CAPÍTULO 29 #2
—Planeado, ejecutado y disfrutado —confesó Catalina, con una sonrisa que revelaba la locura que habitaba en su alma—.
Yo soy la mente maestra, el arquitecto de cada muerte, el conductor de cada gota de sangre derramada.
Los Villeneuve, mi esposo, mi hijo Edmond, todos eran mis peones, mis instrumentos para alcanzar el poder absoluto.
Pero ellos eran débiles, codiciosos, incapaces de comprender la grandeza de mi visión.
Amanda sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, pero se negó a permitirlo. No delante de aquella mujer, no cuando la verdad que estaba a punto de ser revelada amenazaba con destruir todo lo que conocía.
—¿Por qué? —preguntó la joven, con la voz temblorosa pero la mente afilada como un bisturí—. ¿Por qué tantos crímenes? ¿Por qué tantas vidas destruidas? ¿Qué beneficio obtuvisteis de tanta masacre?
Catalina dejó la copa sobre la mesa, su rostro transformándose en una máscara de seriedad absoluta. Por un instante, la locura que habitaba en sus ojos pareció disiparse, revelando a la mujer calculadora y despiadada que había logrado engañar a toda una corte.
—El beneficio, querida Amanda, no es material —respondió la matriarca, con una voz que goteaba una convicción fanática—.
El beneficio es espiritual. Los crímenes rituales, las mutilaciones, las purificaciones con sangre, todo era necesario para preparar el advenimiento de una nueva era, una era donde los puros dominarían a los impuros, donde los fuertes aplastarían a los débiles.
Yo no soy una asesina, soy una profetisa, la elegida para guiar a la humanidad hacia su destino final.
Diego soltó una carcajada seca, carente de toda alegría. La cicatriz de su rostro pareció palpitar con la violencia de su desprecio hacia la locura de aquella mujer.
—Estáis loca —sentenció el capitán, con un tono que helaba la sangre—. Vuestra supuesta profecía no es más que la excusa de una mente enferma para justificar sus crímenes. No hay ningún advenimiento, no hay ninguna nueva era. Solo hay muerte y destrucción, y vos sois la responsable de cada cadáver.
Catalina no se inmutó ante el insulto. Su sonrisa volvió a curvar sus labios, una curvatura cruel y despiadada que revelaba la verdadera naturaleza de la mujer que tenían delante.
—La locura es un concepto relativo, capitán Mendoza —replicó la matriarca, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—.
Vos me llamáis loca porque no comprendéis mi visión.
Pero cuando los niños hayan completado su misión, cuando los magistrados hayan sido purificados, cuando la sangre de los impuros haya lavado las calles de Madrid, entonces comprenderéis que yo siempre tuve razón.
Amanda sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
Las palabras de Catalina resonaron en su mente como un trueno, abriendo una sima de dudas y horrores en su alma.
La mujer que tenía delante no era solo una asesina, era una fanática, una creyente absoluta en su propia divinidad, incapaz de ser detenida por la razón o la compasión.
—Los niños no completarán ninguna misión —sentenció Amanda, con una voz que goteaba una determinación inquebrantable—. Mis hombres los están esperando en las casas de los magistrados. Cuando intenten atacar, serán neutralizados sin derramar una sola gota de sangre inocente.
Catalina soltó una risa estridente, un sonido que rebotó en las paredes de la bodega y erizó la piel de los dos amantes.
—Oh, querida Amanda, siempre tan ingenua —murmuró la matriarca, tomando la botella de vino y sirviéndose otra copa—.
Creéis que habéis ganado, creéis que habéis detenido mis planes.
Pero no sabéis que los niños no son mi única arma.
Hay algo más, algo que ni siquiera vos, con vuestra mente brillante, habéis podido anticipar.
Diego avanzó un paso, su espada apuntando directamente a la garganta de la mujer.
