CAPÍTULO 30
El pánico intentó abrirse paso en la mente de Amanda, una marea oscura y asfixiante que amenazaba con anegar su raciocinio.
La opresión en su pecho se intensificaba, y un leve temblor sacudía sus extremidades.
Sin embargo, la formación médica que había adquirido en las sombras de las morgues clandestinas actuó como un ancla de lucidez en medio de la tormenta.
Se llevó dos dedos al cuello, palpando su propio pulso con una precisión quirúrgica.
Estaba acelerado, sí, pero era el latido desbocado del miedo, no el ritmo irregular de un envenenamiento sistémico.
Con un esfuerzo sobrehumano, Amanda apartó la vista de los ojos febriles de la matriarca y clavó la mirada en una bandeja de plata que reposaba sobre la mesa de caoba.
El reflejo distorsionado del metal le permitió examinar sus propias pupilas.
No presentaban la midriasis característica de los alcaloides letales.
Inspiró hondo, filtrando el aire viciado de la bodega a través de la tela de su capa.
El aroma a mirra y lirios secos era penetrante, pero bajo aquel perfume litúrgico, su olfato entrenado detectó el hedor dulzón y almizclado del cornezuelo de centeno, un hongo que proliferaba en los sótanos húmedos y que, en dosis mínimas, provocaba alucinaciones y mareos, pero no la muerte fulminante que la usurpadora prometía.
—Estáis mintiendo —sentenció Amanda, su voz recuperando la firmeza del acero toledano.
Enderezó la espalda, ignorando el vértigo que la asaltaba, y clavó sus ojos en los de la anciana —.
No hay ningún veneno parisino en el aire de este túnel.
El cornezuelo de las bodegas oscuras os ha jugado una mala pasada, Catalina.
Creísteis que el miasma de vuestro propio escondite nos debilitaría, pero solo lográis engañaros a vos misma.
La sonrisa de la matriarca se congeló en sus labios.
La máscara de la profetisa fanática, la divinidad que pretendía encarnar, se resquebrajó con un chasquido casi audible.
Durante unos instantes, el silencio en la bodega fue absoluto, roto únicamente por el goteo rítmico de la humedad en las paredes de piedra.
Luego, lentamente, la tensión abandonó los hombros de la anciana.
Su postura cambió, perdiendo la rigidez mística para adoptar la languidez arrogante de una aristócrata acostumbrada a manipular cortes enteras.
—Qué lástima —murmuró Catalina, su tono despojado de cualquier rastro de fervor religioso, goteando ahora un cinismo gélido y calculador—. Siempre fuisteis la más inteligente de las niñas, Amanda. Una lástima que esa brillantez os haya traído hasta este sótano infecto.
Diego, que había mantenido la espada a escasos milímetros de la garganta de la mujer, apretó los dientes. La cicatriz de su mandíbula palpitaba con la furia contenida.
—Basta de teatro, bruja —exigió el capitán, su voz retumbando en las bóvedas con una autoridad letal—.
Habéis utilizado a niños inocentes, habéis masacrado a familias enteras y habéis corrompido los cimientos de dos reinos.
Exijo saber la verdad, toda la verdad, antes de que mi acero decida vuestro destino.
Catalina soltó una carcajada, un sonido seco y carente de cualquier calidez humana que resonó en la estancia como el choque de cristales rotos. Se recostó en el sillón de terciopelo, cruzando las manos sobre el regazo con una elegancia que resultaba obscena en aquel entorno macabro.
—La verdad, mi querido capitán, es mucho más prosaica de lo que a vos os gustaría —confesó la usurpadora, sus ojos oscuros brillando con una codicia absoluta—.
No hay profecías, no hay advenimientos de nuevas eras, ni pactos con entidades oscuras.
Todo ese discurso místico era el cuento de hadas que le vendía a Eulalia para mantenerla dócil, y el dogma con el que lavaba el cerebro a los pequeños mendigos.
La religión es la herramienta más eficaz para domesticar a las bestias.
Amanda sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. La magnitud de la manipulación era asfixiante. Cada asesinato, cada ritual sangriento, cada vida destrozada, no eran obra de una fanática religiosa, sino de una calculadora fría y despiadada.
—Entonces, ¿cuál era el verdadero propósito? —inquirió la joven, dando un paso al frente, ignorando la advertencia silenciosa de Diego—. ¿Por qué las mutilaciones? ¿Por qué la Llama Negra?
—Por codicia, querida. Pura y simple codicia —respondió Catalina, con una franqueza que helaba la sangre—.
Yo no nací con el título de condesa. Nací en los mataderos de Les Halles, rodeada de cerdos degollados y sangre coagulada.
Mi verdadero nombre es Marie. Cuando descubrí que la verdadera condesa Catalina de Mondragón iba a morir de fiebre en un hospicio de Lyon, vi la oportunidad de mi vida.
Robé su identidad, sus joyas y sus documentos.
