Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

Diego no esperó a que la mujer procesara la sentencia.

Con un movimiento rápido y eficiente, extrajo un pañuelo de su bolsillo y lo embutió en la boca de Catalina, silenciando sus protestas histéricas.

Luego, tomó las cuerdas que yacían en el suelo y ató las muñecas de la matriarca a la espalda con nudos de marinero, asegurándose de que ninguna de sus artimañas pudiera liberarla.

Cuando terminó, el capitán se volvió hacia Amanda.

La furia que había dominado sus facciones se disipó al encontrar la mirada de la joven, siendo reemplazada por una preocupación intensa y una ternura contenida que le suavizó los rasgos endurecidos.

Se acercó a ella, ignorando a la prisionera que forcejeaba y emitía sonidos ahogados de rabia en el sillón de terciopelo.

—¿Cómo os encontráis? —preguntó Diego, su voz ronca traicionando la tensión acumulada. Alzó una mano callosa y acarició la mejilla de Amanda, comprobando su temperatura con una delicadeza que contrastaba violentamente con su aspecto rudo.

—Estoy bien, mi amor —respondió ella, apoyando el rostro contra la palma del guerrero, cerrando los ojos para absorber el calor de su piel—. El mareo ha pasado. Era el cornezuelo y el cansancio. Catalina intentó jugar con nuestra mente, pero subestimó mi formación médica.

Diego exhaló un suspiro de alivio, un sonido profundo que pareció liberar el peso de los cielos de sus hombros.

La atrajo hacia él, envolviéndola en un abrazo que fue mitad refugio, mitad promesa.

El contacto de sus cuerpos, separados apenas por las capas de cuero y seda, envió una descarga de calor a través de la piel de ambos, un recordatorio reconfortante de la vida que latía bajo las armaduras que los protegían del mundo.

—Habéis sido extraordinaria, Amanda —murmuró él, besando la coronilla de la joven con una reverencia absoluta—. Habéis desmontado sus mentiras con la misma precisión con la que diseccionáis los misterios de la muerte. Sois la luz que ilumina mi oscuridad, la razón por la que aún respiro.

Amanda alzó el rostro, encontrando los ojos grises del capitán a escasos centímetros de los suyos.

La intensidad de su mirada la desarmó por completo, revelando la vulnerabilidad que él se empeñaba en ocultar bajo capas de disciplina militar.

En aquel sótano fétido, rodeados por los toneles de vino y la maldad encarnada de una usurpadora, su amor había encontrado un nuevo y más profundo significado.

No era solo una pasión nacida de la adversidad; era una alianza inquebrantable, un pacto de almas que había sobrevivido a las mentiras más devastadoras y a los horrores más inimaginables.

—Y vos sois mi espada y mi escudo, Diego —susurró ella, capturando sus labios en un beso que supo a promesas eternas, a pólvora y a jazmín, a un amor forjado en el infierno y templado en la gloria—. Pero esta noche, la cacería ha terminado. Hemos atrapado al lobo.

Se separaron con reluctancia, conscientes de que aún quedaban tareas que cumplir.

Diego se dirigió hacia la trampilla que conducía al túnel y emitió un silbido agudo y prolongado, una señal convenida con el sargento Ruiz.

Minutos después, el sonido de botas militares resonando en la escalera de caracol anunció la llegada de los refuerzos.

Ruiz irrumpió en la bodega seguido por media docena de soldados de élite, sus mosquetes preparados y sus rostros endurecidos por la noche de vigilancia. Al ver a la matriarca atada y amordazada en el sillón, el sargento esbozó una sonrisa de satisfacción feroz.

—Mi general, mi señora —saludó Ruiz, haciendo una reverencia apresurada—.

Los magistrados están a salvo. Mis hombres interceptaron a los niños en las residencias de los jueces.

Ninguna gota de sangre inocente ha sido derramada esta noche.

Los pequeños están siendo atendidos por los médicos en el cuartel.

Amanda sintió que un nudo que había llevado apretado en la garganta durante horas se deshacía finalmente.

Los niños estaban a salvo. La cadena de horror que Catalina había forjado se había roto, y los pequeños espectros de las alcantarillas tendrían la oportunidad de volver a ser niños, de sanar las heridas invisibles que la maldad humana les había infligido.

—Excelente trabajo, sargento —ordenó Diego, con la voz recuperando la autoridad inquebrantable del mando—.

Llevad a la prisionera al Saladero. Quiero una guardia de veinte hombres en su celda, relevos cada cuatro horas.

Nadie se le acercará sin mi autorización expresa.

Si intenta hablar con los carceleros, amordazadla de nuevo.

Ruiz asintió con brusquedad, y dos soldados se acercaron a Catalina, levantándola del sillón con poca delicadeza.

La usurpadora forcejeó, emitiendo sonidos ahogados de rabia y desesperación a través del pañuelo que le tapaba la boca.

Sus ojos, desorbitados por el pánico, se clavaron en Amanda por un último instante, transmitiendo un odio tan puro que habría helado el fuego de una forja.

Pero la joven no retrocedió. Mantuvo la mirada de la carnicera de París con una frialdad absoluta, negándole el triunfo de ver su miedo.

Los soldados arrastraron a Catalina hacia la escalera, sus pasos resonando como el tañido fúnebre de una era de tinieblas que finalmente llegaba a su fin. Diego y Amanda los siguieron, ascendiendo desde las entrañas putrefactas del convento hacia el aire fresco de la noche madrileña.

Cuando emergieron al claustro interior del monasterio, la brisa nocturna acarició sus rostros, lavando el hedor a humedad y a muerte que se había adherido a sus pieles.

El cielo se había despejado, revelando un manto de estrellas que brillaban con una intensidad sobrecogedora sobre los tejados de pizarra de la capital.

La luna, llena y plateada, bañaba el patio de piedra con una luz serena que contrastaba brutalmente con los horrores que acababan de presenciar bajo tierra.

Diego se detuvo en el centro del claustro y tomó ambas manos de Amanda entre las suyas. La miró a los ojos, y en la penumbra del patio, sus iris grises reflejaban la luz de los astros, brillando con una promesa de paz que ambos habían creído imposible.

—Ha terminado, mi amor —murmuró el capitán, su voz ronca vibrando con una emoción que amenazaba con desbordarlo—. Los Villeneuve han caído. La usurpadora está encadenada. Y nosotros... nosotros seguimos aquí.

Amanda asintió, sintiendo que las lágrimas, contenidas durante meses de traiciones, sangre y batallas, finalmente brotaban de sus ojos.

No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio, de redención y de un amor que había sobrevivido al infierno.

Se alzó sobre las puntas de los pies y capturó los labios de Diego en un beso que supo a libertad, a futuro y a un amanecer que por fin, después de tanta oscuridad, comenzaba a despuntar en sus corazones.

La cacería había terminado. Y mientras permanecían abrazados bajo el cielo estrellado de Madrid, Amanda supo que, aunque las cicatrices de su pasado nunca borrarían por completo, la luz que habían encontrado el uno en el otro sería suficiente para iluminar el resto de sus días.