CAPÍTULO 31
Las mazmorras del Saladero exudaban un hedor a podredumbre ancestral, una mezcla de humedad, moho y desesperación que se adhería a las paredes de piedra como una segunda piel.
Amanda de Alcántara descendió los peldaños resbaladizos con una determinación que le quemaba las entrañas, ignorando las miradas recelosas de los carceleros y el frío que calaba sus huesos a través de la capa de terciopelo.
A su lado, Diego de Mendoza avanzaba con la mano descansando sobre la empuñadura de su espada, sus ojos grises escrutando cada sombra con la vigilancia de un lobo que protege a su compañera.
Habían transcurrido tres días desde que Catalina fuera encadenada en aquel antro de inmundicia.
Tres días en los que Amanda no había logrado conciliar el sueño, atormentada por las palabras que la usurpadora había pronunciado en la bodega del convento.
"Vos sois la verdadera heredera de la fortuna parisina, la última descendiente del linaje que yo usurpé".
Aquellas sílabas resonaban en su mente como un eco persistente, una verdad que amenazaba con desmoronar cada certeza que había construido sobre los cimientos de su identidad.
Al llegar al nivel subterráneo, el carcelero descorrió los cerrojos de una celda mugrienta.
La puerta chirrió sobre sus goznes oxidados, revelando un interior sumido en la penumbra más absoluta.
Amanda contuvo el aliento. En el centro de la estancia, sentada sobre un lecho de paja infecta, se hallaba Catalina.
Sus muñecas estaban sujetas a la pared por grilletes de hierro, y su rostro, antaño orgulloso y arrogante, presentaba ahora la palidez cadavérica de quien ha perdido toda esperanza de redención.
Al escuchar los pasos, la matriarca alzó la cabeza. Sus ojos oscuros, hundidos en cuencas sombreadas, se clavaron en Amanda con una mezcla de odio y regocijo enfermizo. Una sonrisa lenta y cruel curvó sus labios agrietados.
—Os esperaba, querida —murmuró Catalina, su voz ronca resonando en las paredes de piedra con un eco espectral—. Sabía que vendríais. La curiosidad es un defecto incurable en vuestra estirpe.
Amanda se aproximó a los barrotes, ignorando el hedor que le revolvió el estómago. Sus ojos verdes relumbraban con una osadía inquebrantable, reflejando la luz mortecina de la antorcha que Diego sostenía.
—He venido a exigir la verdad, Marie —sentenció la joven, con una voz que goteaba una autoridad que helaba la sangre—. No las mentiras que utilizasteis para manipular a Eulalia y a los niños. No las fábulas de profecías y advenimientos. Quiero saber quién soy realmente.
Catalina soltó una carcajada seca, carente de toda alegría, que resonó en la celda como el croar de un cuervo. Se incorporó con lentitud, arrastrando los grilletes que tintineaban con un sonido fúnebre.
—Ah, la pregunta del millón, querida —murmuró la usurpadora, acercándose a los barrotes hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de Amanda—.
¿Quién sois realmente? La respuesta es mucho más simple de lo que imagináis.
No sois hija del duque arruinado de Alcántara.
No sois la sobrina de la condesa viuda. Sois la verdadera heredera de la fortuna parisina, la última descendiente del linaje que yo usurpé hace veinte años.
El mundo de Amanda se desmoronó en un instante. Las palabras de Catalina resonaron en su mente como un trueno, destrozando cada certeza, cada recuerdo, cada verdad que había creído inquebrantable. Sintió que el suelo se hundía bajo sus pies, abriendo un abismo de dudas y horrores en su alma.
—¿De qué estáis hablando? —susurró ella, con la voz quebrada por el horror—. Mi padre era el duque de Alcántara. Mi madre murió cuando yo era niña. He vivido toda mi vida en Madrid, bajo la protección de mi tía.
Catalina sonrió, una curvatura cruel y despiadada que reveló la verdadera naturaleza de la mujer que tenía delante.
—Vuestro padre era un banquero parisino, un hombre que se negó a ceder sus derechos sobre la fortuna que yo había usurpado —confesó la matriarca, con una franqueza que helaba la sangre—.
Lo mandé asesinar en los callejones de París, frente a su esposa y a su hija pequeña.