Pero la fortuna de los Mondragón estaba atada a una red de acreedores, banqueros y políticos que exigían auditorías constantes.
La usurpadora hizo una pausa, saboreando el impacto de sus palabras. Diego la observaba con un desprecio tan profundo que parecía capaz de atravesarle el alma con la punta de su espada.
—Los hombres que descubrían el engaño, los banqueros que exigían ver los libros originales, los políticos que intentaban auditar mis cuentas...
todos tenían que desaparecer —continuó Marie, con la misma indiferencia con la que un carnicero describe el despiece de un cerdo—.
Pero no podía simplemente asesinarlos. Un magnicidio o una serie de muertes sospechosas habrían atraído a la policía de París y a la Inquisición de Madrid. Necesitaba una cortina de humo.
Amanda comprendió al instante, su mente quirúrgica ensamblando las piezas del rompecabezas macabro.
—La secta —susurró la joven, el horror tiñendo su voz—. Inventasteis la Llama Negra. Creasteis el mito de los rituales satánicos para que, cuando los cuerpos aparecieran mutilados, las autoridades asumieran que eran obra de un culto demente y no de una conspiración financiera.
—Exactamente, mi brillante heredera —asintió Catalina, con una sonrisa de orgullo enfermizo—.
Los cortes en los torsos, la extracción de los corazones, los símbolos esotéricos...
todo era un espectáculo teatral diseñado para aterrorizar a las masas y cegar a los magistrados.
Cada víctima de los callejones de París y Madrid era un acreedor que me presionaba, un diplomático que sospechaba de mi linaje, o un juez que se acercaba demasiado a la verdad.
Los eliminaba y dejaba sus cadáveres marcados con la firma de la secta.
La guardia real buscaba fanáticos con antorchas, mientras yo firmaba los cheques y consolidaba mi imperio.
La confesión resonó en la bodega como una sentencia de muerte.
La crueldad de aquella mujer no conocía límites.
Había utilizado el miedo ancestral a lo sobrenatural para cubrir los crímenes más terrenales y egoístas.
Había convertido a niños huérfanos en sus verdugos, no por devoción oscura, sino porque eran desechables, baratos y fáciles de manipular con cuentos de hadas sangrientos.
Diego bajó la espada una fracción, su rostro transformado por una ira tan pura que parecía iluminar la penumbra de la estancia.
El guerrero había luchado en campos de batalla bañados en sangre, había visto la maldad de los hombres en su forma más primitiva, pero la frialdad industrial de aquella carnicera de París superaba cualquier atrocidad que hubiera presenciado en los Pirineos.
—Sois una alimaña —sentenció el capitán, su voz reducida a un susurro ronco y peligroso—. Una plaga que se esconde bajo la seda y los encajes. Habéis corrompido todo lo que tocasteis.
—He sobrevivido —replicó Catalina, con los ojos brillando por la fiebre de su propia vanidad—. En este mundo, capitán, los corderos terminan en el plato, y los lobos se alimentan de su carne. Yo me negué a ser el banquete.
Amanda sintió que la náusea ascendía por su garganta, pero la reprimió con la misma fuerza con la que había reprimido sus lágrimas en la cabaña del bosque.
No permitiría que aquella mujer viera el efecto que sus palabras causaban.
Se acercó a la mesa de caoba y tomó una de las copas de cristal tallado, observando el líquido carmesí que contenía.
—Vuestra supervivencia se ha terminado, Marie —declaró la joven, con una autoridad que rivalizaba con la de los monarcas que la usurpadora había intentado engañar—.
Vuestros hijos adoptivos están a salvo, custodiados por los mejores hombres de la Corona.
Eulalia está encadenada en el Saladero. Y vuestro legado de sangre será expuesto ante el mundo entero.
No como una profetisa, sino como lo que realmente sois: una asesina común y corriente.
La matriarca palideció, la máscara de arrogancia cayendo finalmente para revelar el terror absoluto de una depredadora que sabe que su jaula se ha cerrado.
Por primera vez desde que habían descendido a la bodega, la calma aterradora de Catalina se quebró.
Sus manos, que hasta entonces habían permanecido cruzadas con elegancia, comenzaron a temblar, arrugando la tela de su hábito blasfemo.
—No podéis hacer esto —siseó la usurpadora, la voz perdiendo su tono aterciopelado para convertirse en un chillido estridente y plebeyo—. ¡Soy la condesa de Mondragón! ¡Tengo inmunidad diplomática! ¡La Corona francesa me protegerá!
—La Corona francesa protegerá a la condesa de Mondragón —respondió Amanda, con una frialdad quirúrgica que cortó el aire como un bisturí—.
Pero vos no sois la condesa. Sois Marie, la carnicera de Les Halles.
Y la pena por la usurpación de identidad real, el espionaje y el asesinato de magistrados, es la horca en la Plaza Mayor, sin distinción de títulos robados.