—Basta de juegos, Catalina —ordenó el capitán, con una voz que no admitía réplica—. Confesad dónde están los niños, confesad cómo pensáis escapar, y tal vez, solo tal vez, os concedamos una muerte rápida.
La matriarca lo miró con una mezcla de lástima y desprecio, sus ojos brillando con una luz febril que heló la sangre del guerrero.
—No hay escape, capitán, porque no hay necesidad de huir —respondió Catalina, con una calma absoluta—.
Mi misión está casi completa. Los niños están en posición, los magistrados están vigilados, y yo he cumplido mi parte del pacto.
Solo queda un último sacrificio, un último acto de purificación para que la profecía se cumpla.
Amanda sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Las palabras de Catalina resonaron en su mente como una sentencia de muerte, una revelación que amenazaba con destruir todo lo que habían construido.
—¿Qué sacrificio? —preguntó la joven, con la voz temblorosa pero la mente afilada como un bisturí—. ¿Qué último acto de purificación?
Catalina sonrió, una sonrisa lenta y cruel que reveló la verdad más aterradora de todas.
—Vos, querida Amanda —susurró la matriarca, clavando sus ojos en los de la joven con una intensidad que heló la sangre—.
Vos sois el último sacrificio. Vos sois la sangre pura que debe ser derramada para que la profecía se cumpla.
Vos sois la verdadera heredera de la fortuna parisina, la última descendiente del linaje que yo usurpé, y vuestra muerte es la llave que abrirá las puertas del nuevo amanecer.
El mundo de Amanda se desmoronó en un instante.
Las palabras de Catalina resonaron en su mente como un trueno, destrozando cada certeza, cada recuerdo, cada verdad que había creído inquebrantable.
No era solo una heredera, no era solo una amante.
Era la pieza final del rompecabezas macabro, la víctima sacrificatoria que Catalina había estado preparando desde el principio.
Diego reaccionó con la velocidad de un depredador.
Empujó a Amanda detrás de su cuerpo, interponiendo su propia carne entre ella y la matriarca.
Su espada apuntaba directamente al pecho de Catalina, pero el capitán sabía que un movimiento en falso, un espasmo de locura de la mujer, y todo estaría perdido.
—No tocaréis ni un solo cabello de su cabeza —sentenció Diego, con una voz que retumbaba en las paredes de piedra con una autoridad que desafiaba a la muerte misma—. Si intentáis hacerle daño, os atravesaré el corazón antes de que podáis pronunciar una sola palabra.
Catalina soltó una carcajada seca, carente de toda alegría. Se puso de pie con una lentitud deliberada, alzando las manos en un gesto de rendición burlona.
—No necesito tocarla, capitán —murmuró la matriarca, con una sonrisa que revelaba la locura que habitaba en su alma—.
Ya está hecho. El veneno que habéis inhalado en el túnel, el mismo que utilicé para embalsamar a mis víctimas, ya está en su sangre.
En pocos minutos, comenzará a sentir los primeros síntomas, y en menos de una hora, estará muerta.
Amanda sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Las palabras de Catalina resonaron en su mente como una sentencia de muerte, una revelación que amenazaba con destruir todo lo que habían construido. Llevó una mano a su garganta, sintiendo una opresión creciente que le dificultaba la respiración.
—Diego —susurró ella, con la voz quebrada por el pánico—. Algo no va bien. Me siento mareada.
El capitán la miró con una intensidad que la desarmó por completo. Sus ojos grises, oscurecidos por la preocupación y la furia, se clavaron en los de ella con una determinación inquebrantable.
—No moriréis, Amanda —sentenció él, con una voz que no admitía réplica—. Os sacaré de aquí, os llevaré al mejor médico de Madrid, y os curaré. No permitiré que esa bruja os arrebate de mi lado.
Catalina los observó con una mezcla de lástima y diversión, sus ojos brillando con una luz febril que heló la sangre de los dos amantes.