Vos erais esa niña, Amanda. Os robé de la cuna y os entregué a los Alcántara, una familia arruinada que necesitaba un heredero para mantener las apariencias.
Os criaron como suya, pero vuestra sangre, vuestra fortuna, vuestro linaje... todo me pertenece a mí.
Diego apretó la mandíbula, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su furia contenida. Sus ojos grises, habitualmente fríos y calculadores, ardían con un fuego infernal, una ira tan pura y devastadora que amenazaba con consumirlo.
—Estáis mintiendo —sentenció el capitán, con una calma heladora que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Amanda es hija de los Alcántara. Vos solo intentáis destruirla con vuestras mentiras retorcidas.
Catalina soltó una risa estridente, un sonido que rebotó en las paredes de la celda y erizó la piel de los dos amantes.
—¿Mintiendo? —replicó la matriarca, con los ojos brillando por la fiebre de su propia vanidad—.
Querido capitán, si queréis la prueba, solo tenéis que buscar en los archivos de la embajada francesa.
El acta de nacimiento de la verdadera heredera de la fortuna parisina, la hija del banquero asesinado, lleva mi sello.
Y si comparáis los rasgos de Amanda con los retratos de su padre biológico, veréis que comparten los mismos ojos esmeralda, la misma mandíbula desafiante, la misma sangre.
Amanda sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, pero se negó a permitirlo.
No delante de aquella mujer, no cuando la verdad que estaba a punto de ser revelada amenazaba con destruir todo lo que conocía.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón, el vértigo que la asaltaba al comprender la magnitud de la traición.
—¿Por qué? —preguntó la joven, con la voz temblorosa pero la mente afilada como un bisturí—. ¿Por qué no me matasteis? ¿Por qué dejarme con vida si yo era la única que podía reclamar la fortuna?
—Porque necesitaba un testigo —respondió Catalina, con una sonrisa que revelaba la locura que habitaba en su alma—.
Necesitaba a alguien con la sangre del linaje para realizar el ritual de sellado, para consolidar mi poder sobre la fortuna parisina.
Vos erais mi póliza de seguro, mi instrumento para garantizar que nadie pudiera desafiar mi autoridad.
Pero ahora, querida, vuestro propósito se ha cumplido. Y yo no tengo nada que perder.
Diego no esperó a que la mujer continuara su sarta de mentiras.
Con un movimiento rápido y eficiente, extrajo la llave de la celda del bolsillo del carcelero, quien yacía inconsciente en el suelo tras un golpe certero.
Abrió la puerta de un tirón y se abalanzó sobre Catalina, agarrándola por las solapas de su hábito blasfemo.
—Basta de juegos, bruja —sentenció el capitán, su voz retumbando en las paredes de piedra con una autoridad letal—. Habéis utilizado a niños inocentes, habéis masacrado a familias enteras y habéis corrompido los cimientos de dos reinos. Pero no volveréis a tocar a Amanda con vuestras mentiras.
Catalina permitió que el capitán la sacudiera, su sonrisa cruel y despiadada sin desaparecer en ningún momento. Sus ojos brillaban con una luz febril, una convicción fanática que desafiaba toda lógica humana.
—No podéis matarme, capitán —murmuró la matriarca, con una calma absoluta—.
Soy prisionera de la Corona. Mi juicio será público, y mi testimonio revelará verdades que destruirán a media aristocracia de Madrid y París.
Si me matáis, perderéis la oportunidad de limpiar la podredumbre que se ha infiltrado en las cortes europeas.
Diego la soltó con desdén, retrocediendo un paso. Su espada apuntaba directamente al pecho de la mujer, pero el capitán sabía que un movimiento en falso, un espasmo de locura de la usurpadora, y todo estaría perdido.
Amanda permaneció inmóvil junto a los barrotes, su mente trabajando a toda velocidad, procesando la información que Catalina acababa de revelar.
Si era cierto lo que la matriarca afirmaba, entonces toda su vida había sido una mentira.
Su título, su linaje, su identidad... todo era una farsa construida sobre los huesos de sus verdaderos padres.
Pero también significaba que la fortuna parisina, la inmensa riqueza que los Villeneuve habían saqueado durante décadas, le pertenecía por derecho de sangre.
