendo su ritmo, pero aún luchando, aún aferrándose a la luz que ella le ofrecía.
En el pasillo, el sonido de botas apresuradas y los gritos del cirujano anunciaban la llegada de la ayuda.
Amanda mantuvo la presión sobre la herida, sus ojos fijos en el rostro del capitán, desafiando a la parca, desafiando al destino, desafiando a los dioses crueles que habían intentado separarlos.
La revelación de su verdadera sangre no la había destruido; la había forjado en un acero indestructible.
Y mientras Diego respirara, aunque fuera con el último aliento de su agonía, Amanda de Alcántara, la verdadera heredera de París, libraría la batalla más feroz de su existencia.