Entre el honor y la verdad: Madrid, 1846 CAPÍTULO 29 #3
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CAPÍTULO 29 #3

—Es demasiado tarde, capitán Mendoza —murmuró la matriarca, con una calma absoluta—. El veneno ya está en su sangre, y no hay antídoto. Solo queda un último acto de purificación, y vos, con vuestra lealtad inquebrantable, seréis el testigo de su muerte.

Diego apretó la mandíbula, la cicatriz de su rostro tensándose hasta adquirir un tono blanquecino que delataba su furia contenida.

Sabía que Catalina estaba mintiendo, que el veneno era otra de sus manipulaciones, otra de sus mentiras diseñadas para destruirlos.

Pero también sabía que no podía arriesgarse, que no podía permitir que Amanda muriera por una paranoia infundada.

—Atadla —ordenó el capitán, sin apartar la espada del pecho de la matriarca—. Y registrad la bodega. Si hay algún antídoto, lo encontraré.

Amanda asintió, apoyándose contra la pared para no desplomarse.

Su mente, afilada como el bisturí con el que diseccionaba los misterios de la muerte, comenzaba a trabajar a toda velocidad, analizando los síntomas, buscando una explicación lógica a la opresión que sentía en el pecho.

Pero el miedo, el puro y terrible miedo a la muerte, amenazaba con nublar su juicio.

Catalina permitió que Diego la atara con las cuerdas que encontró en un rincón de la bodega, sin oponer resistencia. Su sonrisa, sin embargo, no desapareció en ningún momento, una curvatura cruel y despiadada que revelaba la verdadera naturaleza de la mujer que tenían delante.

—Habéis ganado esta batalla, capitán Mendoza —murmuró la matriarca, mientras Diego apretaba los nudos que la inmovilizaban—.

Pero la guerra aún no ha terminado. Mientras yo respire, mientras mi sombra se extienda por las calles de Madrid, Amanda no estará a salvo.

Y cuando muera, mi espíritu regresará para reclamar lo que es mío por derecho.

Diego no respondió. Terminó de atarla y la dejó en el suelo de la bodega, ignorando sus palabras profanas. Se volvió hacia Amanda, tomando su rostro entre sus manos callosas y obligándola a mirarlo.

—Respirad, mi amor —susurró él, con la voz ronca que vibraba en el pecho de la joven—. Estad conmigo. El veneno es una mentira, otra de sus manipulaciones. Estáis a salvo.

Amanda cerró los ojos, permitiendo que la calidez de aquellas manos la anclara a la realidad. Giró el rostro ligeramente, rozando sus labios con la mejilla cicatrizada del guerrero.

—Lo sé, Diego —murmuró ella, con una voz que goteaba una determinación inquebrantable—. Pero Catalina no ha terminado. Aún hay secretos que no ha revelado, aún hay verdades que no hemos descubierto. Y hasta que no las conozcamos, no estaremos a salvo.

El capitán la miró con una intensidad renovada, percibiendo la fuerza que se ocultaba tras la fragilidad aparente de aquella mujer.

La amaba con una ferocidad que le quemaba las entrañas, con una devoción que desafiaba a la razón y al deber.

Se acercó a ella, capturando sus labios en un beso que supo a promesas eternas, a jazmín y a pólvora, a un amor forjado en el infierno y templado en la gloria.

—Entonces la interrogaremos —sentenció Diego, separándose con reluctancia—. Y no pararemos hasta que haya confesado cada secreto, hasta que haya revelado cada mentira. Porque mientras ella respire, mientras su sombra se extienda por las calles de Madrid, vosotros no estaréis a salvo.

Amanda asintió, ajustándose la capa con movimientos rápidos y nerviosos.

La alianza de oro en su dedo anular brillaba con un destello frío, un recordatorio de la felicidad que acababan de jurarse y que ahora, una vez más, amenazaba con ser arrebatada por las sombras.

Tomó la daga de empuñadura enjoyada que había pertenecido a Edmond y la escondió en el interior de su corsé, un gesto que Diego observó con una mezcla de orgullo y preocupación.

—No permitiré que nadie os haga daño, mi amor —susurró él, besando su frente con una ternura que contrastaba con la letalidad de sus palabras—. Ni en este mundo ni en el siguiente.

—Lo sé, Diego —respondió ella, con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Pero esta vez, no seré la presa. Esta vez, seré la cazadora.

Juntos, se volvieron hacia Catalina, que los observaba con una sonrisa cruel y despiadada. La matriarca estaba atada, inmovilizada, derrotada. Pero sus ojos brillaban con una luz febril, una convicción fanática que desafiaba toda lógica humana.

—La confesión ha comenzado, querida Amanda —murmuró la matriarca, con una voz que goteaba veneno contenido—. Pero aún quedan muchos secretos por revelar. Y os aseguro que la verdad, por terrible que sea, solo acaba de comenzar.

La cacería había entrado en su fase más oscura, pero mientras Amanda y Diego permanecieran juntos, mientras sus manos estuvieran entrelazadas y sus corazones latieran al unísono, ninguna sombra podría vencerlos.

Eran la luz en la penumbra, la justicia en un mundo de traiciones, y estaban dispuestos a arrastrar a los demonios de París y Madrid hasta el último rincón de la tierra para asegurar que, al menos, la verdad saldría a la luz.

Aunque esa, en un mundo de traiciones y tinieblas, era el arma más peligrosa de todas.