—Necesito pruebas —sentenció Amanda, con una voz que goteaba una determinación inquebrantable—.
Si lo que decís es cierto, entonces presentaré mi reclamación ante la Corona francesa y española.
Y vos, Marie, seréis juzgada no solo por usurpación de identidad, sino por el secuestro de una heredera legítima.
Catalina soltó una carcajada seca, carente de toda alegría. Se recostó contra la pared de piedra, cruzando los brazos sobre el pecho con una elegancia que resultaba obscena en aquel entorno macabro.
—Las pruebas están en los archivos de la embajada, querida —respondió la matriarca, con una sonrisa que revelaba la locura que habitaba en su alma—.
Pero os advierto, una vez que las veáis, una vez que comprendáis la magnitud de la traición, no podréis deshacer lo que habéis descubierto.
Vuestro mundo se desmoronará, y yo me reiré desde la horca al ver cómo os ahogáis en la verdad.
Diego se volvió hacia Amanda, su rostro marcado por una preocupación profunda. Tomó su mano entre las suyas, apretándola con una fuerza que le dejó marcas en la piel.
—No tenéis que hacer esto, mi amor —murmuró él, con la voz ronca vibrando con una emoción que amenazaba con desbordarlo—.
Si la verdad os destroza, si os hace daño, podemos dejar que Catalina sea juzgada sin revelar vuestro linaje.
Podéis seguir siendo Amanda de Alcántara, la heredera de los duques arruinados.
Amanda lo miró con una intensidad que lo desarmó por completo. Sus ojos claros chispeaban con un valor inalterable, reflejando la luz mortecina de la antorcha.
—No puedo huir de la verdad, Diego —respondió ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—.
Si soy la heredera de la fortuna parisina, entonces tengo la responsabilidad de reclamarla, de utilizarla para sanar las heridas que Catalina ha infligido a tantos inocentes.
No puedo permitir que mi miedo me detenga, no cuando tengo la oportunidad de destruir a la mujer que robó mi vida y la de mis padres.
El capitán asintió con lentitud, comprendiendo la inexorabilidad de su destino.
Sabía que Amanda no retrocedería, que su indomable espíritu la llevaría hasta el final, aunque el precio fuera su propia alma.
Se acercó a ella, capturando sus labios en un beso que supo a promesas eternas, a pólvora y a jazmín, a un amor forjado en el infierno y templado en la gloria.
—Entonces iremos juntos —sentenció Diego, separándose con reluctancia—. Y no pararemos hasta que la verdad salga a la luz, hasta que Catalina sea juzgada y hasta que vos recuperéis lo que os pertenece por derecho de sangre.
Amanda asintió, ajustándose la capa con movimientos rápidos y nerviosos.
La alianza de oro en su dedo anular brillaba con un destello frío, un recordatorio de la felicidad que acababan de jurarse y que ahora, una vez más, amenazaba con ser arrebatada por las sombras.
Tomó la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond y la escondió en el interior de su corsé, un gesto que Diego observó con una mezcla de orgullo y preocupación.
—No permitiré que nadie os haga daño, mi amor —susurró él, besando su frente con una ternura que contrastaba con la letalidad de sus palabras—. Ni en este mundo ni en el siguiente.
—Lo sé, Diego —respondió ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Pero esta vez, no seré la presa. Esta vez, seré la cazadora.
Juntos, salieron de la celda, dejando atrás a Catalina, que los observaba con una sonrisa cruel y despiadada. La matriarca estaba encadenada, inmovilizada, derrotada. Pero sus ojos brillaban con una luz febril, una convicción fanática que desafiaba toda lógica humana.
La cacería había entrado en su fase final, pero mientras Amanda y Diego permanecieran juntos, mientras sus manos estuvieran entrelazadas y sus corazones latieran al unísono, ninguna sombra podría vencerlos.
Eran la luz en la penumbra, la justicia en un mundo de traiciones, y estaban dispuestos a arrastrar a los demonios de París y Madrid hasta el último rincón de la tierra para asegurar que, al menos, la verdad saldría a la luz.
Pero esa, en un mundo de traiciones y tinieblas, era el arma más peligrosa de todas.